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CRÍTICA LITERARIA


 

Por: Leonardo Monroy Zuluaga

La novela Pero sigo siendo el rey de David Sánchez Juliao dialoga con el mundo de las rancheras desde su mismo título. La presentación de la novela, un tanto paródica, la muestra como un guión para telenovela nacional – suerte que finalmente corrió -, cuyos personajes principales son algunos de los caracteres que pueblan el mundo de las canciones, en especial de Vicente Fernández y de Antonio Aguilar: Martín Estrada Contreras, Juan Charrasqueado, Chabela (la guera), el bronco Reynosa – quien migra a los Estados Unidos -, los hermanos perseguidores de Juan Charrasqueado. Sea para parodiarlos o para reelaboraros seriamente, la novela retoma las historias de las rancheras, un género musical que es particularmente narrativo: el relato de un apostador que juega su esposa y ante la pérdida la asesina, el aventurero que goza de todas las mujeres, el hombre que desea a la chabela, son algunas de esas historias que aunque no se copian con fidelidad, sirven de punto de partida para la ficción. Todos los hechos que se desarrollan en Tezontle terminan en la muerte de uno o los dos integrantes de la pareja, con lo cual se cumple un destino magro que recorre las líricas de las rancheras.

Seguir siendo el rey es sinónimo de no rajarse; es decir, y para expresarlo de forma cruda, significa no tener la misma raja (la vagina) de la mujer. El mexicano que habita la novela de Sánchez Juliao y la ranchera, es aquel que desea establecer una distancia grande entre la hombría masculina y la debilidad femenina. ¿Qué implica entonces no rajarse? Sería inicialmente poder llegar, desde los extremos del orgullo, a asesinar a la persona que más se ama: en la novela son particulares las historias del Bronco Reinosa, Martín Estrada Contreras, y Simón Blanco, que asesinan a sus amadas antes de resignarse a verlas entregadas a otro hombre. No rajarse en este caso es morir de pena antes que de orgullo y en el transfondo es también ser inflexible en términos de posesión de la mujer.

De igual forma, no rajarse – es decir, seguir siendo el rey - es no temer ni al castigo por los crímenes cometidos, ni a la muerte propia; por eso todos aquellos que han baleado a sus amadas, o incluso a sus hermanas, buscan deliberadamente dentro de la novela al juez que los envíe a la cárcel. Juan Charrasqueado afirma que “es de hombres vengarse y cumplir las condenas”. Ni el castigo ni la muerte son excusa para detener la hombría de los personajes masculinos que “aunque estén perdidos no se saben rajar”: por eso su aventura por el mundo no tiene límites y hasta en las empresas más arriesgadas se ha de desarrollar ese carácter decisivo y voluntarioso de los personajes.

De allí que, como sucede con el Martín Estrada Contreras de la novela y de la ranchera, no se tengan temores cuando se apuesta hasta a la propia mujer: los personajes de Pero Sigo siendo el rey son aventureros, es decir, hombres sin un destino asegurado, a quienes no les importa jugar toda la vida en las cartas. Por lo regular pierden todas sus pertenencias, materiales y afectivas, pero lo que interesa es que su valor no se ponga en duda.

No rajarse es conservar una reputación como hombre inflexible y valiente, es demostrarle al mundo que la debilidad es incompatible con la masculinidad. Si se cumple con este principio estricto que impone una sociedad profundamente machista, se gana “la admiración, el respeto y el temor” de los demás. Todo parece ser muy sencillo para el macho pistolero de las novelas y las rancheras hasta cuando padecen o gozan los sentimientos comunes a todos los individuos. Entre ellos el más complejo es el amor.

“Las mujeres son los diablos” asegura Casimiro, uno de los personajes de la novela de Sánchez Juliao. Esta afirmación, en la que media una concepción religiosa, parece ser el lugar común del macho, porque la mujer es la única que puede hacer rajar al hombre. Es en el amor que se le profesa en la que la hombría se diluye y se invierte de paso la relación vertical constante en la vida cotidiana: bajo esta lógica, el pistolero y tahúr es quien se doblega y la mujer toma una dimensión especial.

La experiencia de los hombres de la novela es conflictiva: saben que no pueden dejar de amar, pero que si lo hacen a plenitud corren el riesgo de perder la reputación de macho irredento. La salida de los hombres es luchar contra sus convicciones y tratar de someter a la mujer a sus propios principios, amarlas con las flores en una mano y la pistola en la otra, asesinar su amor antes que asesinar su honra.

Todos estos elementos se integran en la novela de Sánchez Juliao en medio de las letras de las canciones que se utilizan para explicar momentos o para expresar los sentimientos de los personajes que la habitan. A pesar de las múltiples y en ocasiones laberínticas historias de amor de Pero sigo siendo el rey, la novela logra, desde las técnicas narrativas como los diálogos musicales y los monólogos de ultratumba, recrear de manera dinámica el universo axiológico de las rancheras mejicanas. Es una propuesta intertextual que reta nuestros conocimientos, no solo literarios, sino también musicales.


Ficha del Libro: Sanchez Juliao, David. Pero sigo siendo el rey. Bogotá: Plaza y Janés, 1983.


 

Publicado en Cervantes.es  Sección Rinconete, nov. 3 de 2008

La música en títulos de la narrativa hispanoamericana

Por Gabriel Pabón Villamizar

La narrativa hispanoamericana, desde hace algún tiempo, ha recurrido a temas extraídos de la música, y, en particular, a canciones que ocupan un lugar definitivo en el imaginario popular; esto se refleja en la gran cantidad de títulos que aluden a boleros, tangos y rancheras, y música tropical: La gloria eres tú (novela de la argentina Silvia Miguens), Nosotras que nos queremos tanto (de la chilena Marcela Serrano), Sabor a mí (de la colombiana Silvia Galvis), Arráncame la vida (Ángeles Mastreta), Tuyo es mi corazón (de la colombiana Ketty Cuello), Parece que fue ayer (del venezolano Denzil Romero), De dónde son los cantantes (Guillermo Cabrera Infante), Una sombra ya pronto serás (del argentino Oswaldo Soriano), Es mejor que te vayas (relato del colombiano Hugo Ruiz), Pero sigo siendo el rey (del colombiano David Sánchez Juliao), etcétera.

