David Sánchez Juliao
DAVID SANCHEZ JULIAO
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OBRA ESCRITA


 

 

COLUMNAS

 

RAÍCES CONTRA EL VIENTO

(Publicado en la revista SEÑALES, 2008)

Cierto día –en un autobús repleto de paseantes occidentales– escuché de labios de un guía turístico en Tailandia esta frase: “Para no dejarnos confundir, es preciso que seamos como los árboles, las raíces bien atadas a tierra propia pero dispuestos a movernos al impulso del  viento”. Aquella sentencia fue el origen de muchos pensamientos escritos, de muchas públicas intervenciones y de varias discusiones con amigos. Pero el meollo del asunto fue siempre el mismo: ¿qué hacer ante a esta moderna avalancha globalizante que, además de sacudirnos al vaivén de vientos ajenos, tiende a desenraizarnos?   

La inserción de América Latina en el proceso de globalización es inevitable, independiente de que esta sea buena o mala; inevitable, como fueron la conquista, el saqueo o la esclavitud. Pareciera existir en nuestro subcontinente un aire de predestinación a la dependencia. Por tanto, ¿alcanzaremos a ser totalmente libres e independientes algún día? De esta pregunta se desprende otra, no menos atrevida: ¿Qué hemos hecho para ser libres? Y de esta, una tercera: ¿Para lo hecho, hemos utilizado el camino correcto?

Es triste ver en nuestras ciudades capitales, cómo su desarrollo urbanístico es muestra del turnarse de los imperios en el dominio. El centro histórico en muchas de ellas responde a lineamientos arquitectónicos de corte colonial ibérico. Más adelante, la arquitectura es de tipo francés, luego inglés y finalmente norteamericano. Un paseo de sur a norte en Bogotá corroborará lo dicho.

 No está desfasado, entonces, el prestigioso sociólogo Orlando Fals Borda cuando sostiene que ‘globalización’ es el nuevo término acuñado para referirse a la continuada dominación de la que hemos sido víctimas desde el siglo XVI. Sin embargo, agrega que, a juzgar por la suerte corrida por los imperios hasta hoy conocidos, todos han  terminado derrumbándose. ¿Debemos, entonces, esperar un nuevo tsunami histórico para ser independientes? ¿No sucederá que, tras él, otras potencias surgirán para sacar provecho de nuestra predisposición a la dependencia? ¿Que podríamos hacer para consolidarnos de tal forma que estas nuevas fuerzas no entren a dominarnos? ¿Es evitable la presente corriente de globalización? ¿Cómo deben las nuevas generaciones responder al reto de ‘derrotarla’? La respuesta tendría dos variantes: la económica y la cultural.

El llamado ‘fracaso histórico de América Latina’ se debe en parte a la sospecha de que es posible un equitativo desarrollo económico divorciado de procesos de afirmación cultural y de orgullo de pertenencia. Es preciso, al abordar el tema, tener claro que América Latina no es una. En su geografía conviven múltiples culturas y diversas cosmovisiones. Sus más deprimidos sectores populares son los más afirmados culturalmente. Sus clases medias son amorfas, avergonzadas de su pertenencia y alienadas en los valores de la clase media universal. Su dirigencia es casi siempre depredadora y desprovista de sentido social.

Todas esas clases han sido víctimas del ‘eurocentrismo’, el que desde los albores de nuestra historia nos vendió la idea de que Occidente era el centro del universo y que su pensamiento era el único válido y legítimo. Tal legitimación permitió los más execrables crímenes de la Historia: la conquista, la esclavitud, el colonialismo…

A ese respecto, Fals-Borda piensa que la globalización es evitable, si en países como los nuestros “aplicamos políticas de desarrollo local (por esa razón llamadas de ‘glocalización’)”. Pero, según él, esas políticas deben buscar afirmarse en actividades culturales y en tradiciones que definan los perfiles propios de los pueblos, ya que “al eurocentrismo se le responde con el aprecio orgulloso por lo que somos y tenemos”.

.Opina también el reconocido sociólogo que no cabe duda de que esos crímenes son “totalmente imputables a la llamada ‘civilización occidental’, cuyos epígonos se han distinguido por la exclusión y la guerra”. Según él,  la miseria y la pobreza se han multiplicado en el mundo desde hace seis siglos bajo el sofisma de las buenas intenciones “otromundistas”.

Pero podría haber una salida. Aunque jamás hemos sido modernos, un buen entendimiento del término ‘posmodernismo’ podría conducirnos a una ‘sana anarquía’, si consideramos cada instancia cultural como la única y legítima, afirmándose en sí misma y exigiendo respeto al tiempo que respeta las ‘otredades’.

