David Sánchez Juliao
DAVID SANCHEZ JULIAO
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OBRA ESCRITA


 

CAJÓN DE SASTRE

 

ÁREA DE FUMAR

 

           

            Carolina y Gilles se conocieron en París y terminaron, 0h!, la la… montando un espléndido restaurante en Cartagena de Indias. “Ambos sentimos un profundo respeto por las minorías —suele decir Carolina—, incluidos los fumadores en esas minorías. Así que hemos armado frente a la barra un rincón de fumar”. Un día, mientras degustaba un cigarrillo, ella, Carolina, Oh!, la la… me contó la historia de los dos saudíes.

            A las tres de la tarde, pasada la agitada hora del almuerzo, solo dos mesas continuaban ocupadas en el salón principal. Desde una de ellas, una dama preguntó a Carolina en un susurro: “¿Será posible que… no habiendo mucha gente en el lugar, pueda fumarme un cigarrillo con el café del final?”.

            Carolina no se atrevió a autorizarla sin antes consultar a los comensales de la otra mesa, la que estaba ocupada por dos ciudadanos de Arabia Saudita. “¿Les molestaría si la señora de la mesa esquinera enciende un cigarrillo?”, preguntó a los hombres, uno de los cuales, Oh!, la la… bebía una copa de vino.

            —¡Los pecadores que se salgan! —profirió entonces el hombre que bebía, y su voz pareció venir de lejos, tan lejos como el siglo doce, Oh!, la la…

 

 

Esta historia fue escrita inicialmente el 24 de octubre de 2008 en una servilleta de papel.   
 

 

BOCETOS DE CENTROAMÉRICA

 

 

COSTA RICA:  “Luces de palabras”

 

        En la plaza principal de San José de Costa Rica, sobre la fachada de un alto edificio, hay un tablero de luces en el que --formando letras con bombillas que se encienden y apagan-- se deja conocer a la gente las noticias del día en el país y en el mundo. Pero de nada sirven las noticias, ni las atractivas luces intermitentes, ni las caricaturas que se iluminan entre las referencias a muertes, secuestros, catástrofes, asesinatos, atentados, reinados de belleza y bodas reales. De nada sirven, pues la gente que viaja hasta la plaza desde los barrios lejanos, hace siempre la opción por la vida: le da la espalda a las horribles palabras de luces y se pone a conversar con los amigos.

 

HONDURAS:  “Nota nostra”

 

        Corría el verano de 1972. El autobús había partido esa mañana de San Salvador con rumbo a Tegucigalpa. Honduras y El Salvador habían combatido poco tiempo atrás en una guerra fratricida que empezó en un estadio de fútbol. De modo que los controles en Jícaro Galán, ciudad fronteriza  y de transbordos, eran excesivos. En aquel viaje, Ramón y Olga habían comprado discos musicales en cada país. Cuando el guardia hondureño detectó entre ellos un disco prensado en El Salvador y con la obvia  estampa de un conjunto de músicos salvadoreños sonriendo en la portada, reportó a su superior allí presente.

        El teniente ordenó de inmediato la destrucción de los discos. Ante los ojos de horror en los viajeros, el guardia hizo trizas la cubierta y añicos la negra torta de acetato.

         Jamás supieron, sin embargo, ni el guardia ni el teniente, que los doce cortes del long playing contenían canciones hondureñas interpretadas por un conjunto musical de El Salvador. La música que en ambos países el pueblo disfrutaba, era la misma.   

 

 

PANAMÁ:   “Roldanillo”

                                     

  A doña Flor

        Omar, el Presidente, tenía un hermano periodista llamado Monchi Torrijos.  Moisés era su verdadero nombre.  Moisés se sentía orgulloso de muchas cosas; entre otras, de una enorme colección de búhos (en cerámica, caña, madera o  porcelana) que había iniciado doña Flor, su esposa, y que la pareja exhibía en un amplio y fresco caney indiano que se alzaba en el patio de la casa. Aquel caney tenía, como las casas de recreo en el Caribe, un nombre: “Roldanillo”. Así se llamaba el pueblo en el Valle del Cauca colombiano de donde procedían los Torrijos panameños.

        En el caney “Roldanillo”, Monchi Torrijos mantenía colgada una hamaca que usaba para las siestas, lo mismo que para llamar el sueño en las noches, antes de irse a la cama.  Eso contó un día allí, en el caney.

        Contó también su sentir acerca de la misteriosa muerte de su hermano, el Presidente. Narró Monchi allí en “Roldanillo”:

        --La muerte de Omar no fue un accidente. Omar fue asesinado. Olvidemos las evidencias técnicas de las que tanto se  ha  hablado: que el piloto del avión presidencial conocía de memoria la ruta, y que era un piloto experimentado; que el mantenimiento de la aeronave era óptimo y que se trataba, casi, de un aparato de estreno; que no hubo S.O.S ni declaratoria de emergencia sino que el contacto con la torre se perdió súbitamente... olvidémonos de eso.

        Monchi se volvió adusto y un velo de tristeza cubrió su  cara.

        --Pero permítaseme recordar esto –continuó--. De niños, Omar y yo diseñamos algo que llamamos “el juego hamaquero”; y  consistía en que, cuando alguien intentaba hacer daño a uno de los dos, estuviéramos en donde estuviéramos, el uno, desde la distancia y con el pensamiento, le movía la hamaca al otro. Siempre funcionó aquel juego, siempre.  Y esa noche, antes de que el teléfono sonara con la infausta noticia, yo sentí que alguien me había movido la hamaca.

 

 

GUATEMALA: “Panajachel”

       

        A orillas del lago Atitlán se alza un poblado indígena llamado Panajachel, vocablo que con seguridad significa algo poético y hermoso, como sucede con muchos nombres de lugares y ciudades de Guatemala y la América Latina. El poblado de Panajachel tiene un hotel para turistas que mira al inmenso lago en cuyas aguas se reflejan las montañas. El turista desprevenido piensa, sin embargo,  que la fundación del pueblo estuvo –como muchas cosas en este mundo– patrocinada por una compañía multinacional. Sí, porque lo que primero se advierte cuando se llega a él por carretera, es el aviso que anuncia la estación de gasolina: “SUPER–SHELL PANAJA–SHELL”. La mayoría de la gente lo toma en serio. Son muy pocos los que sonríen. Y muchos, muchos menos, los que lloran.          

 

CENTROAMÉRICA: “Pedro”

 

        A Julián le habían dado en México la dirección de Pedro. Le dijeron que era un buen poeta y que valía la pena conversar con él  en su viaje por Centroamérica. Julián era también poeta. Al bajar de México hasta el país de Pedro, Julián fue a verlo a su casa. Una adusta mujer abrió la puerta y, con pocas muestras de cortesía, le dijo: “Aquí no. Vaya a verlo a esta dirección”. La mujer entregó a Julián un papelillo con señas que se notaban habían sido escritas de antemano. Las señas se cerraban con una extraña  frase: “Justo frente a la puerta del Bar Don Francisco”. Aquello se le antojó absurdo a Julián, pero, ¿qué otra cosa podía hacer sino seguir las instrucciones?

        Julián consiguió un taxi que lo condujera al sitio. Había un bar, y en efecto se llamaba Don Francisco.  Justo frente a él, estaba la entrada al cementerio.