Este tipo de juego metalingüístico es especialmente efectivo; desde un abordaje pragmático, diríamos que los autores aprovechan el relativo prestigio y arraigo que tiene la canción en el imaginario colectivo, y en ese sentido, utilizan un recurso ingenioso y eficaz. Este aspecto es importante, puesto que el título constituye la primera presentación de las historias, y la función apelativa que pueda cumplir es innegable, aspecto que se evidencia, por ejemplo, en el atractivo poderoso de un título como Maldición eterna para quien lea estas páginas, que incita, por efecto contrario, a la lectura del libro.

Cabe señalar que este procedimiento, no por eficaz deja de ser engañoso. Ponerle a una novela el título de una canción no garantiza nada; ni siquiera garantiza que el tema de la novela sea el mundo de la música; aunque ese no sería problema del escritor, sino del lector y de sus expectativas. Algo de esto ocurre en la novela Bolero falaz, estupendo título del colombiano José Darío Quintero. Esta novela sirve para ejemplificar una segunda función en la relación música-novela: la novela no aborda la música, sino que es «como» la historia que sugiere el título. En este caso, el conjunto de las peripecias que sufre el personaje son «como» un bolero falaz; a esa modalidad corresponderían también las novelas de las dos Silvias: La gloria eres tú, de la Miguens, y Sabor a mí, de la Galvis.

En el otro extremo, se sitúan aquellas novelas en las que el autor narra una historia con elementos estilísticos propios de la canción popular: adopta un tono, un ritmo, unos elementos expresivos acordes con el mundo musical al que hace relación el título, de tal manera que la historia se vuelve otra canción o, por lo menos, una variante de la canción misma. Es lo que ocurre en el caso de la novela de Sánchez Juliao: «La distancia entre los dos es cada día más grande, de tu amor y de mi amor puede dar testimonio cuanto hay en el cielo y en la tierra: los soles ardientes de Tezontle, las lunas doradas de Jalisco…» En este caso, la obra narrativa y la música que sirve de referente tienden a mimetizarse.

Historias que se vuelven canción, que se vuelve, a su vez, historias: una de las múltiples posibilidades de la función metalingüística cuando estrecha sus lazos con la función poética; dicho de otro modo: una de las gozosas posibilidades de jugar con las múltiples relaciones entre lenguaje y vida.

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Diario PORTAFOLIO

Crónicas de un médico andariego

Por: Diego Andrés Rosselli Cock, MD

Neuroepidemiólogo, historiador y académico

“NADIE ES PROFETA EN LORICA”

 

Este pueblo del bajo Sinú, principal asentamiento de sirio libaneses en el país, ha sido la cuna de ilustres literatos. Ejemplo de ello es David Sánchez Juliao. La primera imprenta llegó a Lorica muy temprano en el siglo XX. En 1906, cinco años antes que en Montería, ya circulaba aquí, en esta ciudad de letras, el primer periódico. Fueron, sin duda, sus años de gloria. Durante la mayor parte del siglo XIX Lorica había sido, después de Cartagena y Mompox, la tercera ciudad en población en la Costa Atlántica, por encima incluso de Santa Marta o Riohacha. La supremacía de Montería en la región todavía no se empezaba a sentir y el transporte de mercancías por el río Sinú era más activo que nunca. Aunque la navegación a vapor entre Lorica y Montería alcanzó a tener alguna importancia, la mayor parte del comercio dependía de canoas artesanales, algunas de gran tamaño, que llevaban sus productos al mercado de Lorica, y de allí a Cartagena.

El viajero británico Robert Cunninghame Graham, que dejó un detallado diario de sus viajes por la Costa, visitó Lorica en 1917. En su obra hablaba de cientos de canoas amontonadas en la orilla del río, frente a la plaza de mercado, e innumerables negros vestidos de blanco "ejecutando milagros de equilibrio para pasar de los extremos de una embarcación pequeña e inestable por otras diez o doce, hasta alcanzar finalmente la ribera".

Toda la región del bajo y medio Sinú, y Lorica muy en particular, habían acogido primero una inmigración de franceses, hacia 1840, atraídos por un oro que nunca encontraron. Luego, hacia el cambio de siglo, hubo una oleada migratoria mucho más numerosa, de sirio libaneses cristianos que escapaban de la persecución y la discriminación religiosa en el Medio Oriente. "Nada es más común decía Graham que oír conversaciones en idioma árabe, y sorprender la mirada fugaz de una siria enigmática en la trastienda, quien, aunque cristiana hija de cristianos, todavía, por virtud de su origen oriental, se retira cuando un hombre extraño aparece en escena". Es paradójico que estos inmigrantes árabes pasaran a ser denominados 'turcos' cuando era justamente de la dominación de Estambul de la que estaban escapando. Colombia no fue el destino principal de estos emigrantes, que en mayor número se asentaron en Estados Unidos, Brasil y Argentina. Pero su impacto demográfico, económico y cultural sobre la Costa colombiana sería fundamental. No en vano el autor David Sánchez Juliao bautizaría un día a su ciudad natal como Lorica Saudita. 

Ya en la región del bajo Sinú había una cultura indígena muy desarrollada a la llegada de los españoles. Es más, los hallazgos arqueológicos en el vecino municipio de Momil permiten establecer que la región estuvo densamente poblada por largos períodos a partir del siglo II a. de C. De los yacimientos de Momil se excavaron más de 300.000 fragmentos de cerámica y pruebas de que esta cultura originalmente cultivaba la yuca y, más recientemente, el maíz. El nombre de Lorica, oficialmente fundada por don Antonio de la Torre y Miranda el 24 de noviembre de 1776, se derivó del de un cacique de la región, llamado Orica. Ya para 1561 se hablaba de una encomienda llamada Lo-lorica. En la segunda mitad del siglo XVII hubo en la región un asentamiento de judíos conversos que luego participarían en la fundación de Santa Cruz de Lorica, como la llamó de la Torre y Miranda. En ese día de noviembre, sobre una curva del río, don Antonio trazó la plaza y las principales calles, y repartió solares a 852 familias. Cerca del sitio seleccionado para la nueva fundación había un poblado con categoría de parroquia que se llamaba San José de Gayta, establecido por los franciscanos en 1739. En su templo de paja estaba enterrado el obispo de la diócesis de Cartagena don Bartolomé de Narváez y Berrío, que había fallecido allí mientras hacía una gira pastoral en 1752.

