David Sánchez Juliao
DAVID SANCHEZ JULIAO
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OBRA ESCRITA


 
CRÓNICAS

 

 

   Desde Venezuela

 

“EL PENDU”: UN HOMBRE SIN FRONTERAS

 

           

            Caracas, 10:00 a.m. Una esplendorosa mañana de sol urticante y cielo azul de nubes bajas. El calor de las calles y los descampados apenas empieza a tomarse el interior de las viviendas. Se tiene la sensación de que el frío de la noche aún duerme sobre el embaldosado. De allí empezará a desprenderse en tanto avanza el día, hasta desaparecer en la tarde.

            Justo antes del meridiano, él irrumpe en la sala del apartamento por la puerta principal. La combinación de arco iris en su vestuario hace pensar por un instante que los colores hablan; más aún: que hacen ruido. Calza pesados zapatos deportivos, blancos con suela de goma, y viste pantalones cortos y una camisa playera de verdes estrepitosos y amarillos refulgentes.

            –Buenísimos días ­–exclama–, ¡y que viva la vida!

            Hasta entonces advertimos que dos pesadas bolsas cuelgan de sus manos. 

            –¡Vale, Pendu! ¡Chico: si hasta las bolsas de plástico te trajiste de allá!

            Él dibuja en su rostro una sonrisa tan colorida como el saludo.

            –Doña Carmen, lo más hermoso que le traigo son las bolsas. Como para enmarcar.

            Carmen es la dueña de casa, y es colombiana. Él, a quien llaman Pendu, pareciera ser un venezolano recién llegado de Colombia, a juzgar por las bolsas que trae, las que esgrimen el logotipo de un supermercado colombiano.

            Hemos observado la entrada y el saludo desde el sofá, junto al ventanal de fumar. El recién llegado sabe que no somos de la familia, y que estamos de paso. Nuestro gesto de curiosidad nos delata, pues más allá de su explícita capacidad de vivir, es obvia su sensibilidad a flor de piel.

            –Me llamo José de la Cruz, ¿bien? –nos dice, volviendo a sonreír–, pero los autorizo a que me llamen Pendu. Así me conocen por aquí y por allá. Mi apodo es… internacional.

            Carmen, la señora de casa, lo libera del peso de las bolsas y entra con ellas a la cocina. “Quédate ahí, Pendu, conversa con los señores, atiéndelos mientras yo veo en el mesón del lavaplatos qué es toda esta belleza que nos trajiste” –y agrega– “Entre tanto, les voy preparando un negrito, un café bien cargado”. Pendu se sienta en la sala frente  a nosotros.

            En tal situación –muy común en los hogares latinoamericanos–, empiezan los interrogatorios; exhaustivos hasta la intimidad.     

            También, en esa situación, quien poco quiere contar, logra que lo interroguen primero. Es nuestro caso. Por eso, decidimos guardar silencio, hasta que él da comienzo a la partida:

            –Ajá, ¿cuándo llegaron, de dónde vienen, qué hacen aquí y cuándo se van?

            Aquella pregunta es un alivio para quienes queremos oír en vez de contar. De modo que con apenas una frase cerramos la indagatoria:

            –Llegamos ayer a una conferencia y hoy nos vamos, ¡encantados con Caracas! ¿Y tú?

            De repente, retumba, entre ruidos de bolsas plásticas, la voz de Carmen en la cocina:

            –¡Cuéntales, Pendu, cuéntales con toda tranquilidad. Son de confianza!

            Así que, Pendu –como lo llaman–, se reacomoda en la butaca y suelta las riendas:

            –Anoche llegué a mi casita, en Petare. ¿Saben qué es Petare? Un pedacito de mundo en el hígado de los cerros de Caracas, ¿entendido? Un sector en el que vive gente de todos los países conocidos. Vengo cansado, muy cansado. El viaje es largo y aburrido: veinte horas desde la costa colombiana con ocho películas de puños y patadas y artes marciales en un bus sin aire acondicionado. ¿La ruta? Montería, Cartagena, Barranquilla, Santa Marta, Riohacha, Maicao, Paraguachón, Maracaibo, Coro, San Felipe, Valencia, Caracas, ¡qué chorizo de ciudades, vale! La mitad de los pasajeros, gente con papeles; la otra mitad, despapelada. Conmigo, cero problemas en la alcabala de la frontera: soy también venezolano, ¿se me nota?

            El hombre levanta las manos abiertas hasta la altura de los ojos y luego las deja caer en un gesto de satisfacción, mostrándose hasta los zapatos. Hace una pausa, sonríe y continúa:

            –Nací al norte de Colombia, a media hora del mar, en El Reloj, un pueblito de la región del Sinú; de solo dos mil personas, pero tan caliente que la Virgen de la iglesia, a la que llaman La Virgen del Sudor, pide que no prendan velas a sus pies sino que le lleven refrescos fríos. Un pueblo en el que a veces hay trabajo, pero en donde parece que vacunaron contra él.

            La voz de Carmen estalla de nuevo en la cocina –todavía entre el ruido de las bolsas.

            –Pero a ti no te hizo efecto la vacuna, Pendu –luego exclama emocionada–: ¡Muchacho, pero qué buenos estos bocadillos de guayaba! ¡Me trajiste tres paquetes!

            –Sí, a mí la vacuna no me hizo efecto, porque soy albañil –el hombre habla para nosotros en la sala–, albañil predestinado: nací el 3 de mayo, día de la Santa Cruz, ¿patrona de quién? –él mismo se responde en tono alegre–: ¡De los albañiles! Por eso, aunque todos me dicen Pendu, que es el diminutivo cariñoso de Péndulo, mi verdadera pila de bautismo es José de la Cruz Madero, predestinación total, ¿o no?: cruz, madero, mayo, albañil, y María de mujer. Digan si no. Trabajo aquí y trabajo allá, moviéndome así, de aquí para allá y de allá para acá. Parte del tiempo allá, dependiendo, y parte del tiempo acá… también dependiendo.

            –Ahora el péndulo está de este lado del tic-tac –comenta Carmen desde la cocina.

           

            El ángel del camino

 

            –Sí, pero déjeme poner la visita al tanto, doña –reacciona él y vuelve a nosotros–. Tengo cuarenta y cinco cumplidos. Nací en el año que mataron a Kennedy. En ese tiempo sobraba el trabajo en Venezuela. Al cumplir los dieciocho ya estaba acá, ¡imagínense: con papá albañil allá! ¿Sabe cómo le decían a mi viejo? El Rey del Palustre. A mi vieja, entonces, la bautizaron María-Cemento, por ser su mujer y por lo recia y fuerte que era. Fue ella quien me entusiasmó: Mira, muchacho, busca futuro por la tierra de los bolívares, que esos billetes no están hechos de papel sino de petróleo; vete para allá y manda plata para acá.

            Nos mira con ojillos de malicia:

            –Y me vine a las escondidas… por el camino verde; huyéndole a la Guardia Nacional venezolana entre matorrales y rastrojos, y llegué. Muerto de hambre y harapiento, pero llegué. Trabajé una temporada ordeñando vacas en una finca, y me dije: José de la Cruz, manda al diablo esa cruz que cargas hasta en el nombre y vete para Caracas, chico, que tú eres hombre de capital, aunque seas de provincia. Y para acá arranqué.

            –Cuéntale lo del ángel, Pendu –pide Carmen desde la cocina, entre ruidos de puertas de alacena que se abren y se cierran. Ahora acomoda lo que él ha traído.

            –¿Lo del ángel del camino, doña ? Yo sigo creyendo en eso, aunque usted no lo crea.

            Ha hablado hacia la cocina. Ahora se vuelve hacia nosotros y hace una digresión en la historia. “Créanme –nos dice–. Me encontré un… enviado de Dios en el camino.

            La magia incursiona entonces en el relato a través de las esencias de la tradición oral. Casi podemos adivinar lo que José de la Cruz va a decir y cómo lo va a decir. Pese a su ruidosa apariencia urbana, procede de un área rural de América Latina marcada por las fantasías del Romancero Español del siglo XVI, por las historias de animales, de príncipes encantados, de brujas y aparecidos; y de pobres caminantes hambrientos a quienes…

            –De la finca ganadera salí a Maracaibo, y allí tomé, de puro atrevido, un bus hacia Caracas, sin papeles, ¡oiga eso: sin papepes! ¡Qué arrestado! Y hete aquí que, sentado a mi lado, iba un hombre bueno, que me habló en el camino, me dio de su comida, unas hallacas y un cuartito de chicha de arroz; y que además me conversó como un hermano que apareciera de milagro. Me dijo que era albañil, que iba para Petare, un sector en los cerros de Caracas, y que conocía al capataz de una construcción. El hombre iba envuelto en un brillo extraño, que no se veía pero que se sentía, y se llamaba, ¿saben cómo? Gabriel, ¿díganme si no era un ángel?

            Ante la narración, sonreímos. En alguna instancia de nuestros estudios de literatura escuchamos aquella historia; si no la misma, una parecida en su carga mágica y sus elementos.

            –Me impresionó Caracas –continúa–. Jamás había visto una ciudad tan grande y tan ruidosa, pero iba con Gabriel. Encontré trabajo con su amigo capataz. Empecé por lo más bajo: preparar la mezcla y subirla por lo andamios para el vaciado. Hasta que a los dos días, Gabriel no volvió a trabajar, ¡hasta el sol de hoy: desapareció para siempre! ¿Se iría al cielo? 

           

La razón de un nombre 

 

            Carmen ha concluido su labor en la cocina. Llega a sentarse junto a nosotros, portando una bandeja con las tazas de café. Es una elegante mujer en sus sesentas, emigrada desde Colombia por la vía legal treinta años atrás, y de una vasta experiencia académica. Ha trabajado en Caracas desde entonces, y residido en el exclusivo sector Los Palos Grandes, a pocas cuadras del Obelisco. Conoce a José de la Cruz desde cuando María, su mujer, entró a trabajar para ella como ayuda de casa. De ahí, aquella amistad. La actitud de Carmen es la de quien se dispone a escuchar una historia mil veces repetida.

            –María, mi mujer, quien siempre ha trabajado para doña Carmen, apareció como otro ángel en Petare. Ella y su mamá eran vecinas del cuartucho en el que yo vivía al principio, todavía sin papeles, ¡qué insolencia! Entre ella y yo, fue asunto de mirarnos y listo. Tal para cual, uno para el otro: tuerca y tornillo. Tanto, que pienso que es la única mujer que podría aguantarse eso de que yo, cuando el trabajo está bueno aquí, trabaje aquí y mande alguna plata para allá, y cuando el trabajo está bueno allá, me vaya a trabajar allá y mande plata para acá. Ya ven, ¡un péndulo!: tic-tac, tic-tac, tic-tac. Sin fronteras, como el tiempo del reloj, ¿ven?

            –De ahí… –intenta decir Carmen, pero él la interrumpe:

            –De ahí, ¡El Péndulo! Pero yo mismo tengo la culpa del apodo. Porque, un día, en una construcción, mencioné la idea a la hora del descanso frente a los compañeros de cuadrilla. Eran los años del cuarto ir y venir, y dije: Mi vida, chamos, es como un péndulo, para acá, para allá; y luego de allá, otra vez para acá. Listo: El Péndulo me bautizaron. Estos dos países son la misma cosa. Si algo nos caracteriza es que ni acá ni allá queda nadie sin apodo. Si no, que lo digan los de la cuadrilla: Cara e’mofle, El Chango, Tutti-Fruti, El Cohete, El Chancho.

            El Péndulo ahora se levanta, nos mira en un lento giro de cabeza, y habla de nuevo:

            –La economía de estos dos países hermanos, que a la postre son uno solo, se mide por mí. Yo soy el termómetro. Miren –parece ahora hablar con las manos, señalando hacia uno y otro lado–: como Colombia y Venezuela tienen una economía cantinflesca, como de sube y baja, ¿han visto la película?, cuando la cuadrilla de albañiles de allá me ve llegar con bolsas de automercados de Venezuela, me saludan con un grito: “!Coño, Péndulo, está dura la vaina en Venezuela, cuadro!”: así hablan allá. Y cuando la cuadrilla de acá me ve aparecer con bolsas como las que hoy traje, también gritan, pero en venezolano: “!Oye, vale, como que está jodida la cosa en Colombia, chamo!”. ¿Ya ven? Pura medición de la economía. Más efectiva que las del DANE en Colombia y el SENIAT en Venezuela; los organismos de medición. 

 

Los “papeles” 

 

            Es domingo. María no ha venido a trabajar; es su día libre. Carmen comenta a El Péndulo que al día siguiente contará a ella lo bien que él hablado de su mujer. El Péndulo reacciona y decide abundar en los elogios.

            –¿María? ¿Mi mujer? Es la reencarnación venezolana del arcángel San Gabriel, el del bus y el de allá arriba. Gracias a ella y a los hijos que me dio, los papeles cayeron del cielo; y ahora soy un péndulo real: colombiano y venezolano. Pero al revés, porque la cuadrilla de allá, empezando por Frufrú, me llama El Veneco, y la cuadrilla de acá, comenzando por Tutti Fruti, me llama El Colombiche. Pero hay que reconocer que fueron, María, los hijos que me dio, y un Guardia Nacional con cara de ángel, también, los que hicieron el milagro de los papeles: la cédula de ciudadanía de la República Bolivariana de Venezuela. Miren, miren lo que pasó.

            Como si hubiera habido un acuerdo, los tres nos llevamos las tazas de café a los labios y bebimos sin apartar los ojos de El Péndulo, quien continuaba de pie la narración.

            –Un día, después de unas cervezas en un sitio de Petare, un venezolano y yo casi nos vamos a los puños. Era un conocido de El Chancho, mi compañero de cuadrilla, y empezó a hablar mal de los colombianos, y peor: a amenazarme con denunciar que yo no tenía papeles. En eso, llegó un Guardia Nacional, y la agarró conmigo: Vamos, me dijo, y me llevó a la Estación de Policía. Alguien le avisó a María y ella no tardó en aparecer. Cuando ella llegó, empezó el interrogatorio por parte del inspector: ¿Edad?, preguntó. Veinticinco años, dije yo. ¿De dónde es? De El Reloj, Colombia. ¿Cuánto hace que vive en Venezuela? Siete años, respondí. ¿Casado o soltero? Convivo, que es lo mismo que estar casado. ¿Con quién? Con María Peralta, aquí presente. ¿Qué nacionalidad tiene María? Venezolana, más que las arepas y el joropo, gritó ella. ¿Dónde viven? Aquí en Petare. ¿Hijos? Tres hijos: Juan, Cristina y José de la Cruz. ¿Dónde nacieron? Aquí en Petare los tres. Venecos de cabo a rabo. ¡Váyase!, me dijo entonces el inspector, váyase! ¡Qué más papeles necesita un hombre que tiene una mujer y tres hijos venezolanos! Y cuando buscamos la puerta, el inspector agregó: Y venga mañana, que yo mismo lo voy a llevar a la DIEX, la oficina de extranjería, para arreglar este asunto.

            Guardamos silencio. El Péndulo volvió a su butaca sin apartar la vista de nosotros en la operación de sentarse y de dejar ir su cuerpo contra el espaldar. Sin que hubiéramos hablado, volvió a tensionarse, se levantó con energía y nos dio la mano en actitud de despedida.

            –Bueno, ha estado muy buena la charla –dijo con el mismo tono jovial–, ha sido un gusto conocerlos y les deseo un buen viaje de regreso. Gracias, doña Carmen –dijo a ella­, y que disfrute las delicias colombianas. Dependiendo de cómo se comporten los indisciplinados del bolívar y el peso, en seis meses podría traerle más bocadillos de guayaba. Y ahora me voy, porque debo subir con María y los hijos al cerro de El Ávila a encontrarnos con unos parientes y a comer pastelitos de pollo y juguito de naranja exprimido en los puestos al aire libre.

            Carmen se ha levantado a acompañarlo, y cuando están a punto de alcanzar la puerta, escuchamos la última frase de El Péndulo:

            –Que no se le olvide, doña, enmarcar una de las bolsas. Allá, mi mamá, tiene una de las bolsas venezolanas enmarcadas en la sala, junto al cuadro de La Virgen de Chiquinquirá, la patrona de Colombia. Cuelgue la suya al lado de la Virgen de Coromoto, la patrona de Venezuela, para que entre ambas nos hagan el milagro que sabemos, y que en este momento político tan delicado, y tan importante, no conviene mencionar.

            Y salió.

 

Caracas, 2008 

 

 


 

El “Milagroso Señor” que sólo atiende el 14 de cada mes                          

 

 

            “Lloverá a cántaros durante todo este 14 de marzo”, escuchó decir por la radio la anciana María Piedad Pongutá desde la cocina de su choza en uno de los barrios marginales de Bogotá. A esa hora, cuatro de la mañana, preparaba la primera jarra de café. Daría a su marido y a su hijo un desayuno frugal, y luego bajaría el cerro a pie para tomar el autobús.

            Al igual que sucedía el 14 de cada mes, María Piedad saludó en voz alta al abordar ese día. Conocía a casi todos los pasajeros: los que ya venían en la ruta y los que subieron como ella al pie del cerro, de cuya falda colgaba su barriada de desdichas.

            Los pasajeros rezaban; hombres, mujeres y niños, lisiados y no lisiados, enfermos y sanos, con muletas o en sillas de ruedas. La anciana María Piedad también rezaba, al fragor del largo recorrido, el que iba desde su distrito de miserias hasta el central barrio La Soledad, sobre cuya Carrera 28 se levanta el templo de San Alfonso María Ligorio. En aquel lugar, ese día, como todos los 14 de mes, se llevaría a cabo la cita con el Milagroso de Buga, lloviera o no lloviera, hubiera sol o neblina, tronara o relampagueara. 

 


 

            Historia del Señor de las corrientes. En apariencia, y dado su origen, la imagen a la que María Piedad suele ir a pedir favores, poco tiene que ver con Bogotá. La devoción por el Milagroso Señor procede de Buga, una lejana ciudad al sur de Colombia. Allí, en el nicho principal de un santuario colosal, “se halla el original”, según sostienen los mismos que aseveran que la copia de Bogotá no es menos milagrosa.

            Hacia 1580, en aquella población del sur, y de acuerdo a la leyenda, una anciana indígena había trabajado con ahínco durante años para adquirir una imagen de Cristo. Cuando tuvo el dinero, fue a comprarla a un almacén en la plaza principal, pero halló junto a la iglesia a un hombre barbado que dijo necesitar con urgencia los 70 reales ahorrados.

            Conmovida por la doliente estampa del necesitado, la mujer le dio el dinero. Días después, mientras lavaba ropa a orillas del río, vio que la corriente traía una tabla sobre la cual descansaba la imagen de un Cristo pequeño y hermoso. La mujer tomó la imagen, la llevó a la cabaña y le improvisó un pequeño altar. Pronto, el altar fue insuficiente, pues el Cristo empezó a crecer y crecer; y a hacer milagros en tanto su tamaño aumentaba.

            Cuando el tamaño de la imagen igualó la estatura del hombre de la plaza, la fama del Milagroso Señor se había tomado el país y un templo había sido levantado en su honor.  

 


 

            Hasta que un 14, el Señor llegó de lejos… María Piedad Pongutá, con casi 90 años hoy, oyó hablar del Cristo de Buga desde cuando era adolescente. Al cumplir 65, supo que una copia del Santo ­había sido traída a Bogotá el 14 de septiembre, e instalada en la iglesia de San Alfonso. Entonces, prometió que a partir del 14 de octubre siguiente visitaría, cada 14 de mes, el templo en el cual descansaba la imagen. Corría el año de 1983.

            Tenía favores que pedir y muchas personas por quienes rogar. Ambrosio, su marido, andaba sin trabajo, así que la familia apenas malvivía de las empanadas que ella hacía por la noche y vendía de puerta en puerta por la mañana. A José Asunción, su hijo mayor, se lo había llevado el Ejército en una redada barrial y se decía que fue enviado a luchar contra la guerrilla y muerto en combate. Jamás logró tener pruebas de ello. Librada, su  hija, había caído por ingenua en una red de prostitución y luego forzada a trabajar en el exterior.

            El único que los acompañaba, a ella y a su viejo Ambrosio, era Rubén Darío, el menor, quien apenas podía caminar, pues había sufrido polio en la infancia y nunca pudo ayudar a su padre en los esporádicos trabajos de albañilería.

            Todos esos problemas debía ayudar a resolver su Señor, pensaba María Piedad. Eran muchos los milagros que empezaban a serle atribuidos. Entre ellos, el de un vendedor de lotería que ganó millones con el 4624. Muchos milagros también ella lograría, se aseguró aquel 14 de octubre de 1983, cuando por primera vez fue a visitarlo, y a prometerle que todos los 14 de todos los meses de su vida repetiría la visita. Jamás sospechó, sin embargo, que idéntica decisión habían tomado ya miles y miles de fieles devotos del  Milagroso en esa, su misma cuidad…

 

            …incluido, por supuesto, el devoto vendedor de lotería. Era un vendedor de la Lotería de Medellín, quien aún hoy sostiene, cada vez que lo entrevistan, que de forma muy curiosa la Agencia le entregó, entre los billetes para la venta, durante tres semanas seguidas, uno con el mismo número: el 4624 de la serie 214.        

            “Nada de raro hubiera tenido aquello –asegura el vendedor–, de no haber sido porque un mes atrás soñé que me ganaba la Lotería y que el billete era verde. No apareció el número en el sueño, pero siempre supe que el billete era verde”.

            El alboroto en torno al hecho (al que el vendedor no dejó de llamar milagro) causó un grandioso efecto en los devotos del Milagroso y en los agentes de publicidad de la Lotería. Pronto, llovieron desde sus oficinas los despachos de prensa que afirmaban que  “con la Lotería de Medellín es posible hacer realidad los sueños de los clientes”.

 

            Fe y devoción contra la lluvia. Cada 14 de mes, María Piedad conmemora con su presencia en el templo la llegada del Milagroso a Bogotá; y, al tiempo que reafirma la fe en sus bondades, ratifica que no se halla sola en la devoción. En la brumosa mañana del 14 de marzo de 2008, esto último fue, como nunca antes, cierto y palpable.

            No había parado de llover desde la madrugada. Pero, ni para ella ni para sus compañeros de autobús, aquello constituyó un obstáculo. Sólo que, apenas al llegar al templo, María Piedad se percató de que no había traído el paraguas.

            La iglesia estaba repleta de suplicantes y no había un sólo espacio disponible en su interior; casi tampoco en el atrio o junto a la puerta de la entrada principal. No importaba, pensó. Allí se quedaría entre la multitud, bajo la lluvia, mirando hacia la dorada brillantez del altar por encima de las cabezas y por entre los resquicios dejados por los paraguas de quienes se protegían bajo los salientes de la arquivolta.

            “No me incomoda la lluvia. El Milagroso me protege de una pulmonía, pues la fe… es mi paraguas”, se dijo. Sentía que le sobraba razón, pues todavía, casi 25 años después de haber venido por primera vez a visitar al Señor en aquel 14 de octubre de 1983, todavía –reiteraba­– tenía que seguir rogando por la solución de sus problemas.

             Ambrosio, su  viejito, ahora de 92, ya no podría trabajar, pues una artritis severa le impedía usar ambas manos. De su hijo José Asunción, el que se llevó el Ejército, jamás hubo pruebas, ni de muerte ni de vida. Librada, la hija perdida, tampoco apareció, y nunca mandó una carta; ni siquiera unos centavos. Y Rubén Darío, el último, reducido por el polio, terminó en un carrito de madera implorando algunas monedas al pie de los semáforos.   

            Y ella, María Piedad, de ya casi 90, seguía levantándose al amanecer para confeccionar aquellas empanadas que vendía de puerta en puerta y que los vecinos ahora compraban en un impulso de conmiseración.

            ¡Y, encima de todo, cuando venía a rezarle al Milagroso… tenía que olvidársele el bendito paraguas! No obstante, en medio de la multitud de rogantes y de vendedores de amuletos, de oraciones impresas, de litografías, de velas y de imágenes, la esperanzada anciana tenía –como siempre afirmó– conciencia de que no estaba sola en la práctica de su devoción. ¡Sobradísima conciencia tenía de aquello!