Esta ‘gran cruzada’ cultural tendería a reforzar los sentidos de identidad y pertenencia ya existentes en los amplios sectores populares al margen de la economía –mestizos, indios, negros, pobres en general– y a renacerlos o a generarlos en la clase media ‘educada’, poseedora de las destrezas y la información, y motor de la economía.

Sucede que siempre fuimos ‘colonia’, eternamente subordinados. Siempre se nos negó ser, pues siempre fuimos en función de otros. Y de tanto querer ellos que fuéramos como ellos y de tanto querer nosotros ser como ellos, terminamos siendo una doble caricatura, la ajena y la propia. El pensador William Ospina sostiene que debemos asumir la diferencia como riqueza. “Frente a los fascismos que hoy resurgen, se alza esta urgencia de hacer que en el mundo persista la diversidad de la que depende la vida. El triunfo de un solo modelo, de una sola verdad, de una sola estética, de una sola lengua, es una amenaza tan grande como lo sería en el reino animal el triunfo de una sola especie”.

Pero… “No hay mal que por bien no venga”, reza el aforismo. Ello, en el sentido de que “un punto interesante en este proceso de globalización es que el mismo está generando una conciencia de la diversidad latinoamericana –dice la escritora argentina Alex Ferrara–. Bien podríamos trabajar en la construcción de nuestra ‘Latinoamérica globalizada’ para que así el mundo sepa de nuestras riqueza y diversidad, de la inmensa fuerza que significan tantos millones de hispanohablantes en el planeta”.

Lo que anota Alex Ferrara mucho tiene que ver con la ‘sana anarquía’, en el sentido de propender por la conciencia de la diversidad y por el orgullo de cada pertenencia, considerándola como única y legítima pero en franco respeto por las otras.

“No hay que asustarse, sin embargo, ante el término ‘anarquismo’ –insiste Fals-Borda–, pues este responde a una filosofía respetable y a una búsqueda alterna de organización sociopolítica”. No se trata, pues, de anarquía vista como desorden. En América Latina, dada la baja densidad demográfica, fue posible poblar vastos territorios aprovechando las lejanías y los intersticios. Lo intocado por los hacendados, fue ocupado constructivamente por indígenas, negros cimarrones, campesinos pobres y colonos raizales.

En uno de sus ensayos, William Ospina cuenta que en la guerra de los ‘boers’ en Sudáfrica, Chesterton se declaró partidario de los nacionalistas sudafricanos en nombre del nacionalismo inglés. Acusado de traición, respondió: ‘Yo soy nacionalista. Ser nacionalista no es sólo querer a la propia nación sino aceptar que los demás tengan la suya’.

América Latina no puede, pues, despertar a un equitativo desarrollo económico sin conocimiento de su pasado, su historia, su cultura, su potencial como usuaria de una lengua hablada por casi 500 millones de personas y como poseedora de inmensos recursos naturales. Sólo esa convicción permitirá a nuestro subcontinente saber qué representa en el contexto de las naciones y saber para quién genera riquezas y en busca de qué.

Pero, ¿cómo deben responder los jóvenes de hoy al reto que lo expuesto les plantea, y por donde deberían empezar?

La esperanza de una nueva América Latina nacida de un cambio de estructuras depende de que las nuevas generaciones se preparen para ser agentes de cambio en lo social, lo cultural, lo económico y lo político; pero sin dejarse sobornar ni cooptar, como ha sido la costumbre.

Es urgente que comience a darse el relevo en las dirigencias del subcontinente, y que empecemos a expulsar por la vía democrática a quienes han sido los culpables de nuestra pobreza y de nuestra condena al subdesarrollo. Y muy importante: debemos, en la nueva concepción de una América Latina justa, mirar hacia las opciones que abrazaron nuestros pueblos fundacionales para resolver los problemas que el  vivir les planteaba. Esos pueblos tienen mucho que enseñarnos, pues de no haber sido destruidos, esta América Latina de hoy sería muy similar a la que sus buenos hijos soñamos.

davidsanchezjuliao@yahoo.com

 



 

LA  NOCHE  DE  STUTTGART    

(Publicado en la revista SEÑALES, 2008)                                       

           

            El punto de encuentro era el aeropuerto de Heathrow en Londres. Llegaríamos desde distintos puntos de la América Latina, estragados por el cambio de hora.

            No nos conocíamos, ni habíamos tenido ocasión de compartir experiencias en giras, convenciones o congresos internacionales.

            La invitación fue enviada con suficiente antelación. Se trataba de alternar con estudiantes y profesores europeos.

            Existe en países como Alemania un profundo interés por la América Latina. Las universidades cuentan con departamentos que estudian nuestra lengua, nuestra literatura, la historia y los problemas sociales de la porción de mundo de donde procedíamos los cinco escritores invitados.