Hoy el personaje más representativo de Lorica es sin duda el escritor David Sánchez Juliao, de uno de cuyos cuentos he tomado el título de esta crónica. Sánchez Juliao ha incursionado en todos los géneros literarios, desde el guión de la telenovela Pero sigo siendo el rey hasta -y es su principal fortaleza los cuentos y novelas cortas, que siempre son ricos en rasgos costumbristas. Sánchez Juliao compuso incluso una simpática canción, al mismo tiempo lastimera y festiva, titulada El indio sinuano, que fue popularizada por el varias veces rey vallenato Alfredo Gutiérrez. Esa imprenta que llegó a Lorica hacia el 1900 también serviría de semilla para la obra prolífica de uno de los principales representantes de la literatura afro americana en Colombia, el insigne intelectual Manuel Zapata Olivella. Para cerrar esta crónica con un toque culinario veamos la definición de lo que es la nostalgia -con su respectivo remedio en palabras de Zapata Olivella a Sánchez Juliao, cuando ambos vivían exiliados en Bogotá: "Hay momentos en que el organismo echa de menos las sustancias que lo nutrieron en la infancia y entonces, en una operación cerebral, transforma esa ausencia en un sentimiento de evocación, de recuerdo, de añoranza." El único remedio para ese mal es continuaba el maestro Zapata ir allá a tu tierra loriquera y tomarte un sancocho de bocachico del río Sinú, con Kola Román y guarapo de panela. Luego prueba el mote de ñame con queso salado, arroz con coco, empanada de huevo y un batido de níspero en leche.

El nombre de Lorica, fundada por don Antonio de la Torre y Miranda el 24 de noviembre de 1776, se derivó del de un cacique llamado Orica.


 

 

¡Escribe, Caribe!  

“Dulce veneno moreno” de Sánchez Juliao, entre

las diez novelas clásicas del Caribe colombiano.

Por ALBERTO M. CORONADO

Imagine que corre el año 12008 y un equipo de arqueólogos descubre en una excavación una maleta con diez libros asombrosamente preservados del paso del tiempo.

El hallazgo, analizado cuidadosamente por expertos, develaría una civilización que habitaba, diez mil años atrás, a orillas de un mar llamado ‘Caribe’, pero también el modo de vida y la idiosincrasia de esta casta.

Pronto, sus bailes, carnavales, la confluencia de razas, comidas, giros del lenguaje, chistes y su historia pasarían a ser agrupados dentro de un ‘nunca antes conocido patrimonio de la humanidad’ a disposición del público en museos y bibliotecas digitales.

Las anteriores palabras, pura y simple elucubración, no pueden explicar el placer de la ficción de las siguientes diez obras literarias contemporáneas de la narrativa costeña reunidas en una lista que es solo eso: una fugaz lista que trata de asir el poder de la imaginación de los autores costeños aquí reunidos.

 

 

 

1. CIEN AÑOS DE SOLEDAD

(1967) / Gabriel García Márquez

Con más de 30 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, ésta, la gran novela de Gabriel García Márquez, Aracataca, Magdalena, 1928 y paso definitivo hacia su consagración, cumplió en 2007 cuarenta años de publicada por editorial Sudamericana. Sobre los orígenes de la novela cuenta una anécdota que en 1965 Gabo viajaba en automóvil con su familia desde Ciudad de México a Acapulco, sobre el Océano Pacífico, cuando, a la altura de Cuernavaca, tuvo un percance y decidió desistir de la travesía. Una res se le había atravesado en el camino, le averió el vehículo y lo obligó a regresar a casa. García Márquez cuenta que en ese hecho fortuito vislumbró por fin las claves que andaba buscando para escribir su primera gran novela: “La tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo, en la carretera de Cuernavaca, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”, diría García Márquez mucho después, al evocar ese momento de inspiración. Otras leyendas dicen que el secador de pelo de Mercedes Barcha, su mujer, sirvió para pagar el costo del envío de los manuscritos a Buenos Aires. Siendo ‘Cien años de soledad’ la obra cumbre del Realismo mágico, cualquier cosa puede ser cierta.

 

 

 

2. LA TEJEDORA DE CORONAS

(1982) / Germán Espinosa

La más importante, significativa y lograda novela colombiana de los últimos veinte años —diferente a la obra de García Márquez— narra la vida de Genoveva Alcocer, la tejedora, bella, apasionada y lúcida cartagenera
creada por el recientemente fallecido escritor cartagenero Germán Espinosa (Cartagena, 1938 – Bogotá, 2007), que en pleno Siglo de las Luces europeo personifica las vicisitudes de la Ilustración para abrirse paso en la mentalidad colonial y mercantilista de la Cartagena de Indias de la época. Novela total histórica, moderna, confrontación política y humanística, narrativa de amor y soledad, y personajes puramente literarios. Una de las más grandes obras literarias de nuestro Caribe e imprescindible en cualquier biblioteca.

 

 

 

3. CELIA SE PUDRE

(1986) / Héctor Rojas Herazo

Rojas Herazo (Tolú, Sucre, 1921 – Bogotá, 2002) uno de los más notables escritores hispanoamericanos, reconocido como uno de los padres del llamado ‘boom’ de la literatura latinoamericana, fue uno de los escritores que introdujo la modernidad narrativa a Colombia, y una figura fundamental del proceso de modernización periodística y cultural colombiana. Algunos expertos que conocen la obra narrativa de Rojas Herazo aseguran que esta se inicia a principios de los años 60 con ‘Respirando el verano’, en donde relata la interioridad turbulenta de una familia, cuyo centro es una mujer llamada Celia. Con la aparición en 1986 de ‘Celia se pudre’, novela que a partir de la historia de una matrona y un pueblo en decadencia narra la crisis de la modernidad, su obra literaria sería comparada con la de Gabriel García Márquez e inscrita dentro del Realismo mágico.