        La mujer que había recibido a Julián con rudeza era la  madre de Pedro, supo Julián dos días después. Pedro había desaparecido un año atrás y fue hallado muerto al borde de una carretera. En medio de su dolor, la pobre madre había inventado aquella forma de defenderse. Nunca sabía si eran amigos o enemigos los que llegaban a preguntar por su hijo. De manera que, ante la horrenda poesía de las circunstancias, la mujer permitía que la gente sacara conclusiones.  

 

 

PANAMÁ: “Sed de tierra”

 

        “Para la construcción del Canal de Panamá fueron reclutados en sus tierras, obreros de muchas partes del mundo --cuenta el escritor Raúl Leis mientras conduce el vehículo que atraviesa la antigua Zona del Canal, hoy bajo control panameño--. Miles de seres desraizados de exóticos parajes invadieron nuestro país agobiados por el fardo de la esperanza. Chinos, por ejemplo, muchos chinos; diminutos orientales de piel de cirio, ojos de alcancía y largos cabellos que se recogían en una trenza que caía a sus espaldas --Raúl habla con el cantarino acento panameño --. Era tan rudo el trabajo, tan distinta esta tierra, tan patéticamente diferentes los sonidos musicales, tan crueles las circunstancias, que cuando la nostalgia apretaba, los pobres obreros chinos no tenían más remedio que usar la larga trenza para ahorcarse de los árboles”.

NICARAGUA: “Compañero”

 

        “Es ardua la tarea –expresaba el poeta Ernesto Cardenal, Ministro de Educación de Nicaragua, a pocos meses del triunfo sandinista--. La gente con alguna preparación emigró, y hubo que empezar a reconstruir el país con lo que quedaba. Por ejemplo, un día dicté a mi secretaria una carta en la que solicitaba al embajador de los Estados Unidos la expedición de unas visas para el conjunto musical que iba a actuar en la Universidad de Berkeley, en California.  La secretaria había encabezado la carta –nada menos que al embajador americano-- de esta manera: ‘Apreciado compañero’, y la cerraba como se le había ordenado cerrar toda correspondencia: ¡Patria Libre o Morir !”

 

 

HONDURAS: “Once por ciento”

        

Como trabajo de campo para un seminario-taller sobre Ideología y Cultura, los profesores asignaron a los alumnos la tarea de averiguar por qué en la región de Choluteca, Honduras, la gente del común tenía tan poco acceso a la buena carne de ganado; y por qué los llamados platos típicos, emblema --según muchos-- de la nacionalidad, eran confeccionados con base en las menos agradables partes de la res: los bofes, los sesos, la cola, las patas, el estómago y la lengua.

         Las alumnas del curso utilizaron entonces las armas femeninas. Apoyadas en sus encantos lograron llegar a los más altos ejecutivos de la  compañía exportadora de carnes que operaba en la región: un packing-house de capital extranjero. Allí se enteraron de cuanto las leyes del país establecían al respecto.

         Para beneficio de las clases populares de la Nación –según la ley– debía exportarse sólo el 89% de la res total, mientras el 11% restante tenía que ser destinado al consumo local.

        Desde luego, la base de los platos típicos, emblema de la nacionalidad --los bofes, los sesos, la cola, las patas, el estómago y la lengua-- componían ese 11%.

        Aquel trabajo de campo fue casi una tesis de grado.

 

 

PANAMÁ:  “Mares”

 

        “Cuando me abate la tristeza –dice Raúl, cerveza en mano, una noche en Panamá– tomo el automóvil y procedo a sentirme el ombligo del mundo. Aquí, la distancia por tierra entre uno y otro océano es muy corta, A veces, voy a bañarme a las playas del Pacífico, y cuando aún el agua salada no se ha secado en mis ropas, me subo al auto y hora y media después, me estoy zambuyendo en el Atlántico. Pienso en dos cosas cuando lo hago. La primera: que aquello es como ir al psiquiatra. Y la segunda: que en poder hacer eso que cuento, radica todo lo malo y trágico que le ha sucedido a mi país”.                

 

 

 

SOBRE LAS BRUJAS

 

“Desde niño creí en brujas, pero en las brujas de mi tierra, esas que organizaban el aquelarre en donde hoy termina la pista del pequeño aeropuerto de Corozal (Sucre), el que se llama –como acto de fe de mis coterráneos y congéneres— Aeropuerto de las Brujas, aunque no me lo crean. Eran unas brujas buenas, narigonas y feas pero sin escobas, aunque volaban. Hice el intento de cazarlas, o de al menos dejarlas sin piernas, pues contaba la gente que para volar se quitaban las piernas de las rodillas hacia abajo y las colgaban del alero de las casas de paja y bahareque. Busqué muchas de aquellas medias-piernas con limón tajado entre manos. También se contaba que si uno les untaba limón en la coyuntura, las piernas no pegaban. Decían que las brujas no se amarraban con cáñamos o rejos sino con hilo de coser y que no se privaban del sentido con maderos o palos sino con madera de balso y que para cazarlas, supe después, había que colocarse las ropas al revés. Tal vez por eso jamás cacé una, porque lo de las ropas al revés lo supe cuando ya estaba grande… y no  creía en brujas. Para cazar brujas, es necesario creer en ellas, ¿quién se ‘caza’ si no cree en el matrimonio?. Mejor dicho, con las brujas sucedía como con los orientales (chinos, hindúes, mongoles, malayos): todo lo que hacían y pensaban nos parecía al revés.

Las brujas me hicieron pensar por primera vez en la muerte, y me hicieron pensar lo que sigo pensando. Y ello es que, para pasarla bien en esta vida, lo mejor es pensar que la muerte es para los otros, no para uno, porque uno es inmortal. A mi –pienso, por ejemplo-- me importa poco que la Parca me coja confesado, lo importante es que me coja trabajando, ojalá escribiendo,  pues así se siente menos: mejor dicho, no se siente. Lo demás, se los debo… o, mejor dicho, no lo creo importante”.  

 


 

CUENTO MUDÉJAR

(Casi todo escrito en “árabe”)

        

         Miré el almanaque, vacié la alcancía y con alborozo tomé el albur de ir a “La Fonda de la Guitarra” junto al almacén de los aljibes a tomarme un jugo llamado ‘alquimia’ que lleva tamarindo, jengibre, alfalfa, jazmín y ajonjolí. Es un almizclado jarabe sin alcohol servido en una jarra larga como jirafa. Allí vi al alcalde cara de almohada con camisa de algodón alforzada de cuadros azules en ajedrez, alpargatas y alfanje, junto a la alfombra del alféizar; ese alféizar  al que el alférez alcahueta del alcalde puso alquitrán en la aldaba cuando empeñó las alhajas para alquilar un tambor. 


 

MONTERÍA EN 500 PALABRAS

 

            Montería, en el norteño departamento de Córdoba en Colombia, podría no ser una ciudad de tarjeta postal, pues su verdadero paisaje lo constituye la gente, según afirma un destacado periodista.

            Como en los abrasadores veranos de la India, calor y caos son parte de la magia que suele encantar al visitante en aquella ciudad de encantos propios. Porque, como alguien más afirma: “¡Qué tal que a Calcuta o Nueva Delhi le tocara competir con Londres! El milenario encanto de la India, como podría suceder con Montería, radica en cierto aire de desorden”.

            Esa ordenada anarquía, exuberante y colorida, guarda más allá de su aparente galimatías los secretos de una fascinante ciudad de magia y encanto. Ello hace que sea conocida como “La Perla del Sinú”. Aquel es el nombre del río en cuyas márgenes fue fundada por los españoles en el siglo XVIII.

