David Sánchez Juliao
DAVID SANCHEZ JULIAO
  Regresar al Inicio

 Conferencias

 
 

 

 Novedades

 Obra escrita
 Obra sonora
 Biografía
 Imágenes
 Sobre música popular
 Cine y TV
 Crítica literaria
 DSJ de viaje
 Entrevistas
 Contacto

 Lo Último

 
 
 
 
 
 
   

 

CUENTOS

CUENTOS II


 

Texto completo de algunos cuentos de DAVID SANCHEZ JULIAO

PREMIO INTERNACIONAL DULCINEA, 2000, OTORGADO AL ESCRITOR SÁNCHEZ JULIAO POR  LA ACCION CULTURAL MIGUEL DE CERVANTES DE BARCELONA, ESPAÑA.

EL PARGO ROJO

Entrega del Premio Dulcinea, Barcelona, España

Magdalena Santiago vive –sigue viviendo-- de comprar, limpiar y desescamar pescados a la orilla del mar. Se levanta con los primeros ardores del alba y se va al puerto a esperar el retorno de los pescadores. Allí canta, invariablemente, todos los días a idéntica hora, la misma canción; una tonadilla de aliento africano cuya letra, ella lo ignora, tiene origen en el romancero español: Rey que sabe/leer y contar/dime cuántas olas/manda la mar. Acaso aquella liturgia es, además de una orden de su porción de sangre negada, la expresión del sueño incumplido de ser alfabeta. Porque, por el contrario del rey del estribillo, Magdalena ni sabe leer ni sabe contar. Pero tiene un don especial: cuando ha cantado, sin contarlas, diez veces el estribillo, señala en el horizonte las primeras canoas. Magdalena nada sabe de números o letras, pero el cantar le otorga un acertado manejo del tiempo.

No es el único don que posee. También carga claro en la cabeza que, comprando los pescados al precio del puerto y vendiéndolos de puerta en puerta pueblo adentro, el dinero sobra en casa. Magdalena llama “el milagro de la vida” a aquella elemental abstracción, como de impuros logaritmos Pese a asistir día a día a ese milagro, dice no entender nada pero lo entiende todo. Por ejemplo: es madre de seis hijos de tres padres diferentes; y no sabiendo al cabo de los años adónde han ido a parar los padres luego del abandono,  se llama a sí misma “viuda triple de muertos vivos”. Sus hijos, ya crecidos, trabajan allí en Tolú o en otros pueblos del Caribe  en forma marginal: cargando bultos o vendiendo baratijas  a los turistas de la playa, hoy; cocinando en una casa de familia, mañana; y después, tal vez...

Magdalena, sin embrago, se dice feliz; aunque desde los días en que el cinematógrafo llegó a Tolú, a ratos ni ella misma lo cree. La noche en que fue a ver por primera vez una película, recuerda, empezó a sospechar –sin que lograra volver razones las sospechas— que el meridiano de la felicidad pasaba por lo cotidiano. Entonces, “Muy fácil –dice con frecuencia--: dejé de ir al cine y ya está, volví a vivir contenta”. Además, ¿qué otra cosa quiere? --se pregunta en sus noches de hamaca. Conoce un oficio, produce con qué comer, guarda plácidos recuerdos de cada marido en cada cama –del segundo, sobre una mesa--, es amada por sus hijos y estimada por los pescadores y la gente del barrio. Y lo más importante: ninguna de sus hijas le ha salido vagabunda, y ninguno de sus hijos ha estado en la cárcel. “Son muy unidos”, comenta: “Cada uno es capaz de quitarse el pan de la boca para dárselo al otro”. Y no se queda en la superficie, pues agrega: “Ojalá nunca sean ricos; porque poco dinero, evita preocupaciones; mucho dinero, las trae”. Y  remeta: “Dios quiera que nunca vayan al cine”.

Magdalena vive –continúa viviendo allí, aun después del incidente— en una calle a la que la gente bautizó como “Bocagrande”. Su nombre oficial tiene que ver con un héroe de la Independencia, Francisco de Paula Santander. Pero los desocupados de la plaza lo han cambiado por aquel más sonoro,  debido a que en esa calle las vecinas riñen a diario en insultos que se vociferan de acera a acera, con frases cargadas de dobles sentidos e imprecaciones.

En la misma calle de “Bocagrande”, puerta seguida a la casa de Magdalena, vivió una vez una mujer adinerada que odiaba a los pescadores y a las revendedoras. No es extraño que estas cosas sucedan en la América Hispana, puesto que en sus pequeños pueblos conviven príncipes y mendigos, ricos y pobres en una misma calle, en una constante ebullición de la vida que ante todo los ricos niegan disfrutar. En estos poblados, los modernos barrios residenciales jamás tuvieron futuro, pues no tardaron en convertirse, de tan tediosos, en una antesala de la muerte.