            Stuttgart, la capital del Estado alemán de Baden-Württemberg, era el punto inicial de la gira, la que también incluía Berlín, Copenhague, Viena y Budapest. Dos semanas en total; cerca de tres días por ciudad. Hablaríamos ante un público universitario; y, desde luego, seríamos objeto de agasajos y atenciones.

            En tales ocasiones, como parte de su proverbial sentido de la programación y el cumplimiento, los europeos suelen ser estupendos anfitriones.

            Con horas de diferencia, fuimos llegando a Heathrow en Londres. La lógica establecía el punto de encuentro: el mostrador para el registro del vuelo de las 4 de la tarde a Stuttgart. Frente a ese mostrador hubo material suficiente para escribir un nuevo “Libro de los abrazos”.

* * *

            La salida del vuelo hacia Stuttgart hizo honor al quisquilloso sentido de la puntualidad alemana. “Quisquilloso: palabra para caballo fino”, comentó uno de nosotros en voz baja, y otro nos sorprendió con la coincidencia: “Stuttgart significa yeguada. Su nombre procede de los establos del conde Luidolf de Suabia, en torno a los cuales nació la ciudad”. Reímos, naturalmente. ¡Felices escritores jugando con las palabras! Y todos, todos latinoamericanos, exultantes en el sentido y el disfrute del humor. Luego resultó que –de acuerdo al diccionario que alguien traía– el nombre inicial de la ciudad fue Stutengarten, o sea “jardín de yeguas”. Volvimos a reír, sotto voce, de modo que los serios anfitriones no nos escucharan.

            La empatía, entre los –hasta hacía pocas horas– desconocidos escritores, fue inmediata. Y todo empezó por el curioso detonante del jardín de yeguas. Para más: ¡una de las profesoras anfitrionas, Helga, tenía ­–en verdad­– una cara tan de yegua como la de Bárbara Streisand!

            Sttutgart era una ciudad agradable, convinimos; mucho más en primavera. Desde el momento de la llegada, percibimos el suave olor de sus viñedos aledaños, y nos impresionó el verdor de sus colinas y sus bosques. 

* * *

            Cenamos de forma abundante y dormimos plácidamente las horas de sueño necesarias para adaptarnos al nuevo horario. Al día siguiente desayunamos ensalada de papas con salchichas y comimos embutidos de carne al mediodía. La primera sesión de conferencias empezó a las dos y terminó con el crepúsculo. Cada escritor habló ante un grupo de estudiantes graduados –todos con perfecto dominio del español– y, luego de una cena frugal, se nos sorprendió con la noticia de que asistiríamos esa noche a una fiesta de bienvenida. “Y habrá yegüitas por montón, seguramente”, susurró el mexicano.

            La “fiesta” (valgan las comillas) tuvo lugar, ¡oh paradoja!, en casa de Helga, la yegua alter-ego de Bárbara Streisand; y, a decir verdad, empezó a competir desde el primer vaso de cidra con la más aburrida de las fiestas europeas. Asistimos unas 30 personas: “Dieciséis caballos y catorce yeguas”, retozó el peruano: “Todo un establo”.

            Aparte de nosotros, las 25 personas restantes eran profesores del Departamento de Español y Portugués de la Universidad, investigadores del Departamento de Estudios Latinoamericanos y algunos compatriotas nuestros residentes en Stuttgart.

            Pero “la fiesta” no tomaba forma, no cuajaba, ante la ausencia de uno de nuestros más definitorios rasgos: la lúdica. Y dijo el argentino: “Che, esto parece un velorio, ¿viste?”. El colombiano fingió seriedad: “Pero, cuadro, hemos venido a trabajar”. “Sí, a trabajar, pero en horas de trabajo”, acotó el panameño. De repente, una botella de whisky –llegada de contrabando en un abrigo– borró la presencia de la cidra y, como por encanto, la lúdica emergió, en medio de salsa cubana y una que otra cumbia de Colombia.

            Con todo ello, algunos de los profesores latinoamericanos y los invitados residentes en Stuttgart que también lo eran, se sumaron al desorden del whisky de ‘contrabando’, de la música de salsa, de las cumbias, los albures, los remedos y las bromas.

            La temperatura no demoró en subir y la “fiesta”, entonces sí, fue una fiesta. Algunos nos burlamos de la manera como el colombiano bailaba un tango de Gardel moviendo las caderas como en la cumbia, y de la forma como el argentino bailaba un vallenato de Carlos Vives con las caderas tiesas de la milonga.

            No tardó en saltar al ruedo el peruano que imitó a Cantinflas, a cuyo arrojo respondió el panameño que soltó “El Rey” de José Alfredo Jiménez a todo pecho, acompañándose de gestos de dolor a los que el mexicano respondía con un “¡Brindo por ellas, aunque pérfidas son!”.