            La ciudad es el centro de una región de enorme actividad agropecuaria, y es conocida internacionalmente por la fertilidad de sus tierras y la calidad de su carne de ganado. Cuenta con subastas ganaderas y con coliseos de ferias y exposiciones, y anualmente realiza –cosa que nunca falta en Colombia— un certamen de belleza: El Reinado Nacional de la Ganadería.

            Un paseo por una ronda de fresca arboleda a orillas del río, una compra de artesanías regionales al interior de un mercado público, un cóctel de frescos camarones condimentados con salsa de ajíes, una buena carne de res o un tierno pollo asado a la brasa con toques de ajo, un paseo en bicicleta a lo largo de una calle inundada de más bicicletas, una compra de golosinas de las haciendas de Córdoba, un jugo de frutas junto a las iguanas que se acercan, una visita a las subastas ganaderas, un almuerzo con verdadera pasta italiana en el más sofisticado restaurante de un moderno centro comercial, una combinación de delicias árabes preparadas por las descendientes de los primeros libaneses llegados al Sinú, son algunos elementos que constituyen el encanto secreto de una ciudad que tiene más, mucho más que ofrecer en estos sabores de la simpleza y la cotidianeidad que en la majestuosidad urbanística de muchos otros sitios.

                El moderno aeropuerto Los Garzones cubre las necesidades de Montería y de algunas ciudades vecinas. Es también el centro de operaciones relacionadas con el enorme flujo turístico de unos alrededores que incluyen las cercanas playas del Caribe, a menos de una hora de carretera. Se dice de aquellas playas que sus aguas son las más cálidas de Colombia y sus arenas las más suaves y llanas. En ellas no existe el peligro del mar abierto, pues forman parte de bahías y ensenadas naturales. Esta llamada “Ruta del Mar”, que termina en las playas, las casas de recreo, los restaurantes y los hoteles está en su recorrido tachonada de poblados, de historias, de anecdotarios musicales, de elaborados productos artesanales y de paisajes tropicales en los que cultivos y haciendas ganaderas nos hacen pensar en la floreciente economía de la región.


 

“LAS BANANERAS”: FUENTES LITERARIAS DE UN MEMORABLE HECHO HISTÓRICO

                                                                                      

Por: David Sánchez Juliao

                                                                                  

El libro de Vicente Stamato, “Jorge Eliécer Gaitán: sus primeros grandes triunfos y la masacre de las bananeras”, entra con claridad desde el título a cumplir el papel que su propio contenido designa. Titular –ya sea un simple artículo de prensa o una extensa obra— no es algo fácil; todos los sabemos. El título ha de ser siempre el resumen, o la metáfora, de todo cuanto en uno u otro caso el autor quiere expresar. ¿Cómo lograr tal cosa en el restringido espacio del encabezado de una nota o la carátula de un libro?

            Me permito hacer tal consideración, puesto que a partir del título Vicente Stamato nos habla de un personaje al que sitúa en una época determinada, en una etapa concreta de su vida y en el contexto de uno de los hechos más vergonzosos del acontecer latinoamericano. En este sentido (en estos sentidos), el libro de Stamato llega al lector desde la carátula con sabor reivindicativo y con un reconfortante hálito de recuperación histórica; por tanto, de cumplimiento del deber.

            Juzgados desde un punto de vista metafísico, si se quiere, los personajes de la talla y la dimensión humana de Jorge Eliécer Gaitán parecieran ser enviados a este mundo de forma extemporánea; valga decir, como destacamento de avanzada y como puntal de desarrollo humano, muy adelante del tiempo que les habría correspondido vivir. Ello cumple sin duda una función en el complejo proceso de la actitud y el pensamiento de las sociedades. Esa función es la de jalonar y la de ayudarnos a crecer en la comprensión de una vida y el dimensionamiento de una obra.

            Muchas veces, como claramente sucede en el caso de Gaitán, la germinación del fenómeno humano y social de avanzada se da en circunstancias de adversidad y de desastre; de un nefasto y recalcitrante oscurantismo que lleva al orden amenazado a cegar la vida del personaje, logrando así que la labor propuesta no alcance a tocar su culminación.

            En tales casos, no por cegar una vida, logra detenerse la ebullición del pensamiento y la actitud en proceso. Jamás, mientras “tengan tiempo de llegar los historiadores”. Y en el caso concreto de la obra que nos convoca, esta sobre la tristemente célebre matanza de las bananeras en el norte de Colombia, no solo los historiadores tuvieron tiempo de llegar, de husmear, de analizar y de escribir, sino que –curiosamente, y como era de esperar— ese tiempo fue también el de los científicos sociales, los ensayistas y los narradores de ficción. Cultores de la literatura que, en esta desconcertante Latinoamérica, se han empeñado en enseñarnos –y lo han logrado— que en el continente mágico y mestizo, de tan cruda, violenta y descanada, la realidad supera con creces la imaginación.

            En tal sentido, y porque apenas alcanzamos a creer todo lo que en él se nos dice y certifica, el libro de Stamato –de no ser por el severo rigor histórico, documental y testimonial de que goza— podría tomarse como el más imaginativo ejemplo de las obras de ficción sobre el triste caso de las bananeras de Colombia en diciembre de 1928.

            Hay, pues, en esta América insólita, un punto en el que la imaginación coincide con lo en verdad acontecido. Resulta entonces fácil entender qué motivó al estudioso Eduardo Posada Carbó a acuñar el aforismo de “la novela como fuente de la Historia”. Sentencia que tuvo nacimiento, curiosamente, en un artículo que el tratadista escribiera sobre la tragedia de las bananeras.

            En un país sumido en las represiones, los temores y las interdicciones que caracterizaron a la Colombia de la primera mitad del siglo XX, sencillo resulta también entender por qué muchos intelectuales prefirieron la ficción al análisis, el desafuero de la imaginación al peligro del compromiso. Es justo, sin embargo, reconocer que algunos ensayistas y científicos sociales –como hemos anotado— abordaron el tema con la misma ausencia de recelos y el mismo valor con que Gaitán lo asumió desde su curul del Congreso en el debate que es materia sustancial de este libro. Pero podría decirse que primó la imaginación en el abordaje del tema; o, al menos, trascendió de manera más acerba y pertinente. Llegó a las masas, valdría la pena decir, de manera más sentida, desprovisto de la frialdad del texto analítico o estadístico pero revestido de la emoción y del dolor que el horrendo hecho reclamaba.

            En este sentido, son dos los ejemplos más relevantes y conocidos: “La casa grande” de Álvaro Cepeda Samudio y “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Ambas novelas provienen de autores nacidos y criados en el área y vástagos de familias de largo asentamiento en el departamento del Magdalena. Familias, muchos de cuyos miembros, seguramente, fueron víctimas o al menos testigos de la cruel matanza y de los violentos ribetes de los cuales la propia noche nefasta estuvo revestida. Los dos escritores pertenecen a una porción de la entidad caribe en donde la tradición oral goza de un cariz y una fuerza especiales, y de una presencia en cada acto de la vida cotidiana. De esa tradición han debido nutrirse, desde niños, aquellas fervientes imaginaciones y aquellos inquietos espíritus creativos. No solo los sentimientos transmitidos por los narradores de las historias (padres, tíos, abuelos y bisabuelos) han debido aflorar en las obras mencionadas con todo dolor y resentimiento, sino que los datos (estadísticos, si se quiere) acopiados por los inquietos infantes debieron rayar con toda seguridad en la agudeza y la fidelidad. ¿Quién podría afirmar entonces que, más tarde y cuando maduros, ambos cultores de la literatura universal no estuvieran haciendo Historia?