 

            Una amplia devoción continental. Por otro lado, poca conciencia tenía –la misma anciana María Piedad­– de que, en términos de su América Latina, menos sola se encontraba en la práctica de su irrenunciable devoción. Cada mujer como ella, y cada hombre como su viejo Ambrosio –y también cada José Asunción, cada Librada y cada Rubén Darío, o cada vendedor de lotería– cifraba su esperanza, como ella, en un Ser que, desde el Altísimo Cielo, velara por todos ellos. Un Ser que un buen día, aquí o allá, cerca o lejos, en uno u otro país del vasto subcontinente, había bajado a la Tierra –como aquella tarde del río bajó su Ser venerado­–, dejando, según los cronistas, plasmada su imagen como constancia de la visita… en un lienzo, un pergamino, una tabla, una roca, una capa, un madero…

           

            En Venezuela: La Virgen de Coromoto. Por ejemplo: cuentan que un día de 1652, el cacique Coromoto atravesaba con su mujer un río, cuando una blanca mujer de extraordinaria belleza apareció y les habló en su lengua: “Vayan donde los blancos y pídanles el bautismo para poder ir al Cielo”. Coromoto contó lo sucedido y pronto  muchos indios fueron bautizados; no así él mismo, quien huyó a la selva. Allí, el 8 de septiembre siguiente, volvió a aparecérsele la blanca señora. Confundido, Coromoto le apuntó con una flecha, pero ella desapareció entregándole un pequeño pergamino con su imagen dibujada.

            Se dice que, arrepentido, el cacique se hizo morder por una serpiente venenosa; y que, en horrible agonía, pidió que lo bautizaran. Antes de morir, instó a los indígenas a hacerlo también. A raíz del hecho, los Corpes –cultura a la que el cacique pertenecía– se convirtieron en una fervorosa comunidad que rinde culto, en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de Coromoto, a la que es considerada la Patrona de Venezuela.

           

            En Argentina: Nuestra Señora de Luján: Otro ejemplo. En 1630, una caravana que viajaba de Buenos Aires a Córdoba y Tucumán, debió revisar en Luján sus cargas, pues, de forma misteriosa, una de sus carretas no pudo moverse para seguir el camino. Se hizo fuerza, se trajeron más caballos y más bueyes para halarla, pero la carreta no se movía.

            La carga fue revisada, hasta que, en un cajón que venía de Brasil, fue hallada una imagen de la Inmaculada Concepción. Ya sin ella, la carreta pudo continuar su camino.

            La gente comprendió que el milagro correspondía al deseo de la Virgen de quedarse en ese lugar, en el que más tarde se construyó un oratorio. Se dice, incluso, que por ciertas circunstancias, la imagen fue mudada a la hacienda de una rica señora vecina, y que, según refiere la leyenda, la Virgen regresó milagrosamente al antiguo oratorio.

            La misma rica hacendada donó después los terrenos para edificar un santuario, a cambio de la humilde ermita inicial. Todo ello dio pie para que posteriormente se declarara a Nuestra Señora de Luján, Patrona de la República Argentina.

           

            En Perú: El Cristo Moreno de Pachacamilla: Un ejemplo más. En noviembre de 1655, un terremoto sacudió el área de Lima y El Callao, causando una tragedia de grandes proporciones. En medio de los derrumbes del sector de Pachacamilla, solo una pared quedó intacta. En ella, un esclavo negro angoleño había pintado tiempo atrás una hermosa imagen de Cristo. Los limeños empezaron a venerar la imagen, pues veían en el terremoto un castigo de Dios por los pecados cometidos.

            La imagen, dice la leyenda, empezó a hacer milagros. El primero, en un hombre que sufría de fuertes dolores de cabeza que derivaron en un tumor maligno, y quien fue sanado cuando adquirió el hábito de rezar postrado ante el muro. Aquello fortaleció la fe de los limeños y propagó la fama del Moreno Milagroso.

            La devoción por el Cristo aumentó. En 1687, un maremoto arrasó el puerto de El Callao y parte de Lima. Una vez más, en medio de la desolación, quedó en pie el muro que contenía la pintura del esclavo de Angola. Ante aquella nueva evidencia de milagro, los fieles devotos decidieron confeccionar una copia al óleo de la imagen, la que es sacada a la calle en procesión los días 18 y 19 de octubre de cada año.

           

            Ecuador: El Señor de la Portería de la Buena Esperanza Otro ejemplo sorprendente. En un día de 1652, una mula sin arriero llegó al convento de San Agustín en Quito y se echó al suelo. Los monjes tomaron el cajón que traía y hallaron en él una escultura del Señor de la Buena Esperanza. Intentaron trasladar la escultura al templo, pero su peso aumentaba en proporción al número de cuantos intentaban transportarla. Se propuso entonces llevarla a la portería del convento, lo cual pudo hacerse con facilidad.

            La imagen, puesta en exhibición en la portería, llevaba una túnica y dos sandalias de oro con piedras preciosas incrustadas. Tanto conmovió al pueblo la aparición, que pronto la portería del convento fue convertida en santuario.

            A ello se sumó el caso de un parroquiano que llegó a rogar favores a la imagen, y ésta levantó el pie y le arrojó una de sus sandalias de oro. Cuando el hombre intentó vender la sandalia a un joyero, fue arrestado, juzgado y luego condenado. Pero antes de ir al cadalso, pidió ser llevado ante la imagen, la que tendió hacia el hombre el pie con la otra sandalia de oro y la dejó caer en sus manos. El grito de “¡Milagro!” no se hizo esperar.

 

            México: Nuestra Señora de Guadalupe: Un último ejemplo. En diciembre de 1531, un indio llamado Juan Diego subió al Monte Tepeyac y allí asistió a la aparición de la Virgen María, quien le dijo que quería ver construido un templo en el llano vecino.

            Juan Diego corrió a ver al Obispo, y este le exigió una prueba de la aparición. La Virgen instó entonces al indio a que volviera a la colina, cortara unas rosas y las llevara al Obispo. Juan Diego así lo hizo, y envolvió las rosas cortadas en su tilma (poncho o capa de fibra vegetal que usaban los indios mexicanos).

            Cuando Juan Diego abrió su tilma, las rosas cayeron al suelo y el Obispo comprendió la señal. Diciembre no era mes de rosas. Además, en la tilma de Juan Diego aparecía estampada la imagen de la Virgen. El milagro sucedió el 12 de diciembre de 1531.

            El templo que la Virgen reclamó fue construido tal como ella quiso. Sus milagros han sido tantos –dicen los creyentes– que no tardó en convertirse en “Reina de las Américas y Patrona de México”, como la llaman los mexicanos.

           

                Corolario. A todas aquellas apariciones rinde culto también, sin sospecharlo siquiera, la anciana María Piedad. Está convencida, como lo están millones de fieles creyentes en su América Latina, de que la fe salva, y de que esa fe (bien practicada) es el único capital de los pobres como ella.

            Sabe que su Señor de Buga no es, como tantas otras advocaciones cuya existencia quizás ignora, el Santo Patrono de su país; pero es el suyo, aquel en quien siempre depositó sus esperanzas.

            Pero por encima de todo, María Piedad está convencida de que su Milagroso es uno de los pocos santos –si no el único– en torno a quien no hay que esperar una fecha específica del año para conmemorarlo o para rogarle favores, pues cada 14 se crea en su santuario un espacio de súplica y celebración; aunque en los restantes días del mes nadie visite al Santo o se acuerde de él.

            Este reciente viernes 14 de marzo de 2008, un día antes de que empezara la Semana de Pasión, María Piedad llegó a la iglesia de San Alfonso en Bogotá a ejercer su devoción, como cada 14, a sabiendas de que aquel acto nada tenía que ver con la Santa Semana, pues para ella y para los devotos del Milagroso, todas las semanas lo son.

 
 



Del auge del Festival Vallenato:

¡EL DIABLO TUVO LA CULPA!

 

De muy pocas cosas buenas en este mundo el diablo es causante. El vallenato es una de ellas, pese a que el fenómeno parece más producto de Dios que de Lucifer. Pero es que Dios, si bien es eterno, infinitamente bueno, sabio y poderoso, no es pícaro. Y el vallenato es, ante todo, picardía.

Desde cuando el diablo tuvo la culpa, mucha agua ha caído del cielo en los más de cien años que hace que todo empezó. Y todo empezó, según la leyenda, con un campesino de pie en el suelo, mochila y sombrero, llamado Francisco Moscote, más conocido como Francisco el Hombre; célebre, entre otras cosas, porque –al igual que sucedió con Rafael (El Hombre) Escalona-- fue inmortalizado por el Nobel García Márquez en las páginas de Cien años de soledad.

Este Francisco el Hombre, de quien se dice que vivió cien años, entre 1853 y 1953, tocaba con tanta maestría el acordeón y cantaba tan bien, que al diablo no tardó en caer presa de celos; porque el diablo era el diablo y porque se suponía que nadie tocaba o verseaba mejor que él. Todo terminó en un reto a duelo, pero cantando. La pelea fue dura, pero trascendió que Francisco el Hombre logró derrotar al maligno contrincante cantándole el Credo al revés: “Oerc ne Soid Erdap Osoredopodot, rodaerc led oleic y ed al arreit..”, aretécte --esto último significa etcétera.

La leyenda carga, como vemos, una alta dosis de picardía. Pícaro debió haber sido el propio Francisco el Hombre, autor, según también se cuenta, de los primeros cantos vallenatos. Lo que siguió a la pelea, constituyó la herencia: humildes campesinos trabajadores y parranderos que, tocando por simple diversión o ejerciendo la juglaría, se movían por la región llevando noticias cantadas a los poblados, a cambio de alojamiento, algo de comida y mucho de ron. Pronto, se abrieron las tendencias: más suaves, melancólicos y líricos unos, más rápidos y picarescos otros, y más épicos y ‘periodísticos’ los últimos. Y hasta los lejanos parajes del Sinú y las Sabanas, en el Caribe occidental, llegaron los ecos de aquellas notas, las que en esas tierras fueron adobadas con ingredientes locales.

El fenómeno se había dado. Hoy, más de cien años después, el vallenato sobresale como componente de la gran antorcha cultural colombiana, al lado de la ruana, el sombrero vueltiao, la mochila tejida, aquel tunjo de una marca de cerveza... y una canción: “La gota fría”, coincidencialmente vallenata... y pícara, muy pícara.

 

La verdad de Dios

            Si el runrún de la leyenda constituye la verdad del diablo, hay otra que, por cierta y más verdadera, suponemos que sea la verdad de Dios. Aquellos cantos nacidos de la inspiración analfabeta se han tomado el mundo. Carlos Vives llena plazas y estadios Europa, Julio Iglesias graba travesura vallenatas, Paloma San Basilio solicita a Rafael Escalona que le componga una canción, y el joven público de Viña del Mar aplaude a conjuntos de rock en español, cuyo músico estelar es un acordeonero vallenato de guayabera y sombrero vueltiao. Más aún: las grandes orquestas de salsa antillana exponen al mundo extrañas versiones de aquellos cantos simples pero cargados de verdades universales, pues sus letras celebran lo mismo que se celebra en París o en Riohacha, en Nueva York o en Santa Marta; en Cúcuta o en Katmandú: el amor, la alegría, la amistad, el dolor.

            ¡Ni hablar de lo que el fenómeno ha empezado a significar para Colombia en términos de generación de empleo, de captación de divisas, y del aumento del PIB y del per capita! Pero, si en torno al vallenato todo parece ser conveniente y benéfico, cabe preguntarse: ¿Por qué se le echa la culpa al diablo? Una respuesta podría ser: Es que... los colombianos somos la gran contradicción. ¡Y todo porque nadie se imagina a Dios tocando acordeón, vistiendo guayabera, usando sombrero vueltiao y cantando vallenato! Punto, aparte, y volvamos atrás.

 

La ‘verdá-verdá’: la sin Dios y sin diablo.        

            El vallenato es una trinidad de almas que se expresa en tres instrumentos –valga la redundancia--: la caña-guacharaca de los indios, el tambor-cuero de los negros y el acordeón de los blancos. Todo ello, magistralmente expuesto en la canción Fuente Vallenata del compositor sabanero Aldolfo Pacheco (ver recuadro). Pero, ¿cómo fabricó la historia aquel interesante mestizaje?, esa es la pregunta del millón.

            Al llegar los españoles en el siglo XVI, la hoy Costa Atlántica colombiana fue bautizada como Gobernación de Nueva Andalucía. A esa gobernación pertenecía la Provincia de Santa Marta, de la cual formaba parte el Valle de Upari – el que comprendía el valle del Río Cesar, la Baja y la Alta Guajira. Los españoles habían traído sus cantos, como también sus instrumentos; e igual cantaban y tenían instrumentos los primigenios habitantes de la región de Upari, los Chimilas, indómitos y bravos aborígenes que en repetidas ocasiones rechazaron a los españoles.

            Mientras los españoles insistían, muchos esclavos fugaos de Santa Marta y Riohacha buscaron refugio en aquellas tierras sin conquista. Los negros, lógico, también cantaban y habían confeccionado instrumentos similares a los de Africa a partir de materiales locales. Los indios resultaron en extremo hospitalarios con los negros. De modo que el proceso de zambaje se dio antes que el mestizaje. Cuando por fin los españoles lograron someter la región a sangre y fuego, el préstamo cultural entre indios y negros tuvo comienzo. Solo a fines de ese siglo, el XVI, fue fundada la Ciudad de los Santos Reyes de Valledupar. Así empezó a cobrar vida lo que hoy se conoce como cultura vallenata.

            Corrió el tiempo. Los españoles habían traído a Santa Marta ganado procedente de las Islas Canarias, y un buen día decidieron arrear unas mil quinientas reces hasta el lejano Valle de Upari. Pero un feroz aguacero acompañado de rayos y centellas hizo que el enorme viaje de ganado de desbandara y se perdiera en los montes. Resultó imposible recuperarlo. De modo que el ganado se reprodujo al antojo por más de un siglo entre valles y espesuras. Pronto, aparecieron las haciendas, cuyos peones, negros, zambos y mestizos, se dieron a la caza del ganado cimarrón. En ese contexto nació el llamado canto de vaquería, ascendiente directo de la música vallenata.

En medio de las faenas, los peones cantaron y cantaron, a las proezas del quehacer, a los maltratos del patrón, a los sinsabores y las alegrías de la vida y al amor por la hembra, unas veces cariñosa y otras desdeñosa. “Sígueme, vaca, vaquita / que vamos para el playón, / que allí tengo a mi morena / y media botellas de ron”... “Mi caballo y mi mujé / tienen una peladura. / La de mi caballo sana, / la de mi mujé no cura”.

Aquellos cantos simples, pronto hallaron ritmo y melodía, y empezaron a ser acompañados por la guacharaca heredada de los indios, por un remedo de tambor africano bautizado como caja, y por la flauta de millo.

 

Lo que faltaba                  

Algo faltaba, sin embargo, pues la flauta de millo quedaba corta de armonía. Había mucho que expresar y mucho que decir más allá de las palabras y los versos. Era preciso poner a cantar, cuerpo, alma ...e historia. Ese algo que faltaba, ese perfecto complemento, era el acordeón.

¿Cómo saber que faltaba ese instrumento, si no lo conocían? Es que... sí lo conocían y lo habían oído sonar a lo lejos. Distante, cuando vibraba airoso en las lujosas salas de los patrones, a las cuales mestizos, mulatos y zambos sólo tenían acceso en calidad de servidumbre. Pero, en asuntos de fiestas y licores, como en otros asuntos, los patrones eran insaciables. Así que, cuando rendidas por el cansancio, las emperifolladas damas buscaban la cama, los patrones corrían a terminar el convite en las cocinas o en los lejanos galpones de la peonada. Y allí, el acordeón, que había entrado por las costas para diversión de los blancos, empezó a caer en las manos del pueblo raso... hasta que por fin desbancó a la flauta de millo. Se había consolidado el fenómeno: había nacido el vallenato de verdad. 

A estas fiestas de fin de fiestas (hoy conocidas con after-parties) se les llamó las colitas, pues eran en verdad las colas de los saraos o los ambigús de sacoleva, champaña y satín, animadas con mazurcas, polkas y valses vieneses. Pero las colitas tuvieron después sus propias colas. Señores y peones no tardaron en salir a la calle en un paseo musical en el que se mezclaban el frac y la alpargata, el ron criollo y el Medoc, Strauss y Francisco el Hombre.

 

El resto es historia

El Valle de Upari continuó aportando al mundo intérpretes de los viejos cantos anónimos, lo mismo que compositores que ahora firmaban sus canciones. Esta nueva juglaría de autor conocido, no tardó en tomarse el país. Pero lo hizo, curiosamente, desde Bogotá, lugar en el que aquellos cantos aparecieron de la mano y en la voz de jóvenes estudiantes y de desempleados que llegaban al altiplano en busca de nuevas oportunidades. Bogotá les abrió sus puertas, como a tantos otros. Desde la fría Capital, lugar en el que el canto vallenato fue aceptado antes que en otros lados, aquellas rimas lograran permear importantes ciudades de la propia Costa Atlántica.

            Otro fenómeno se operó al tiempo. Con el desarrollo de la agroindustria algodonera en los campos del Cesar, muchos campesinos del Sinú y de las Sabanas de Bolívar se convirtieron en trabajadores golondrinas que aparecían  por los meses de recolección de cosechas para luego regresar a sus tierras llevando consigo el frescor de tantas notas. La llamada escuela del vallenato sabanero no tardó en aparecer, con cantos adobados con sales de porro y pimientas de cumbia.

 

Y la historia continuó...

Entre los años sesenta y ochenta el vallenato logró catapultarse. No solo en Valledupar se afianzó la parranda vallenata como institución, sino que en otras importantes ciudades de país, con Bogotá a la cabeza, aquella instancia cultural se legitimó. La parranda vallenata consistía, y sigue consistiendo, en una reunión de amigos, una justa de la palabra, en la que se bebe, se canta, se cuentan anécdotas, pero en la que jamás se baila –pues puede resultar ofensivo para los maestros de la música y el verso, a quienes les complace ser vistos, escuchados y admirados.

            Una de las partes más importantes de la parranda es la piqueria. El término tiene su origen en la riña de gallos, y viene de pique, que es el reto de un gallo a otro. La piqueria es un cardinal componente de la parranda, y en ella se desafía al oponente con verso irónico y sarcástico, pasando a veces al plano de lo meramente privado y personal. Pero en la piqueria también se envía “recaos groseros” a supuestos oponentes lejanos, los que, seguramente, algún día responderán. La mejor muestra de ese caso es el archiconocido paseo de Emiliano Zuleta, La gota fría, en el que el autor envía uno de esos “recaos groseros” a su contrincante Lorenzo Morales.

            Pero en la piqueria no siempre se piquerea. Su espacio en la parranda vallenata es usado para muchas otras muchas cosas: para conquistar mujeres a punta de flores verseadas, para exaltar al ilustre visitantes y para contribuir con la reducción de la tasa de desempleo (ver recuadro).

 

Mas allá de la parranda

Muchos comentan que es tal la importancia de la institución de las parrandas, que en ellas se dan a conocer –piquereando o no– los más hábiles acordeoneros y los más talentosos cantores. Esos que, luego de agotadas la posibilidades locales, se lanzan a conquistar fama y dinero, lográndolo a fin de cuentas.

            Los herederos de aquellos ascendientes campesinos iletrados y andariegos, pronto se convirtieron en estrellas que brillaron en el firmamento nacional. Entre ellos, el gran maestro Rafael Escalona, a quien hay que culpar –como al diablo– de que el tan provinciano vallenato hubiera logrado conmover el alma de los bogotanos y luego al resto del país, con sus deliciosos paseos, sus suaves y dulces sones, y sus alegres y bullangueros merengues.

            Los conjuntos proliferaron, y las casas disqueras empezaron a hacer de las suyas; y, no dándose siempre la coincidencia del doble talento de cantante y acordeonero en la misma persona, surgió de repente la figura del cantante estelar: ese que hacía pareja con un muy bien dotado acordeonista, también estelar. Estos binomios de oro empezaron a proliferar. Todo ello contribuyó a que el ser intérprete vallenato deviniera en una respetable y lucrativa profesión.

            Profesión exigió más y más para su ejercicio. Con el tiempo, el público no sólo demandaba más intérpretes y nuevas canciones, sino mayores espacios para divertirse en forma masiva, como las casetas y los estadios. Y exigía conjuntos más grandes y más y sonoros, de seis, ocho, diez, doce, veinte músicos. Los conjuntos se abrieron como la cola de un pavo real, con su plumaje de congas, guitarras eléctricas, tumbadoras, bajos eléctricos, maracas, teclados, cobres y batería. Estaba claro que había que competir con el merengue dominicano, con la salsa de Cali y del Caribe, con el son cubano, con las orquestas de porros y con los Melódicos y los Billo’s venezolanos. No era fácil la tarea.

            Tales dimensiones empezaba a alcanzar aquella música simple, llana y elemental de los principios. Ahora sí se sentía, como nunca antes, la presencia de Lucifer en el asunto. 

 

            El tate-quieto del Festival

No hay que negar que la idea del Festival Vallenato entró a poner orden en la sala. A darle al fenómeno, como dicen en la Costa, su tate-quieto.

            El Festival de la Leyenda Vallenata tuvo su primera versión en abril de 1968, y en este año 2005 celebrará su trigésima séptima justa al final del mismo mes. En aquel 68 lejano –semanas antes de la gran revuelta estudiantil de París--, la dirigencia vallenata encabezada por la Cacica Consuelo Araujonoguera, el compositor Rafael Escalona, la distinguida Myriam de Lacouture y doña Cecilia “La Polla” Monsalvo, presentaron a Colombia una alternativa de celebración de la cultura y de la vida, cuyo primer rey fue quien debía ser: el gran Alejandro Durán.

            A partir de la primera elección, muchos reyes –uno cada año– han sido coronados y muchos ‘príncipes’ electos en las restantes categorías, que van desde la canción inédita hasta la de semi-profesionales, pasando por la de aficionados y la de canción inédita. A partir de entonces, también, Valledupar despegó hacia el logro de la categoría de polo turístico, uno de los más importantes del país, especialmente por esas fechas en las que es casi imposible conseguir habitación en los hoteles.

            Pero si faltan hoteles, sobran las casas, en las que –con los brazos abiertos como puertas– los vallenatos hacen gala de una hospitalidad que llega acompañada de los mejores platos de la exquisita cocina local –el guiso de chivo como bandera y blasón--, de interminables parrandas, con piqueria incluida,  de los mejores licores y de las más exquisita cordialidad.

            La exuberante farra del Festival se cierra el día de la Virgen del Rosario, en el que anualmente se conmemora la tenaz lucha de los primigenios pobladores indígenas contra los conquistadores que tanto tardaron en someter el territorio. En la noche de ese día, se lleva a cabo en la tarima principal la gran eliminatoria de los profesionales. De ella surge el Rey vencedor, el que, como todos los demás participantes de toda categoría, deberá haber interpretado los cuatro ritmos vallenatos –paseo, son, merengue y puya– sin acudir a los diabólicos artilugios del Gran Culpable. Es decir, como parte de un conjunto de tres músicos que, de manera canónica, toca los tres instrumentos sobre los cuales el fenómenos asentó sus comienzos: la caja, la guacharaca y el acordeón. Ese tate-quieto, ideado por los pioneros del Festival, es lo que ha hecho decir a muchos obispos de la Costa que, pese a que el diablo fue el culpable de todo, sólo en el Festival palpita y vive la presencia de Dios.

 

¿Y la presencia de Alá?