            En medio de tal faena de ardores y dolores, de risas y de llantos (América Latina pura), advertí que Helga, la anfitriona, salía al balcón y se apoyaba en la baranda a mirar al horizonte. Pensé que se nos había ido la mano… en cantos, bailes y razones de pertenencia.

* * *

            Fui hasta ella y la encontré llorando. “Perdónanos –le dije–. Hemos sido víctimas del síndrome de la celebración de la vida en exceso. Ofendimos tu hospitalidad, pero así somos, qué le vamos a hacer”. Helga me miró a los ojos con los suyos de yegua rubia: “No, no –farfulló–, no estoy llorando por ti, por ustedes; estoy llorando por mí, por nosotros”. Volví a mirarla a los ojos: “¿Cómo así?”. Sacó un pañuelo de holán y se secó las lágrimas: “He estudiado la América Latina durante veinte años, y jamás me he preguntado lo que ahora me pregunto: ¿cómo es posible que un colombiano baile a Gardel tan… impunemente, digamos, y luego un panameño llore en un canto de José Alfredo Jiménez, y que un argentino sienta la cumbia, aunque con caderas tiesas; y que todos, desde la Patagonia hasta Tijuana en México se rían de las ocurrencias de un mismo Cantinflas, y que…” La interrumpí: “Es que somos…” y no pude continuar. La bulla al interior continuaba. Helga volvió a hablar: “Dime: ¿cuántas horas de vuelo en jet hay entre Tijuana en México y Comodoro Rivadavia en Argentina?”. Me aventuré: “Tijuana-México DF, tres; México DF-Caracas, cinco; Caracas-Buenos Aires, siete; Buenos Aires-Comodoro Rivadavia, dos y tantas. En total, casi dieciocho horas, sin escalas”. “Y… todavía, allá abajo, en tierra, mientras uno vuela esas horas –dijo ella–, ¿la gente se ríe del mismo gracejo, canta la misma canción y baila la misma música?”. Lo único que se me ocurrió decir fue: “Sí”. Guardamos silencio, mientras la música de adentro hacía vibrar el cristal de las ventanas, y todos, incluidos los alemanes, bailaban.

            Helga pensó por unos instantes cuanto iba a decir. Lo dijo: “¿Sabes? Si desde Stuttgart  viajo en auto unas pocas horas al oeste, es decir, a Francia, Luxemburgo, Bélgica o los Países Bajos, debo usar otra lengua o, al menos, otro sentir para comunicarme con la gente. Si lo hago al sur, a Suiza o Austria, aunque podemos entendernos en alemán, otras distancias se establecen. Pero si viajo unas horas más, al este, a tierra de polacos o checos, los desafectos y las longitudes vuelven a ser enormes; como si lo hago al norte, a Dinamarca. Subyacen, de todas formas, muy al fondo del alma en todos esos países, resquemores milenarios contra los otros, especialmente contra nosotros; ya sabes por qué. ¡Ni pensar en reírnos de la misma gracia o en cantar con idéntico ardor la misma canción!”.

* * *

            Antes de regresar al salón de la fiesta, Helga y yo nos confesamos sendas cuitas. Ella me dijo: “En los veinte años que llevo estudiando a la América Latina, y enseñando sobre ella, jamás había aprendido tanto como en esta noche”. Yo le confesé: “No siempre somos tan pacíficos. Nosotros también tenemos nuestra historia –la tomé del brazo–. Ven, entremos y disfrutemos de esta noche única, especial”. Y la saqué a bailar.


 

 

EL TORMENTO DE LO LIGHT

[Publicado en la Revista El Espacio, Bogotá, viernes 6 de agosto de 2002]

 

Cuando pienso en lo tormentoso que resulta, para la gente inteligente, lúcida y sensible, el mundo light de este traslape de siglos, se me vienen a la cabeza las zonas de tolerancia que aun existen en ciertos poblados de Colombia: ¡vaya analogía! Pero preguntémonos: ¿Qué hizo posible estas zonas alejadas y atestadas de vagabundos y casas de prostitutas? Lo hizo, la sospecha de la existencia, por parte de las autoridades municipales y religiosas, de lo que consideraban la arista más deleznable de la condición humana: aquella relacionada con el eros, la libido, la necesidad de satisfacción sexual en el hombre; y la triste necesidad de ciertas mujeres de derivar su sustento de una actividad para que la que siempre ha existido mercado.

Si yo fuera alcalde de un pueblo, o párroco de una comunidad... u obispo de una diócesis, no me opondría, quizá, a la existencia de esas zonas.

Algo similar sucede con el mundo light de hoy, pero al revés. Inventada, patrocinada y promovida por los medios de comunicación de masas y por el establecimiento político, la sub-cultura light es garantía para dos cosas: la aceleración del consumo en la franja joven de la sociedad y la castración política de esa misma franja, la que a lo largo de la Historia --imposible negarlo-- ha sido la gestora de cambios y portadora del ánimo de sacralización de la vida. Si no, echemos una mirada a lo que fueron las décadas de los sesentas y los setentas.