 

 

 

4. CHANGÓ EL GRAN PUTAS

(1983) / Manuel Zapata Olivella

¡Oídos del Muntu, oíd!
¡Oíd! ¡Oíd! ¡Oíd!
¡Oídos del Muntu, oíd!
Soy Ngafúa, hijo de Kissi-Kama
Los datos orales saltan a la vista desde el principio de ‘Changó el gran putas’, la no siempre bien ponderada obra de Manuel Zapata Olivella (Lorica, 1920 - Bogotá, 2004). En este fragmento Ngafúa, un músico callejero que está en el proceso de anunciar una tragedia, se acompaña por la kora, instrumento musical de cuerdas que en la África sub-sahariana sirve para divulgar mensajes importantes y para celebrar diversos ritos religiosos. Los pasajes de tono juglaresco se repiten a lo largo de una novela identificada por la afirmación de la identidad cultural africana. Zapata Olivella ofrece a sus lectores una visión africana del mundo por medio de una serie de recursos narrativos que reinterpretan las tradiciones de sus ancestros, sobre todo la del músico viajante. ‘Changó…’, además, narra el tráfico negrero trasatlántico y sus consecuencias de manera cantada, un estilo totalmente diferente al de la narrativa tradicional.

 

 

 

5. LA CASA GRANDE

(1962) / Álvaro Cepeda Samudio

“Novela basada en la matanza de los
peones bananeros en huelga, realmente efectuada por un comando del Ejército en 1928, ‘La Casa Grande’ no exhibe muertos, y el único soldado que recuerda haber matado a alguien ‘no tiene el uniforme empapado en sangre sino de mierda’... Esta manera de escribir la historia, por arbitraria que pueda parecer a los historiadores, es una espléndida lección de transmutación poética. Sin escamotear la realidad... nos ha entregado su esencia mítica, lo que quedó para siempre mas allá de la moral y la justicia y la memoria efímera de los hombres”, afirmaba de la novela de Álvaro Cepeda Samudio (Ciénaga, 1926 —Nueva York, 1971), su contertulio y amigo de parranda Gabriel García Márquez. La novela narra sucesos ocurridos en la década del 20 —la matanza de las bananeras en 1928— que el autor armonizó con un período —finales de los cincuenta, principio de los sesenta— de profundos cambios políticois y sociales.

 

 

 

6. LA CEIBA DE LA MEMORIA

(1987) / Roberto Burgos

Esta obra de Roberto Burgos Cantor (Cartagena, 1948) nos sumerge en el mundo esclavo a través de las voces de siete personajes que encarnan el sometimiento forzado, la expansión evangelizadora, la reflexión intelectual y la insurrección libertaria resguardada en la memoria como último bastión para la resistencia esclavista. En su novela, más allá del simple relato, Burgos retrata una Cartagena del siglo XVII y la lucha por la preservación de la identidad y la cultura de la raza negra para recrear la atmósfera de una época en la que el encuentro de dos mundos en un tercero desconocido ocurre por la vía de la violencia física como vaso comunicante, y recordar a sus lectores que desde sus orígenes las minorías en Colombia han estado esclavizadas por la explotación, el desarraigo y la violencia física.

 

 

 

7. MARACAS EN LA ÓPERA

(1996) / Ramón Illán Bacca

Una obra vanguardista en la narrativa Caribe y peculiar mirada a la Historia.  Ramón Illán Bacca (Santa Marta, 1938), su autor, incursiona en los linderos de una novela ‘no del todo histórica’ que demanda de sus lectores cierto capital cultural para su lectura, que le permite pasearse por acontecimientos en los que aparecen camaleónicos personajes, espacios y temporalidades. Una propuesta estilística de un autor que refleja en su escritura una propuesta afianzada.

 

 

 

8. CINEMA ÁRBOL

(1995) / Efraím Medina

Efraím Medina (Cartagena, 1967) ganó en 1995 el Premio Nacional de Literatura Colcultura con ‘Cinema Árbol’, un libro de cuentos en la que surgen historias sobre sexo, familia y niñez contadas a través de varios personajes. Un relato lleno de sentimientos personales del autor y de una narrativa sencilla sin pretensiones ni arandelas literarias que evidencia la madurez que ha ganado un autor que no deja de lado su frescura característica.

 

 

 

9. DULCE VENENO MORENO

(2005) / David Sánchez Juliao

Sánchez Juliao, autor de esta novela publicada en 2006, siempre ha sido un sociólogo de la literatura. Sus obras literarias no son un simple discurrir de hechos que dan vida a unos personajes, sino la excusa entretenida para dar a conocer sus análisis de la sociedad y del ser humano, de su tierra o del mundo. En Dulce veneno moreno el autor cumple con la labor de hacer del acto de narrar una fiesta del arte de contar. Entre algunos recursos narrativos acertados de esta obra se halla un tono anecdotario que ayuda a la credibilidad, pero también es una novela para hombres cultos, conquistadores, buscadores del revés de las cosas, viajeros, amantes de la buena mesa, de la libertad; esta novela presenta como parte del machismo del varón culto, el saber rendirse a los pies de la mujer que complementa su vida, e incluso reafirma el valor de llegar a ser cursi para poder disfrutar del amor. La obra es un homenaje de su autor a todo lo que considera que vale la pena vivir: la belleza femenina, la amistad, la conversación, la música, la bacanería y la costeñidad.

 

 

 

10. EL SALMO DE KAPLAN

(2005) / Marcos Schwartz

“La literatura de los escritores judíos americanos no tiene que ver con su religión, sino con su región, con el territorio en el que han vivido, con sus ciudades o sus barrios”, esta consideración del novelista norteamericano Philip Roth podría extenderse también a creadores como el barranquillero Marco Schwartz (Barranquilla, 1956), autor de ‘El salmo de Kaplan’. Por tal razón, la historia de Jacobo Kaplan nos toca a todos muy de cerca, pues no solo nos habla de la vida judía, de la amenaza del nazismo, de la sabiduría de los mayores, sino también de la continuidad o de la pérdida de la identidad en un mundo donde los únicos valores que parecen importar son los bursátiles. La novela narra la historia de un anciano judío que se lanza a la aventura de cazar a un supuesto nazi en una apacible población del Caribe colombiano, su valor reside en un equilibrio casi perfecto entre forma y fondo, y el respeto que Schwartz le imprime a un personaje que, a pesar de que no triunfa en su loca hazaña, identifica al lector con las peripecias del protagonista.

 

 


  

 

 LA QUINTA EDICIÓN DE....