            Por haber defendido aquello de la disputa musical con los tres instrumentos tradicionales, muchos vallenatos ilustres se han buscado problemas. Tal es el caso del compositor Félix Carrillo Hinojosa, de quien Numas Armando Gil dice que, “por fundamentalista”, debería ser llamado “El talibán del vallenato”. Ante el pique, Félix Carrillo no se ha quedado quieto. Reaccionando ‘de vallenata manera’, ha mandado “un recao grosero” a Numas Armando Gil; tan grosero como aquel de Lorenzo Miguel:

            “Armandito me ha tratao

             de talibán del vallenato.

             Qué tipo tan atrasao:

             soy talibán dej’ace rato”

 

            Posdata:

            Entremos, pues, al goce vallenato en la nueva versión del Festival, de la mano del diablo, de Alá y, sobre todo, del Dios Todopoderoso, Único y Verdadero. Y de la mano de la nueva teología caribe, porque, permítaseme decir que... En la Costa, Dios es costeño y usa guayabera. Pero, ¿dirá Ay, hombe, juepa jé?  Seguramente sí, sobre todo cuando, contento, nos ve a todos en misa.

 


B.   LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

 

1. Para qué sirve ‘la piqueria’.

 

-- Para detectar a los verseadores más atrevidos. Nadie que no sea talentosamente atrevido, sale bien librado de una piqueria vallenata. La piqueria es una justa, como aquella de los caballeros de la edad media, en la que cuentan las espuelas, la armadura, el caballo, la lanza, el valor, la entrega...  y hasta el relumbrante penacho. En la piqueria se batalla, como en el medioevo, por el honor y por el amor de una dama, allí presente ...y casi siempre silenciosa. Solo de entre los mejores sale el mejor.

 

-- Para revivir piques ‘casaos’ de tiempo atrás. Hay verseadores que casan piquerias infinitas, y no es extraño que el pique verbal se extienda por años, de parranda en parranda. Algunas veces resulta imposible detectar la fecha del comienzo de un pique, y solo se comenta que fulano y zutano no se pueden ver, y que cuando se vean... ¡se van a levantar a versos!

 

-- Para sacarse viejos clavos.  Algo tiene que ver este punto con el anterior, pero no tanto. Hay piques que no son ‘casaos’ de por vida, sino puntuales y específicos. Un comentario adverso, un desfase verbal, el gesto de ingratitud de un amigo o conocido ha quedado en el alma de un verseador como una piedra en el zapato. La piqueria, entonces, se presenta como el espacio ideal para sacarse el clavo, recibir los descargos y pasar a borrones y cuentas nuevas. ¡Y va el trago, compadre! ‘Todo arreglao’.

 

-- Para hacer fama a costilla de otro. Este es un sindrome particular de los jóvenes talentos, de esos que se aparecen en las parrandas para ver qué cantante o verseador conocido ha entrado a participar. De modo que, por ejemplo, sin que un Poncho Zuleta nada le haya hecho, el intrépido aparecido pasa a decirle en verso que está flaco y ‘acabao’, y que la fama lo tiene ‘atropellao’. Si Poncho le responde, el nuevo talento se ha salvado.

 

-- Para exaltar la presencia de ilustres visitante. Parranda que se respete, dice Ernesto McCausland, tiene que contar con un visitante ilustre, y si es cachaco, mejor. A ese conspicuo sujeto se le exalta hasta elevarlo al cielo. Toda presencia ilustre adorna una parranda con  piqueria. Existen, incluso, fórmulas de rima ya manidas. Si el visitante es de apellido Cajiao, el verseador dirá que, de verlo, está ‘emocionao’; si es de apellido López, le es dedicado ‘este toque’; si es un Samper, exaltarán a su ‘bella mujer’; si se apellida Corredor, siempre será un ‘insigne doctor’. Y así...

 

-- Para lanzar candidaturas presidenciales. El ilustre visitante, aunque no posea las cualidades, aunque le falten cinco millones de votos y aunque –por más que se esfuerce–no dé la talla, saldrá de la piqueria investido de precandidatura presidencial. Y si es cachaco, más rápido, y si su apellido es Cifuentes o Valiente, con toda seguridad, de los versos de esa piqueria... ‘saldrá presidente’.

 

-- Para levantar ‘chamba’. Este punto 7 es, lógico, el colofón de los dos anteriores, 5 y 6. Como en el 5 y 6 de los caballos, el atrevido joven verseador –el de los puntos 1 y 4–visitará más tarde en Bogotá a aquel ilustre, ínclito, brillante y exaltado visitante, en busca de que le ayude con una recomendación para un puestecito en la Contraloría, por ejemplo. Así que, una vez lo vea en un pasillo o en un ascensor, le dirá: “Doctor, ¿se recuerda de mí? Yo soy aquel muchacho que le versió en la piqueria del pasado Festival, ¿se acuerda?: el que lo lanzó para presidente. El joven talento podría lograr la recomendación solicitada. Falta ver qué dice el Contralor.

 

-- Para hacer las paces. Un pueblo al que, culturalmente, tanto trabajo le cuesta pedir perdón y reconocer errores, encuentra en los cantos de la piqueria la mejor oportunidad para hacerlo, de manera elegante y sin ‘rajarse’ como los charros mexicanos. El estímulo de un par de Oldparrcitos sirve como empujón final para cantar: “Perdóneme, compadre querido / por lo que ese día le hice /. De la pea estaba fundido / y ofenderlo nunca quise”. Y allí, plas-plas, viene abrazo, y amigos de nuevo. ¡Va el trago!

 

-- Para conquistar muchachas. Por algo nuestra lengua ha acuñado la expresión “echar flores” para significar cumplidos y galanterías hacia las damas. Así, pues, la piqueria es algo mandado a hacer para presentar a las hermosas muchachas –actores pasivos de tales eventos, por lo regular--  ramilletes de rosas verbales en los que términos como hermosura, belleza, donaire y hasta ‘bonitura’ gozan de colores, aromas y sabores. Ante los versos, las sonrisas femeninas no se hacen esperar. ¡Ha empezado la conquista!

 

-- Para echar indirectas afectivas a la ‘tiniebla’ de turno. Es tan sutil a veces el manejo del lenguaje vallenato en todos sus planos y operaciones, que raramente se percatan los asistentes a una parranda con piqueria de la existencia de un ‘affaire’ entre una dama y un caballero presentes. En la piqueria, los amantes ponen a prueba la efectividad de un código que, como todo código, es cifrado.

 

Conclusión: Como hemos visto, la piqueria, para lo que a veces menos sirve es para piquerear.

 

 

 

2. ‘FUENTE VALLENATA’ ...de Adolfo Pacheco --un canto que explica el vallenato.

 

“Como aquel alemán que te forjó

y te puso en las manos de un pirata,

tienes, santísimo acordeón, penas

como las de tu raza.

Y has recorrido el mundo hecho canción

mezclado con la sangre vallenata.

 

El negro, lamentando su dolor,

del Africa te trajo compañía.

Puso el lírico tambor,

caja de bellas armonías.

Pero, como al sonar te coqueteó,

quedó prendado de tu melodía.

 

El indio, del corozo y para ti,

la caña entrecortó sin la esperanza

de que fueras a recibir el son de la guacharaca.

Por eso, ese instrumento es para mí

el rey de la parranda vallenata,

porque los de mi tierra y los de aquí

conllevan la nobleza de esa raza”.

 

 

3. DESCALIFICACIÓN          (Minicuento de D. Sánchez Juliao)

            Alejandro Durán fue un hombre honesto. Como persona y como músico. Fue proclamado Rey de la primera versión del  festival nacional de música vallenata y jamás volvió a participar, aunque sabía que sería elegido Rey cuantas veces se presentara. Fue fiel a muchas cosas. A su origen campesino, a su música simple y transparente como el  agua, y a sus letras elementales. Una vez, llegó a afirmar: “No me molesta que los demás evolucionen. Lo malo sería que evolucionara yo”. La noche que expuso su voz  y su toque ante el jurado y el público congregados en la plaza de Valledupar, se equivocó en la marcación de un bajo sobre el teclado del acordeón. Entonces, suspendió la interpretación en forma abrupta y dijo al micrófono: “Pueblo: me acabo de descalificar”. El pueblo no aceptó, pues desde antes de verlo subir a la tarima ya lo había elegido Rey.

 

4.  LA GOTA QUE CAÍA

            El compositor vallenato Félix Carrillo Hinojosa, autor del libro “Sabiduría en los cantos y refraneros vallenatos”, cuenta algo curioso sobre el origen de la expresión “la gota fría” en el legendario paseo de Emiliano Zuleta Baquero. Dice que ese, el de “la gota fría”, era un término de uso popular en la Provincia vallenata y que aludía al “sitio de tortura que había en el gélido panóptico de Tunja, en el cual encerraban a los presos más peligrosos”. Era un calabozo estrecho y oscuro, cuya mínima luz penetraba por una rendija por la que también caía una recurrente gota fría sobre la cabeza del recluso. El maestro Emiliano Zuleta, hombre talentoso y recursivo, echó mano de aquel elemento para dar a entender a su contendor, Lorenzo Morales, que si veraseaba con él podría pasarle lo mismo que a los más peligrosos presos del panóptico.

 

 

C.    TIPS. RECOMENDACIONES.

 

1. Cómo entrar de ‘colado’ a una parranda

 

Primero que todo, el visitante debe averiguar quién ofrece la parranda y quiénes son los íntimos amigos y compadres del oferente. Con aquello claro, el candidato a ‘colado’ debe entrar a la ‘casa parrandera’ como Pedro por la suya, utilizando el “¡Quiubo, ¿qué es la vaina?” para saludar al primero que se encuentre. El saludo debe ir acompañado, eso sí, de un amplio abrir de brazos, pues el abrazo de retribución no se hará esperar. Tras el tercer sonoro abrazo, es fundamental preguntar por el dueño de casa. El abrazo de bienvenida de este, legitimará la ‘colada’.

Enseguida, debe preguntarse al oferente o dueño de casa --con nombres propios-- por dos o tres de sus más queridos compadres, los que allí de seguro estarán. Esos abrazos compadreros serán entonces la confirmación después del bautismo. De allí en adelante, puede ya usted considerarse un ‘colado oficial’. De resto, desenvuélvase a su manera y aplique el viejo aforismo de las abuelas: “A mí... que no me den. Más bien, pónganmen donde hay”.

 

2. Cómo reconocer en una fiesta a Rafael Escalona

Para el efecto, apliquemos una frase, genial por cierto, del Nobel García Márquez: “Cuando tú llegas a una parranda en Valledupar y ves a un hombre que se pavonea por una  casa ajena como por la propia, ordenando atender a la gente, indicando qué whisky debe servirse y metiéndose a la cocina a supervisar el hervor de los sancochos; un hombre que, además, lleva puesta una camisa elegante y fina que nadie más lleva, ese... ese es Rafael Escalona”.

 

3. Cómo aguantarse la música toda la noche

Existen tres reglas de oro, probadas y re-probadas, para lidiar con la LCM –Licencia para la Contaminación por Música– de la que Valledupar goza por los días del Festival. Primera regla: llevar tapa-oídos (earplugs, en inglés). Las aerolíneas que vuelan a la ciudad por esos días los facilitan junto con las bolsas para el mareo. Hay que colocárselos antes de acostarse. Segunda: hablando de acostarse, hay que hacerlo lo más tarde posible en la noche. Así las horas del LCM serán menos. Y, tercera: si el ruido vallenato persiste, se recomienda haber llevado un ejemplar del diario EL TIEMPO en el que aparezca, en su página editorial, una columna de “Espuma de los acontecimientos” de Abdón Espinosa Valderrama. Empiece a leerla, con los tapones de oídos bien puestos, y pronto el sueño llegará, pese a cajas y guacharacas.

 

4. Cómo colarse en la tarima VIP

            Muy fácil. Llegue de camisa y corbata hasta el lateral en donde aparece el aviso de “Tarima VIP. Entrada” y dígale al policía que usted pertenece a la comitiva del doctor fulano-de-tal. No olvide lo de doctor. Alvaro Rojas Tejada, un abogado bogotano, lo logró, fingiéndose de prisa y gritándole al policía, “!Permiso, permiso, que yo soy de la comitiva del doctor David Sánchez Juliao”. El policía, claro, de inmediato se hizo a un lado y lo dejó entrar. Cuando, una hora después, yo intenté entrar –yo, que sí estaba invitado--, el policía no me lo permitió, porque no hablaba cachaco, no llevaba corbata y no pertenecía a la comitiva de alguien. 

 

5. Cómo vestirse apropiadamente para pasar por costeño de alcurnia y no por gringo pobre

            Tanto para hombres como para mujeres, la regla es: a los actos del Festival Vallenato se asiste, o vestido ‘de marca’ o vestido de lino ( ‘holán de hilo’, que llaman; en el caso de los hombres, guayabera). Las marcas más idóneas para aparecer como gente importante, son, según los costeños las llaman, “La babilla” y “La burra”, es decir, Lacoste y Polo. Ambas, aceptables en camisas o playeras masculinas o en blusas femeninas. Absténgase en lo posible de las ridículas rayitas de Tommy y de la antiestética velita de barco de Nautica. Esas, son más baratas y más chimbiables.

            Se puede vestir de claro todo o combinar claro y oscuro. Jamás use esas camisas de seda sintética con loros, palmeras y barcos estampados en tonos subidos que venden por diez dólares en los Walgreens de Miami, como tampoco sombreritos de paja para jardineros americanos hechos en Taiwán, porque ahí sí... le dirán, “Ajá, ¿y tú vienes vestío de gringo pobre?”

 

6. Qué trago tomar en Valledupar

            Valledupar es la ciudad del mundo en la cual se puede beber whisky con mayor tranquilidad, ¡que ni en una ciudad de Escocia! El whisky suele ser tan barato y de tan buena calidad, que un día la vallenatísima Lolita Acosta me dijo: “¡Qué vamos a beber aquí en El Valle whisky chibiao, veee! El whisky aquí es tan barato, que chibiarlo sale más caro!”. Mi amiga Lolita tiene razón. Yo, por mi parte, encontré el whisky tan barato el año pasado en Valledupar, que sugerí al alcalde que reemplazara el acueducto de la ciudad por un Oldparr-ducto. Le recordé que en España el vino es más barato que el agua. Pero, eso sí, amigo lector: cuidado con beber aguardiente traido del interior, pues ese sí podría salir chibiado.

 

7. Finalmente: cómo pasarla chévere, ¡ay hombe!, olvidándose de todo.

            De todo hay que olvidarse en Valledupar durante la celebración del Festival –dice el compositor Gustavo Gutiérrez--, menos de una cosa importante: de que hay que olvidarse de todo. Y, para lograrlo, no solo hay que seguir al pie de la letra las recomendaciones hechas, sino que debe tenerse muy claro que cada tierra tiene una manera particular de divertirse, como la tiene de comer, de soñar y de amar. Cero críticas. Esa es la clave, cero críticas y mucho respeto por lo que esta gente hospitalaria, creativa y querendona ha construido a partir de la cotidianeidad. Cosa tan seria, que ha trascendido las fronteras logrando despertar el interés de mucha gente en otros países, y de manera tan fuerte y poderosa que alguien ha llegado a afirmar que el ser vallenato podría presentarse ante el mundo como alternativa de goce, de encuentro con uno mismo y de felicidad. ¡Ay, hombe, juepa je!  

 

 

AHMED, EL ÁRABE.

 

(En una viaje a Nueva York, el escritor David Sánchez Juliao tuvo la oportunidad de conversar con un taxista de esa ciudad, desde el Aeropuerto Kennedy hasta la isla de Manhattan. La conversación sostenida entre escritor y taxista, y los detalles del viaje del aeropuerto a la ciudad, ponen de presente muchas cosas que hoy, ante los recientes acontecimientos en el Medio Oriente, aparecen como reveladora)

 

 

Eran tres o cuatro, no recuerdo muy bien, me dijo, mientras buscaba mis ojos en el espejo retrovisor, pero yo lo miraba a él desde la silla trasera. Él conducía y yo iba de pasajero y, claro, me sucedía lo que a uno le sucede cuando entabla conversación con un taxista. Lo había tomado en el Aeropuerto Kennedy de Nueva York y me llevaba hasta la calle 33 East de Manhattan. Estaba de prisa. Cuando no la tengo, acostumbro tomar el autobús hasta Penn Station y de allí, sí, agarro el taxi a casa. Pero aquel día mi vuelo había llegado con horas de retraso. Eran tres o cuatro, repitió, blancos todos, wasps, usted sabe, me atacaron saliendo de un Groceries Store, casualmente por allí por donde usted va, por la 33 East con Lexington, yo no luzco muy árabe, usted ve, pero pienso que me oyeron hablar cuando pedí una cajetilla de cigarrillos. Ah, esto de las torres lo ha cambiado todo aquí en Nueva York... y en el mundo.

            Ya buscábamos el Van Wyck Expressway, es decir, la Carretera Interestatal 678. Su nombre era Ahmed, me dijo, y había sido un Ph.D. en ingeniería. ¿Había sido?, le pregunté: Yes, indeed  –respondió Ahmed en perfecto inglés--, y por el indeed, más que por el acento, supe que había estudiado en Inglaterra, pero ¿cómo es eso de que uno puede ser un ex-Ph. D? Pensé que resultaba tan absurdo como ser ex-escritor. Sí, respondió, al volante del taxi, muy pendiente de mantenerse en el carril que le correspondía, pese a la prisa y el descuido de los otros conductores. Sí, claro, insistió, nos ha pasado a  muchos de origen árabe. No sólo a mí. Trabajaba en una compañía de ingenieros en Manhattan, y con cualquier pretexto en la semana del 12 al 19 de septiembre nos fueron despidiendo a todos, uno a uno, pero bueno, ya pasará, nos dijimos y, ¿y?, y usted sabe, pese a todo... este país es en sí mismo muy recursivo, fui a una compañía de taxis y, gracias a Dios, pude conseguir trabajo como taxista, ¿a Dios?, sí, sí señor, si lo quiere saber: soy musulmán. Pese a ser de donde soy, pues en mi país son más los cristianos.    

¿De dónde?

            Libanés, soy de Zahle, Líbano, hermosa tierra. ¿Distinción, dice? No, jamás, aquí no suelen hacer distinciones. Pero... usted no es americano, ¿verdad?, no, ¿de dónde?, de Colombia, Sudamérica, ah, entonces sí puedo decirle algo: son ignorantes, ricos pero ignorantes. Se definen con dos palabras: nuevos-ricos. Me duele mucho lo de las torres, señor colombiano, ¿sabe?, conocí gente que trabajaba allí, dos ingenieros amigos, uno árabe y el otro americano, fue doloroso, muy doloroso, pero eso no les da derecho...

            ¿A qué?

A tratarnos como nos tratan, ¿ha visto usted cómo nos tratan?, no, es la primera vez que vengo a Nueva York luego del desastre.  Pero, ¿por qué ignorantes, Ahmed? Señor: habría que hacerles claridad, mucha claridad, a ellos y al mundo. Mire, este país parece empezar a desmoronarse, tiene que hacer algo para no convertirse en un Supermán senil, ¿me entiende?, pues esto, lo de las torres, ha sido la primera kriptonita. Ellos tienen, como los boxeadores, gran capacidad de asimilación, y sé que lo lograrán. Ojalá entiendan que todos los imperios han caído, todos: Asiria, Macedonia, Egipto, Roma, Turquía, Austrohungría, Inglaterra, Francia, Portugal, España, la historia es cíclica, y hay que aprender de ella. 

            Tienes Razón, Ahmed, ¿no es cierto, señor?, sí, doctor, le respondí, y él sonrió al espejo, ya nos mirábamos a través del espejo retrovisor. Primero que todo no hay que generalizar: a ellos, a los americanos, les sucede con Oriente lo mismo que les sucede con la América Latina de usted, señor, sí, le dije, fíjate que hace unos años Reagan saludó en Bogotá a los habitantes de La Paz, ¿cómo así, señor?, es que Bogotá es Colombia, Ahmed,  ¿y La Paz?, La Paz es Bolivia, oh, lo siento, señor, no hay problema, doctor Ahmed, y él volvió a sonreír, no hay problema porque todos en el mundo somos ignorantes, en mi país, Colombia, no sabemos en qué parte del Líbano queda su hermoso Zahle, pero aún peor: no somos capaces de responder a la siguiente pregunta: ¿qué capitales tienen Rwanda, Tanzanía, Malasia, Uzbekistán o Bangladesh? Sí, dijo Ahmed, sobre los Estados Unidos lo sabemos todo porque nuestros pueblos, el suyo y el mío, son colonias, ¿entonces, doctor?, volvió  a sonreír con lo de doctor, ¿entonces?, pues que me han atacado a la salida del Groceries  porque para ellos los afganos y los libaneses, o los sirios o los palestinos o los musulmanes chiítas o los sunitas, o los fundamentalistas o los no fundamentalistas, son la misma cosa, ¿entiende?

            ¿Será que todos en el mundo somos ignorantes, Ahmed, y que la ignorancia genera violencia e intolerancia?

            Ahmed guardó silencio, tomó una curva con el cuidado de un ingeniero y habló, mientras yo empezaba a extrañar en el amplio panorama a distancia de la querida Nueva York la presencia de aquellas dos torres que casi tocaban el cielo. Estábamos ya a punto de entrar al Long Island Expressway, ese largo corredor entre Brooklin y Queens: la Interestatal 495.

            Pero, además, volvió a hablar Ahmed, además de esa ignorancia geográfica, es imperdonable la ignorancia histórica sobre la equivocación geográfica y étnica en torno a nosotros. Es que, señor, nosotros cargamos a cuestas seis mil años de historia, ¡y fuimos imperio, señor!, no una sino varias veces, sí, doctor, y Ahmed volvió a sonreír. Mire:

Los fenicios, de donde nosotros venimos, ocuparon, desde el año dos mil setecientos antes de Cristo, esos diez mil y tantos kilómetros que hoy son nuestro territorio, esa estratégica esquina del Mediterráneo, que es como la coyuntura, el quicio, entre Oriente y Occidente,  ¿diez mil kilómetros, Ahmed?, sí, el distrito de Nueva York, diez mil, más o menos. Fuimos contemporáneos de los asirios, los caldeos, los mesopotamios, los persas, ¿y sabe?, todos nos invadieron... pero aquí estamos;  y más tarde lo hicieron Alejandro Magno, Grecia, Roma, Turquía, Inglaterra, Francia... y aquí estamos, conduciendo taxis en Nueva York... cuatro mil setecientos años después, ¡qué barbaridad, Ahmed!, sí, como fenicios fundamos Cartago, Cádiz, Chipre y muchos puertos más en el Mediterráneo, dominábamos ese mar y le dimos la vuelta al África navegando...

            ¿Oíste hablar de Magallanes, Ahmed?

            Magallanes es un navegante de ayer por la tarde, señor, ¿sí?, claro, ¿qué lengua habla usted, señor, español?, ustedes hablan español en Latinoamérica, ¿verdad?, sí, claro, pues.... hablando de Magallanes, y de Portugal y de España, sepa señor que lo que usted habla es nuestra lengua, el español y el portugués tienen los huesos del latín y del griego, pero la carne es nuestra, es árabe, lo sé, Ahmed, lo sé, ¿lo sabe, verdad?, ¿sabe usted que, a través de España, ustedes cargan toda la cultura de Oriente, de la cual el Islam llega a ser heredero?, ¿sabe que después de la expansión musulmana, y de la creación de los emiratos de Bagdad por los abasíes y de Damasco por los omeyas, y tras la conquista de España, ustedes reciben de estos últimos la única carga de sabiduría que habría podido hacer de su América Latina otro mundo, un mundo mejor?

            ¿Ah?

            No se extrañe. Mire, señor: nosotros fuimos, hemos sido, una cultura de altísima sofisticación, de un refinadísimo gusto, de vastas información e inteligencia, ¡claro, Ahmed!, ¿quién inventó el álgebra, señor, y el arte de la navegación, y el papel-moneda, y quién empezó al tiempo con los mayas a manejar el concepto del cero, quién la astrología, señor, quién humanizó la arquitectura, haciendo poesía a partir de la piedra, señor, quién enseñó al mundo el sentido de lo sensual en la vida, de las delicias del vivir, del baño con aguas frescas, del refinamiento en el comer, de la sensualidad en la música, quién?