Lo light se entiende, y hasta se justifica como un arma válida en los empeños alienadores de los adalides del consumismo y de la llamada economía de mercado... quienes intentan --y hasta logran-- legitimar la juventud y la vacuidad como razón suprema de la existencia humana.

Pero viene la pregunta: ¿y para los que pensamos, para los que soñamos con que un mundo sacro es posible, para quienes respetamos la experiencia de los mayores, para quienes la belleza está en sitios diferentes a los cuerpecitos, los ombliguitos y las cremas para la piel en la mujeres, para quienes soñamos con una nueva era de utopías, un regreso al contestatarismo, a la crítica de las cosas, para los que amamos la razón, para quienes vale más Hamlet que Condorito, o el tablado de la ópera que la pasarela, la belleza natural que la cirugía estética, para todo ese ejército de gente que piensa, ama, vive y sueña con un mundo hermoso y solidario... no habrá, acaso, como en los pueblos, una zona de tolerancia?. Me explico: si se reconocen al amor, la belleza, la solidaridad, la bondad, la ternura como parte consustancial de la condición humana, ¿no habrá para quienes creen y practican esos valores un canal de televisión, una cadena radial, un publicación estatal ! que no esté plagada de simplismos, de lugares comunes, de tontadas insaboras e intrascendentes? ¡Ya hasta Señal Colombia, el llamado canal cultural, está plagado de fórmulas uno, de patinadores, de boxeadores, de programas de belleza y de dizque orientación sexual... y de insípidas sesiones de las cámaras legislativas de los caciques políticos! Caray: ya no respetan nuestros terrenos. Quédense, por favor, con sus canales light y comerciales y dejen para los amantes de lo culto y lo sublime los canales culturales, pues lo que está sucediendo es como si el obispo se fuera adonde las putas!



 

ARROZ CON CANGREJOS DEL AIRE    

(Publicado en la revista AVIANCA, 2008)

 

           

            Era agosto de 1958. Dos horas demoraba el vuelo de Montería a Bogotá en aquellos aviones Douglas DC-3, de mínima tripulación y ruidosos motores de hélices. Aún no existía el control de rayos X, ni la prohibición de transportar ciertos materiales. De ahí que Pedro considerara que nada de malo tendría subirse al avión con una bolsa que contenía tres docenas de cangrejos vivos. Un amigo se los había encargado, pues lo acosaba un antojo particular: arroz con cangrejos de río.

            Gracias a aquel suceso, Pedro y Liliana son hoy marido y mujer. Podría decirse que su romance tuvo inicio en una de aquellas ‘pasiones de avión’.

            Era un vuelo tranquilo y de nubes bajas. Pedro viajaba con los ojos cerrados. De pronto, en un cruce de piernas, movió la bolsa de los cangrejos. Bastó con que el primero saliera para que los demás lo siguieran. Así que, pronto, el estrecho pasillo del avión se vio invadido por una procesión de crustáceos de gruesa caparazón, múltiples patas, enorme tenaza y ojos salidos. Quien primero los vio fue una hermanita de la caridad que rezaba el Rosario en la silla 8B. Después, un niño detectó uno rasgaba con la muela-tenaza el maletín de sus juguetes. La madre del niño soltó el alarido que alarmó a los pasajeros y alertó a la única aeromoza, quien vio que los cangrejos se habían apoderado del avión, pues los pasajeros levantaban las piernas, se subían a las sillas y acaballaban a los niños en el filo del espaldar. Todo, entre histéricos alaridos y gestos de consternación.

            Cuando apareció el capitán, Pedro había ya recogido la bolsa, la había doblado y escondido en su maletín. Luego, se hizo el desentendido. La calma retornó cuando el capitán ordenó a la aeromoza recoger los animales con un grueso trapo de servicio y echarlos en una bolsa de emergencia. Eso hizo la aeromoza, y luego anudó la bolsa.

            El avión aterrizó en el viejo Aeropuerto de Techo de Bogotá (padre de Eldorado) en medio, aún, de la conmoción general; aunque el incidente estaba superado. Pedro vio cuando el capitán, ya en la escalerilla de descenso, ordenó a la aeromoza entregar la bolsa al encargado de la basura. Pedro buscó caminar un trecho al lado de la aeromoza, ya en la plataforma y camino de la entrega de equipajes. “Con esos animales se prepara un delicioso arroz”, le comentó. “Eso he oído”, respondió la aeromoza. “Sé prepararlo muy bien –dijo Pedro— y si me permite desembarazarla de esa molesta bolsa y me da su teléfono, podría invitarla a degustarlo”. La aeromoza sonrió, entregó la bolsa a Pedro y, sí, le dio el número de teléfono. La aeromoza era Liliana. Hoy está casada con Pedro, y ya tienen nietos que vuelan en modernos aviones de turbinas. Esta semana me han invitado a cenar el plato insignia de su hogar: “Arroz con Cangrejos del Aire”. ¡Por supuesto que iré!