 

PERO SIGO SIENDO EL REY ”: SENTIMIENTO DEL HOMBRE DE AMERICA LATINA

 

Por José Chalarca

 

(La quinta edición que la editorial española Plaza y Janés ha puesto en circulación de la novela del célebre escritor latinoamericano (de Córdoba, Colombia) David Sánchez Juliao, “Pero sigo siendo el rey” –utilizando para ella la carátula de la edición italiana, logro del afamado diseñador Vicente Stamato—es, en sí, una obra maestra del arte del diseño y la impresión. Pero la novela, pese a lo aparentemente violento de la cubierta, es una novela de amor. Sí, porque “ Pero sigo siendo el Rey “ –obra que la ha dado la vuelta al mundo en libro y en su versión para televisión--  es, no una, sino varias historias de amor; mejor....: de amores.).

 

El amor que inspira las historias de esta novela, que mantiene su unidad por un hábil entrelazamiento de los sucesos y por el marco geográfico donde acaecen  --en el pueblo mexicano de Tezontle--, no es el amor mitificado de los personajes de la novela romántica sino el amor tomado en su expresión corriente, es decir, protagonizado por las gentes sencillas, que conforman los distintos estratos sociales de una comunidad provinciana, con un marcado acento campesino.

La guía que toma Sánchez Juliao para presentar sus historias es la poesía popular que contienen las canciones y, para el caso concreto, las rancheras, género de gran difusión entre todos los públicos de América Latina. La canción ranchera entraña toda una cosmovisión. En ella como en los tangos argentinos, se ha logrado concentrar la quintaesencia del sentir del pueblo nuevo surgido de la fusión de dos elementos étnicos, el conquistador español, y el poblador aborigen de los vastos territorios que se extienden desde el río Grande hasta la Patagonia. La canción mexicana, en las formas y ritmos que han tenido mayor difusión y mayor acogida entre el pueblo latinoamericano  --el corrido, la ranchera, el son huasteco, el huapango--, recogen y expresan los elementos más caros al sentimiento del pueblo formado a partir de la conquista española.

El ámbito cultural en que se mueve la gran masa de la población de la América hispana, es marcadamente, casi absolutamente masculino. De ahí el que las expresiones que destacan o simplemente reflejan ese machismo, tengan mucha acogida. El hombre se concibe como el dueño absoluto; su papel dentro de la economía de la sociedad es el de dirigir; sobre sus hombros descansa  el soporte económico de la sociedad familiar y por eso su voluntad tiene mucho de la antigua concepción del  “paterfamilias” de la civilización romana. Su palabra es ley.

Esta concepción y la posición en que deviene le autoriza también una doble moral. Las relaciones sexuales prematrimoniales y extramatrimoniales tienen aceptación y cabida. A la mujer le están absolutamente negadas. En el amor, el hombre es el conquistador y la mujer el objeto por conquistar. La hombría se relieva y acrecienta con el número de conquistas; pero estas conquistas no tienen la misma categoría, el mismo valor: unas apuntan a establecer y a afianzar su calidad de macho, las otras están inspiradas en un cierto espíritu caballeresco y son las que tienen como objetivo una relación amorosa de carácter estable, permanente, es decir, el matrimonio.

El hombre es libre; la mujer es siempre un ser cautivo. Antes del matrimonio su cautiverio y su falta de libertad están justificados en la exigencia machista de que debe llegar a ese estado absolutamente pura, incontaminada; y después del matrimonio, porque la mujer se debe a su esposo, es su esclava, su sierva, muy a pesar de que las iglesias y los ritos surgidos a partir del cristianismo establezcan en la fórmula matrimonial que la mujer es la compañera y no la esclava. Casi pudiera decirse que el hombre es educado para la infidelidad, mientras que la mujer lo es para la fidelidad.

El hombre de estrato popular de cualquier país de América, particularmente de México, Guatemala, Costa Rica, Honduras, Nicaragua, Colombia, Ecuador, Venezuela, encuentra que esas canciones mexicanas, su música, su letra sencilla pero enraizada en lo que se llama la sabiduría popular, dicen a la perfección todas las emociones, las penas, las alegrías que jalonan su existencia. Igualmente plantean los problemas del honor, del amor no correspondido, de la pobreza, de la diferencia de clases y por eso las adoptan de inmediato, se las apropian, se identifican con ellas y las hacen su forma de expresión, el súmum de su filosofía, el pertrecho de máximas para afrontar las situaciones que le plantea la existencia de todos los días.

En la historia de Flor de Azalea y el Bronco Reynosa, aparece el amor frustrado por la pobreza. El Bronco Reynosa joven, apuesto pero pobre, se va a Estados Unidos a probar fortuna para merecer el amor y la compañía de Flor de Azalea, vástago de la nobleza pueblerina. En su ausencia se presenta Adán Corona ,a quien circunda un halo de prestigio ganado como jugador empedernido, viejo y mañoso que con su fortuna gana la voluntad de los padres de Flor de Azalea, quienes se la entregan en un matrimonio de conveniencia sin contar para nada con los sentimientos de la muchacha que paga con la vida su traición involuntaria. El Bronco les da muerte a los dos en el día de su boda y cobra así la deuda de su amor burlado.

Martín Estrada Contreras ejemplifica un tipo de hombre que ejerce peculiar fascinación sobre el hombre corriente, de escasa cultura: el dinero y la posición los ha ganado en competencia con el azar. Se hizo rico y poderoso sin manchar sus manos con ningún trabajo, sin doblar la cerviz bajo yugo alguno. El amor de una mujer hermosa, María de la Paz, le llegó por el mismo cauce. Martín es caballero a su manera, celoso hasta la muerte de su honor de tahúr. Un día llega al pueblo un tal Jesús Cadena, gran jugador, y Martín sale a defender su reino en el que impera sin rivales. Lo juega todo y lo pierde todo. Lo último que le queda es María de la Paz a quien también apuesta y pierde; pero, caballero de su honor y de su dama, sólo la entrega al ganancioso después de darle muerte con su revólver.

Parte de ese código del honor que salvaguarda la hombría es pagar la deuda ante la ley. Las muertes que se cobran en aras del honor manchado o apenas amenazado, es necesario purgarlas, para que la imagen del hombre cabal no sufra menoscabo. Por eso los hombres van a una cárcel que no tiene la connotación de castigo ni de antro de abyección, sino de purgatorio, estación de catarsis donde la hombría se purifica y fortalece. De la cárcel los hombres salen más hombres y a ella vuelven por sus propios pies cuando cometen otra muerte en defensa o afirmación de su hombría.