            Incluso para mitos ha dado lo arriba anotado. Son muchas las historias, ciertas o no, que se cuentan en torno a cómo el abuelo coronel de García Márquez no solo llevaba a los nietos a conocer el hielo en las ferias de gitanos, sino sobre cómo se sentaba frente a los suyos en el corredor de las begonias a narrar  los detalles de la horrenda matanza cuyos estragos repercutieron en la Aracataca de entonces. Poblado invadido por gringos que habitaban casas de estirpe lejana, rodeadas de verdes jardines tropicales y resguardadas por gruesas mayas metálicas que impedían a sus espacios el acceso de nativos malolientes y andrajosos.

En el caso de Cepeda Samudio, son también muchas las historias que se tejen sobre el niño cuya familia habitaba el caserón señorial que lindaba con el Hotel Tobiexi, tomado en esos días por el Ejército para alojamiento de las tropas. Álvaro Cepeda, se dice, de pocos años por aquel entonces, se subía en compañía de sus amigos a la pared que separada los jardines traseros de su casa del patio del hotel, y desde allí a observaba complacido el ejercicio de las tropas y el ensayo de la banda de guerra que el general al mando habían traído de lejos. En tal caso, es más que evidente el desfase cronológico, ya que Cepeda Samudio había nacido en 1926 y tendría que haber trepado el muro sin aún haber gozado del uso de razón.  Pero, pese a ello, han debido ser los familiares los que aquella cosa hicieran para luego basarse en el hecho y así poder justificar la presencia de los soldados en la obra del pariente. La presencia de los soldados y la virulencia de sus acciones. 

            Vale la pena contar, a esta altura de la nota, lo que el maestro Lucho Bermúdez cierto día me contara en su casa de Bogotá a propósito de aquella escena del niño de pocos años sobre el muro divisorio. Lucho Bermúdez había nacido en la por él inmortalizada población de El Carmen de Bolívar, y luego llevado a Cartagena a trabajar como clarinetista de una banda música (de la Policía o el Ejército, bien no recuerdo). Tenía entonces el precoz maestro apenas 15 años de edad. Esa banda, con el joven clarinetista entre el elenco, fue llevaba por el general Cortés Vargas a Barranquilla y luego a la población de Ciénaga (Magdalena), cuando recibió la orden del ministro Renjifo de partir a reprimir a los amotinados trabajadores de las bananeras. El maestro Bermúdez me contó que bien participó en las maniobras de aquel patio del hotel que lindaba con el caserón de los Cepeda y de los ejercicios y ensayos del Ejército en las calles, pero jamás de la matanza; sitio que ni siquiera conoció. “No hubo banda esa noche en la estación”, recuerdo que sentenció el maestro con un gesto de alivio pero también de dolor.

            Estos no son, sin embargo, los únicos ejemplos de literatura “como fuente de la historia” en el tema que nos atañe. El historiador y dramaturgo Carlos José Reyes, por ejemplo, escribió la pieza teatral “Soldados” con base en ciertos capítulos de una de las obras mencionadas, “La casa grande” de Cepeda Samudio; pieza que fue estrenada en 1966 en “La Casa de la Cultura”, posteriormente conocida como “Teatro La Candelaria”. En 1971, otro dramaturgo, Jaime Barbín, montó y dirigió “Bananeras” con el Teatro Acción de Bogotá; y más tarde, en 1974, el insigne maestro Enrique Buenaventura, director del Teatro Experimental de Cali, nos sorprendió con el montaje de “La Denuncia” sobre idéntico tema. En l978, el Teatro Libre de Bogotá realizó con gran éxito la puesta en escena de “El Sol Subterráneo”, también en torno al suceso de las bananeras,  escrita por el connotado autor Jairo Aníbal Niño. Todas estas obras --recalca Carlos José Reyes en un ensayo sobre el teatro en Colombia-- “enfocan el tema desde la sensibilidad y estilo de cada autor, con cierto lirismo en unos casos y una mayor objetividad documental en otros”.

            Por otro lado, en la obra del escritor samario Ramón Illán Bacca los sucesos relacionados con las bananeras rondan como un fantasma, ya sea en el texto mismo o en el entrelineado. En la amplia producción de este estupendo narrador caribe –cargada de historia, de fino humor y de ironía— el dolor por lo acaecido en aquel 6 de diciembre de 1928 se percibe como inmanencia pero también como ocasión para el ejercicio de un rasgo particular en el modo de ser en las gentes de esa tierra: el de la carnavalización de la tragedia. Ello se advierte de forma especial en dos de las obras de Illán Bacca, cuyos títulos son siempre una suerte de obertura –o de hors d’oeuvre— tanto de forma como del contenido: “¡Si no fuera por la Zona, ay caramba!” y “Maracas en la ópera”. En un ensayo sobre la obra de Illán Bacca, el escritor Guillermo Tedio anota al respecto: “En Maracas en la ópera y quizás en toda la escritura de RIB, la Historia deja de tener el carácter mítico y a veces patético que se siente en escritores consagrados como García Márquez, en cuya narrativa, por ejemplo, el hecho de la Masacre de las Bananeras aparece transfigurado en mito trágico. Recomponiendo aquella famosa frase marxista de la década de los años sesenta, diríamos que Ramón Bacca, en su narrativa, escribe como comedia lo que la Historia ha oficializado como tragedia”.

            Es mucha, pues, la tinta que los escritores de ficción (incluidos los dramaturgos) han destinado al tratado de la muy dolorosa Matanza de las Bananeras –con mayúsculas, al escribir de Guillermo Tedio--; como es mucha, también, la que han utilizado en función del tema los analistas, documentalistas y científicos sociales. Lo que aquí hemos querido hacer es presentar apenas una muestra del interés que, desde cuando el país cobró conciencia de las dimensiones de la tragedia, el hecho suscitó entre los creadores de ficción; quienes, tal vez sin sospecharlo, entraron a jugar el papel de “historiadores”, ateniéndonos para la emisión de tal juicio al mencionado apotegma de Posada Carbó: “la novela como fuente de la Historia”. Tomaríamos el término novela, desde luego, en el más amplio de sus sentidos.

 

*          *          *

 

            Es claro que con la obra de Vicente Stamato –al menos en lo atinente a los años comprendidos entre el nacimiento de Gaitán y el inicio del sonado debate que el joven parlamentario adelantara sobre el triste suceso en cuestión-- los historiadores tuvieron tiempo de llegar. La obra nos ubica con sorprendente claridad histórica en la Colombia y la Bogotá de principios del siglo XX. Y lo hace de manera sosegada, adentrándonos con toda calma en el ambiente de aquel país convulsionado y de aquella ciudad de puertas cerradas, hermética,  huraña y que daba la espalda a toda posibilidad de movilidad social. En ella, y en tales circunstancias de discriminación y menosprecio, el nervio álgido e insolente del joven Gaitán logra imponerse gracias a su inquebrantable disciplina y a su inteligencia superior. Luego de una meteórica carrera política, iniciada desde tiempos de sus estudios secundarios, el indómito y novel penalista –tras su viaje de especialización a Roma— ve en los sucesos de las bananeras del Magdalena una doble oportunidad. Por un lado, la de hacer pública su fe en la justicia; y por otro, la de desenmascarar los oprobios del gobierno de Abadía y de su enviado de horror a la Zona Bananera, el temible general Cortés Vargas.