 

EL SEÑOR DE TOLUVIEJO

(Publicado en El Meridiano de Sucre, Colombia, 2007)

A Luis Paternina Amaya, que así lo quiso.

 Una vez, años atrás –dieciocho ya--, tuve la intención de irme a vivir a Toluviejo. Sucre había sido una de mis constantes pasiones: el sabor de su gente, el aroma de sus suelos, lo sublime de su dieta; y, ante todo, su paisaje. Todo aquello se conjugaba en la magia de un vecino corregimiento llamado La Piche. Allí, junto a un arroyo de aguas frescas que lloraban desde una montaña, adquirí un diminuto pedazo de tierra. No logré construir la soñada casita de campo; las amargas circunstancias de área me lo impidieron. Recuerdo que fue Gabriel Chadid, un poeta del desdén y de la gracia que ya residía en el poblado, quien me llevó a comprar el lote, que allí sigue, esperándome junto al arroyo de aguas cristalinas. El propietario tenía nombre de personaje de novela: José Cayetano Barón.

En mala hora hice el negocio. Explico: me convertí en un tan buen amigo de él y de su familia, que una tarde me dijo bajo las palmas del quiosco del patio: “Si yo hubiera sabido que íbamos a llegar a quererlo tanto a usted, no le cobro el lote”. Clavo pasado, pensé, como tributo al aforismo regional.

Aquella frase fue decisiva en el proceso de encariñamiento con Toluviejo. La casa de José, y de Anajota su esposa, y de sus hijos, pasó pronto a convertirse en el centro gravitacional del ejercicio de ese cariño. En ella abría la nevera sin permiso, en su mesa comía con la lisura propia de un miembro de familia; desde ella salía a andar el pueblo, a disfrutar de fiestas y a visitar a Yelena Fuentes y a otros amigos; y en su amplio patio de loros y guacamayos guardaba el jeep como en patio propio. Ante todo aquello, José se complacía en esa estrecha sonrisa tan propia de él, de frente y pómulos arrugados, como si se hubiera comido un limón. 

Pero Anajota reía, porque Anajota era una fiesta ambulante. Era una mujer menuda y magra, de piel de cobre y de cabello corto y liso, que se movía por la casa como una sombra levitante –sin asiento en el piso--. Una mujer sucreña y caribe nacida para vivir, y para saborear cada instante de la existencia; y en cada detalle: en el trato con la gente, en la puesta de la mesa, en la cocción de los alimentos y en el cumplimiento del deber. Ese deber que da sentido a la existencia de nuestras matronas de provincia, las que materializan la conciencia de que ellas son el eje mayor y el timón de los hogares. Una vez, entre las tantas cosas de las que me  hizo partícipe, me contó que cuando algún disgusto surgía entre ella y José Cayetano, no dejaba de cumplir con su obligación de mujer y de ama de casa: “Yo le sirvo la comida con orgullo, como si nada hubiera pasado, y lo atiendo... como a un particular, pero lo atiendo”. Jamás escuché narrar un mejor ejemplo de cariño convertido en dignidad.

Esa era Anajota, la que, por encima de todo, amaba a su Cayetano, aunque a veces –cosa normal en los matrimonios— lo atendiera como a un particular. Y es que, hasta en el manejo del lenguaje, Anajota era una fiesta que desafiaba lo corriente. Fue una líder nata, una insigne bailadora de porros y fandangos, y una excelsa cocinera --su mote de ñame con queso, su arroz con coco, su carne puyada de pimientos y de ajíes--. Pero por encima de aquellas dotes, predominaba en ella un alegre y chispeante manejo de la palabra. En eso –diría que también-- era única, idéntica y parecida, muy parecida a su propia cultura sucreña. Anajota era uno de esos gritos de identidad y de afirmación cultural que esta cruel arremetida de medios masivos empieza a acallar. Por ejemplo, siempre se resistió a llamar a la gente por su nombre. Ella misma procedía al rebautizo de aquellos que le simpatizaban. Una noche, mientras saboreaba en la cena las delicias de su carne puyada de ajíes, buscó con sus ojos los míos y, con una adusta mirada y una solemne entonación en la voz, me dijo:

--Todo el mundo lo llama a usted como lo llama, y a mí eso me aburre. De hoy en adelante en esta casa usted será “el señor de Toluviejo”.