            Los árabes, Ahmed.

            ¡Claro que nosotros los árabes, señor! Mire: el mundo árabe, y cuando no éramos árabes, el mundo musulmán, llegó a cubrir una extensión mayor que la del imperio romano, ¿sabe qué nos pasó?, ¿qué?, que las hordas mongoles de Gengis Khan y todos los suyos destruyeron, redujeron a cenizas, uno a uno, todos nuestros grandes centros religiosos y culturales y nuestras grandes y hermosas ciudades a lo largo de la llamada Ruta de la Seda... desde más allá del  norte de India hasta casi las puertas de Damasco. Nos pasó con los mongoles lo que le pasó a Roma con los bárbaros. Nosotros, los islámicos, luego de la expansión, de la conquista de muchos territorios tras la muerte del Profeta, dejamos las artes marciales a un lado y nos dedicamos a pensar. Y ese fue un gran error.

            ¿Y qué decías de España, Ahmed?

            Ah, eso mismo nos pasó con España; y con Portugal. Nos dedicamos a pensar. Hemos debido pensar sin dejar de prepararnos para luchar en defensa de lo que considerábamos defendible. Nos embebimos en las abstracciones y en  la contemplación de las estrellas, no sé, ¿ve usted?, ya se ha empezado a aligerar el tráfico. Era cierto. Ya Nueva York se perfilaba en toda su grandeza, pero resultaba inconcebible su visión sin las dos enormes torres.

            ¿Decías, Ahmed?

            Con respecto a España decía... que en el año 711 los árabes conquistamos esa tierra como vándalos, ¿sabe que de allí viene el término Vandalucia, que luego se transforma en Andalucía –después en Al Ándaluz--, pues entramos por el sur, pasando desde el norte de África por el Estrecho de Gibraltar. En Iberia permanecimos hasta 1492, ¡ocho siglos, señor!, si, doctor (Ahmed volvió a sonreír), y durante esos ocho siglos, España fue un laboratorio de la convivencia pacífica y la tolerancia, ya que compartimos tiempo y espacio con los judíos sefarditas y los cristianos, incluso durante el reinado de Alfonso X, El Sabio, rey de la tolerancia, y quien hizo traducir el Corán y el Talmud al latín, ¡imagínese: qué lección para los nuevos tiempos!, sí, porque en las universidades de Toledo, ciudad desde donde él reinaba, se estudiaban textos de las tres culturas al tiempo, Biblia, Corán y Talmud.

            ¡Qué ejemplo para el siglo XXI, Ahmed!

            Sí, señor, podría decirse que mi cultura en esa época era paradigma de tolerancia, ¿ha escuchado usted ese poema de Darshan Singh, que dice: “El día en que se unan las flores /del templo, la sinagoga y la mezquita, /  florecerá por fin la primavera / en tu jardín, ¡oh Señor!”, no, no lo había oído, ¿de quién es, Ahmed?, de Darshan Singh, poeta místico de India, fíjese, el Dios es el mismo, el del templo, el de la sinagoga y el de la mezquita. Eso éramos en España por los tiempos de Alfonso X, El Sabio, y del Califato de Córdoba.

            Córdoba, así se llama mi tierra en Colombia.

            ¿Así se llama, señor?, pues siéntase orgulloso, ya que en esa ciudad de España se alzó el más importante califato de todos los tiempos más allá del Magrev, sí, escuche: cuando el resto del mundo era aún bárbaro, entre los siglos 9 y 13, ya nosotros teníamos grandes universidades, fantásticos poetas, importantes filósofos, sabios médicos, músicos exquisitos, arquitectos de ensueño, alumbrado público en las calles y cultivábamos las matemáticas y la medicina hasta el punto de que el sabio galeno Abisenas inventaba vacunas antivirales y hacía transplantes de córnea, y....  no sonría, señor, por lo que le voy a decir: en los museos de Córdoba aún reposan los instrumentos con los que esos transplantes eran hechos, y... ahora sí, sonría, pues también se conservan las herramientas con que se hacían las mejores castraciones, sí, castraciones para proveer a los harenes de Al Ándaluz de buenos eunucos y a las cortes de Toledo de buenos tenores, ¿se ríe, señor?

            Sí, Ahmed, me río.

Pues... mire que Abisenas no estaba solo, ¿ha oído hablar de Aberroes, el filósofo que desde el Califato de Córdoba reincorporó al mundo los escritos de Aristóteles, que él había traducido del griego al árabe, luego del incendio de las bibliotecas del mundo civilizado por parte de los bárbaros a la caída de los romanos?, ¡qué habría sido de Occidente sin esos documentos conservados por nosotros!, ¿se da cuenta de cómo el Renacimiento europeo sin la intervención de mi pariente Abisenas hubiera sido imposible?

            Manhattan estaba a la mano y aún más a la mano el East River, de modo que nos hallábamos a punto de entrar al Midtown Tunnel, el subterráneo que pasa el río por debajo. Serían apenas tres minutos, si acaso.

            Sí, doctor Ahmed, sí, pero... ¿por qué decías que los árabes, desde España, nos habrían podido entregar a los hispanoamericanos un mundo mejor?

            Simple, señor, simple: los antihéroes, en nuestro concepto, fueron los reyes católicos de Castilla, Aragón y León,  Isabel y Fernando, pues eran guerreros, poco sabios, contestatarios, no liberales ni progresistas, oscurantistas como este túnel al que acabamos de entrar, amaban las armas mas no la ilustración, y además trancaron la Reforma que venía del norte de Europa haciéndole la guerra al pensamiento y a la ciencia. Eso éramos, también, nosotros al sur: ciencia y pensamiento... nos derrotaron militarmente y nos expulsaron hacia 1492, en el mismo año en que, desde nuestras tierras andaluzas, Colón zarpaba hacia el Nuevo Mundo.

            No había pensado en eso, Ahmed, perdón: doctor Ahmed.

            Me está tomando del pelo con lo de doctor, no, Ahmed, lo digo en serio, ¿se imagina, señor colombiano, qué habría sido de su América Hispana si los reyes católicos, en vez de enviarles a ustedes todos los prisioneros y bandidos y ladrones y asesinos que les enviaron, nos envían a nosotros?.... si en vez de a Pizarro les envían a Abisenas, si en vez de a Cortés les envían a Maimónides, si en vez de a Balboa les envían  a Aberroes, si en vez de... conquistadores y guerreros y curas e inquisidores les hubieran enviado matemáticos, médicos, filósofos, músicos, arquitectos y pensadores, ¡se imagina, señor, la potencia que sería su América Latina!, ¿se imagina, señor, el enredo de cabeza en el que han vivido ustedes por años en una América Hispana que recibió primero La Contra-Reforma y siglos después La Reforma?, eso, me imagino, es como tomarse uno un purgante antes de intoxicarse, ¿o no?

            Sí, Ahmed, o sería como llamar a la Cruz Roja  para que ponga minas quiebrapatas o para que haga estallar una granada.

            Bienvenido a Manhattan, señor colombiano, gracias, Ahmed. Manhattan gozaba de una luz transparente, lo noté una vez salimos del Midtown Tunnel  a la calle 34 East, usted va a las 33 East  con Lexington, ¿verdad?, sí, Ahmed, bueno, ya casi llegamos...

            Y ahora que mencionaba la palabra granada, señor, ¿conoce usted Granada en España?, claro, Ahmed, y he vivido en El Albaicín y he visitado los cármenes y he bebido rioja con mi amigo Teo en sus tabernas y me he embelesado en La Alhambra, y me imagino, señor colombiano, que ha usted, claro, escuchado también la música de Falla, El Amor Brujo, ¿y ha escuchado el Bolero de Ravel, o su Rapsodia Española, y las Danzas Españolas de Granados, o todo lo compuesto por Albéniz, y la poesía de Lorca, y el poema sinfónico España de Chabrier, y La Habanera de la Carmen de Bizet, o la Sinfonía Española de Lalo, y hasta el Capricho Español de Rimsky Korsakov, y el flamenco y el cante jondo?, todo eso viene de nosotros, todo eso es el producto de nuestro sentir, y,  por supuesto, señor, estoy seguro de que usted escucha y baila toda la música hispanoamericana que viene en gran medida de allí, de nosotros, ¿verdad, señor?, claro, Ahmed, clarísimo, y conozco también la placa que hay en la subida a La Alhambra y que registra la frase que un poeta pronunció a su mujer cuando un ciego le pedía limosna en el lugar: “Dale limosna, mujer,/ pues no hay en el mundo nada / como ser ciego en Granada”, sí, señor, porque, como ya le dije: La Alhambra es la piedra hecha poesía y el agua hecha sentir.... llegamos, señor, ¿dónde?, allí, allí, por favor, Ahmed.

            ¿Ya ve?, no sólo el limosnero de Granada: ¡todos estamos ciegos, señor! Y una pregunta final: ¿cree usted que hay derecho a que en el mundo de hoy, tres supinos  ignorantes neuyorkinos ataquen a un árabe en un Groceries Store cuando ese árabe se baja, con todo cuanto le he contado a cuestas, a comprar una cajetilla de cigarrillos? La ignorancia es atrevida, señor.

            Sí, Ahmed, en Nueva York y en muchos todos lados del mundo, ¿cuánto le debo?

            Cuarenta dólares en papel-moneda inventado por nosotros, los fenicios, señor.

            Gracias.

            Adiós, Ahmed.

 


 

 

EN UN LUGAR DE CUCHILLEROS...

           

            Es apenas lógico que alguien que regresa a España con tiempo suficiente para satisfacer ciertos deseos, quiera visitar el territorio de La Mancha; y en particular, la localidad de la imaginaria Dulcinea, El Toboso. Por ello, una tarde salimos de casa temprano, dispuestos a visitar los alrededores de  la Plaza Mayor de Madrid  y hallar de paso alguna información sobre cómo llegar hasta las tierras del Quijote. Lo logramos y no. Me explico:

            En la Plaza de España, que para mí es más el corazón de Madrid que la Puerta del Sol, está localizada la oficina de turismo. Era posible que allí nos proveyeran de la información que buscábamos. La verdad, salimos  desorientados. Nos atendió una mozuela castellana de ojos garzos y tufillo de vino barato que, al no haberse bañado ese día, daba la impresión de que había venido a trabajar en pijama.  "Se va ustez a dececionar, ¿eh?", me dijo cuando le comentamos que queríamos visitar El Toboso: "Que ese es un pueblecillo triste y polvoriento, sin nada de particular...". Le explicamos que nuestro interés en la región era tal que no nos importaba; al contrario, nos encantaría hallarlo así. Pero la mozuela insistió: "Bueno, allá ustez", remató con esa de cargada y resbalosa con que los locales pronuncian Madriz; o Daviz, o verdaz. De todas maneras, conseguimos la información. Pero la mozuela de marras pareció enfadarse finalmente cuando hicimos una pregunta inocente y muy sudamericana:  "Dígame,  ¿los caminos de La Mancha están pavimentados?".  ¡Para qué fue eso!:  "Oiga --me dijo en el tono arrogante de una actriz de zarzuela" --  ¡Está ustez en Europa!" Y me sentí, pese a que sabía mucho más que cualquier funcionaria de turismo sobre la belleza del Toboso, con todo y su polvo y con todo y su ruina decepcionante... francamente inferior, plebeyo, bastardo y subdesarrollado.  ¡Vaya, Está ustez en Europa!  ¿Qué puede responder a ello un humilde sudaca, acostumbrado al jeep y a los caminos de herradura?  "Grazias", fue todo cuanto dije antes de marcharnos.

            Como si nada grave hubiera pasado, hicimos aquella tarde un recorrido maravilloso, que recomendaría a quien hasta aquí me va a leer: bajar por La Gran Vía  hasta la Plaza de Callao y empezar a buscar hacia la derecha  la Plaza Mayor. Esta plaza es un hermoso cuadrado de altos edificios con una estatua ecuestre en el centro y enormes arcos en las esquinas que dan salida a callejas señoriales de bulliciosa alegría, en cuyas tascas y restaurantes la juventud celebra la primavera que, de cara al verano, sonríe en todo su esplendor. Nuestro primer jerez,  "Tío Pepe, por favor", se llevó a cabo en las mesas al aire libre que, muy 'europeamente'  (porque “Está ustez en Europa”)  sacan los restaurantes de La Plaza Mayor a la plena plaza a estas alturas de la primavera. El segundo, en Las Cuevas de Luis Candelas, que resultaron cuevas con G, pues el organista del lugar era un colombiano del sur que tocaba  "Que será lo que quiere el negro" con un ritmo muy español para amenizar jereces tan caros como un Chivas Regal de 21 años. El tercero, en un lugar de la Calle Cuchilleros que, mofando a los gringos, tiene un letrero a la entrada que dice:  “Hemingway never ate here” (Hemmingway jamás comió aquí). El cuarto, en “Arcos de Cuchilleros”, dos puertas adelante, el lugar donde entramos a comprar los abonos para el show flamenco de la noche.

             Ya, después de cuatro sentadas de tres jereces, casi volábamos, con las orejas calientes y los ojos vivos. Iba a anochecer, apenas a las 9:30 de la noche, y los cantos desafinados de los clientes de las tascas nos sabían a flamenco puro, ¡cosas del jerez!

            Y fue allí cuando caímos en un estrecho barzuelo, de sólo barra y sin mesas, que era atendido por un mozalbete arisco que iba de un extremo a otro tras la barra, con la agilidad de la ardilla sirviendo copas, cañas ( cervezas ), pedazos de tortilla, boquerones, champiñones al ajillo y sardinas blancas, y jerez, mucho jerez. Un borrachito alegre, de apellido De la Vega y de acento canario, fue nuestro primer contertulio. Fue él, con su cháchara incontenible, quien hizo que el joven arisco se fijara en nosotros. Cuando una oleada de clientes de paso abandonó el lugar, entonces el mozalbete tuvo tiempo para los recién llegados. Y empezamos a hablar. Todo lo que sabemos de él, pues hemos vuelto ya varias veces al sitio, es que se llama Jesús y que acaba de comprar el lugar.  "Y aquí voy... tirando", expresó, como dicen los españoles para significar que van andando, haciendo la vida.

Hasta entonces caímos en cuenta de que el lugar se llamaba "El Quijote" y que en un gran letrero de la pared se leía:  "En un lugar de Cuchilleros, de cuyo nombre sí quiero acordarme...". Nunca supe por qué, pero en el bar de Jesús, y no sólo por su nombre, me he sentido a gusto como muy pocas veces en mi vida, y como nunca en Madrid. Y conste que esa sensación la tuve mucho, mucho antes de que Jesús me explicara, entre jereces y sardinas, entre riojas y champiñones al ajo, lo que aquella primera noche me explicó, cuando alargó su mano hacia mí con un mazo de tarjetas del lugar:

--Toma, toma, para que las des a tus amigos en tu país.

            -- Oye, Jesús --le dije --, ¿y por qué bautizaste el lugar como El Quijote? Jesús fue claro, diáfano, preciso, como un académico:

            -- Fácil, hijo: ¿no has leído el libro? ¡Hombre, que Cervantes quiso significar en él lo que ves aquí en este lugar! Esto no es un bar, pretende serlo. Mira qué sucio, mira qué viejo, mira qué poco encanto tiene. Sin embargo, ¡vaya!, que esa es la gracia, ¡joder! Decir que aquí se está como en un bar, bueno...da cierta risa. Pero te imaginas que estás en Las Cuevas de Luis Candelas y ya está: te ahorras el alma. Vaya, que allá por un jerez te arrancan hasta... Pero la pasas bien aquí, eh,  ¿o no, señor De la Vega ? Y por pocas pelas  (pesetas ). ¡Y vaya qué comida preparo! Mira, que estos boquerones en vinagre los he condimentao yo mismo, ¿eh?. La gracia del Quijote es que Cervantes escribió una novela de caballería localizada en La Mancha, que como su mismo nombre lo dice: es la mancha del mundo, seca, árida, con perros en vez de dragones, con ovejas en vez de fieras, con ventas en vez de castillos, con porqueros en vez de caballeros, con rameras en vez de doncellas. Esa es la gracia del libro.  ¡Vaya imaginación la del tío! Mira que él nació en Alcalá de Henares, hermosa tierra, pero allí no podía localizar una novela que se burlara de la institución de la caballería. Tenía que localizarla en una tierra que nada valiera, en La Mancha, tío. ¡Joder... burlarse como el tío se ha burlao de tos los tiempo, con esa ideilla simple!  --Jesús abandonó su aire alegre y preguntó con seriedad --:  ¿Ya habéis visitado La Mancha y El Toboso ?  Vale la pena, ¿eh?. Si entendéis las cosas como os las he dicho, porque el resto de España, ¡vaya!, es para turistas.

            Jesús no supo que yo hablaba en serio, cuando le dije:

            -- Oye, chaval: ¿Por qué no envías tu hoja de vida al Rey y le pides a Su Majestaz que te nombre director de la Real Oficina de Turismo?

            -- ¡Jo...  --dijo, sonriente -- que esos cargos son pa' gente inteligente; a mí, déjame en mi bar.


 

 

Un insólito destino turístico:

MONTERÍA ADENTRO

 

 

            Cuando se piensa en Montería como destino turístico, la mejor justificación a la que se puede acudir es a una paráfrasis de la afirmación de Juan B. Fernández Renowistky sobre Barranquilla: “Montería podría no ser una ciudad de tarjeta postal, pues el verdadero paisaje de Montería lo constituye su gente”.

            Como en los abrasadores veranos de la India, calor y caos son parte de la magia que suele encantar al visitante; el que, luego de unos días en la capital cordobesa, no logra traer a claridad en qué consiste ese no-se-qué que lo llama a volver. Y, no pocas veces, a quedarse para siempre en la ciudad.

            Quien alguna de esas decisiones enfrenta –la de volver o la de quedarse– ha tocado las fibras de esa ‘Montería adentro’ a la que solo los seres sensibles tienen acceso.

            En medio de su rutilante colorido, Montería tiene ánimo de fin de mundo y, en ciertos sectores, una agraciada apariencia apocalíptica. Ello ha hecho que, apoyados en su inefable sentido del humor, los locales reaccionen sosteniendo ­que alguien ha confeccionado una calcomanía para la defensa de los carros con la leyenda de “Venga a Montería antes de que se acabe”, y otro con una leyenda aún más curiosa: “Doña Montería Hoyos Viuda de Cemento”. No menos extraño resulta el que un francés casado con una local sostenga que la ciudad parece haber sobrevivido a un bombardeo, pero que habrá de quedar hermosa cuando la acaben.

            Todo ello pertenece, desde luego, al mágico mundo del humor y de las bromas –parte sustancial del ser caribe, y, por tanto, del encanto de la ciudad–. Pero por otro lado se afirma en una verdad de a puño, según cierto día expresó un funcionario de la Oficina de Turismo: “En todo caso, sufrimos menos que Santa Marta, pues no nos toca competir con Cartagena”. Y el mismo agregó: “¡Qué tal que a Calcuta o Nueva Delhi le tocara competir con Londres! El milenario encanto de la India, como podría suceder con Montería, radica en cierto aire de desorden”.

            Esa ordenada anarquía, exuberante y colorida, cargada de vida, de sudores y de ruidos, de voces estridentes y silbidos callejeros, guarda, más allá de su aparente galimatías, los secretos de una fascinante ciudad en cuyos adentros subyacen la magia y el encanto. Para penetrar en esos secretos, es preciso despojarse del prejuicio al que nos llama el abundante colorido de las postales y los folletos policromados que suelen promover los más conocidos destinos turísticos del mundo. “Es que --como el pintor Jairo Támara expresó--, Montería es hermosa, muy hermosa a su manera”. Para empezar, valdría la pena, entonces, saber porqué la llaman como la llaman:

 

La Perla del Sinú

           

            La ciudad, con 400.000 habitantes, es un puerto fluvial sobre las márgenes del río Sinú. Su fundación data de finales del siglo XVIII, cuando el Teniente Antonio de la Torre y Miranda bautizó un primitivo asentamiento de cazadores monteros con el nombre de "San Jerónimo de Buenavista", trasladado posteriormente al sitio en donde se levantó con el nombre de San Jerónimo de Montería.

            En 1952 la ciudad se convirtió en capital de Córdoba, departamento ubicado en medio de los fértiles valles del Sinú y el San Jorge, y zona de un enorme potencial agropecuario que posee una muy alta producción de ganados cebados, para consumo interno y para la exportación.

            Montería es el epicentro de una dinámica actividad agropecuaria, principal motor de su economía. Como en el resto del departamento, los cultivos de algodón, arroz, maíz y sorgo son los más sobresalientes en gran escala. Fríjol, maíz, ñame, yuca y plátano, gozan de mucha importancia como cultivos de subsistencia.

 No obstante, Montería y Córdoba son conocidos principalmente por la calidad de su ganado de ceba, levantado en las grandes haciendas de sus verdes y fecundas praderas. Las principales razas que allí se crían son el Cebú, Pardo-Suizo, Holstein, Romosinuano y Costeño; ­razas autóctonas, estas dos últimas. En tiempos recientes se ha desarrollado la cría de un ganado de doble propósito (carne y leche) a través del manejo genético y el cruce de varias razas. Todo ello es muestra del alto grado de la tecnología alcanzada y de la seriedad con que las gentes de Córdoba asumen sus tareas en la producción pecuaria.

            En Montería se realiza en junio de cada año la Feria Exposición Agropecuaria, Industrial y Equina, que reúne a los mejores ejemplares bovinos y equinos de Colombia. Cuenta con uno de los más grandes y modernos coliseos de exposiciones de América Latina. Por el mismo mes de junio se realizan simultáneamente los Reinados Nacional y Popular de la Ganadería.

Aquello ha traído consigo el que Montería haya alcanzado un alto grado de desarrollo urbano y un mediano desarrollo industrial, y que la ciudad se haya convertido en una de las diez más importantes ciudades del país. Su actividad comercial es sorprendente, pues además de suplir la demanda de los propios habitantes, es punto de confluencia de las zonas rurales aledañas. Es notable, a la par, el desarrollo de la hotelería, el ecoturismo, el comercio, la educación universitaria, la industria, la gastronomía, el transporte y los servicios varios.

            El impulso urbanístico de la capital cordobesa ha sido de tal magnitud que impresiona al visitante su desarrollo vial –de rondas, ciclo-rutas, alamedas y avenidas–, lo mismo que sus parques y paseos, sus altos edificios y el moderno diseño de sus sectores residenciales.

             Todo, sin embargo, dentro del esplendente colorido de un imparable caos y de un desorden apenas aparente. Pero es en ese aparente descuido frente a las cosas en donde “La Perla” alcanza su más alto valor… como las perlas verdaderas, extraídas de las ostras en el mar: las más valiosas son siempre las más irregulares. Porque, tal cual se ha dicho, ¿cómo competir en turismo con algo que todos los destinos turísticos tienen: avenidas, edificios, vías, edificios, almacenes, grandes hoteles, lujosos restaurante y centros comerciales?

 

Los encantos de una perla irregular

 

            Un paseo por una ronda de fresca arboleda a orillas del río, un cruce de ese río sobre un planchón de madera asentado sobre cinco canoas, una compra de artesanías regionales al interior de un mercado público, un cóctel de frescos camarones condimentados con salsas de dulces ajíes de la región, una punta de anca de res del Sinú o un tierno pollo abierto asado a la brasa con pringues de ajo, un café-tinto bebido de pie en la calle y acompañado de galletas con esencias de limón asadas a la leña y en horno de barro, un paseo en bicicleta a lo largo de una calle inundada de miles y miles de más bicicletas, una compra de golosinas de las fincas de Córdoba confeccionadas con las recetas de las abuelas, una bebida de peto caliente a las seis de la tarde o de peto frío a la diez de la mañana –ambos hechos con maíz sembrado en patio­–, un jugo de patilla o sandía rodeado de iguanas que se acercan –como mansos corderitos– hasta los pies del comprador, un mote de queso (sopa de ñame con trozos de queso sinuano derretido) acompañado de arroz con coco, espeso suero costeño, ensalada de habichuelas criollas y tajadas fritas de plátanos crecidos junto al mar, una visita en el atardecer a las subastas ganaderas, un almuerzo con verdadera pasta italiana en el más sofisticado restaurante de un moderno centro comercial, un sánduche de faláfel o una combinación de delicias árabes preparadas por las descendientes de los primeros libaneses llegados al Sinú, un paseo por el más grande vivero de la Costa Caribe colombiana que, con el tiempo, se ha convertido en jardín botánico; y, por último, antes del baño de la noche, un plantón bajo el alambrado público a la espera de que un fila de golondrinas paradas en las líneas de energía… hagan lo suyo, pues la exótica creencia de los calvos monterianos establece que la excreta de aquel ave es santo remedio para la caída del cabello….