            Rayaba apenas Gaitán los treinta años y había sido elegido Representante a Cámara, pero aun no había tomado posesión de su curul. Impulsado por las sospechas de que gobierno y Establecimiento pretendían tender sobre los sangrientos sucesos del Magdalena en velo de   tolerancia y paliación –pese a las valerosas denuncia de la prensa independiente--, el recién electo penalista decidió viajar al lugar de los hechos en procura de las pruebas que le permitieran inaugurar su legislatura con el que habría de convertirse en el más sonado debate de aquellos tiempos.

            Tras una ardua tarea investigativa de semanas –que incluyó la recolección de múltiples testimonios verbales y de valiosos documentos escritos--, Gaitán, ausente de la gran sesión inaugural del Congreso el 20 de julio de 1929, se presenta dos meses después armado de pruebas y, en medio de la gran expectación nacional, da inicio al debate. Un debate en el que deja sentada la ineptitud del gobierno para el manejo de la situación, la crueldad con que el general Cortés Vargas había procedido ante las circunstancias, y la connivencia en la zona de gobierno, ejército y terratenientes con la compañía multinacional a cuyo cargo estaba la explotación del banano en la región.

            En esta segunda parte, el libro de Vicente Stamato es casi tan abundante en pruebas como lo fue el propio debate adelantado por Gaitán. Afirmar tal cosa es posible, ya que, luego de haber dedicado la mitad de la obra a los inicios de la vida pública de Gaitán y a su inserción en la cruda realidad nacional de esos años, Stamato destina la restante mitad a transcribir en gran medida las intervenciones del líder liberal. Transcripciones que, desde luego, acompaña de las pruebas recopiladas por el joven representante y de una muy interesante y reveladora profusión de apoyos gráficos: caricaturas, recortes de prensa, comunicados de gobierno, telegramas y otros testimonios documentales. Todo ello da al libro el valor adicional de que, más allá de la materia tratada, pasa a convertirse en un testimonio que nos permite conocer no solo a un hombre en torno a un suceso determinado, sino a un país en función de una época de agudas contradicciones y profundas injusticias.

            El libro es, pues, pródigo en pruebas y documentos, y es muestra de una seria, sosegada y rigurosa investigación histórica; y está escrito en el mejor de los estilos, con un lenguaje preciso y crítico pero que al tiempo rinde culto a una de esas prosas elegantes ya olvidadas. En eso, como cerrando una elipse, el autor hace eco del aforismo de Posada Carbó; aquel de la literatura “como fuente de la Historia”. Porque, habría que atreverse a decir, el libro de Vicente Stamato, además de Historia hace también literatura.                                    

 

 

 

ACERCA DEL PIROPO:

 

El bruto de “Corea”

 

            Si me remito a las memorias de infancia, varios piropos llegan a mi mente. Sin embargo, uno de ellos llamó siempre mi atención. Se trataba de una lisonja nacida por los años en que apenas cobraba yo uso de razón. Había nacido en 1945, de modo que al estallar el conflicto en Corea (la guerra), apenas empezaba a darme cuenta de las cosas. Creo que fue hacia 1951, a los seis años de edad, cuando por primera vez escuché a un taxista de Willys en mi pueblo lanzar el siguiente piropo a una hermosa mulata que pasaba:

            --Mamacita: ¡si así es Corea, me voy sin rifle!

            Ese día de mi niñez supe qué cosa era un piropo, pero no supe qué significaba aquel específico floreo que, en la práctica de la vida tropical, me introducía para siempre al género.

            Llegué a casa y pregunté a mi padre qué era Corea. Con paciencia de patriarca, me explicó que Corea era un país del Asia lejana pero que su mención en ese momento específico de la Historia (mitad del siglo XX) aludía a una guerra; y que a participar en esa guerra había mandado nuestro país el prestigioso Batallón Colombia.

            --Entonces –agregó mi padre--, esa mujer a la que le lanzaron tal piropo debe ser tan hermosa que hasta valdría la pena morir por ella, pues quien va a Corea sin rifle… muere sin remedio.

            Muchos años después, ya crecido y recordando aquel hermoso incidente, pude vanagloriarme ante mis amigos de la Universidad al decirles que, conjuntamente en mi cabecita de niño, habían nacido tanto el concepto del género como la conciencia en torno a la capacidad de mi gente para inventar un piropo que unos años antes no habría podido existir. Sí, porque unos años antes, la guerra de Corea aún no había estallado.

            Hacia 1955, cuando contaba ya con diez años, llegó a Lorica (procedente de esa guerra) un miembro del Batallón Colombia, a quien el pueblo no tardó en bautizar como “Corea”. Llegó como lisiado de guerra y se movía por el pueblo en un carrito de balineras que su sobrino empujaba. Jamás supe su nombre, pues el hombre fue siempre conocido en Lorica como “Corea”. Un día me acerqué en la plaza a su carrito rodante y me atreví a decirle:

            --Oye, Corea, ¡cómo eres de bruto: irte a una guerra sin rifle!

            Como futuro escritor, ya, apenas con diez años, había empezado a jugar con la realidad. Pero con una realidad como la Caribe , que contaba con la capacidad de fabricar ella misma sus piropos en concordancia con lo que sucedía a su alrededor y con lo que afectaba su vida… y la vida del mundo, pues el conflicto de Corea era algo que sobresaltaba a todos los países del Orbe. Eso es lo que después –ya como escritor— esgrimiría como “la capacidad de mis congéneres caribes para ser profundamente locales al tiempo que universales. Gente que se daba el lujo de, no solo recuperar los piropos de la tradición oral (y de usarlos) sino también el lujo de inventarlos… cuando les daba la gana”.
 


 

CARTA A UN JOVEN ESCRITOR

Por: David Sánchez Juliao

Querido Mauricio:

            Me alegra tu respuesta. Sí, intuí el momento. Así somos los escritores, ¿ves?  Siempre he considerado que gozas de un gran talento. Pero para ser escritor no basta el talento. Te ha faltado terquedad. "¿De qué viven los escritores", me preguntaste una vez: "De tercos", te respondí. De modo que te ha faltado terquedad. También, aunque la tienes, te ha faltado inteligencia, pues suelo definir así la inteligencia: es la manera como somos capaces de manejar el talento.