Aquel bautizo tuvo mucho de hospitalidad y aceptación, pero también de ironía y de buen sentido del humor. De allí en adelante, fui solo eso para ella: “el señor de Toluviejo”. Nadie, en ninguna circunstancia de mis mil y un viajes, me había hecho sentir tan parte de una comunidad.

Pero ella, Anajota, como suele suceder, cualquier mañana se nos fue. La mañana del día en que le dio su santa gana. De nuevo, me explico. Anajota fue siempre terca en sus deseos y exigencias. No solo se transformaba cuando bailaba “Lirio Rojo” y “Río Sinú” con su rojo vestido liberal, sino que más de una vez demandó que al son de esa música de porro la llevaran al cementerio, y con el mismo vestido rojo; y un nueve de abril, fecha del asesinato de su admirado líder Jorge Eliécer Gaitán.

Y, en efecto, un nueve de abril murió, como le dio la gana; y Toluviejo entero la acompañó al cementerio, vestida del color que quiso y al son de la música que exigió.

Con Anajota se ha ido al infinito parte del corazón de quien escribe. No solo por haber sido ella un ser querido, muy querido, sino porque con todas las Anajotas que en este Caribe se van al cementerio, comienza a irse también la más grande herencia cultural de nuestra tierra y todo el acervo que, generación tras generación, nos fueron legando los antepasados.

  


Homenaje a Manuel Zapata Olivilla en la semana de su muerte:

PALABRA DE CHANGÓ 

(EL ESPECTADOR, Bogotá, 2004)

LA QUÍMICA

Una vez, al calor de un café en el legendario Monteblanco de la Carrera Séptima de Bogotá, Manuel me había dicho que la nostalgia podía definirse como un caribe con gabardina. Ambos reímos. Él siempre reía. Yo, quizá, lo aprendí de él. Otra vez, más en serio, le hablé por teléfono a su casa para decirle que la nostalgia me acosaba y que, definitivamente, abandonaría Bogotá y me iría vivir a la casita de retiro en Lorica. Volvió a soltar la carcajada, aquella esplendorosa carcajada, frondosa como él y como su experiencia vital.

--La nostalgia –me dijo— es un problema de orden químico-biológico –. Hay momentos en que el organismo echa de menos las sustancias que lo nutrieron en la infancia y entonces, en una operación cerebral, transforma esa ausencia en un sentimiento de evocación, de recuerdo, de añoranza. De modo, Davo –así siempre me llamó--, que debes irte a Lorica y comerte tres sancochos preparados con el bocachico de nuestro amado río Sinú, beberte una caja de Kola Román y diez guarapos de panela, degustar cinco motes de ñame con queso salado, seis platos de arroz con coco, siete batidos de níspero con leche y doce empanadas de huevo. El estómago hará que la nostalgia desaparezca.

¡Santa receta de Changó!


EL ÁRBOL SAGRADO

Lo recogí una mañana en mi Willys-52 de la posguerra, mi WVM, en casa de su hermano Neftalí. Manuel y yo habíamos convenido visitar a los artesanos de San Sebastián, junto a Lorica. A la vera del camino, de carretera destapada y polvorienta, avistamos una extraña ceiba, de escasa altura, ancho tronco y ramaje disparejo.

--Es la llamada ceiba de agua –comenté.

--No –replicó él con vehemente seguridad--. Es un baobab, árbol sagrado de Senegal. En su copa habitan los ancestros de los esclavos, cumpliendo su función después de la muerte, que es la de cuidar a los vivos. No es gratuito el hecho de que la cumbia se baile en torno a los árboles y que junto a ellos se oficien las ceremonias vudú.

--¿Y cómo llegó hasta aquí?

--Transportada su semilla, Davo, en el único lugar seguro y húmedo de los barcos negreros: la vagina de una esclava. De una hermosa princesa negra que, seguramente, sospechó que hacia donde la traían no existían los baobabs.

Al continuar el camino, murmuró:

--¡Qué hermoso será morar allí algún día!

--Me cuida, ¿no?, maestro.

--Tenlo por seguro, Davo. Más de lo que puedes pensar.

 


AVE FÉNIX

--El día que Delia, mi hermana, murió, le dije a Rosa: A mí no me metan en un hueco... a que me pudra. Crémenme, lleven mis cenizas a Lorica y espárzanlas sobre las aguas del río Sinú entre flotantes rosas rojas. El Sinú las llevará al mar y el mar de vuelta al África. Además, quiero encontrarme en el camino con mis ancestros llegados en las naos negreras. Pero, ente todo, quiero saludar a los parientes enfermos que fueron lanzados al mar en mitad de la travesía.

--Pero... no se nos quede allá, maestro, pues acá lo necesitamos –repliqué.