            …todos esos elementos constituyen el encanto secreto de una ciudad que –es preciso insistir– tiene más, mucho más que ofrecer en estos sabores de la simpleza y la cotidianeidad que en la majestuosidad urbanística que muchos otros sitios del mundo pueden brindar.

            Unas cuantas perlas de ese cofre de sorpresas ilustrarán mejor lo dicho.

 

De compras al interior del mercado

 

            El mercado público de Montería es una enrome y vieja construcción de varias cuadras y un solo piso, techado con planchas de zinc y rodeado de ventas fijas y puestos ambulantes. Al interior, junto a las llamadas “colmenas” (pequeños quioscos de madera) para la venta de productos propios de todo mercado, se han organizado, al centro de la amplia construcción, los puestos con productos artesanales de la región.

            Una vez se entra, deviene la sorpresa. Todo cuanto producen las expertas manos de las tierras del Sinú y las sabanas de Bolívar y Sucre, se halla allí ante los ojos del viajero; en una atmósfera –valga la pena aclarar— sin pretensiones y cargada de visos locales. Y a unos precios que logran desequilibrar los presupuestos.

 

El milagro de ‘La Ronda’

           

            Paralela a la margen derecha del río Sinú, a lo largo de diez cuadras de la Avenida Primera en el casco antiguo de la tradicional Montería, corre una amplia y fresca fronda de árboles centenarios. Este regalo de la naturaleza –salvado milagrosamente de la deforestación– fue aprovechado por una empresa-fusión de lo público y lo privado para adelantar uno de los más sobresalientes desarrollos del urbanismo latinoamericano.

            La llamada Ronda del Sinú es un paseo al mejor estilo de las alamedas europeas, lleno de bancas y recodos para el disfrute y el descanso, de restaurantes y auditorios al aire libre, de ciclo-rutas y sitios de tertulia. Este lugar, único sin duda en Colombia, es una notable contribución a la cultura ciudadana, puesto que su excelente disposición y su impecable funcionamiento han generado en monterianos y cordobeses la adquisición de una clara conciencia ambiental.

           

Un silencioso viaje en ‘planchón’

 

            La necesidad de transporte hacia los nuevos barrios nacidos contra la margen izquierda del Sinú, hizo que los monterianos acudieran a los ‘planchones’, una de las más viejas formas de movilización de gente y de ganado de una orilla a otra del río.

            Los ‘planchones’ son plataformas de madera, techadas y cercadas a manera de corral, y asentadas sobre tres, cuatro o cinco enormes canoas enfiladas. Aquellas plataformas flotantes, aseguradas mediante cables de acero, aprovechan la fuerza de las aguas para moverse y se han convertido en un atractivo turístico, ya que en el silencioso e incontaminado recorrido, los usuarios obtienen la vista de un ángulo poco conocido de la ciudad.

 

Un helado en Alamedas del Sinú

 

            El más moderno desarrollo urbano de la ciudad ha tenido lugar hacia el norte, desde donde parte la carretera que lleva al mar. Los más elegantes barrios, El Recreo y La Castellana, los más modernos centros comerciales, los cines, restaurantes y almacenes de última moda, están localizados en aquel exclusivo sector que poco tiene que envidiar a sus homólogos de las grandes ciudades.

            Alamedas del Sinú es, quizá, el que más sobresale entre aquellos centros de compras y de recreación. Para contraste con la Montería raizal y autóctona, única como ciudad llena de vida y de formas de esparcimiento de propia invención, resulta recomendable una visita a las boutiques, los almacenes y las plazas de comida de este centro de comercio. Pero, ante todo, a una de sus heladerías, en las que se podrá disfrutar de la surtida carta de helados preparados con las frutas de la comarca, cuya variedad es infinita.  

 

“La bonguita de los pobres”

 

            ¡De nuevo, el infaltable sentido del humor de los monterianos! Ante el indiscutible éxito de la cadena de restaurantes “La bonga del Sinú” (con triple presencia en Bogotá y en muchas otras ciudades del país), una familia que habitaba la sencilla casa de un modesto barrio en la margen izquierda del río, decidió un día sacar tres mesas con sus sillas y un asador de carnes al corredor. Se trataba de una carne de excelente corte y superior calidad. La voz no tardó en empezar a correr y, pronto, el número de mesas tuvo que ser triplicado y el improvisado negocio cobró aires de restaurante verdadero. Se trata de un negocio de corte popular, pero sostienen quienes a menudo lo visitan, que gentes de los más exclusivos barrios llega a él atraída por la inigualable calidad de las mejores carnes de Córdoba y el Sinú… y por sus precios para pobres. “Y todo, por el nombre”, sostienen los propietarios.

 

Las sustancias del bocachico

 

            El bocachico es el pez insignia de Córdoba. Tanto el del Sinú como el del San Jorge son de excelente calidad y de exquisito sabor. Es un pez que no pica anzuelo sino que se atrapa con atarraya. Su pesca, en círculos de canoas sobre el río, constituye uno de los más vivos espectáculos de la cultura cordobesa. El bocachico se come frito, asado o “en viuda”, es decir, sin sopa y acompañado de plátanos y tubérculos. Pero la más popular manera de ingerirlo es en forma sancocho –un sustancioso caldo del pescado, acompañado de una posta de pescado frito, de arroz cocido en leches de coco, tajadas de plátano maduro y ensalada.

            Son muchos los restaurantes, ante todo populares, que tienen como plato principal el bocachico en muchas de sus formas de preparación. Y son muchos los mitos que han crecido en torno a su ingestión, principalmente relacionados con la fecundidad de las mujeres y la virilidad de sus hombres.

            De todos esue llama la tención es el relacionado con la elevación de los niveles de inteligencia. La gente atribuye al bocachico la culpa de que haya tanta gente inteligente y creativa en el departamento, ante todo en el campo de las artes.

IGOSINU S.A. con el desarrollo I

 

 

En los alrededores: “La Ruta del Mar”

 

            El moderno aeropuerto Los Garzones cubre no solo las necesidades de Montería y de algunas ciudades vecinas. Es también el centro de operaciones relacionadas con el enorme flujo turístico del más amplio alrededor. En las llamadas ‘temporadas’, Los Garzones surte de una alegre batahola humana las distantes playas de El Francés, Tolú y Coveñas en el vecino departamento de Sucre, y El Porvenir, Playa Blanca, San Bernardo, Moñitos, Puerto Escondido y Broqueles en Córdoba. Dicha ruta, ha sido bautizada como La Ruta del Mar

            Se dice de aquellas playas que sus aguas son las más cálidas de Colombia y sus arenas las más suaves y llanas, pues los bañistas pueden penetrar varios cientos de metros en el mar. Ello, sin enfrentar los peligros del mar abierto, pues casi todas estas playas-recodos forman parte de bahías naturales o del conjunto de ensenadas formadas por el paso de los años en el amplio Golfo de Morrosquillo. Esta Ruta del Mar, que termina en las playas, las casas de recreo, los restaurantes y los hoteles –y en el descanso y la diversión–, está en su recorrido tachonada de historia, de anecdotarios musicales, de elaborados productos artesanales y de paisajes tropicales en los que cultivos y haciendas ganaderas nos hacen pensar una vez más en la floreciente economía de la región.

           

Historia, música, arte y artesanías.

 

            No deja de ser paradójico el que un departamento y una capital con tan acendrada vocación agropecuaria, hayan demostrado ser al tiempo un sólido e importante bastión cultural; uno de los más importantes del país. “Somos la región con más escritores, poetas, compositores y pintores por kilómetro cuadrado; y de eso, en parte, hay que echarle la culpa al bocachico”, expresa un conocido escritor cordobés.

            Podría sonar exagerado, pero hay algo de cierto en ello. La fuerza de lo popular es de tal magnitud en Córdoba, que, al vivir la cotidianeidad, sus artistas y creadores logran transformar las manifestaciones de la vida diaria en productos de alto contenido estético. Para ello, desde luego, resulta indispensable la aplicación de otro ingrediente que igualmente caracteriza a la gente de la región: el amor por lo propio y raizal.

            Montería es cuna de importantes artistas y creadores, pero igual sucede con casi todos los municipios de Córdoba. Las tres ciudades que toca en su recorrido La Ruta del Mar –Cereté, San Pelayo y Lorica– son apenas una muestra de ello. Sin olvidar a San Antero, sede permanente del muy insólito y divertido Festival Nacional del Burro.

            Cereté, a quince minutos de Montería, es cuna de escritores, pintores, cantores y poetas, y uno de los centros con mayor actividad cultural de la Costa Atlántica. Cuenta con muestras arquitectónicas de inusitado valor, relacionadas con la bucólica vida de los hacendados de antaño. Hacendados que, desde los dos siglos anteriores, contribuyeron a que la ciudad se convirtiera en el importante centro agroindustrial, ante todo algodonero, que es en la actualidad. Allí se festeja todos los años el Reinado Nacional del Algodón.

            A siete kilómetros de Cereté, y en la misma ruta, se levanta San Pelayo. En este municipio se celebra cada año por el mes de junio el renombrado Festival del Perro, homenaje a la música para percusión y banda de vientos considerada como punto de partida de las músicas de Córdoba, Sucre y Bolívar, y que tantas glorias ha dado a Colombia.

            A menos de media hora de recorrido, como naciendo del río, Lorica muestra su cara señorial. También, cuna de escritores y pintores, y con intensa actividad cultural. Capital de provincia en otros tiempos, antes de la creación del departamento, Lorica sorprende al visitante con la majestuosidad de una arquitectura resultado del auge económico experimentado desde cuando, antes de las carreteras, abastecía de productos de la región a Cartagena y el Chocó a través de la ruta del río, cuya cercana desembocadura al mar permitía una fluida navegación.

            De Lorica a las playas de Coveñas, el recorrido es corto –poco menos de treinta minutos–. Sin embargo, es siempre recomendable desviarse hacia la derecha a la salida de la ciudad para llegar a San Sebastián, tierra de los tradicionales artesanos alfareros y cuna de importantes pintores primitivistas, maestros del colorido y del llamado “arte naive”; y para llegar luego a Tuchín, centro artesanal y sitio de origen del prestigioso “sombrero vueltiao”, uno de los más relevantes símbolos de la nacionalidad colombiana.

            Luego del regreso a Lorica y a la carretera principal, en menos de lo que se piensa, aparece el mar…

                           

Corolario  

 

            La acogedora Montería tiene vida propia, más allá de las sospechas. Además de todo cuanto tiene para ofrecer, cuenta con una inmensa variedad de atractivos en sus cercanías en y sus más amplios alrededores. La Ruta del Mar es solo una muestra de ello, y es también la más transitada por obvias razones. Existen otras rutas, igualmente llamativas, que parten de Montería hacia Urabá, Sincelejo, Cartagena. Barranquilla…

            El flujo turístico hacia Córdoba y Sucre es innegable, y es amplio y constante. Ante todo, debido a la atracción que sobre las gentes del interior del país ejerce el mar. Pero, ¿no valdría la pena –es justo preguntar-- detenerse uno o dos días en Montería para obtener una visión diferente de lo que es el Caribe adentro?  

 

(Publicado de la revista AVIANCA, edición de agosto de 2008)  

 

 


 

Desde Curazao:

 

“TEMPO DI KATIBO AKABA”

        

            Curazao es una isla con forma de mariposa, estrecha en el centro y abierta en las alas. Lo primero que llama la atención en el mapa es que las poblaciones cercanas a cada extremo de la isla se llaman Oospunt y Westpunt. Aquello significaría en castellano, Punta del Este y Punta del Oeste. Tal detalle, bien podría definir a Curazao y al conjunto de islas a que pertenece: las Antillas Holandesas. Pobladas originalmente por indios arawak, estas islas han sido el crisol en el que gente de distintas procedencias, lenguas, razas, culturas, se ha mezclado desde cuando en 1499 fueron descubiertas” por Alonso de Ojeda. Situada a unos 50 kilómetros de la costa occidental de Venezuela, Curazao es la más extensa del conjunto de islas, aunque solo tiene 444 kilómetros cuadrados.

Los españoles permanecieron en Curazao 135 años, hasta cuando en 1634 la isla les fue arrebatada por los holandeses. En 1800 los ingleses lograron el dominio de esta y otras islas, pero solo por dos años, pues en 1802 volvieron a ser conquistadas por holandeses. En 1807 reaparecieron los ingleses  y en 1815 se retiraron. En ese año, el Tratado de París otorgó la posesión definitiva de Curazao y varias otras islas al gobierno de Holanda. Hasta que en 1954 obtuvieron las Antillas Holandesas su añorada autonomía. De ellas forman hoy parte Curazao, Bonaire, Saint Maarten, Saba y Saint Eustacio. En 1986, Aruba dejó de formar parte de la comunidad que tiene su Cámara Legislativa en Willemstad, Curazao, y cuyo gobernador general es nombrado por la Corona de Holanda.

            Es entendible que, habiendo sido dominada por culturas tan diversas, la gente de Curazao –especialmente– piense y sienta en “technicolor” y hable una especie de arco iris idiomático conocido como papiamento. La sola denominación de esta lengua es ya exótica y singular, pues papiamento viene a significar algo así como cháchara o habladuría. Es claro: “papiar” en papiamento traduce hablar, y Punta del Oeste se dice West-Punt (término mezcla de español e inglés), mientras que Punta del Este, en vez de East Punt, se dice Oostpunt (mezcla de holandés y español). De manera que la lógica “papiamentaria” indica que, en términos de puntos cardinales, Oeste se dice West y Este se dice Oost.

           

            Así es todo en Curazao, y claves como aquellas contribuyen a que se asuma como un mágico y encantador territorio; un “Dushi Korsou” –Dulce Curazao– según lo llaman sus habitantes en lengua propia.

            Esta lengua propia, además de ancestros africanos, ingleses, holandeses y españoles, cuenta con ancestros portugueses. A mediados del siglo XVII, miles de judíos sefarditas expulsados de Portugal llegaron a Holanda y luego viajaron a establecerse en las Antillas Holandesas. De allí que la fonética del papiamento resulte similar a la portuguesa; extraño caso en un Caribe en donde el Reino de Portugal  jamás tuvo colonias. Los judíos de Portugal construyeron en Willemstad la sinagoga Mikvé Israel-Emanuel, la más antigua del continente americano y en ininterrumpido funcionamiento desde 1651.

Aunque hoy la economía de la isla está regida por la refinación de petróleo (en varias plantas montadas con las más modernas técnicas), por el turismo, el comercio y las actividades bancarias y de servicio, en tiempos pretéritos Curazao fue uno de los principales centros de comercio esclavista. De allí la predominancia de la raza negra entre sus apenas 180.000 habitantes. La minoría está compuesta por blancos europeos –en su mayoría holandeses–, asiáticos e inmigrantes latinoamericanos.

           

“Papiando” en Wincela

 

             Mientras cena en el restaurante Wine Cellar –al que los locales llaman “Wincela”–, Benji Hoopi sostiene que el papiamento es una especie de “caribeñol” elevado a la categoría de idioma.

            –Si los caribes hispanos escribieran tal como hablan, el producto de esa operación arrojaría algo muy parecido al papiamento –dice, saboreando una copa del mejor vino tinto francés. 

           

            Benji podría tener razón. En papiamento, “Estoy cansado” (o cansada) se dice –y se escribe– “Mi ta cansá”. Y cuando los curazoleños se refieren a ese fascinante manjar del subdesarrollo y a esa nostalgia del monocultivo que son las lonjas de plátano fritas –léase: tajadas de plátano–, dicen “Banana asá”. En cambio, nosotros, los hispanohablantes seculares del Caribe, para referirnos a ese manjar, de una forma lo decimos y de otra lo escribimos. Lo que se escribe como “tajadas de plátano fritas” se articula verbalmente como “tajá de plátano”. Este ejemplo aclara aún más la idea de lo que es el papiamento.

           

            Aunque la lengua oficial de estas islas es el holandés –el que muy pocas personas hablan fuera de la escuela –, Benjuí opina en “Wincela” que muy buena literatura es escrita en papiamento. Menciona a Guillermo Rosario y Richard Hooi, dos escritores isleños que han publicado en su lengua madre más de cinco obras cada uno: cuentos, narraciones, novelas, poemas. Y, desde luego, son más apreciados y más leídos que los autores holandeses o que aquellos que, siendo curazoleños, escriben en el idioma de Van Gogh. Uno de los más conocidos poemas de Richard Hooi se titula “Mashá Pabien”, que significa “Muchos Parabienes” (mezcla, tal vez de inglés –“much”– o español –muchos– y de portugués o español “parabienes”; en resumen, “Feliz Cumpleaños”.

           

            Toda la nostalgia que genera el ver que estos caribes han convertido su “caribeñol” en lengua franca, hace que muchos turistas hispanohablantes intenten comunicarse con los nativos en una especie de papiamento macarrónico, invento –de cada cual– que pareciera seguir las reglas de la lengua local.

           

            Paladeando una nueva copa de vino, Benji narra la anécdota del turista panameño que, habiéndose quedado un medio día sin rollo para la cámara fotográfica, vio que una hermosa dependiente, magra y estilizada, se hallaba en trance de cerrar el almacén. El panameño intentó empujar la puerta para entrar, sin percatarse del letrero que de ella colgaba: “Mi tá cerrá» (“Estamos cerrados”). La hermosa mujer, entonces, desde el interior reclamó:

            –Siñor, ¿no ve?: «Mi tá cerrá» –y señaló el aviso, a lo que el turista respondió en la lógica de un “papiamento” de propia invención:

            –Sí, siñora: tú tá cerrá, pero no tá trancá. Así que… mi va entrá.

           

            La diva antillana sonrió, dejó pasar al hombre y le vendió el rollo que necesitaba.

            Caribes ambos, ella y él, habían logrado comunicarse, agregando a la incómoda situación, más que el uso de palabras, un ingrediente característico de aquellas tierras de mares y salitres: el humor.          

 

Los “landhuis”

 

            Uno de los principales atractivos turísticos de esta, la mayor de las islas que componen las Antillas Holandesas, son los “landhuis”. Tal término parece provenir del holandés «lanhäus», casa de campo. Sin embargo, el “landhuis” es algo más que una simple casa campestre de recreo; es la memoria viva en piedra y techo de una de las más inhumanas instituciones de los sefardíes curazoleños: la hacienda esclavista.

           

            Pero, llama más la atención cerciorarme de cómo vivían los esclavos que de cómo vivían los señores. Aunque permanecen aseadas para facilitar la visita de los turistas, las viejas barracas esclavistas carecen de ventilación y en ellas se percibe aún cierto olor a promiscuidad y a hacinamiento.

           

            Por el contrario, la casona señorial, o casa de los señores –una mansión neerlandesa-tropical, también pintada en colores fuertes–, goza de un reconfortante ambiente palaciego, pese a su franco aire tropical. Una vez se entra en ella, el guarda principal, un negro corpulento, sin duda descendiente de esclavos africanos, pone a funcionar un viejo gramófono con música de principios del siglo. Y de inmediato empieza a hablar en perfecto inglés sobre las noches en el “landhuis”, sobre los amores de la hija del patrón con un esclavo cimarrón, acerca de los viajes en carruaje desde el viernes para la ceremonia del sábado en la sinagoga de Willemstad... y sobre otras historias hermosas y tristes al tiempo, que vuelven la tarde grata y hacen olvidar el horror inicial ante las barracas.

 

Katibo akaba

 

            –Me gusta en los viajes salir de compras, especialmente acompañado de mujeres –dice Benji Hoopi, con una sonrisa signada por la ironía–. Ellas saben en dónde ponen las garzas, y a buen precio. Además, con ellas se aprende la paciencia de la espera y el arte milenario del regateo. Los hombres somos algo alocados para comprar.

           

            Curazao, y particularmente Punda, que constituye el centro de Willemstad, es un lugar exquisito para ir de compras. Si ello se hace con ánimo desprevenido, y tomando la calma como terapia contra el estrés, se aprende mucho sobre el país anfitrión.

           

            Es indiscutible que más allá de la estudiada sonrisa de las dependientes, se puede detectar una nota que habla del color local y de la manera como estas muchachas miran el mundo. A veces no es preciso conversar con ellas; basta con observarlas con cierto cuidado. A los más perspicaces les resulta fácil detectar esa nota, la que buscan en el último brillo de los ojos, pues casi todas las mujeres del Caribe se cuidan de mirar de frente. Es una conducta de gente de mar, de ciudad-puerto, de urbe transitista... en las que se tutea a todo el mundo pero en las que jamás se corre el riesgo de mirar a los ojos.

           

            Pese a la amabilidad con que se atiende, hay cierta reserva ante el forastero que llegó por el mismo mar por donde siglos atrás llegaron las pestes, los piratas, las guerras, los barcos enemigos.

            –No me arrepiento de mi última tarde de compras en Curazao –comenta Benji Hoopi­–, pues aprendí lo que de otra forma me habría tomado muchos otros años de observación y de lectura. Llegamos a una tienda de ropa femenina, dos amigas y yo. Había terminado de hacer mis compras, pero ellas, quienes me habían acompañado y hasta regateado en mi nombre, pidieron que las esperara en la puerta mientras entraban a probarse una prenda. Algo me hizo entrar al almacén. Las vi hablar con una dependiente que tenía una dócil manera de atender. Por otro lado, una clienta al azar, una hermosa negra curazoleña había escogido cinco vestidos para probárselos. La veía entrar al vestier, salir, mirarse al espejo, entrar, salir con otro vestido puesto, volver a mirarse al espejo y volver a entrar al vestier. Era una negra ufana y fresca, algo pasada de kilos, pero sin el aura amarga de nuestras negras del Caribe hispano o de Sudamérica, condenadas al servicio doméstico o a  vender cigarros y dulces en las esquinas. Era una negra de verdad, sin el rigor de la  injusticia reflejado en los ojos y sin ese cansancio de Historia que caracteriza a las cocineras semi-esclavas de otras tierras. Era una mujer plena, vitamínica y bien dormida... con una piel de ónice que denunciaba una alimentación rica en cereales.

            –De pronto, una de mis amigas –sigue contando Benji Hoopi–, blanca, latinoamericana, delgada y rubia, con esa arrogancia de España y ese capricho en Sol Mayor del subdesarrollo, tomó a la negra de ónice por el brazo y, con una sonrisa de caricatura y una voz de marioneta, le dijo:

            –Ay, mi amor, ¿por qué no me permites probarme este vestido? Es solo uno, niña. No me tardo mucho. Un minutito nada más.