Para llegar a ser escritor, y vivir de escribir, la primera determinación que hay que tomar es la de fracasar. Así, partiendo de cero, todo lo que llegue es logro. También, hay que convencerse de que no se sirve para nada... y dedicarse a dignificar el ocio. Y otra cosa, hay que reconocer que se es perezoso, y sentirse orgulloso de ello. Allí, en el manejo de ocio y en la buena administración de la pereza, está la clave. Pero se necesita valor para reconocerse inservible, para condenarse uno mismo al fracaso y por tanto al ostracismo. El mundo pretende enseñarnos que debemos mantener la cabeza ocupada en cálculos, como dice Thoreau, quien también sostiene que en esta sociedad el cálculo de acciones y cantidades es lo que produce el éxito. Entonces, me pregunto: ¿Cómo llegar a escribir cosas importantes con una cabeza que vive ocupada? Hay que hacer con ella lo que hacemos con el computador y con el correo electrónico: vaciar la papelera, eliminar los mensajes enviados, los recibidos, los ya eliminados, las fotografías a color que ocupan demasiado megas en el disco duro, y dejar el espacio de creación en una liviandad que te permita partir de un Word en blanco. Date por fracasado, entra en crisis, que ello redime. Recuerda que crisis y oportunidad son la misma palabra en chino y se escriben con el mismo ideograma. Aplica al problema de la subsistencia el aforismo que los irresponsables padres de América Latina usan para justificar su pésimo sentido de la planificación familiar: recítate al oído, "Cada libro trae su pan bajo el brazo". O tal vez oculto entre las páginas. No te dejes derrotar por el horror de las cosas del día. Ibsen sostiene que la tragedia del hombre está en lo cotidiano. En el mundo moderno, el meridiano de la infelicidad pasa por el refrigerador vacío. Entonces, haz lo que hice yo en Lorica, mi pueblo natal, cuando me encerré en 1973 a escribir mis primeros cuentos: no tuve refrigerador ni estufa eléctrica. Compraba la carne a diario en la plaza de mercado y cocinaba con carbón vegetal. Jamás tuve teléfono, ni tarjetas de crédito, ni de débito, ni cuenta bancaria, ni habría tenido (si hubieran existido) correo electrónico o teléfono celular. No tenía televisor. No iba al correo ni recibía ni hacía llamadas telefónicas. Sólo una vez fui a la oficina postal: a enviar los originales de mi primer libro a la editorial y de ella recibí la única llamada telefónica que me entró en años... pero al teléfono de una vecina llamada Albertina. La editorial llamó para decir que sí, que iban a publicar el libro. Ese que ahora está traducido a 12 idiomas y el que contiene las frescas y mágicas historias que, ya en la comodidad del éxito, jamás pude volver a escribir. ¡Si vieras las camisas italianas que ahora me toca usar! Pero cada día, al abotonármelas, sueño con aquella vecina que me hacía las camisas de escribir por los días del ostracismo; con telas que mi entonces mujer compraba en los baratillos más humildes del centro del pueblo y mandaba a confeccionar adonde la modista.... pues nos salían muy baratas. Es en lo primero que pienso al vestirme todas las mañanas, y luego me duele sentarme ante mi flamante computadora lap-top, la más moderna, pues añoro mi Olivetti 35, sobre la cual fui siempre el más feliz  viajero del mundo. Desde ella te escribo en esta mañana las presentes líneas cargadas de fresca ternura.... y de inmensa nostalgia; y de mucha envidia, Mauricio, pues no sabes cuánto daría por ser yo quien padeciera la desgarradora crisis que te acongoja. De ser yo, aprovecharía al máximo esa oportunidad, de modo que cuando alguien llegara a hacerme las preguntas que ahora me haces, pudiera responderlas con más claridad y mucha, mucha más felicidad.

Para usar uno de los lemas de las toallas sanitarias femeninas que anuncia la  televisión: “Atrévete”.

Te abraza,

David

 
 

LAS ESQUINAS DE LOAYZA... O LA LÚDICA DEL COLOR

 

Caótica y lúdica, espontánea y anárquica, bárbara y gregaria, cálida y tierna, confusa y orgánica, la esquina del Caribe es la más delirante instancia de una tierra que aprendió a celebrarse en demasía. Nada hay más caribe que una esquina, como nada retrata mejor esta esquina del planeta que una de sus esquinas. En ellas nada se organiza, nada adhiere a un proyecto; allí el proceder surge de la llaneza. En la esquina no hay horarios, ni instantes de compromiso: el que llegó llegó y el que no vino no vino, porque la esquina es expansión y libertad, antonomasia de la autonomía. La esquina es ensanchamiento y dispersión, ¡nadie puede encerrarse en una esquina, a nadie le es dada la esquina por cárcel! La esquina es el ágora del criollo y el sanedrín del mestizo, es cuna del chisme y madre del comentario; es supremo tribunal del control social: nadie escapa al juicio de un bordillo ni a la censura de una esquina. Pero allí, el veredicto no emana del martillo del juez sino del golpe del dominó. Tras el juicio, llega el dobleseis; y tras éste, la sentencia: ‘¡Mal hecho lo de ella, pero peor lo de él!’. Desde la esquina corre la voz, porque la esquina es periódico pero también editorial. La esquina sienta precedentes, crea jurisprudencia, funda posiciones; la esquina genera opinión. No obstante, la esquina es instancia de viva vida, pues nadie ancla armado en una esquina, como a nadie se le ocurre matar en ella. Por tanto, la esquina es también grito de paz. Desde ella se hace mueca a la violencia en la lectura del bando de Carnaval, y mueca se hace igualmente de la vida y de la muerte, de la cuna y la mortaja. De todo hay en las esquinas, ¡hasta tienda! Y ambas son –tienda y esquina— el final destino de otra categoría cultural: la del ‘mandado’. Así, los niños que lo hacen se hacen parte de la esquina; de paso, mientras la dueña despacha el azúcar o la sal, o mientras la vieja de los fritos –que llega a instalar su anafre-- logra servir el peto o armar la carimañola. De ese modo, los niños se van haciendo a la esquina; en donde, cuando sean grandes, habrá de todo para ellos, hasta hitos musicales; que los hay. ¿En dónde, si no en una esquina, empezó a cantar Beny Moré?

No resulta extraño entonces que Néstor Loayza, ese grito de nuestro propio color, haya escogido las esquinas del Caribe para alucinarnos de nuevo con la magia de sus aguas y el tenor de sus pinceles; para permitir regodearnos una vez más en su maestría de íntimo amigo de lo tocante y cultor de lo esencial. Por esas esquinas que él mismo pinta, pasó una tarde Loayza... y en ellas quedó atrapado, tras los barrotes de su vida palpitante ---como un corazón de tierra— y tras las aldabas de sus matices y sus colores. Único maestro en el mundo, este Néstor Loayza, que ahora tiene la esquina por cárcel; y único hombre, también, que ha logrado encerrarnos en ella, a nosotros y al Caribe en general. Con él, todos estamos, pues, encanados en profunda libertad. 

 

 


 

BOGOTÁ PARA CUATRO PLUMAS:

 

 

-- Escritor Cepeda Zamudio, ¿qué es para usted la nostalgia?

-- Un costeño con guayabera en Bogotá.

 

* * * *

 

-- Escritor García Márquez, ¿qué es para usted un costeño?

-- Alguien que viste el mejor paño inglés, que ama el centralismo, que pretende ser sofisticado y de muy buena familia... pero que escribe muy mal.

 

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-- Escritor Sánchez Juliao, ¿de dónde es usted?

-- De Bogotá; soy de los Sánchez de “Teusaquillo” y de los Juliao de “La Candelaria”.

-- Pero...habla usted como costeño.

-- Sí. Lo que pasa es que yo me he pulido.

 

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-- Escritor Zapata Olivella: como médico, ¿ qué piensa de Bogotá?

-- Que fornicar a 2.600 metros de altura...¡sólo las cabras y los cachacos!
 

FRAGMENTO DE UNA NOVELA EN PROCESO QUE SEGURAMENTE REFORZARÁ EL IMAGINARIO DE CADA LECTOR DE EL COLOMBIANO, SOBRE TODO CUANDO SE SUPONE QUE EL ESCENARIO DESCRITO TIENE QUE VER CON COVEÑAS.