--Volveré, Davo, volveré. Pero, primero, necesito hacer ese viaje. Volveré, como nuestra sangre volvió a vengarse en el jazz y en la cumbia, en Guillén y en Candelario Obeso, en la milonga y en Luther King, en Malcolm X y en Pelé, en Celia Cruz y en tantas otras y tantos otros. Volveré a vivir en aquel baobab de Lorica. Allí me encontrarás.  

 


CARTA A UN JOVEN ESCRITOR

Querido Mauricio:

Me alegra tu respuesta. Sí, intuí el momento. Así somos los escritores, ¿ves?  Siempre he considerado que gozas de un gran talento. Pero para ser escritor no basta el talento. Te ha faltado terquedad. "¿De qué viven los escritores", me preguntaste una vez: "De tercos", te respondí. De modo que te ha faltado terquedad. También, aunque la tienes, te ha faltado inteligencia, pues suelo definir así la inteligencia: es la manera como somos capaces de manejar el talento.

Para llegar a ser escritor, y vivir de escribir, la primera determinación que hay que tomar es la de fracasar. Así, partiendo de cero, todo lo que llegue es logro. También, hay que convencerse de que no se sirve para nada... y dedicarse a dignificar el ocio. Y otra cosa, hay que reconocer que se es perezoso, y sentirse orgulloso de ello. Allí, en el manejo de ocio y en la buena administración de la pereza, está la clave. Pero se necesita valor para reconocerse inservible, para condenarse uno mismo al fracaso y por tanto al ostracismo. El mundo pretende enseñarnos que debemos mantener la cabeza ocupada en cálculos, como dice Thoreau, quien también sostiene que en esta sociedad el cálculo de acciones y cantidades es lo que produce el éxito. Entonces, me pregunto: ¿Cómo llegar a escribir cosas importantes con una cabeza que vive ocupada? Hay que hacer con ella lo que hacemos con el computador y con el correo electrónico: vaciar la papelera, eliminar los mensajes enviados, los recibidos, los ya eliminados, las fotografías a color que ocupan demasiado megas en el disco duro, y dejar el espacio de creación en una liviandad que te permita partir de un Word en blanco. Date por fracasado, entra en crisis, que ello redime. Recuerda que crisis y oportunidad son la misma palabra en chino y se escriben con el mismo ideograma. Aplica al problema de la subsistencia el aforismo que los irresponsables padres de América Latina usan para justificar su pésimo sentido de la planificación familiar: recítate al oído, "Cada libro trae su pan bajo el brazo". O tal vez oculto entre las páginas. No te dejes derrotar por el horror de las cosas del día. Ibsen sostiene que la tragedia del hombre está en lo cotidiano. En el mundo moderno, el meridiano de la infelicidad pasa por el refrigerador vacío. Entonces, haz lo que hice yo en Lorica, mi pueblo natal, cuando me encerré en 1973 a escribir mis primeros cuentos: no tuve refrigerador ni estufa eléctrica. Compraba la carne a diario en la plaza de mercado y cocinaba con carbón vegetal. Jamás tuve teléfono, ni tarjetas de crédito, ni de débito, ni cuenta bancaria, ni habría tenido (si hubieran existido) correo electrónico o teléfono celular. No tenía televisor. No iba al correo ni recibía ni hacía llamadas telefónicas. Sólo una vez fui a la oficina postal: a enviar los originales de mi primer libro a la editorial y de ella recibí la única llamada telefónica que me entró en años... pero al teléfono de una vecina llamada Albertina. La editorial llamó para decir que sí, que iban a publicar el libro. Ese que ahora está traducido a 12 idiomas y el que contiene las frescas y mágicas historias que, ya en la comodidad del éxito, jamás pude volver a escribir. ¡Si vieras las camisas italianas que ahora me toca usar! Pero cada día, al abotonármelas, sueño con aquella vecina que me hacía las camisas de escribir por los días del ostracismo; con telas que mi entonces mujer compraba en los baratillos más humildes del centro del pueblo y mandaba a confeccionar adonde la modista.... pues nos salían muy baratas. Es en lo primero que pienso al vestirme todas las mañanas, y luego me duele sentarme ante mi flamante computadora lap-top, la más moderna, pues añoro mi Olivetti 35, sobre la cual fui siempre el más feliz  viajero del mundo. Desde ella te escribo en esta mañana las presentes líneas cargadas de fresca ternura.... y de inmensa nostalgia; y de mucha envidia, Mauricio, pues no sabes cuánto daría por ser yo quien padeciera la desgarradora crisis que te acongoja. De ser yo, aprovecharía al máximo esa oportunidad, de modo que cuando alguien llegara a hacerme las preguntas que ahora me haces, pudiera responderlas con más claridad y mucha, mucha más felicidad.

Para usar uno de los lemas de las toallas sanitarias femeninas que anuncia la  televisión: “Atrévete”.

Te abraza,

David