           

            La negra hermosa la miró extrañada. Luego, como si tuviera iris de gato, adaptó su vista a la dimensión del suceso. El gesto conjunto de cejas, párpados y ojos fue de orgullo y no de rabia. Hasta  que habló. Pero antes, se echó al hombro el vestido que tenía entre brazos. Cuando se sintió libre, posó el dedo índice de la mano derecha sobre la piel negra de su brazo izquierdo y…

            –¡Señora –dijo–: aquí en Curazao manda este color! –y, como si aquella frase y aquella actitud hubieran sido poco, agregó­­–. Cuando nos visite de nuevo, recuerde esta frase: Tempo di katibo akaba (lo que en papiamento significa: “El tiempo de los esclavos se acabó”)

 


 

Semana Santa en el Sinú colombiano:    

MEMORIA DE LA SANGRE  

 

 

            Eustorgio Chimá habla al micrófono de la grabadora desde su figura de ídolo indígena. Eustorgio tiene un color de palma seca y casi ninguna expresión en su rostro de arcilla. Tras esa máscara, como de corazón de guayacán tallado a navajazos, esconde con celo hilazas de historia, pabilos  de aconteceres, cabos sueltos de razones. Por entre sus párpados de alcancía se asoma al mundo una mirada de dolor, de redomada pesadumbre. Su cabello de aguacero le da unas veces un aire de puercoespín; otras, de zaíno. Eustorgio Chimá es un ser terrestre, raizal como la yuca  y atávico como el caimán. Habla:

            “Mi nombre es Eustorgio. Mi apellido es Chimá, mismo como se llama el pueblo donde nací a orillas de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú. Mi padre, de nombre Joaquín, era agricultor de aquí como la escalera de padres e hijos que se remonta hasta el tiempo en que los hombres no eran de carne sino de maíz. Eso decía mi abuelo. Mi madre viene de otra escalera parecida pero nombrada Humanez, otro apellido. Se cruzaron y me dieron a mí y a cuatro más. Somos cinco hijos. Siempre fuimos pobres, pero sólo a mí se me dio por ir a buscar ventura en otras tierras. Llevo veinte años viviendo lejos. Me he rebuscado la vida en La Guajira como trabajador de mina, en el Cesar como recogedor de algodón, en Venezuela como ordeñador de finca y en Barranquilla como chofer. Ahora, cuando vengo en Semana Santa, me respetan más en Chimá... porque sé manejar. Antes, cuando venía por este tiempo, me trataban diferente. Ya ve: no sólo las muchachas sino el mundo, tienen corazón de gasolina.  Recuerdo, antes, cuando venía de otros oficios, mi padre le decía a los amigos en la parrandita del Viernes Santo: Ëste es mi hijo Eustorgio que trabaja en la Guajira, o en Valledupar o en Venezuela. Ahora dice, como pavo real recién comido: Este es mi hijo Eustorgio que es chofer  en Barranquilla.Pero no es sólo eso lo que me hace venir. Siempre vengo a Chimá en Semana Santa”.

            -- ¿ Por qué?

            “Simple: todo el mundo viene de todas partes a Chimá en Semana Santa. Es el tiempo en que las familias se reúnen para encontarse con ellas mismas, pero también con lo que tiene que ver con la tierra que a uno lo alumbró y en donde uno se levantó. Hay guisos y platos y jaleas y conservas que se inventaron para comerse con  la familia en Semana Santa. Por ejemplo, la hicotea. Usted ha oído hablar de la hicotea, ¿ verdad ? Es una tortuga de tierra y agua dulce que la gente aquí detecta con un chuzo entre el fango de la ciénaga casi seca cuando el río por estos fines de verano lleva el agua apenas por la cintura del lecho.

            “La hicotea se mata en agua hirviendo y la carne que se saca de su caparazón se come guisada en zumo de coco. Toda la escalera de mis antepasados ha creído que ahora, hacia fines del verano y antes de las lluvias, hay que comer la hicotea como aseguranza para las buenas lluvias; que vienen desde abril. Es una comunión, como la de la iglesia, pero esta es más sabrosa, ¿ se imagina usted las hostias que dan los curas guisadas en zumo de coco? Prefiero la hicotea. O la iguana, que también comemos de la misma manera por estos días, y con el mismo propósito de aseguranza. Claro que la iguana nos da también los huevos; esos que usted ve en las ventas de la carretera como colgando en ristras como camándulas con cuentas de oro. Me da risa cada vez que hablo de los huevos de iguana porque me acuerdo de Mamá Goyita, mi bisabuela, que rezaba la novena de la Virgen de la Candelaria con un rosario de huevos de iguana. A Papá le parecía gracioso ver a la vieja saboreando Los Dolorosos como si estuviera en Los Gozosos. Me da risa,  ¿a usted no ?

            “De niño por esta época me subía con mis hermanos a los guácimos de los potreros a coger iguanas con un palo de escoba que tenía una vuelta de alambre en la punta. Mamá Goyita era la más experimentada en abrir a los pobres animales con la champeta de la cocina, en sacarle los huevos y en coserlas después con hilo grueso y la lezna de mi tío Pedro, el zapatero. Las soltaba derrengadas y adoloridas, y las pobres iguanas salían arrastrándose a buscar el monte. Todo ello por aquello de la comunión y la aseguranza. Mi tío Pedro, el zapatero, decía que no nos preocupáramos, que más había sufrido Cristo en la  cruz el Viernes Santo, también por asuntos de aseguranza y de comunión.

            “Y hay mil cosas más que se comen por estos días: el mote de ñame y queso costeño, el bagre salado, conservitas y jaleas. Entre estas, la que más me gusta, es una que aquí llaman calandraca y en el Alto Sinú mongo-mongo. Está hecha de todas las frutas que da esta tierra, en un revoltillo de amargas y dulces. Lleva piña, mamey, mango, zapote, caimito...”

            -- ¿ Por qué esa jalea, calandraca o mongo-mongo , no se prepara en otra época del año, por qué sólo en Semana Santa?

            “Porque... ¿de qué se va uno a asegurar en otra época del año, para qué va a comulgar, pongamos por caso, en septiembre ?  Uno se asegura hacia fines de marzo o principios de abril; es decir, cuando ya el verano empieza a irse y se esperan las primeras aguas, y cuando el río baja y las ciénagas comienzan a secarse. Fíjese que Dios es sabio: Él mismo da por estos días los animales y los frutos para la aseguranza y la comunión: por estos días las iguanas están preñadas, hay frutas de verano y de invierno para el mongo-mongo  y hay fango en las ciénagas casi secas para el chuceo de las hicoteas. Volvamos a poner el caso de septiembre: en ese mes jamás verá usted a los hombres de por aquí jugando al chondo. Es un juego que se practica en el patio de las casas y en el que se intenta meter semillas o nueces en un hueco hecho en la tierra. En realidad no es un juego sino un entrenamiento para las labores de la siembra cercana. Los hombres afinan el pulso para el trabajo, haciéndose los que juegan. Nadie lo va a jugar en septiembre cuando las plantas ya están crecidas, sino por estos días. El chondo  es parte de todas las cosas que tienen que ver con la Semana Santa. Además,en septiembre no hay hicoteas y el río baja con el agua hasta donde se abotona el policía: Hasta aquí, hasta el pescuezo. Y está uno muy ocupado trabajando en las cosechas.

            “Por estos días uno puede reunirse, viajar y tiene tiempo para cocinar y comulgar con tranquilidad. La gente de fuera no entiende eso. Fíjese que uno aquí quema los rastrojos en marzo para el abono de la tierra, limpia y zocolea las parcelas, ¿ y qué hace después ? Sentarse a esperar que llueva para sembrar. Esa espera es parte del trabajo, ¿ o no? Porque si no llueve no se puede sembrar. Entonces... vienen los de fuera y lo ven a uno acostado en la hamaca esperando las lluvias para sembrar y salen a decir que uno aquí es flojo. No es así; esa tirada en la hamaca, esa espera, es trabajo..si se piensan bien las cosas. Bueno: la Semana Santa siempre, venga en marzo o venga en abril, llega preciso en esos días de la espera en los que hay tiempo para todo lo que tiene que ver con la aseguranza y la comunión.

            -- Ajá.

            “Sí. Por eso es que nosotros, los que somos de aquí y vivimos fuera, nunca venimos a ver a nuestras familias en Navidad. Por diciembre la gente aquí está muy ocupada trabajando duro en las cosechas. Para nosotros la Navidad es esta: no la Semana Santa sino los días de Semana Santa. De ahí que como decía Mamá Goyita, mi bisabuela, uno pueda celebrar la Semana Santa como Dios manda sin siquiera pisar la iglesia. La Semana Santa de curas e iglesias es otra cosa diferente; no tiene nada que ver con la Semana Santa de verdad... Es más, mire: cuando nosotros viajamos para la verdadera Navidad, esta, la de Semana Santa, no traemos regalos de almacenes (de esos que les cuentan tanto a la otra gente) sino una platica para colaborar con las comilonas de esos días. Las comilonas de la aseguranza...”

            Los ojos de alcancía de Eustorgio Chimá brillan como cocuyos, con una claridad similar a la de su cabeza, iluminada por dentro con los destellos de unas razones históricas que intuye con asombrosa certeza. Más que recuerdos de cosas aprendidas en la escuelita de Chimá, su pueblo, habla en él la memoria de la sangre. Tiene claro, pero escondido en el entendimiento, que su tiempo es otro tiempo: el tiempo anterior a la Conquista de los suyos por extraños seres de rostros pálidos llegados a caballo  con sobrepiel de metal y armas capaces de fabricar el trueno. Ese tiempo del invasor se sobrepuso a su tiempo. Y así, los primeros Chimá de esa escalera de la que él habla, vieron cómo el tiempo de la Semana Santa cristiana se sobreponía a su tiempo de aseguranza y comunión. Hoy, en él y los suyos, esos dos tiempos -- el Zenú y el español -- conviven sin ofuscarse; pero pese a la desmemoria a que ha sido condenado, Eustorgio Chimá es capaz, como nadie del otro bando, no de rasgar el tejido de esa colcha de retazos sino de descoserlo gentilmente con el corazón y la palabra.

            “Así es, mi querido amigo: no hay parentela de la gente de Chimá que esté en Venezuela o en cualquier otro lugar de Colombia, que no haya venido para esta Semana Santa. Y le digo: comulgo y me voy. Pero el año entrante, le seguro, me tiene aquí sentado por las mismas fechas. Y si con la situación política tan complicada que tenemos, al sindicato de choferes se le da por hacer paro, pues... que lo dejemos para después de Semana Santa. Y ahora sí, apague ese aparato de grabar pues Mamá Goyita nos está haciendo señas de que pasemos a la mesa. La hicoteaen zumo de coco está que nos llama”.

            Off : click.

 

 

Mompox, vida y eternidad

 

 

            “Nazareno que incumple la promesa de una manda no descansa en paz”, sentencia Prudencio Morales en el tono de jaculatoria con el que la gente de la región suele acompañar los refranes; y agrega: “Menos mal que mi compadre José Elías murió en la ley, en pleno cumplimiento de su voto de compromiso con el Milagroso”.

            Aquella noche terminaba el novenario por el descanso del alma de José Elías Palacio. Era el último de los velorios en su honor. Adentro, las mujeres rezaban. Afuera, frente a la rústica vivienda de bahareque y techo de paja, se habían congregado los amigos de los deudos; los hombres: a contar viejas historias de muertos y aparecidos, a jugar al dominó y a beber del café y las aguas de toronjil que cada media hora ofrecían las hijas del difunto desde viejas bandejas de aluminio. Una de ellas era Eulalia, la mayor, quien de niña sufrió de convulsiones que casi la llevan a la muerte.

            Hasta que José Elías hizo la manda: “Si me la salvas, Señor, me convierto en nazareno y cargo El Paso Grande, el de Jesús hacia el Calvario, en la procesión del Jueves Santo, hasta mis 70 años de vida”, dice Prudencio Morales que había dicho José Elías, arrodillado en la iglesia ante la imagen del Milagroso. “A la niña se le hizo el milagro, y José Elías cumplió la promesa. A tal punto, que murió ejerciendo la manda”. Dicho aquello, Prudencio bebe del pocillo despicado un sorbo de agua de toronjil.                    

           

Morir en ley

           

            José Elías había muerto al anochecer de hacía nueve días, en plena procesión de Jueves Santo. Su corazón falló en el momento en que ya no pudo con el peso que cargaba. “El peso de la manda por Eulalia”, comenta Prudencio: “El paso de Jesús hacia el Calvario continuó su marcha, porque un nazareno de relevo no tardó en meter el hombro. Tuvo una muerte feliz mi compadre, en la ley… y vestido de nazareno”.

            La Cofradía de los Nazarenos de Mompox en Colombia cuenta con una amplia cantidad de miembros de todos los barrios, de todas las clases sociales y de muchas comarcas vecinas. Ni el propio José Elías llegó a saber cuándo tuvo origen la Cofradía. Como tampoco jamás sospechó que en 1643, cuando un grupo de jesuitas llegó a celebrar ejercicios piadosos para la Cuaresma, ya, de tiempo atrás, en la Villa de Santa Cruz de Mompox se venían realizando en la Semana Santa actos y procesiones de una modesta solemnidad, como muestra de perseverante fidelidad a la tradición andaluza de sus primeros pobladores. Con la posterior presencia de sacerdotes y de autoridades religiosas, la modesta solemnidad se transformó en esplendor. Poco a poco fueron llegando las elaboradas imágenes para los pesados pasos que requerían la fuerza de hasta ochenta hombres para cargarlos. Todos, o casi todos, nazarenos cofrades, “mandantes” o devotos.  

            Así, vestido de nazareno, había muerto José Elías. Enfundado en su túnica azul turquí y cubiertas la cabeza y la cara por el alto capirote del mismo color, por cuyos dos orificios frontales apenas podía ver el lento andar del paso que precedía el que él ayudaba a cargar. Del blanco cordón que rodeaba su cintura, colgaban los extremos rematados por las cinco borlas que representaban las heridas de Jesús. “En su caso –vuelve a comentar Prudencio Morales­–, las cinco semanas santas que le faltaron para llegar a los 70. Pero Dios quiso llevárselo antes. Fue un buen ejemplo mi compadre José Elías. Un buen ejemplo, así como mal ejemplo fue mi otro compadre: el difunto Chencha Mercado, a quien vimos volver este año”.

 

El mal ejemplo de Chencha Mercado

 

            “Mi compadre Chencha nació cojo de la pierna izquierda, y así murió –comenta Prudencio–, por darse el lujo de incumplir la manda como la incumplió, y por ponerse a beber licor en Jueves Santo”. Prudencio guarda el silencio delator de quien sospecha que ha ido demasiado lejos en palabras.

             “El caso de mi compadre Chencha es un caso misterioso –continúa–. Todos estamos alarmados, nazarenos o no”. Chencha ­–sigue contando Prudencio en el silencio del velorio– hizo la manda al Milagroso para curarse de su mal de pierna, pero perdió la paciencia. Pasaron los años, las semanas, santas y no santas, los rezos y la pesada carga del paso el Jueves Santo. Pasó todo aquello y no registraba mejora. “Chencha ­–dice Prudencio que el cura le advertía–, Chencha Mercado, óyeme bien: no pierdas la fe en el Señor. Si la mantienes incólume, un día te verás caminando sanamente”.

            Prudencio hace una pausa.

            “Pero no, en la Semana Santa de un buen año, hace muchos, Chencha decidió beber ron con malos amigos durante dos días seguidos: Miércoles y Jueves Santo. Y, claro: no fue a la procesión ni tuvo ocasión de ayudar con la carga del paso prometido”. 

            Vuelve a beber del agua de toronjil.

            “Quien incumple la manda en un año, pasa a ser como quien roba alguna vez en la vida. Aunque sea una, siempre será un ladrón. Eso le pasó a Chencha. De manera que se abandonó. Dios, tal vez, lo habría perdonado, de no haber sido porque agravó la gravedad de su incumplimiento: jamás dejó de beber en la Semana de Pasión, incluido, como digo, el Jueves Santo. Y eso tiene castigo Divino, el que sigue pagando hoy desde la muerte”.

 

Las primeras sospechas

 

            Quien primero sospechó que Chencha Mercado empezaba a volver a la Tierra todos los años a terminar de pagar la manda, fue su compadre José Elías Palacio; muerto también, y a cuya última noche de velorios asistía ahora Prudencio Morales. “A él fue a quien primero se le metió aquello en la cabeza”, afirma Prudencio, aún con el pocillo en la mano: “Pero eso no es nada nuevo, ¿sabe? Desde que la Semana Santa de Mompox existe, muchos mandantes han tenido que regresar a terminar de cumplir su compromiso –toma un sorbo–. Dios mismo los obliga a volver”.

            El caso de Chencha Mercado, sin embargo, era un caso especial. Aunque fuera vestido como todos, y con el capirote cubriéndole el rostro, era un nazareno cojo de fácil detección. En la reunión vespertina de hacía tres jueves santos en casa de Prudencio Morales (el grupo de nazarenos al que él y José Elías pertenecían), todos aseguraron haber visto cojear a un nazareno en la procesión.

            Aquella era una reunión de costumbre, antes de que la procesión empezara a las seis de la tarde su lenta marcha de dos pasos adelante y uno atrás desde la iglesia de San Francisco. En tal reunión, además de remozar los balandranes, ajustar el cordón de cinco vueltas y reiterar el lugar del conteo antes y después de la procesión (para saber si todos habían cumplido al pie de la letra con su deber de devotos o mandantes), los hombres del grupo se ponían al tanto de las últimas noticias relacionadas con los santos festejos.

            La amplia Cofradía de los Nazarenos de Mompox estaba compuesta por muchos grupos como aquel. “Y es bien sabido que Dios reenvía al incumplido, siempre, al grupo al que en vida perteneció”, dice Prudencio Morales que él mismo afirmó al concluir la reunión, y todos supieron a qué difunto señalaban sus palabras.

 

Una visita inicial

           

            A las cinco y media de la tarde, los treinta hombres se reunieron, como lo habían hecho en los últimos años, en el solar abandonado a pocas cuadras de la iglesia de San Francisco, desde donde pocos minutos después saldría la procesión. Fueron llegando uno a uno, de amplio balandrán y con el capirote puesto. Una vez el Nazareno Mayor llamó a formación en círculo, se tomaron de las manos y se numeraron una primera, una segunda, una tercera vez. La cuenta arrojó treinta, siempre treinta. Tras la esperada palmada, deshicieron el círculo y se enrumbaron a la iglesia.           

            El paso de La Última Cena, que en la Semana Santa de Mompox suele decorarse con frutas y platos de la región, es uno de los más pesados y se necesita más de treinta nazarenos para portarlo. En su carga, como sucede con el resto de los pasos en todas las procesiones de esa semana, participan nazarenos de muchos grupos diferentes, de la propia Mompox o de los municipios y corregimientos vecinos. Pero el paso preferido de aquel grupo era uno más pesado aún: el de Jesús hacia el Calvario, llamado también El Paso Grande, que requería de casi ochenta hombres. Era el que solía cargar también el difunto Chencha Mercado.

            “Nadie lo vio en esa Semana Santa ayudando con la carga de su paso preferido”, menciona Prudencio Morales, y agrega: “Pero como en Mompox no alcanzan los pasos para tanto mandante o devoto, se acostumbra hacer dos largas filas a lo largo de la procesión, a lado y lado; y es hermoso ver, desde el principio hasta el final de la marcha, a los nazarenos alineados, vestidos de azul turquí, con el alto capirote puesto y con el final del cinturón de las borlas de los clavos de Cristo cayendo hacia el mismo lado”. Por todos esos contornos lo buscaron, y nadie halló al principio el más mínimo rastro de Chencha Mercado. 

            Hasta que el hoy difunto José Elías Palacio llegó con la noticia de que adelante, muy adelante, casi al final de la Calle Real del Medio y llegando ya a la iglesia de Santa Bárbara, había visto caminar a Chencha entre los nazarenos mandantes de la fila. Pero, de pronto, ya no lo vio más, porque, sin haber él sabido por qué, la procesión detuvo la marcha y solo se oyó el vibrar de la matraca, cuya monótona resonancia llamaba a la devoción. Las bandas de música habían dejado de tocar, y así, en medio de aquel cuadro de suspenso del mundo, José Elías quedó absorto en el solo latir de su corazón acelerado por el susto y perdió, según reconoció después, la noción del tiempo y del espacio, y de la vida y de la muerte.

            Al finalizar la procesión a las dos y media de la mañana, ya Viernes Santo, la sospecha de la presencia de Chencha en este mundo cobró fuerza nuevamente. Cuando los nazarenos, oscuro entonces el solar cercano a la iglesia, se volvieron a reunir para el conteo de cierre, la sospecha aumentó su tenor. Tanto, que un hecho insólito habría de atormentar durante un año entero a los integrantes del grupo, pues al volverse a contar los nazarenos en la ya aguda penumbra, en voz alta y tomados de las manos, el número de presentes arrojó treinta y uno, y no treinta, como había arrojado al atardecer.

            “Y al dispersarnos –comenta Prudencio, tembloroso esta vez–, uno de nosotros dijo haber visto alejarse un nazareno que cojeaba con dirección la cementerio”.

 

Lindero entre vida y muerte

           

            “Ese año, entero, fue de suplicio para el grupo en general –vuelve a hablar Prudencio Morales–: Pese a que en Mompox se vive el año en función de la Semana Santa siguiente, solo en raras ocasiones llegamos a hablar de Chencha Mercado. Pero siempre, siempre, estuvo su caso presente… como en los pliegues del silencio. Siempre hablamos de él sin hablar”.         

            Y llegó el siguiente Jueves Santo. El ritual de ese día se cumplió con la devoción y el rigor acostumbrados, en cada una de las instancias. Se asistió a la reunión vespertina en casa de Prudencio, y en ella se plancharon y ajustaron balandranes y capirotes, y se comentó sobre las últimas noticias relacionadas con el culto. Hasta que, sin mencionar palabra acerca de lo que a todos preocupaba, se partió hacia el cercano solar para el conteo inicial. Al igual que en el año anterior, la numeración en voz alta arrojó treinta nazarenos; los que, a la señal del Nazareno Mayor, deshicieron el círculo y se enrumbaron hacia La Albarrada, hasta la iglesia de San Francisco, a cuyas puertas el cura daba las instrucciones para la salida de la procesión.

            A partir de la carga del pesado paso de Jesús hacia el Calvario, como algunos hicieron el año anterior, los hombres del grupo acordaron dispersarse hacia atrás y hacia delante en busca de detectar en las largas filas de nazarenos no cargantes, uno cuyos indicios en la forma de andar delatara al difunto Chencha Mercado.

            Ninguno de los veintisiete que partieron pudo detectar tal vislumbre, pero sí tres de los treinta que formaban el grupo; entre ellos, Prudencio Morales, quien, como los otros dos, permaneció firme en la carga del paso, y quien, antes de que el resto del grupo apenas lo sospechara, concluyó que su compadre Chencha había vuelto aquel año también.

            Mientras caminaba agobiado por el peso enorme del catafalco, Prudencio descubrió entre los mandantes que cargaban, a un nazareno de balandrán desteñido que tenía el andar de punto y coma (un paso firme con la derecha y el otro de abanico a la izquierda) que en vida caracterizó a Chencha Mercado. Complacido de volver a ver a su compadre solo dos espacios adelante, pero triste por hallarlo de nuevo en el mundo aún penando su palabra, Prudencio aprovechó el instante de un recambio para meter el hombro al anda y quedar justo detrás del intruso nazareno.

            –Compadre Chencha, ¿es usted? –dice él que le preguntó al oído, y esperó la respuesta, solo dos segundos que tuvieron un sabor de eternidad.

            Entonces, el nazareno asintió con el capirote.

            De modo que, finalizada la larga procesión a las tres de la mañana, y cuando el grupo volvió a reunirse en el solar abandonado para el conteo final, ni a Prudencio Morales ni a los otros dos compañeros, les asombró que el conteo en voz alta arrojara treinta y uno en la primera, la segunda y la tercera tanda. Tampoco sorprendió a los tres que el Nazareno Mayor se asentara en su palabra de hierro y se atreviera a amonestar al intruso prójimo llegado de ultratumba: “Escuche quien tenga que escuchar –dijo el Nazareno Mayor–: Que los vivos aprendamos que es de hombres cumplir la palabra en esta Tierra. Y que no tengan que regresar desde otro mundo para cumplirla". No habló más. Hizo sonar en sus manos la palmada de señal, y los treinta y un nazarenos deshicieron el círculo y buscaron la calle oscura…

            Entre ellos, el amonestado nazareno de curvo andar, a quien todos (convencidos ya de su regreso) permitieron alejarse en la noche umbría, sin estrellas y sin luna, hacia el solitario callejón que llevaba al cementerio. Presas del estupor y a paso lento, acompasaron su andar al del hombre que se alejaba y que, pocas cuadras adelante, empezó a perderse en la espesa opacidad del camposanto, en el frontón de cuya altiva portada se leía en enormes letras de argamasa: “Aquí… linda la vida con la eternidad”.   