 

 

“Aquella tarde hice una siesta portentosa. Desde antes de pasar a la mesa al mediodía, había encendido el aparato de aire acondicionado de la alcoba. De modo que luego del almuerzo, hallé la habitación en la justa temperatura para dar la razón a cuanto una tarde se me ocurrió escribir desde la hamaca: Otra verdad revelada: el elixir de la siesta es un invento de Dios. Sólo su vasto saber y su infinita bondad han podido permitir zambullir la luz del día en dos horas de eternidad”. No sé de dónde me salió aquello de involucrar a Dios en semejante acto de molicie tropical, tan propio –por cierto— de los escritores de estas tierras. No estuve, desde luego, de acuerdo con Kant, con el propio Emmanuel Kant, el filósofo, quien –muy curiosa cosa— afirmó un día que a los caribes nos perdía la desidia, la siesta y el desinterés. ¡Vaya insolencia! Seguramente, el señor Kant –con todo el respeto que me inspira— jamás tuvo oportunidad de pasar un verano de playa en estas deliciosas latitudes, como tampoco ocasión de conocer la eternidad en la siesta de una hamaca tejida en fibra de algodón. Entiendo, sin embargo, su actitud frente a nosotros, por una razón –según comenté cierto día a un amigo--: tampoco conoció el aire acondicionado. ¡Vaya cosas que se le ocurren a uno en estas liviandades tropicales! Es que, ¿cómo habría de ser uno trascendental escribiendo sobre hamacas o sobre siestas? Y, menos, mucho menos, en ese delicioso microclima que el mundo nos regala luego de aquellas dos horas de holganza.

Es tan dulce y cálido todo en estas tierras --allá afuera-- cuando baja el furor del sol y llega la brisa vespertina, que el cuerpo mismo lo presiente, aún en el encierro del aire artificial de la alcoba. Pareciera que, además de la batería marina, cargáramos los caribes una especie de termómetro incorporado que nos permite detectar a distancia la más agradables temperaturas. En ese sentido, somos muy similares a los seres humanos habitantes de cualquier latitud: padecemos los rigores del clima, y los hemos aprendido a manejar; a ambos, digo: rigor y clima. Y, aunque no tenemos noción de lo que los congéneres de tierras lejanas llaman estaciones, la variación del clima nos hace dividir tanto el año como sus días. Me explico: el año en dos grandes temporadas, la de secas y la de lluvias –que incluye monzones y vientos del sudeste--, y el día en horas de calor y horas de fresca. La siesta, por tanto, es la deleitosa franja existente entre esas dos porciones de día, es el entrelineado, la mediagua, el entresopor que nos hunde diariamente en la muerte de casi cuarenta grados y que nos hace renacer a la etapa de frescor más allá de las cuatro de la tarde. El final de la siesta es casi una resurrección de entre los muertos. A esa hora, el universo se celebra y la vida parece empezar. La brisa llega, casi siempre desde un mar tranquilo y fresco, más intenso en sus azules y sus verdes, las palmeras se mecen con el viento fresco y el susurro de sus ramajes dota a ese viento de la propiedad de ser auditivo. Razón tiene quien afirma que el fresco de la tarde junto al mar entra no por la piel sino por los oídos.

A esos espacios salí aquel día antes de las cinco de la tarde: a oír la brisa por los poros. Llevaba puesto el pantalón de baño y la toalla tirada al hombro; en una mano los lentes de sol y en la otra los cigarrillos y el encendedor. Caminaba descalzo y sobraban los lentes, pues el sol, como una naranja encendida, iba camino de tocar el horizonte entre un festejo de arreboles. El aire se había hecho menos denso y pesaba poco, así que bajaba con más facilidad a los pulmones y, desde luego, subía hecho oxígeno desde la sangre más ductilmente a la cabeza. Incluso los pensamientos resultaban tan claros como la tarde, tan frescos como la brisa; y brillaban encendidos como el sol. Daba la sensación de que no solo la alta temperatura había bajado sino también los niveles de la presión atmosférica. Mientra andaba hacia la playa, alcancé a sentir que no había arena bajo la planta de los pies. Tuve que mirar hacia abajo para convencerme de que no levitaba. Volví a alzar la vista, y logré percatarme de algo que no había notado antes. El mundo, entero, tenía un color de azafrán.

Entre todas aquellas sensaciones, fueron mojados mis pies por una ola que moría sobre la arena, cuando un hombre vestido de largo pantalón de lino, camisa de cuello duro y corbata de rayas transversales, me saludó en su rápido andar por la estrecha senda de arenilla que separaba la playa del antejardín de la cabaña.

--Buenos días tenga usted, distinguido señor --murmuró, en tono caballeroso.

            --Sí, buenos días –respondí, algo perplejo, no sólo por el insólito atuendo usado por el hombre para pasear por la playa, sino por la manera como lenguaje y atuendo en él se conjugaban. ¿En qué consistía lo distinguido de meterse uno al mar vistiendo una simple y normal pantaloneta de baño?, me pregunté. Ni siquiera traía conmigo los lentes de sol, los cigarrillos o la toalla, elementos que había dejado tirados a un lado de la senda que ahora el hombre de corbata transitaba.

            Cosas del trópico, pensé, y me adentré en las aguas con cuidado hasta cuando el mar cubrió mis hombros. Experimenté en el cuerpo una sensación de deliciosa calidez. El agua, casi quieta en su vastedad, apenas dibujaba en su superficie las ondas del líquido en un vaso cuando lo tomamos. Había sido entibiada por el sol de naranja que ahora aceleraba en nuevos encendidos arreboles el último adiós del día. ¿Por qué no había traído al mar un poco de whisky en un vaso desechable? O tal vez en el propio pesado vaso corto de cristal que uso para el escocés de aperitivo. En fin...

          Decidí volverme sobre los talones, que giraron sobre una superficie casi hecha de polvo de arena. Saqué las manos del agua –para eso había girado— y posé las palmas abiertas frente a mis ojos y contra el aún encendido sol granate a mis espaldas. Mis manos parecían haber sido pintadas con sangre; tal era la intensidad del rojo rubí que el sol le había hecho alcanzar a todo, hasta al aire. Entonces, bajé las manos de nuevo, las sumergí en el agua y volví a ver al hombre de pantalón de lino, de camisa de cuello y de corbata a rayas transversales. Se había detenido a cien metros de donde yo, simplemente, movía brazos y manos en el intento de nado que me mantenía a flote. Estaba parado sobre el camino de arenilla, frente a la blanca y enorme casa vecina y miraba hacia ella de una forma nerviosa e inquieta, moviendo la cabeza como un perrito de taxi, y como a la espera de que alguien se asomara...

 

 

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Durante dos de las mañanas de los tres días siguientes, pasaron los pescadores en sus canoas con sierras frescas y pargos rojos. Volví a tomarles fotografías y a conversar con ellos a la orilla del mar. Ah, y las siestas en las tardes fueron largas, profundas y sosegadas. Claro, la escasez de sueño en la madrugada, debido al temor de una llamada de Griselda, hizo que todo se compensara en aquellas tardes sin compromiso. Porque mis siestas son serias. Son siestas juiciosas y de un alto compromiso existencial; y que cumplen al pie de la letra las normas establecidas: desvestida y vuelta a vestir con piyama, cortinas cerradas, aire acondicionado a todo vapor –o calefacción, cuando sea del caso--. Pero lo más importante de todo ello es el contenido bipolar de esas siestas: mitad hecha en la hamaca y la otra mitad en la cama. La hamaca, en la siesta en sí, cumple los roles de prólogo y epílogo, mientras que la sustancia propiamente dicha de la siesta es el descanso en la cama; con dos almohadas, una para la cabeza y otra para los brazos o la entrepierna. Al prólogo de la siesta en la hamaca se le denomina “la agarrada del sueño”; y al epílogo –cuando uno vuelve a pasarse de la cama a la hamaca; sudando algunas veces, cuando no hay aire acondicionado--... a ese epílogo se le llama “el reposo”. Por tanto, reposar es algo diferente de dormir o descansar o hacer la siesta. Reposar es reposar de la siesta, porque como dice un buen amigo de estas tierras, “Uno sudado y todavía recién levantado no se puede bañar, porque le puede dar algo”. Ese reposo tampoco es descanso. Repito: ese reposo es, simplemente, reposo; porque uno descansa cuando está cansado, y para reposar no es necesario estarlo. Uno puede reposar por el solo placer del reposo. Reposar, sobre todo después de la siesta –la que sí podría tomarse como descanso— es un acto de hedonismo puro, del más sublime sibaritismo y del más refinado epicureísmo. El asunto, por tanto, es de matices, y más complejo de lo que parece. Y es un asunto importante, fundamental para la vida del hombre, del ser humano, porque constituye una materia que toca cuanto los humanos hemos venido persiguiendo desde el comienzo de la Historia: la felicidad. Y es preciso ser caribe para entender que una hamaca, en efecto, y las consiguientes siestas,  tienen que ver con eso, con la felicidad del género humano. Por lo menos... del género humano caribe.