Sánchez Juliao dibuja en esta novela la apariencia multifacética del espíritu popular americano. La sutil amalgama de los elementos de la religión indígena precolombina, los dogmas de la fe católica y las leyendas de brujería acuñadas en Europa que conforman el credo religioso de un crecido estrato del pueblo latinoamericano, están de cuerpo entero en el episodio de Chabela García. Su nacimiento precedido de fenómenos estelares, su belleza fuera de lo normal, la visita a su cuna de tres reyes legendarios y las extrañas cualidades de su mirada le ganan la admiración, el respeto y el temor de todo el vecindario de Tezontle. Es una imagen viviente de esas joyas que lograron los indígenas y los criollos instruidos en los monumentos arquitectónicos y escultóricos del barroco americano, que dibujaron la imagen de sus dioses entre las hojas de acanto o dieron a las vírgenes de cuño florentino el rostro melancólico de las mujeres indias o la sonrisa pícara de las mestizas.

En el riquísimo acervo de la canción mexicana existe un título para ilustrar las caídas y las levantadas que implica el calvario de la pasión amorosa. Para cada éxtasis, para las ilusiones y las desilusiones, para decir el suplicio de los celos, la amargura de la separación, la pena del olvido, la humillación del desprecio. Para todo.

El apisodio de Juan, el joven que se cortó con la charrasca el día de su primera afeitada, y a quien los espejos de pronto se negaron a devolverle la imagen, es la versión latinoamericana del don Juan europeo que inmortalizó Mozart en su ópera. Ese Juan “charrasqueado” por la cicatriz que le dejó en la cara la cortadura de charrasca, ha sido el prototipo y el ejemplo de no pocos jóvenes en hispanoamérica; su figura y su destino, contados en el corrido que lleva su nombre, han amenizado infinitas borracheras de adolescentes imberbes en los más remotos parajes del continente.

Ninguna de las historias de amor que narra Sánchez Juliao en su novela termina bien y pudiera sacarse la conclusión de que no existen amores felices; que el sino, mejor, el correlato del amor es la desgracia. Y uno no se atreve a negar o a afirmar nada en términos absolutos. Existe tan poco trecho ente la realidad y la fantasía, entre la dura brega del vivir cada instante y la más pura poesía. De otra parte, cuando se considera la fugacidad del tiempo y la ilusión a que nos aboca constantemente nuestra percepción del placer, el dolor y el displacer, ilusión que nos hace percibir más largos y constantes los momentos de pena que los de alegría, entonces aquí sí que puede decirse con toda consecuencia que la vida es una tragedia intermitente, es una ranchera o es un tango.

Con la música popular ocurre un fenómeno curioso que el novelista Sánchez Juliao supo desentrañar y aprovechar inteligentemente. Se piensa que la música popular latinoamericana, y para el caso concreto nuestro, la música de México, sólo llega al pueblo llano, que su mensaje está dirigido en forma casi exclusiva a esa parte de la población que los sociólogos denominan la clase popular. Este pensamiento entraña un error puesto que esta música, estas canciones, también alcanzan al público culto: los intelectuales no se reúnen para conversar y tomarse unos tragos de licor con la música de Chopin o de Brahms al fondo, sino con la música popular y, cuando el calor de los tragos aleja las inhibiciones y sale a flote el sentimiento , este no se expresa con los  “lieder” de Schubert sino con las rancheras de José Alfredo Jiménez o los tangos de Astor Piazzola.

Sánchez Juliao ha tocado en “Pero sigo siendo el rey” los nervios más íntimos del sentimiento del hombre americano y, por qué no, de cualquier lugar de la geografía del universo, lo que da a su obra aceptación universal. No en balde, la novela de la que ahora conocemos la cuarta edición en lengua castellana, ha sido editada –entre otros-- en idiomas tan aparentemente lejanos y tan exóticos como el chino, el griego, el italinao y el hindi.


 

MUNDO ERÓTICO EN “DANZA DE REDENCIÓN” DE DAVID SÁNCHEZ JULIAO

 

 

Por:  Abel Ávila  (Sociólogo colombiano)

 

Cuando Praxíteles creó sus estatuas en el templo de Tespias para tributarle cultos a Eros, jamás pensó que se constituiría en el padre de la erotología y en el escueto artífice de la eropatía. Primero los poetas se inventan las coronas de rosas para ofrendar al amor; luego los artistas plásticos, durante el período arcaico, simbolizaron al púber como su figura primigenia y ávida de líbido; más tarde, un muchacho apolíneo, en el período clásico centraliza toda la pasión universal, y por último, en la etapa helenística, la figura de un niño, ingenuo y esperanzador, representa al mandato de la deidad erótica. La sustancialidad de la fuerza de atracción, que agrega y combina los elementos y a la vez se constituye en la gama infinita de la creación y por ende del amor, hizo que la mitología griega y luego la latina crearan sus dioses del amor: Eros y Cupido. Ya Hesíodo le encontró a Eros su paternidad en Caos, y luego historiadores y poetas, lo convierten en hijo de Ares y Afrodita. A partir de aquí se convierte en el dios que castiga y acusa a quienes intentan resistir su influjo; no obstante, los cosmogónicos órficos, advierten que tal concepción es abstrusa. Pero, de todas maneras, se crea un modo de vida y una filosofía del amor que, hoy por hoy, no se aparta un instante de las necesidades orgánicas o primarias del ser viviente. Sin amor y sin la contradicción de éste no hay supervivencia de especies. Sin apareamiento no se logra la vida.

 

Los grandes teóricos sostienen que el hombre debe comer, guarecerse y amar. Si satisface estas necesidades fundamentales está salvado y fuera de ellas no vivirá jamás. Sin alimentos, sin protección del medio y sin sexo, no supervive. De allí que se considera prioritario el amor en todo espacio y tiempo, para que hombre y naturaleza en una simbiosis perfecta puedan ir de la mano cantándole a la vida.