 

 


 

LA  NOCHE  DE  STUTTGART                                            

           

     

            El punto de encuentro era el aeropuerto de Heathrow en Londres. Llegaríamos desde distintos puntos de la América Latina, estragados por el cambio de hora.

            No nos conocíamos, ni habíamos tenido ocasión de compartir experiencias en giras, convenciones o congresos internacionales.

            La invitación fue enviada con suficiente antelación. Se trataba de alternar con estudiantes y profesores europeos.

            Existe en países como Alemania un profundo interés por la América Latina. Las universidades cuentan con departamentos que estudian nuestra lengua, nuestra literatura, la historia y los problemas sociales de la porción de mundo de donde procedíamos los cinco escritores invitados.

            Stuttgart, la capital del Estado alemán de Baden-Württemberg, era el punto inicial de la gira, la que también incluía Berlín, Copenhague, Viena y Budapest. Dos semanas en total; cerca de tres días por ciudad. Hablaríamos ante un público universitario; y, desde luego, seríamos objeto de agasajos y atenciones.

            En tales ocasiones, como parte de su proverbial sentido de la programación y el cumplimiento, los europeos suelen ser estupendos anfitriones.

            Con horas de diferencia, fuimos llegando a Heathrow en Londres. La lógica establecía el punto de encuentro: el mostrador para el registro del vuelo de las 4 de la tarde a Stuttgart. Frente a ese mostrador hubo material suficiente para escribir un nuevo “Libro de los abrazos”.

* * *

            La salida del vuelo hacia Stuttgart hizo honor al quisquilloso sentido de la puntualidad alemana. “Quisquilloso: palabra para caballo fino”, comentó uno de nosotros en voz baja, y otro nos sorprendió con la coincidencia: “Stuttgart significa yeguada. Su nombre procede de los establos del conde Luidolf de Suabia, en torno a los cuales nació la ciudad”. Reímos, naturalmente. ¡Felices escritores jugando con las palabras! Y todos, todos latinoamericanos, exultantes en el sentido y el disfrute del humor. Luego resultó que –de acuerdo al diccionario que alguien traía– el nombre inicial de la ciudad fue Stutengarten, o sea “jardín de yeguas”. Volvimos a reír, sotto voce, de modo que los serios anfitriones no nos escucharan.

            La empatía, entre los –hasta hacía pocas horas– desconocidos escritores, fue inmediata. Y todo empezó por el curioso detonante del jardín de yeguas. Para más: ¡una de las profesoras anfitrionas, Helga, tenía ­–en verdad­– una cara tan de yegua como la de Bárbara Streisand!

            Sttutgart era una ciudad agradable, convinimos; mucho más en primavera. Desde el momento de la llegada, percibimos el suave olor de sus viñedos aledaños, y nos impresionó el verdor de sus colinas y sus bosques. 

* * *

            Cenamos de forma abundante y dormimos plácidamente las horas de sueño necesarias para adaptarnos al nuevo horario. Al día siguiente desayunamos ensalada de papas con salchichas y comimos embutidos de carne al mediodía. La primera sesión de conferencias empezó a las dos y terminó con el crepúsculo. Cada escritor habló ante un grupo de estudiantes graduados –todos con perfecto dominio del español– y, luego de una cena frugal, se nos sorprendió con la noticia de que asistiríamos esa noche a una fiesta de bienvenida. “Y habrá yegüitas por montón, seguramente”, susurró el mexicano.

            La “fiesta” (valgan las comillas) tuvo lugar, ¡oh paradoja!, en casa de Helga, la yegua alter-ego de Bárbara Streisand; y, a decir verdad, empezó a competir desde el primer vaso de cidra con la más aburrida de las fiestas europeas. Asistimos unas 30 personas: “Dieciséis caballos y catorce yeguas”, retozó el peruano: “Todo un establo”.

            Aparte de nosotros, las 25 personas restantes eran profesores del Departamento de Español y Portugués de la Universidad, investigadores del Departamento de Estudios Latinoamericanos y algunos compatriotas nuestros residentes en Stuttgart.

            Pero “la fiesta” no tomaba forma, no cuajaba, ante la ausencia de uno de nuestros más definitorios rasgos: la lúdica. Y dijo el argentino: “Che, esto parece un velorio, ¿viste?”. El colombiano fingió seriedad: “Pero, cuadro, hemos venido a trabajar”. “Sí, a trabajar, pero en horas de trabajo”, acotó el panameño. De repente, una botella de whisky –llegada de contrabando en un abrigo– borró la presencia de la cidra y, como por encanto, la lúdica emergió, en medio de salsa cubana y una que otra cumbia de Colombia.

            Con todo ello, algunos de los profesores latinoamericanos y los invitados residentes en Stuttgart que también lo eran, se sumaron al desorden del whisky de ‘contrabando’, de la música de salsa, de las cumbias, los albures, los remedos y las bromas.

            La temperatura no demoró en subir y la “fiesta”, entonces sí, fue una fiesta. Algunos nos burlamos de la manera como el colombiano bailaba un tango de Gardel moviendo las caderas como en la cumbia, y de la forma como el argentino bailaba un vallenato de Carlos Vives con las caderas tiesas de la milonga.

            No tardó en saltar al ruedo el peruano que imitó a Cantinflas, a cuyo arrojo respondió el panameño que soltó “El Rey” de José Alfredo Jiménez a todo pecho, acompañándose de gestos de dolor a los que el mexicano respondía con un “¡Brindo por ellas, aunque pérfidas son!”.

            En medio de tal faena de ardores y dolores, de risas y de llantos (América Latina pura), advertí que Helga, la anfitriona, salía al balcón y se apoyaba en la baranda a mirar al horizonte. Pensé que se nos había ido la mano… en cantos, bailes y razones de pertenencia.

* * *

            Fui hasta ella y la encontré llorando. “Perdónanos –le dije–. Hemos sido víctimas del síndrome de la celebración de la vida en exceso. Ofendimos tu hospitalidad, pero así somos, qué le vamos a hacer”. Helga me miró a los ojos con los suyos de yegua rubia: “No, no –farfulló–, no estoy llorando por ti, por ustedes; estoy llorando por mí, por nosotros”. Volví a mirarla a los ojos: “¿Cómo así?”. Sacó un pañuelo de holán y se secó las lágrimas: “He estudiado la América Latina durante veinte años, y jamás me he preguntado lo que ahora me pregunto: ¿cómo es posible que un colombiano baile a Gardel tan… impunemente, digamos, y luego un panameño llore en un canto de José Alfredo Jiménez, y que un argentino sienta la cumbia, aunque con caderas tiesas; y que todos, desde la Patagonia hasta Tijuana en México se rían de las ocurrencias de un mismo Cantinflas, y que…” La interrumpí: “Es que somos…” y no pude continuar. La bulla al interior continuaba. Helga volvió a hablar: “Dime: ¿cuántas horas de vuelo en jet hay entre Tijuana en México y Comodoro Rivadavia en Argentina?”. Me aventuré: “Tijuana-México DF, tres; México DF-Caracas, cinco; Caracas-Buenos Aires, siete; Buenos Aires-Comodoro Rivadavia, dos y tantas. En total, casi dieciocho horas, sin escalas”. “Y… todavía, allá abajo, en tierra, mientras uno vuela esas horas –dijo ella–, ¿la gente se ríe del mismo gracejo, canta la misma canción y baila la misma música?”. Lo único que se me ocurrió decir fue: “Sí”. Guardamos silencio, mientras la música de adentro hacía vibrar el cristal de las ventanas, y todos, incluidos los alemanes, bailaban.

            Helga pensó por unos instantes cuanto iba a decir. Lo dijo: “¿Sabes? Si desde Stuttgart  viajo en auto unas pocas horas al oeste, es decir, a Francia, Luxemburgo, Bélgica o los Países Bajos, debo usar otra lengua o, al menos, otro sentir para comunicarme con la gente. Si lo hago al sur, a Suiza o Austria, aunque podemos entendernos en alemán, otras distancias se establecen. Pero si viajo unas horas más, al este, a tierra de polacos o checos, los desafectos y las longitudes vuelven a ser enormes; como si lo hago al norte, a Dinamarca. Subyacen, de todas formas, muy al fondo del alma en todos esos países, resquemores milenarios contra los otros, especialmente contra nosotros; ya sabes por qué. ¡Ni pensar en reírnos de la misma gracia o en cantar con idéntico ardor la misma canción!”.

* * *

            Antes de regresar al salón de la fiesta, Helga y yo nos confesamos sendas cuitas. Ella me dijo: “En los veinte años que llevo estudiando a la América Latina, y enseñando sobre ella, jamás había aprendido tanto como en esta noche”. Yo le confesé: “No siempre somos tan pacíficos. Nosotros también tenemos nuestra historia –la tomé del brazo–. Ven, entremos y disfrutemos de esta noche única, especial”. Y la saqué a bailar.


 

Arafat:

LA SONRISA DEL ÁGUILA

 

(Anotaciones del diario del escritor colombiano

David Sánchez Juliao, a propósito del día en que,

en 1992, mientras se desempeñaba como Embajador

de Colombia en la India, conoció a Jasser Arafat)

 

            Al llegar a mi oficina, en una mañana de febrero, encontré aquella tarjeta sobre el escritorio.  Decía: “El  Indian Council for World Affaires tiene el honor de invitarlo al acto de entrega del Premio Indira Gandhi a su Excelencia Jasser Arafat, Presidente del Estado Palestino (...)”.

            El día señalado, los invitados fuimos conducidos a los asientos dispuestos, de acuerdo con el rango, a pocos metros del estrado. El auditorio del ICWA, a pocas cuadras del Parlamento en Nueva Delhi y vecino al Palacio Presidencial Rashtrapati Bhawan, resultaba insuficiente para albergar a los asistentes. Nadie, absolutamente nadie, había desoído la invitación. Por tanto, la lógica de los organizadores había fallado. Y si, a las expectativas y a las tensiones, sumábamos la nube de fotógrafos, camarógrafos y periodistas apostados a lo largo de los palcos y las plataformas, habría que decir que hubo un momento, antes de que el líder palestino hiciera su entrada, en que el recinto estuvo a  punto de estallar. Es siempre peligroso un acto en el que un personaje de tal naturaleza se halla envuelto.

            De repente, en medio de un aplauso estruendoso, Arafat hizo su entrada.  Pareció temblar la tierra. Es un personaje risueño, pero con mirada de águila.  Menos alto de cuanto imaginamos, pero densamente acuerpado. De tez algo más clara que la sospechada y de dentadura siempre al aire, en una sonrisa auténtica, sin fingimientos. Los ojos, siempre de águila, vivaces, inquisidores, auscultando el auditorio y mirando a las cámaras como si con cada uno de los asistentes se hubiera tomado alguna vez un café árabe frente a una mesa de tahule o dominó. O como si en más de una ocasión hubiera sido invitado a sentarse a las puertas de un almacén de géneros en un ardiente pueblito del Caribe. Me pareció conocerlo de años, recordarlo desde siempre.

             Arafat era el mismo que aparece en las fotografías de la prensa, con traje de militar, pistola al cinto, turbante de diminutos rombos blanquinegros y bufanda a tono. Era el mismo, pero diferente. Pude advertirlo cuando, luego del discurso del Primer Ministro de la India, de la entrega de la placa recordatoria del Premio Indira Gandhi por la Paz y del relampagueo de las cámaras, por fin empezó a hablar.

            Lo hizo con voz de abuelo y con acentos de conseja. Sonreía mientras hablaba. Hacía pausas y fabricaba repliegues; daba traspiés verbales. Tornaba dulces sus ojos de águila, como si hablando... saciara un hambre rapaz. Como si  cenara la luz de las cámaras. Aquel no era el líder sanguinario que algunos medios pretenden vender, como tampoco el agudo y perspicaz paladín, atinado en las ideas y certero en los conceptos, que otros medios perfilan. Era un ser árabe, dulce, emotivo, afectuoso, como los sirio-libaneses de los pueblos del Caribe, quienes, tras llamar “brimo” al cliente, logran elevar el precio en la yarda de tela. Bonachón, como el sirio astuto. Simpático y afable, como el sagaz libanés. Amigo de sus amigos, como ambos; que, inmigrantes al fin y al cabo, hacen claridad: “Nagocio-nagocio, mistá-mistá”. Un ser humano.

            Arafat es un hombre de escaso inglés. Cómo se hará, me preguntaba en silencio, para ser un personaje de tal magnitud universal sin hablar un buen inglés; sospechando apenas su dominio: “I am habby with this brize because Indira was my sister.  Yes, my dear brothers, my sister.  And her father Nehru was my brother”(“Estoy feliz con este premio porque Indira Gandhi era mi hermana. Sí, mis queridos hermanos, mi hermana. Y su padre, Nehru, fue mi hermano”). Un discurso  improvisado, en un inglés de escuela primaria.

            ¡Ah... pero la magia! La magia es siempre más fuerte que el inglés. Nadie pestañeó. Y pareció corto el discurso. Tal vez, Arafat sabe que el inglés sobra y el árabe no hace falta cuando existe la energía, cuando se transmite entrega, carisma, aura, humanidad.  “Veo dos cosas —comenté a la amiga embajadora sentada a mi lado—. Veo dos cosas: o los medios de comunicación han hecho un pésimo trabajo, vendiéndonos una imagen equivocada de este señor, o quizá, por la misma razón, y sin percatarse, han hecho un excelente trabajo”. Mi amiga embajadora respondió: “En estos días, todo, todo, incluso la televisión, debe ser visto entre líneas”.

            En horas de la noche se llevó a cabo la recepción en los salones del fastuoso Hotel Taj Mahal de Nueva Delhi.  En ella, ya de cerca y en forma más personal, pude corroborar mis sospechas. El gran salón, iluminado por enormes arañas de cristal, pareció estremecerse con la nueva entrada de Arafat. Quienes nos hallábamos lejos del espacio destinado a los micrófonos, tuvimos dificultad para ver al líder de baja estatura que se perdía entre el público aglomerado en torno suyo y en procura de estrechar su mano, de posar para los fotógrafos en un saludo, de tocar sus ropas, de sonreírle o brindarle la estrecha venia de manos recogidas al pecho –según es costumbre en la India.

            El tumulto cesó, poco a poco. Arafat fue conducido al área de micrófonos  y entonces se dio comienzo a la peregrinación. Uno a uno, y a veces en parejas, los invitados fuimos pasando —salidos de una larga fila— para conversar con él por unos instantes. Y, desde luego, dispuestos a posar para una de las más importantes fotografías de nuestras vidas. Resultaba  extraño que fuera él quien exigiera posar con los asistentes frente a las cámaras. Así sucedió cuando, acompañado de mi hijo David, llegó mi turno. Fui presentado a Arafat como el embajador de Colombia, comunidad con cierta preponderancia por ese entonces en el Movimiento de Países No-Alineados. Al escuchar el nombre de Colombia, Arafat se emocionó al punto de abrazarme con tal fuerza, que, en verdad, pensé que nos habíamos conocido a las puertas del almacén de un inmigrante palestino en cualquier pueblito de la Costa colombiana. “How is everybody there?” (“¿Cómo están todos por allá?” ), me preguntó y le respondí que bien, que sus paisanos lo estaban haciendo bien... muy bien.  Le dije: “Este es mi hijo David”. Entonces, como suelen hacer los tíos en mi pueblo, pellizcó a David en las costillas y le soltó un cariñoso “This boy is a bandit!” (“¡Este chico es un bandido!”).  Así dicen también los tíos en los pueblos de la Costa.  Vi que las cámaras destellaban.  Guardo las fotos, ambas; pues Arafat, en una amplia sonrisa, más amplia que la usada para recibir el premio, habló: “Ambassador, step aside. Now, I want to have a picture alone with David Junior”, (“Embajador, apártese. Ahora, quiero una fotografía solo con David, hijo”. Yo di un paso al lado.

            No fuimos David y yo los únicos en recibir aquel tratamiento.  Al abandonar el área de los micrófonos, me planté durante media hora dispuesto a observar cómo manejaba Arafat la presencia de los colegas embajadores y del resto de los invitados. Para todos tuvo un instante, una sonrisa, un abrazo emocionado, un pellizco... una frase galante para las damas.

        Siempre imaginé a este personaje un hombre rudo, distante, incapaz de sonreír. Esa es quizá la imagen que tenemos del “ser personaje en Occidente”.  Los árabes, recuerdo ahora, han dado a los españoles –luego de tantos siglos de dominación-- y a los hispanoamericanos –tras la masiva inmigración reciente-- ese toque jovial, tierno, sensual, afectuoso, que nos aleja de la frialdad del europeo y la apenas bonachonería del norteamericano corriente.  Al escribir estas anotaciones, me pregunto algo que jamás me había preguntado: ¿Cómo será, en ese sentido, Sadam Hussein?

 

Nueva Delhi, 1992


 

DAVID  SÁNCHEZ  JULIAO:

SIETE  GUIÑOS  A  LA  COSTA

( Resultado  de  una  semana  de  vacaciones )

 

 

UNO:   LA CASA

            Gabriel Chadid construyó con las suyas y con las manos de sus albañiles amigos, una casita en el campo. Gabriel sostiene que la casa debe ser para el hombre como una camisa: que le caiga bien, que le vaya al cuerpo, en la que uno se pueda mover con comodidad.

            -- Cuando voy a la ciudad en mi motocicleta -- dice Gabriel -- me quito la casa y ahí la dejo, colgada de un clavo en el rincón de la alcoba, esperándome. Por la tarde, cuando regreso, me la pongo...y vuelvo a sentirme a gusto.

          Gabriel sonríe y agrega:

          --Por eso procuro no engordar. Para poder seguir poniéndome la casa, sin que me apriete.

 

DOS:   SUEÑO

          El marido de doña Luisa había sido el más rico ganadero de la región. Resultaba imposible, se decía, medir sus dominios con la vista desde la copa de un cocotero. También se decía que la leche que producían sus vacas alcanzaba para teñir de blanco el río, y que todavía el mar en la desembocadura podía hacerse gris. El marido de doña Luisa había muerto quince años atrás, y aún repartida entre ella y sus diez hijos, la descomunal herencia era imposible de precisar. Doña Luisa era una matrona pacífica y robusta que rezaba a la Virgen en la mañana y en la noche, y cuyo único salto de corazón lo producía la visita de los nietos. Ellos constituían la única cifra clara en su cabeza: eran veintiocho. De resto, jamás pudo saber cuántas cabezas de ganado o cuántas hectáreas de tierra poseía. Aquella abstracción le molestaba, pues no la dejaba dormir tranquila. De manera que por los días de esta historia, andaba amargada con sus hijos; y sus hijos disgustados con ella, pues doña Luisa había hecho a escondidas los arreglos para montar un pequeñito almacén  en la esquina sur de la plaza, en donde pudiera vender víveres y abarrotes  al  por  menor  y aquellos  dulces de coco que ella misma hacía... y que le quedaban tan bien. Ante la idea, los hijos pusieron el grito en el cielo,  pero doña Luisa argumentaba con vehemencia y entre lágrimas en su caserón de quince alcobas, que el almacencito le permitiría vender las cosas a buen precio --pues todo estaba caro-- y hablar, hablar con la gente, que era lo que más le gustaba en el mundo.

 

TRES:   LADRÓN DE GALLINAS

Remolino es un pueblo seco y polvoriento en el norte de Colombia.  En él vive un ladrón de gallinas llamado Pedro, como cualquier Juan.  Una noche me contó que su técnica para robar gallinas consistía en desnudarse y entrar a los patios caminando en la punta de los pies, de modo que la falta de olor a vestidos y los pasos de un solo golpe ( sin afirmar el talón ) burlaran el olfato de los perros.

            El día en que aquello contó, Pedro bebía una cerveza conmigo y otros amigos a la sombra de un árbol de la plaza.  Narró su técnica con tanta ingenuidad, que él mismo estuvo a punto de creerse.  Sin embargo, una luz de duda le brilló en la pupila cuando, al tomarse el último sorbo, intentó hacer un chiste que terminó siendo la verdad:

            -- Yo creo que el olfato de los perros detecta en el cuerpo humano el vaho y la transpiración de la comida.  A los perros conmigo no les funciona el olfato, porque yo como bien cada cinco meses, cuando me robo una gallina.

 

CUATRO:   ADIÓS AL RÍO

          En 1995, los indios emberas del Departamento de Córdoba en el norte de Colombia, organizaron  una procesión de canoas para decir adiós al río Sinú. Desde siempre, aquel río había sido su vida: les había dado de comer, de beber y había sido fuente de toda mitología. Su caudal, creían, era la suma de las muchas lágrimas de una diosa traicionada por su amado, y de esas aguas luego emergieron más dioses que enseñaron a los emberas a ser anfibios, como el caimán o la tortuga.

          Pero llegaba el momento de despedirse del río, pues la Represa de Urrá sería construida en la parte alta del Sinú, en pleno territorio embera. La vida iba a cambiar: ya los peces no desovarían en la época esperada, los cardúmenes buscarían otro lugar, los pantanos de cazar hicoteas se secarían, las tierras bajas del arroz pasarían a ser altas, y el régimen de lluvias se alteraría con la tala de miles y miles de hectáreas.

          Todo, se dijo a los indios, sería hecho en aras del progreso. Se les reunió muchas veces para hablarles de las bondades del proyecto. A una de esas reuniones asistió una psicóloga nacida en el área, pero profesora de la Universidad de Marsella, llamada María Elena Márquez. A ella manifestaron los directivos e ingenieros del proyecto la preocupación sobre si los emberas resistirían o no el embate de aquella maroma del progreso. La psicóloga María respondió:

          --Ellos, los indios, resistirán, porque los han resistido a ustedes durante quinientos años.  Lo que me pregunto es si ustedes resistirán.

 

CINCO:  DON IVER     (a Pilar)

            Iver dice –mientras come con nosotros un sancocho de pez bocachico en las mesas del mercado de Lorica--  que se casó con una muchacha  buena y decente para refrescar la sangre, pues confía muy poco en la de él.

          Sin embrago, la fundamental preocupación de Iver –según deja entrever por lo que dice en su lucha contra las espinas del pescado --es que la gente lo trate bien. Vive allí en Lorica, un pueblo del Caribe en donde se rinde culto al dinero y en donde la única manera de ser “considerado” –como allí mismo dicen-- es poseerlo. No ser “considerado” es no tener dinero; por tanto, quien no lo tiene... es como si no existiera. No se considera que habita el Planeta.

          Por esas “razones de consideración”, Iver quiere ser rico. Y es fácil deducir tal cosa, pues no habla de tener dinero para viajar por el mundo, para alojarse  en hoteles de mil estrellas,  para comprar carros deportivos, mansiones con piscina, o para hacer inversiones de beneficio social –que están tan de moda. South Miami, la Costa Azul, Cancún, las Islas Griegas, Las Antillas, Hawaii o Fiji, no aparecen en el mapa turístico de Iver. Nada de eso.

          Iver quiere, desea con fervor, ser rico para lograr una sola cosa. Para comprarse unos blue-jeans de marca, un par de gafas Ray-Ban americanas, un sombrero vuelteado de los que usan los ganaderos y un par de toscas, muy toscas sandalias de cuero de tres puntadas –a las que en las tierras del Sinú llaman abarcas— de modo que cuando él entre al banco, dice:

          --Suenen tanto, chirreen tan duro, que todo el mundo se voltee a mirar cuando el Secretario General – que siempre trabaja en el primer piso— me diga:

          --Buenos días, don Iver,  suba por favor a la gerencia, que enseguida le llevan un  café.