Cuando en eso pensaba, justo en medio del reposo, sonó el teléfono celular. Miré a la pantalla. Era ella. Tuve el valor de dejar sonar el aparato una, dos, tres veces. Cuatro veces. La llamada debió haber entrado al buzón y ella debió haber dejado un mensaje de voz, el que no iba a escuchar. Lo había decidido....”


 

EL TORMENTO DE LO LIGHT

[Publicado en la Revista El Espacio, Bogotá, viernes 6 de agosto de 2002]

 

Cuando pienso en lo tormentoso que resulta, para la gente inteligente, lúcida y sensible, el mundo light de este traslape de siglos, se me vienen a la cabeza las zonas de tolerancia que aun existen en ciertos poblados de Colombia: ¡vaya analogía! Pero preguntémonos: ¿Qué hizo posible estas zonas alejadas y atestadas de vagabundos y casas de prostitutas? Lo hizo, la sospecha de la existencia, por parte de las autoridades municipales y religiosas, de lo que consideraban la arista más deleznable de la condición humana: aquella relacionada con el eros, la libido, la necesidad de satisfacción sexual en el hombre; y la triste necesidad de ciertas mujeres de derivar su sustento de una actividad para que la que siempre ha existido mercado.

Si yo fuera alcalde de un pueblo, o párroco de una comunidad... u obispo de una diócesis, no me opondría, quizá, a la existencia de esas zonas.

Algo similar sucede con el mundo light de hoy, pero al revés. Inventada, patrocinada y promovida por los medios de comunicación de masas y por el establecimiento político, la sub-cultura light es garantía para dos cosas: la aceleración del consumo en la franja joven de la sociedad y la castración política de esa misma franja, la que a lo largo de la Historia --imposible negarlo-- ha sido la gestora de cambios y portadora del ánimo de sacralización de la vida. Si no, echemos una mirada a lo que fueron las décadas de los sesentas y los setentas.

Lo light se entiende, y hasta se justifica como un arma válida en los empeños alienadores de los adalides del consumismo y de la llamada economía de mercado... quienes intentan --y hasta logran-- legitimar la juventud y la vacuidad como razón suprema de la existencia humana.

Pero viene la pregunta: ¿y para los que pensamos, para los que soñamos con que un mundo sacro es posible, para quienes respetamos la experiencia de los mayores, para quienes la belleza está en sitios diferentes a los cuerpecitos, los ombliguitos y las cremas para la piel en la mujeres, para quienes soñamos con una nueva era de utopías, un regreso al contestatarismo, a la crítica de las cosas, para los que amamos la razón, para quienes vale más Hamlet que Condorito, o el tablado de la ópera que la pasarela, la belleza natural que la cirugía estética, para todo ese ejército de gente que piensa, ama, vive y sueña con un mundo hermoso y solidario... no habrá, acaso, como en los pueblos, una zona de tolerancia?. Me explico: si se reconocen al amor, la belleza, la solidaridad, la bondad, la ternura como parte consustancial de la condición humana, ¿no habrá para quienes creen y practican esos valores un canal de televisión, una cadena radial, un publicación estatal ! que no esté plagada de simplismos, de lugares comunes, de tontadas insaboras e intrascendentes? ¡Ya hasta Señal Colombia, el llamado canal cultural, está plagado de fórmulas uno, de patinadores, de boxeadores, de programas de belleza y de dizque orientación sexual... y de insípidas sesiones de las cámaras legislativas de los caciques políticos! Caray: ya no respetan nuestros terrenos. Quédense, por favor, con sus canales light y comerciales y dejen para los amantes de lo culto y lo sublime los canales culturales, pues lo que está sucediendo es como si el obispo se fuera adonde las putas!


 

LA PRINCESA DEL  “HOTEL DE CINCO HUESOS”

 

                                                                              Por  David Sánchez Juliao

 

Nuestra perra se llama Tita, como la dueña de su jardín-escuela. Tita, la perra, es una apacible y amorosa setter-irlandesa. En cambio, Tita, la dueña del jardín, es una colombiana amable y cariñosa, que ama la vida casi menos que a los perros. Su hotel perruno se llama como las dos, Tita, pero su lema es superior a su nombre: “Un hotel de cinco huesos para su perro”, ¡y vaya que hotel! Ya querría yo irme allí a descansar de tanto ladrido que se escucha en este mundo cruel y de verdad.

            Un día, habiendo llevado a Tita, nuestra perra, a la población de Tabio para que descansara del colegio de Tita, la dueña, se nos acercó en plena calle... otra perrita, de pocos meses. No nos buscaba a nosotros sino a Tita, la perra, con el afecto y la necesidad con que una hermana perdida busca calor y consuelo en la hermana mayor. Era una perrita de la calle, destinada al infortunio de chandoso can callejero. Ganó nuestro corazón por tierna y necesitada, pero también porque Tita, la perra, precisaba de una hermanita para todo, hasta para ir a las clases de cinco huesos que imparte Tita, la dueña.

Decidimos llevarla con nosotros; adoptarla. Paloma, quien no es una paloma sino mi hija, la bautizó como Frida, dada su admiración por la Khalo.

Frida tiene hoy seis meses y goza del mismo afecto y de iguales privilegios que Tita; y que Paquita, la hermana mayor, que es una linda y ‘conchuda’ tortuga-morrocoy.  Pero Frida, a quien Cata endilgó la raza “Cacri” –callejera-criolla--, se ha convertido en el fenómeno de la cuadra, en la sensación del barrio. Es el menos común de los perros del vecindario, y pienso que de la ciudad. En un mundo en donde todo propietario se desvive porque su animal se parezca lo menos posible a su dueño, Frida es lo más parecido que hay a sus papás: colombianitos, criollitos, nativos de aquí, comuncitos y corrientes, amantes de las propias cosas, tributarios del ajiaco y del arroz con coco, sin ínfulas de ser lo que no son, sin aspiración distinta a la de ser lo que Colombia los hizo; y felices, muy felices de ser medio “cacris” también.

Tita, la perra, y Frida, la perrita, son el símbolo de esta casa: lo universal y lo local comiendo del mismo plato, ladrando en el mismo espacio, viviendo la misma vida, suscitando el mismo interés... y yendo a la misma escuela de cinco huesos: la de Tita, la amable dueña, quien ha becado a Frida por ser –entre tantos setters, labradores, puddles y retrievers-- los más tierno y colombiano que ladra por allí.                                                       

 

Bogotá, 2006