 

De todo ello se desprende que una obra, sintetizada en un libro, siempre raye en los aconteceres del amor, en donde el dios Eros ronda y preconiza el principio y fin de todas las cosas. Hoy estamos frente a uno de estos portentos, el libro “Danza de Redención” del más creativo, imaginativo y original de los escritores del continente moreno, el filósofo de la erótica, David Sánchez Juliao, costeño hasta los tuétanos y humanista de los imposibles. Detengámonos en un primer aparte de su obra en cuestión:

 

“Pero de repente  Teresa Matías  advirtió que perdía peso, que su vientre se reducía y que toda ella empezaba a consumirse en el fuego de un pavoroso ardor interno... se halló perdida. Palpó la vida en su barriga de nueve meses y sospechó que sucumbiría al vértigo insolente, pues en el instante en que su marido dio al hombre del redoblante la señal de retumbar, sintió la primera punzada en la parte baja del vientre. Luego advirtió que la pelvis resultaba demasiado grande para sus caderas y el aire demasiado escaso para sus pulmones. Antes de empezar a temblar abrasada por una fiebre de hielo, pensó que las coordenadas del azar no podían cruzarse con tanta exactitud en una tierra como aquella, en donde los sucesos extraordinarios solían avisar con tiempo suficiente su llegada. Una segunda punzada la tiró al suelo y la obligó a retocerse sobre los guijarros de la tierra seca y entre los pies de los curiosos. Mordida en el vientre por el dolor intenso y a punto de rendirse a la sofocación tenaz, vio que María Cayena  -la partera-  se cruzaba en el umbral con Simón Laza  -su marido-, quien, sin dar importancia al asunto, emprendía el regreso a la plaza.  “El olor de un negro grande me puso a bailar el muchacho en la barriga”, alcanzó a gritar, antes de que un torniquete le apretara el espinazo y notara sorprendida que, sin aún haber visto la luz, el niño empezaba a cantar. Y ya no se hizo esperar. En un esfuerzo descomunal entregó al mundo la carga del vientre, y María Cayena recibió en sus manos a un niño grande y hermoso, negro como el carbón, y liso y brillante como el charol.

- ¡ Parece un rey africano ! -  exclamó María Cayena.

Al recibir al aire la primera nalgada de la partera, la criatura lanzó un grito estridente cuya entonación concordó con el toque alegre de la banda de músicos que, entre los rezos de la procesión, pasaba en ese momento frente a la casa.”

 

He aquí la descripción del origen de la vida y de la música, binomio incuestionable que hoy hace rendir al universo y ponerlo a sus pies. Así se inicia la novela del prosista colombiano que, como canto virtual, comienza a hacer eco en los confines del planeta. Toda la obra es un juego dialéctico en donde tonal y nahual juegan el periplo de las tristezas y alegrías, las bondades y maldades, todo ese yin y todo ese yan que se convierten en el paragidma de la líbido y el thanatos; pero la fuerza atractiva de la erótico hace sucumbir los odios y rencores, las envidias y celos al compás de las notas musicales y el amor. Leamos otro aparte de “Danza de Redención”, como si estuviéramos oyendo hablar al su autor:

 

“Muy a pesar de que las Hicoteas empezaron a matar sapos y cangrejos con el orín salado de su triple gravidez, y de qué él daba dentro y fuera de Cumbé convincentes muestras de hombría, la gente seguía ocupándose de la inconsistencia de su semen, y no quiso parar de comentar que Simón Laza era incapaz de preñar una vez más a su mujer. Hasta que no aguantó más y un día se presentó a la casa sin avisar, iluminado por el aura de salitre del mar que según Teresa Matías se lo había tragado para siempre. Llegó con los ojos desorbitados y una frase atravesada en la garganta, que soltó como quien tose una espina de pescado: “He venido a preñarte, pase lo que pase”. Teresa Matías apenas pudo creer que era cierto lo que oía. Sintió que la piel se le crispaba, que el corazón le daba tumbos en el pecho y que el rictus de sus labios desaparecía de repente. Enrique Diez, su primer, hijo, quien en ese momento recibía de su madre la instrucción, dejó caer el ábaco y corrió a buscar refugio bajo el árbol de higuerón.

-¿ Y los niños ? - alcanzó a musitar Teresa Matías, desprotegida e indefensa como un pajarito.

--¡Que se vayan a jugar con las culebras!

La condujo de la mano a la habitación y trancó la puerta por seis días. La primera noche fue apenas el preámbulo de un esfuerzo de amor en el cual Simón Laza tocó en su mujer los territorios de una pasión dormida por el abandono, el resentimiento y el rencor. Pero procuró reivindicarse, rompiendo las convenciones del tiempo y del espacio, para que en una marcha atrás de las horas, Teresa Matías lograra renacer en el oasis cristalino de sus pasiones de adolescencia. En un acto de exorcismo sin medida, intentó que ella limpiara el lastre al galeón naufrago del olvido, de modo que la pasión saliera a flote en el aire amasado de la alcoba.

De pronto, las crucetas del camastro cedieron al furor de la tormenta y ambos cayeron al suelo en un golpe seco que retumbó en la iglesia a la hora de la Elevación, y que creó ondas en las aguas quietas de los estanques. Desbaratada la cama, pasaron a la hamaca. Atada con hicos de trenza a dos postes de la habitación, la hamaca hizo estremecer el esqueleto de la casa, y hombres y mujeres y niños corrieron alarmados hacia al puerto en busca del agua madre, pues de los tiempos de La Conquistadora nadie en Cumbé había vuelto a presenciar los horrores de un temblor. Pero pese al cepillo tierno de la barba de tres días que Simón Laza usó para peinar la piel reposada de su hembra, pese al ácido de saliva fresca que su lengua dúctil paseó por concavidades vedadas y orificios prohibidos y pese a las tempestades que las palmas de sus manos levantaron sin reserva en los más recónditos poros, la pasión de Teresa Matías continuaba extraviada en las marañas del rencor. Todos lo sabían. Los que llegaban, los que se iban, los que se detenían a preguntar y los que alimentaban a los amantes desaforados deslizándoles cazuelas de mariscos por debajo de la puerta.. Hasta que, a la tercera noche, la oyeron cantar. Cumbé entero supo entonces que los puentes lavadizos del castillo de la princesa habían caído exhaustos ante  la insistencia del conquistador...

Ocho meses y veintinueve días después, Teresa Matías dio a luz trizillos”.