 

SEIS:    “RESIGNACIÓN”

Estacionada en la rada de Cartagena de Indias, hay una vieja lancha de madera que se llama Resignación, y que parece abandonada. Pero no lo está, pues la habita un viejo marinero negro que afirma haber sido contratado para cuidarla desde hace treinta y seis meses. El dueño de la embarcación nunca volvió, de modo que el negro marinero jamás ha recibido el salario que le fue prometido.

            “La gente me aconseja que me vaya -- dice el marinero, sentado en la proa de la lancha --, pero, ¿cómo? Si me voy y ven la lancha sola, se la roban; y así yo iría a la cárcel por irresponsable y por haber abandonado el trabajo. Lo del salario...¡ya ni me preocupa!”

 

SIETE:  INTERIORES

          Pasé las noches de un fin de semana en el pequeño hotel de Salgar, un pueblito de la Costa colombiana, cerca de la playa. El hotel es uno de esos hostales a los que llaman “familiares”, lo que no quiere decir que esté hecho para que uno se hospede con la familia, sino para que conviva con la familia de los dueños. Hablé mucho con la familia del “hotel familiar” durante las dos noches que pasé en Salgar, y hablé mucho con ellos, paradójicamente, mientras veíamos televisión. Porque, para sorpresa mía, la familia del “hotel familiar” se sentaba por las noches a conversar frente al aparato encendido, sin prestar atención a cuanto sucedía en los programas de la pantalla. Pero, y ello me sobrecogió la primera vez que sucedió, tan pronto como empezaba la sección de comerciales, el padre, jefe supremo de la familia, amo y señor de la situación, exclamaba con grave acento en su voz: “Silencio, que ya vienen las propagandas”. En aquel hecho, el desatino de los programas contrastaba con el acierto de los publicistas. Me horroricé. En efecto, vi que la familia del “hotel familiar” encontraba vívidos, alegres, coloridos, excitantes  los  comerciales,  tanto  como   aburridos    los programas. Pero el escándalo en mi alma  fue mayor cuando oí comentar  a una de las hermosas adolescentes de la familia del “hotel familiar” que ella aspiraba a casarse, como todas sus amigas, con un extranjero.  Pero eso sí --aclaró--, que no fuera feo como su papá o como los actores de las producciones nacionales, sino hermoso y atractivo como los modelos de comerciales.

 

EL MILAGRO DE LA RIOJA

 

Era imperativo visitar La Rioja. Tantas veces la había bebido a través de sus exquisitos vinos en España y en otras partes del mundo, que resultaba imperdonable desaprovechar la ocasión de hacerlo durante este viaje.

La historia de mi contacto con La Rioja y los riojanos, tan exquisitos como sus vinos, empezó, curiosamente, en el aeropuerto de Kajuraho, India. Nos encontrábamos a punto de tomar el avión hacia Benares, cuando dos españoles acompañados de un guía hindú, llamado Anil, se acercaron a saludarnos. Viajaban por la India hacía varias semanas y no habían encontrado en el largo camino a los primeros hispanohablantes. Esos primeros éramos nosotros. Visitamos juntos Benares. Juntos paseamos sus callejas estrechas atestadas de peregrinos que marchaban moribundos hacia el Ganges en busca de entregar su alma al pie de las aguas santas. Juntos navegamos por el río sagrado, juntos cenamos en el fastuoso comedor del Hotel Oberoi. Dos días después del encuentro, los españoles partieron. Se llamaban Vicente, ambos, y llevaban un apellido tan curioso como riojano: Jalón. Eran padre e hijo, y los dos trabajaban en la empresa familiar de su propiedad, localizada en la pequeña población de Entrena —a escasos minutos por carretera de Logroño — y se dedicaban a embotellar pepinillos e incurtidos en vinagre y a la maduración de vinos. A partir de la despedida en Benares, el contacto fue epistolar pero abundante.

 

De modo que, estando ya en Madrid, no podíamos desoír una vez más su repetida invitación a visitarlos. Y tomamos camino. El Embajador de Colombia en Rusia, Ricardo Eastman, y su esposa Carmen Alicia, quienes visitaban España por esos días, decidieron unirse a la aventura. Vicente-hijo había viajado desde la Rioja esa madrugada para desayunar con nosotros en la residencia de los Samper Strauss,  nuestros embajadores en España. Atravesamos Madrid para tomar la carretera a Burgos. Era el final del largo invierno y los campos, aún cubiertos por una plácida alfombra de nieve, hacían pensar en la validez de las estaciones. La tierra tomaba su descanso de varios meses y dormía el frío de una muerte transitoria para renacer en la primavera con nuevos bríos. Pensé en el queso de Burgos, blanco como aquella nieve, fresco como ella. Acostumbraba comprarlo en los mercados de Madrid para mitigar la nostalgia del queso blanco y salado de nuestras tierras iberoamericanas.

 

A las cuatro horas del viaje, Vicente-hijo detuvo el auto al pie del letrero que señalaba el comienzo de los territorios de La Rioja. Quería que lleváramos un recuerdo fotográfico de aquel momento, que ya sabía a vino. Pocos minutos después apareció junto al camino, otro letrero: Bienvenidos a Entrena. Era un pueblecillo de ensueño, construido sobre cada espacio de una no muy alta montaña que crecía como el resumen de la ondulación de los terrenos de muchísimas millas en los contornos. Semejante a un pesebre de Navidad, con tempranas luces encendidas a la espera del atardecer. Daba la impresión de que la pátina le hubiese sido derramada desde el cielo plomizo y viejo de un invierno ya senil.

 

Todo en este poblado, desde luego, estaba determinado por la producción de vino, columna vertebral de la economía de la región. Las construcciones levantadas en las faldas de la montaña aparecían a todas luces incrustadas en la tierra, como si sólo fueran las fachadas de una interminable serie de cuevas. Calle arriba, sobre la meseta que coronaba la montaña y el poblado,  se habían levantado la plaza y los comercios, y algunos edificios para habitaciones familiares. Estaba claro: las construcciones de la falda eran, efectivamente, fachadas apenas de las bodegas para la maduración de los vinos. Bodegas que entraban a la tierra en uno, dos, tres pisos hacia abajo. Allí, existe en el aire la pesadez necesaria para que los mostos fermenten a la perfección y generen la exacta cantidad de tanino que exigen los más refinados paladares del mundo, aquellos que aman el buen vino de la Rioja.

 

Los Jalón, que conforman una típica pero refinada familia de Rioja, se dedican a la industria de los pepinillos y los encurtidos (“Me importa un pepino”, sugerí que debía ser el eslogan de su fábrica ), pero no pueden olvidar que son de donde son, y por ello, en los terrenos adyacentes a sus amplias instalaciones industriales, manejan un modesto viñedo; lo suficientemente grande para la producción del vino que la familia consume a lo largo del año. En su propia pequeña bodega, los Jalón producen tintos, blancos, mostos y claretes... “de un rioja exquisito”, según afirma Vicente-padre. En el comedor de la fábrica, el que seguramente usan para brindar buenos pepinillos a los clientes compradores, los Jalón nos ofrecieron suculentos almuerzos y cenas con delicadezas españolas ( jamones de Jabugo, quesos manchegos, estofados riojanos, chuletillas de Entrena... ), todo acompañado con vinos de uvas crecidas en los viñedos que, desde el mismo comedor, podíamos ver.

Con los Eastman, “los jalones” (como a veces los llamo) visitamos los más ancianos monasterios de La Rioja, paseamos por campos y viñedos, y fuimos con sus esposas, sus amigos, sus hermanos, sus cuñados a beber más vinos de la propia tierra en las tabernas y los bares de Logroño, la Capital: una ciudad media de España, pero con la grandeza, el orden, la compostura y la elegancia de estas urbes cuya dignidad estriba, precisamente, en su falta de pretensión: se resisten a ser “grandes ciudades”. La Rioja en sí, es una provincia pequeña, no llega a los dos millones de habitantes, y su lugar en el mapa de España es más que un puntito hacia el norte, junto a las sierras y entre los ríos de aguas cargadas de un milagro especial, de mágicas sustancias, de ignotas composiciones, tan exóticas y ricas que al empapar las tierras producen ese otro milagro de la humanidad: unos de los mejores vinos del mundo.

 


 

GRANADA EN MANO

 

 

            Teo Noriega es profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Trenton en Canadá y viaja todos los años con un grupo de sus estudiantes a adelantar cursos de verano en distintas universidades del mundo.  Es un trabajo agradable pero nada fácil, a decir verdad, pues las que deberían ser sus vacaciones las dedica Teo al fructífero pero agotador esfuerzo académico.

            Aquel año Teo viajó a España.  Todo estaba arreglado para que iniciara un curso de verano en la Universidad de Granada.  Y lo inició; y felizmente lo concluyó.  Fui invitado a conferenciar en el curso de Teo, y esa fue la razón por la cual decidí quedarme en Granada hasta el final del verano.

            Teo, y su esposa Charlotte, habían tomado en arriendo un pintoresco apartamento en los altos de El Albaicín, el más auténtico de los barrios de la ciudad mora.  Era una acogedora estancia de dos plantas que miraba por el frente a una calleja empedrada y que se abría en la parte trasera, como una flor,  en tres esplendorosos balcones que  miraban hacia  los  cármenes  vecinos  y  hacia  la  hermosa  Granada en pleno.  Baste con decir que desde el balconcillo de mi alcoba podíamos oír a los gitanos cantar en el Sacromonte y ver iluminada La Alhambra por las noches.

            El Albaicín es un barrio de callejas pedregosas y empinadas.  Bajando por una de ellas para ir a la Universidad, a las plazas y los bares, pasábamos a diario por la casa de Miguelillo.  Aquel hombre, quien con el correr de los días habría de convertirse en el más amable de nuestros conocidos, era un cuarentón de mediana estatura, ojos pacíficos y claros y un cabello liso que se aplastaba contra la calva en ciernes de modo que lucía como si lo hubiera lamido una vaca.

            Miguelillo no hacía otra cosa que sentarse en el umbral a fumar los cigarrillos que le enviaba una hermana desde Jaén, según nos contó, y a ver pasar la gente mientras esperaba a que la otra hermana que vivía con él le sirviera las comidas: en la mañana, a la media tarde y en la noche.  Al principio se mostró esquivo, pero conforme los días fueron corriendo y se acostumbró a nuestra presencia, empezó a bajar los puentes de la reserva.  Así, cuando ya fuimos amigos, cada vez que pasábamos lo saludábamos con afecto:

            -- ¿ Cómo estás, Miguelillo ?

            Y él siempre respondía entre el humo del cigarrillo:

            -- Bien, majos.  No se pué está mejó.

            Nos hacía gracia la respuesta de Miguelillo, especialmente cuando subíamos a casa desde los bares con seis jereces encima o más de cinco copas de Rioja, el vino tinto al que dedicamos nuestra devoción en aquel verano de Granada.  Luego de la frase del hombre lamido de vaca, que nos sonaba a estribillo y a la que en varias ocasiones hicimos variaciones en flamenco macarrónico, reíamos.  Y nuestra risa salía, como una serpiente de sonidos, a recorrer callejas, calles y callejones.  No faltó la voz que brotara de una ventana entreabierta al sopor veranero: “¡Anda, qué ruidosos sois! ¡Callaos de una vez!”.  Era la única manera de sosegarnos.

            Aquel fue un verano agitado.  Teo tenía a su cargo treinta estudiantes canadienses, hombres y mujeres, con todos  sus  problemas:  enredos  académicos  y   líos  de  faldas  y pantalones.  Este tipo de profesores (“Chaperones”, decía Teo con gracia al cuarto Rioja) debe hacerse cargo de todo en los programas de educación en el extranjero, y llegan a mezclar el manejo de problemas relacionados con exámenes de conocimientos y píldoras anticonceptivas.  Charlotte, por su lado, leía, escribía, estudiaba, iba al mercado y se hacía cargo de los deberes de casa.  Yo conferenciaba en los cursos de Teo y había venido desde Nueva Delhi con tres maletas a cuestas.  Aún recuerdo la manera como tuve que recorrer con ellas al hombro medio Albaicín bajo un sol canicular y un calor estridente.  Sí, fue un verano duro, la verdad sea dicha, aunque lo disfrutamos, cosa que también es la verdad.

            Pero el que lo hayámos disfrutado, no le quita el que haya sido duro, más por cuanto nos esperaba que por cuanto hacíamos.  Yo debía volver a la India, en donde me desempeñaba por aquellos tiempos en un cargo diplomático, y Charlotte y Teo debían regresar al Canadá a reasumir las cátedras y el trabajo del hogar en un país en donde las hermanas de Jaén no enviaban cigarros ni las hermanas de Granada cocinaban para uno; ni había umbrales abiertos   para sentarse a fumar y a ver pasar la gente.

            Hasta que llegó el día de la partida, pues terminaron los cursos y ya los estudiantes habían viajado a sus casas con el resultado de los exámenes, académicos y de sangre.  Antes de partir, trabajamos dos días para dejar la casa en orden, tal cual la habíamos encontrado.  El último café en el balcón fue el más agradable, aromático y revelador de cuantos habíamos tomado aquel verano.  Granada ya sabía a nostalgia.

            Dejamos la casa, entregamos la llave al vecino y nos echamos las maletas al hombro (dos Teo, una Charlotte y tres yo) entre el peor de los calores de aquel verano asfixiante.  Debíamos tomar un taxi al aeropuerto en la amplia avenida de abajo, en las faldas del Albaicín y junto a las plazas y los bares que tanto habíamos disfrutado.  Ibamos retrasados, y acosados por la sospecha de que perderíamos las conexiones en el Aeropuerto de Barajas en Madrid.  Me esperaban catorce horas de vuelo (Madrid-París-Frankfurt-Delhi) con seis horas de espera en Alemania.  A ellos, veinte de vuelo (Granada-Madrid-París-New York-Montreal-Toronto), varias de tren hasta Trenton y cinco más de espera en París.  Ibamos hambrientos, pensando en ( siquiera ) una tortilla de patatas en el camino, pues con los ajetreos de última hora no habíamos podido cocinar.

            Y he aquí que cuando pasábamos frente al umbral de Miguelillo, en donde nuestro amigo se hallaba sentado fumando uno de los cigarrillos que su hermana le enviaba desde Jaén y esperando a que su otra hermana le trajera la comida del mediodía, le saludamos bajo el agobio del sudor, el cansancio y las maletas:

            -- Hola Miguelillo, ¿ cómo estás ?

            Y él, fresco, llano, horondo, respondió:

            -- Bien, majos.  No se pué está mejó.

            Esta vez no reímos.  Al contrario, por primera vez supimos que Miguelillo siempre había dicho la verdad.

 

Madrid, 1982
 

Narración de David Sánchez Juliao:

 


PESCAR EN BANGKOK

 

            Uno de mis predilectos programas en Bogotá consiste en almorzar los domingos en un lugar llamado El Pescadero del Sur. Es una especie de tendal armado en un barrio del sur de la ciudad que, además de ser incómodo, goza de la particularidad de que en él, la clientela tiene derecho a escoger de una enorme pecera la presa que el cocinero hervirá para él en el mismo caldero en donde se fríen las papas y algunos vegetales. Es uno de esos llamados “palacios del colesterol”, al que algunos empresarios, altos empleados de gobierno y jóvenes ejecutivos, van a olvidar los domingos las formalidades y las estrictas dietas de los días de semana.

            Los conservasionistas y las faunas análogas no hacen, desde luego, buena cara a este tipo de atentados contra la Naturaleza y una de sus más hermosas creaciones, los pececillos. Pero para quienes tenemos cierta tendencia al naturalismo, sin ser tan severos, la experiencia de El Pescadero del Sur  resulta fascinante. “Es una mezcla de caza y pesca, y el espectáculo al tiempo que es gastronómico es visual. La aventura tiene algo de venganza, y resucita en nosotros lo mucho que tenemos de caimán. No en vano el hombre viene, no del mono, sino de ese reptil prehistórico” — comenté en cierta ocasión a Herbert Chamat, uno de mis orates capitalinos. “Imagínate — agregué —, cazar uno su propio alimento, ver nadando viva la presa que se va a comer. Hasta erótico resulta el asunto”. Herbert reaccionó, como siempre, con una salida genial: “¡ Y que tal que le pongan a uno sirenas, compadre !”. El  asunto no pasó de allí.

                                                           *          *          *

            Hoy me encuentro en Bangkok, Tailandia, al otro lado del mundo, y en medio de la resaca bajo cuyo efecto maléfico escribo, recuerdo a Herbert Chamat con una sonrisa socarrona. Hace sol en Bangkok, y desde el balcón de la habitación del hotel miro hacia la piscina y la calle. El balcón tiene esa doble posibilidad. El área de la piscina está ocupada por turistas japoneses y europeos, ya mayores. Cincuentones y sesentones, curiosamente acompañados por jovencitas tailandesas; por sirenitas de tiernos de ojitos chinos y cuerpecitos frágiles, que visten tangas escandalosas y bikinis sostenidos por sedas dentales y que sorben por un pitillo, licores de Oriente desde vasos decorados con rodajas de piña, paragüitas, cerezas y aceitunas.

            No hace falta ser muy agudo para colegir que todas esas exótica yegüitas de Oriente han sido alquiladas a un “Escort Service” (Servicio de compañía) por un día, una semana, un mes, como quien alquila un auto. El proceso de escogencia no es complicado. Al planificar el viaje, el cliente solicita un catálogo que es enviado por correo a su país de origen, de modo que, como en el caso de los carros de Hertz, el “encargo” lo estará esperando en el aeropuerto. Los “Escort Services” prestan todos los servicios imaginables. El cliente puede, incluso, enviar una detallada lista de “preferencias sexuales”, señalando prioridades. En fin...

            Este tipo de divertimentos, que incluyen masajes, centros nocturnos, bares, “lounges”, etc., ha ayudado a que se pueda hablar de “El milagro turístico tailandés”. Mientras la India, con su valioso pasado histórico y cultural llama la atención a sólo un millón de turistas al año, Tailandia, con una octava parte de la población de aquel país y sin tan rica tradición, logra atraer a seis millones de turistas. India cuenta con 850 millones de personas; Tailandia, con aproximadamente 100. A la sabiduría india, desde luego, no le preocupa el hecho. Es consciente de que, hoy por hoy, al mundo le interesa más “the other thing”,  “lo otro”.

                                                           *          *          *

            Bangkok tiene tres muy bien definidas “Zonas de Pecado”: Sukumbit, Pat-pong y la discreta Pradipat. He tenido la infeliz oportunidad de visitar las tres, eso sí, acompañado de mis colegas viajeros. “Es la única manera como se puede conocer estos sitios sin experimentar el terrible sentimiento de desafirmación que causa enfrentar así la miseria humana”, comenté al grupo la noche en que hicimos la entrada al primero de los sitios: Sukumbit. Tanto en esta zona como en la de Pat-pong, diría yo que el pecado no tiene gracia, que carece de la perversidad de que goza en las “zonas de tolerancia” de nuestras ciudades latinoamericanas. “Para empezar — comenté —, no hay boleros; y para terminar, en los sitios de pecado no hay pista de baile”. Pecar así, sin haber bailado, debe ser, para usar un colombianismo, “muy aburridor”. Los sitios tienen, a duras penas, una plataforma en donde tailandecitas en monokini bailan música rock cantada, preferiblemente, en alemán o japonés, lenguas del grueso de la clientela.

            Por otro lado, y ello agrava el pecado, estas áreas son una impune mezcla de casas de diversión y tenderetes para la venta de confecciones de marcas europeas y artesanías locales. De manera que mientras se examina un collar de falsos corales, se puede desviar la vista hacia el interior de un “lounge” o un bar americano y apreciar a las muchachas bailando en la plataforma. En tanto se discute el precio del collar, un impertinente comisionista insiste en que uno visite a dos cuadras el sitio de los mejores masajes corporales de Oriente. “Pecar  así no tiene gracia. Todo esto está tan corrompido que anda desprovisto de maldad. Es un castigo de Dios, el  haberle quitado la sabrosura al pecado. Con razón Tailandia produce tantos monjes”, comenté esta vez. Herbert Chamat debió de haber sonreído en Bogotá.

                                               *          *          *

            Al día siguiente, en el hotel, un colega compañero de viaje llegó con la noticia de que  en la discreta zona de Pradipat, había “un pescadero”. Usó aquel término. Soltó la noticia a la hora del desayuno, de modo que durante todo el día en las visitas al Gran Templo, las pagodas, los canales y el Museo Nacional, las esposas no hicieron otra cosa que tomar del pelo comentando: “Despídanse hoy del pecado, muchachos, pues la próxima etapa es dura en ese sentido”. En efecto, al día siguiente volaríamos a Kuala-Lumpur, capital de Malasia, país musulmán, en donde incluso el fumar constituye una seria ofensa a las leyes.

            Llegó la noche, y brilló la luna de Oriente: llena, anaranjada, inmensa. El automóvil de la cónsul nos dejó en la puerta de un sitio llamado “Fisherman´s”, apostrofado que traduciría al español algo así como “El lugar del pescador”. Un portero uniformado flanqueó la entrada. El pasillo, a media luz, denotaba la categoría del lugar. Comenté a un colega: “Este sitio es más fino y más caro que El Pescadero del Sur  de Bogotá”. Se abrió la puerta que daba al salón principal, y allí recordé a Herbert Chamat cuando dos años atrás en Colombia comentó: “¡Y que tal que le pongan a uno sirenas, compadre!”. Imprequé esta vez: “¡Carajo, en Oriente la realidad supera a la fantasía!”.

            El salón era amplio, enorme, y se hallaba bañado por una luz verdinegra. En las cómodas poltronas, bajas, al nivel de las mesas de patas cortas, los clientes conversaban y bebían con muchachas que, pese a estar cubiertas por batas de baño confeccionadas en gruesas telas de toalla, tiritaban de frío. Sus cabellos empapados escurrían el agua sobre los hombros. Algunas, había optado por enrollarse (como casi siempre hacen las mujeres) una toalla alrededor de la cabeza, a manera de turbante. Se notaba que las conversaciones eran plácidas, agradables, y se matizaban con cocteles sorbidos de vasitos adornados como aquellos de la piscina del hotel.

            Al fondo había, cuando entramos, tres europeos y dos japoneses de pie frente a una enorme pecera del tamaño de toda la pared: un amplio escenario de agua, algo así como una gigantesca pantalla de televisión que mostraba en su tamaño real un diáfano y pulcro mundo submarino. En el fondo descansaban, en una decoración plástica y artificial, los restos de un naufragio entre falsos corales, piedras de colores y luces intermitentes. Una diminuta cortina caía cubriendo el borde superior, de modo que la superficie del agua fuera apenas sospechada, y de manera que la clientela masculina evadiera el prosaico espectáculo de las pececillas orientales sacando la cabeza para respirar. Sí se notaba, claro, que estas delicadas sirenitas de Chamat subían con frecuencia a tomar bocanadas de aire, a rellenar sus pulmoncitos, pero muy bien estudiado todo por el coreógrafo (supongo), ese instante era aprovechado por cada una de ellas para mantenerse aleteando de espalda a los espectadores y poder exponer así la hermosura de sus posaderas... en donde tenían tatuado, no el nombre sino un número en la nalga derecha. Con frecuencia, una nueva sirenita se lanzaba desde un trampolín oculto y entraba en la pantalla acuática entre el espumarajo de la violenta zambullida. Era el más hermoso espectáculo de todos, pues de inmediato, para que no hubiera confusión posible, traía el fondillo al contacto con el grueso vidrio de la pecera, y enseñaba el número. A partir de allí, el cliente empezaba a estudiar la presa.

            Este “Pescadero de Oriente” ha superado al “Pescadero del Sur” en Bogotá, he comentado en una carta a Herbert Chamat. En este, los tailandeses han temado la precausión de numerar los pescados. No hay forma de que suceda lo que a veces sucede allá en Colombia, cuando pides una mojarra y te dan una sabaleta. Aquí, si pides una mojarra, es esa mojarra la que te sirven...

            Uno de mis colegas habló con sorna, diciéndome: “Bueno, escoja usted su pescadito”. Pero debo confesar que respondí:

            — Prefiero la mojarra frita en los comederos del sur de Bogotá.