 

Otra vez la vida, pero multiplicada, y todo porque Eros conquistó el espacio impetuoso de la hombría y de la supervivencia. La brisa de la historia y la hipérbole de los tiempos así lo han demostrado: la abstracción ayudó al pragmatismo, y nuevamente, meciéndose en el esquema de la necesidad, David Sánchez Juliao, descubre la parodia vital de las especies y encaramado en el pináculo del análisis, resuelve el problema-dilema con la creación de la vida, exprofeso, para consustanciar el infinito-finito del panteísmo como un todo orgánico y espiritual de la existencia. Amor, mucho amor, es la síntesis apretada de la expectante novela en donde el irredento espécimen de Cumbé danzando en las borlas del amor encuentra su redención.

 

“Alargó la mano y la aprisionó en un medio abrazo. Buscaron la luna con los ojos. Allí estaba: pálida y triste entre las nubes altas de sequía: “No estamos solos  -dijo ella-. Somos tres”. Fernando no respondió. Dejó ir los labios, en un rastrillar de piel, sobre una mejilla ardiente y húmeda como aquellas manos, hasta que halló la respuesta en un beso de lenguas desesperadas que luchaban en un ansia loca de contacto, de búsqueda y posesión; y que de pronto, escaparon de las bocas y rebasaron los labios para hurgar en otros ámbitos: los crispantes universos del cuello, el ardiente laberinto del oído, la dúctil concavidad de unos ojos cerrados a la noche y abiertos a la vida. Hasta que, ya sin percatarse del bochinche de la plaza ni del aullido insistente del mismo borracho en la esquina, esos labios abandonaron los inocentes dominios del cuello, y en un acto temerario, en un arranque suicida, en un feroz rompimiento de ataduras, se lanzaron hacia abajo en busca del ardiente precipicio de unos pechos cuyo glorioso abismo infernal, de vapores de azufre y lluvias de incienso, condujo a la redondez de un cielo y un infierno centrados en sendas fuentes de vida que le hicieron sentir que la añoranza había sido sólo parte de la espera.  “Nené  -tembló la voz de Gardenias Dos-,  tú eres mi dueño, nené”. Y calló. “Ven”, insistió ya levantada, y cuando Fernando, de pies también, se hallaba presto a responder al llamado. Lo tomó de la mano y lo condujo a la habitación. (...) Gardenias Dos trancó la puerta y corrió el caracol con el pie hasta la aguja del quicio. Con los ojos puestos en sus ojos, empezó a desvestirse en lentos movimientos de manos temblorosas. De pie frente al muchacho, dejó caer las prendas, una a una, sobre el piso de  tierra. Fernando advirtió que los dientes de Gardenias Dos crujían en un castañeteo como de alas de mariposas. De repente vio aquel cuerpo de mujer desnudo frente a él, todo para sus ojos que recorrían la suave geografía de carnes frescas, apenas accidentada por los volcanes de dos pechos erectos y por el oasis de una selva abrupta, de negro espeso, cuya energía le alcanzaba las entrañas. Todo aquel mundo de carnes, selvas y volcanes, entonces se le vino encima. Fernando imaginó que así, con igual estrépito e idéntico poder, debía de ser la colisión de dos planetas, porque tras el encuentro, perdió la noción de las cosas cuando sintió que el fuego central de los dos mundos se confundía en una infernal llamarada que derretía las planicies, calcinaba las selvas, secaba las aguas de mares y de ríos y convertía la existencia en una lava hirviente en cuya espesa consistencia la vida se iba yendo lentamente. De repente, el lamento de mil voces cundió a lo lejos en la plaza y el coro de plañideras gimió: “¡Ay, te moriste, Manuelito Carnaval!”. El pueblo todo recitó en un aire de reponso: “¡El ron lo mató!”. En ese preciso instante, los restos de lava hirviente se enfriaron y Fernando sintió como sintió Gardenias Dos, que en una deliciosa retrospección del tiempo y de la vida, cada mundo buscaba su forma y sus normales temperaturas; hasta que abrieron los ojos y se miraron de una manera diferente, pues ya eran suyos. Gardenias Dos fue quien primero sonrió, cuando se llevó la mano al vientre, que una vez fue selva, y la trajo húmeda a la vista. “Es sangre  -murmuró-  sangre de vida en la muerte  -y cerró los ojos para agregar en la extensión de un suspiro: estoy segura de que he quedado embarazada”.

 

El flujo y reflujo líbidico encumbran el centro gravitacional de este monumento literario. La dialéctica con todas sus secuelas sacuden el marasmo y logran despertar el ímpetu humano adormitado por los síndromes del milenio que agoniza y las esperanzas que se vislumbran en la próxima centuria.

 

En “Danza de Redención” se encuentran todos los elementos del mítico trópico atrapados en la historia de una poliandria inicial y una poliginia gradualmente introducida que hace explotar la población y con ellas las instituciones motrices y difuso-simbólicas de toda la sociedad. Ese mundo erótico, allí en esas páginas, se imagina y se da a través de las tonalidades del pentagrameo musical que desbordan las flautas, los guaches, las guacharacas (indómitos instrumentos nativos), y todo ese arcoiris de implementación cultural traída del más allá. Las notas erotizan la piel y ésta se deparrama en óvulos y semen para conjugar la lozanía de la vida.

 

(Barranquilla, 1999)

 

LINKS:

 

a. “Seguir siendo el rey: no rajarse”: http://leerliteraturacolombiana.blogspot.com/2008/10/seguir-siendo-el-rey-no-rajarse.html

 

--b. “Narración culta y popular en la obra de Sánchez Juliao”, por John Benson:

http://www.faculty.virginia.edu/ticobraun/revista/pdf/02/sanchez_juliao.pdf

 

--c. “Pero sigo siendo el rey” de David Sánchez Juliao: musicalidad e intertextualidad del relato. Por  Teobaldo Noriega:

http://cvc.cervantes.es/lengua/thesaurus/pdf/52/TH_52_123_380_0.pdf

 

d. “La música en títulos…” Por Gabriel Pavón.

http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/noviembre_08/03112008_01.asp

 

e. Crónica sobre Lorica, tierra natal de Sánchez Juliao

http://encolombia.com/medicina/materialdeconsulta/Tensi%C3%B3metro141/Tensi%C3%B3metro141_lorica.htm

 

f. Sánchez Juliao, entre los 10 clásicos novelistas del Caribe colombiano.:

http://www.elheraldo.com.co/ELHERALDO/BancoConocimiento/C/cuescribecaribe/cuescribecaribe.asp