Aquella vecina –la del incidente— odiaba a Magdalena, en razón tal vez de lo que el profesor socialista de la escuela pública llamaba “marxismo al revés”; es decir, el desprecio de los de arriba por los de abajo. La vecina, sin embargo, amaba la lúdica del humilde vecindario, pero siempre deseó que su torrente de vida bullera, no allí sino en el barrio residencial de las afueras al que un día se mudó, hasta que se aburrió... por falta de vida. Cuando regresó a vivir  al antiguo vecindario, continuó haciéndole la vida imposible a Magdalena: le corría la cerca del jardín, ordenaba a las sirvientas que desaguaran la cocina hacia el patio vecino, y sacaba en voz al sol ciertos trapos sucios que Magdalena prefería lavar en casa; como aquello de la triple viudez de muertos vivos, los seis hijos de tres maridos diferentes; y la pobreza y el mal vestir, cosas que Magdalena sobrellevaba con inadvertida dignidad. 

La vecina insolente es viuda de verdad, y tiene tres hijos casados cuyas mujeres le desean la muerte para heredarle  la hacienda que ha comprado en las mejores tierras del Sinú. Hoy, en los tiempos posteriores al incidente, la hacienda es manejada a distancia, mediante despachos de correo y llamadas telefónicas. Porque la que fue vecina de Magdalena, es ahora una mujer muy rica; y ya no vive en la calle de “Bocagrande” de Tolú, sino a muchas leguas de distancia, en un sector del mismo nombre que es parte de la hermosa Cartagena de Indias. Aun así, viviendo lejos, dos de las tres nueras han tratado de envenenarla, tres de sus hijos varones no la visitan, dos de ellos no le dirigen la palabra –ni siquiera por teléfono--  y el tercero, el menor, no le permite ver a los nietos los domingos.

Y todo, por culpa de Magdalena; al menos, eso comenta la gente. Magdalena es en extremo cuidadosa al respecto; jamás ha dicho que aquello es cierto, pero tampoco lo ha negado. Se limita, eso sí, a contar la historia tocada de un airecillo de satisfacción:

La historia es esta. Un día, mientras desescamaba  pescados en las escalinatas del puerto, Magdalena vio que algo brillaba entre el espeso amarillo de las hueveras de un pargo rojo. Se trataba de un brillo poco común, como de estrella en el cielo, emitido por una piedrecilla de aristas pulidas con esmero.  Magdalena jamás había visto uno en su vida, pero por lo que siempre escuchó, estuvo segura de que la piedrecilla no era tal... sino un diamante. Pensó de inmediato en sus hijos yendo al cine, en sus nueras tratando de envenenarla, en sus maridos regresando a buscarla uno a uno o los tres al tiempo, pero con la misma cara de arrepentimiento; pensó en ella misma, liviana y desafirmada, viviendo la muerte de un barrio residencial y comprando pescados en la puerta a sus compañeras de trabajo; y pensó, lo más grave, en no poder ver a sus nietos los domingos. En ese instante tomó la decisión de regalar el pargo rojo con todo y el diamante que el pez llevaba oculto en su vientre.

Alguien, cuenta ella, se ofreció a comprarlo en el puerto.

-- No está para la venta –dice Magdalena que dijo--. Lo tengo reservado para alguien muy especial.

Irrumpió en la casa de la vecina en el momento en que la mujer discutía con las tres nueras sobre qué cosa preparar para el almuerzo.

-- Perdonen si interrumpo –dice Magdalena que entró diciendo--, pero la pesca de hoy ha sido excelente y me he acordado con cariño de todas ustedes. Les he traído este hermoso pargo rojo para que lo disfruten en la santa paz de la familia.

FIN

==========  ============  =============  ===================

La obra EL PARGO ROJO fue llevada al cine por el productor y director Ernesto McCausland

 


EL ÚLTIMO PASAJERO

 

Este cuento hizo parte de la antología

de autores del sello Planeta, publicada

con motivo de los 40 años de presencia

de esta cada editorial en Colombia.

 

 

 

Llegó en un automóvil de servicio público a la hora del calor. Había sido un largo viaje, entre aires de salitre y brisas tristes. Durante el camino lamentó no poder asirse a recuerdos que le dieran sentido de pertenencia a aquella tierra; la de sus padres. Nada la ataba a las interminables hileras en las plantaciones de banano, a las indómitas luces del trópico ni a la infeliz sofocación infernal. Había crecido en el invariable frío de las montañas lejanas, al amparo de la desdicha de Los Andes y al compás de la música de tiple. Sintió que era allí,  junto al mar y entre esas luces, en donde debía de haber transcurrido su infancia. Y no pensó más, porque Ciénaga --hermoso nombre para una población-- empezó nacer a partir de callejas de humildes construcciones que pronto llevaron al esplendor de un centro republicano, de nostálgicas reminiscencias helénicas.

            La tía esperaba en la puerta. Antes, sólo la había visto en  fotografías. Al saludarla de beso, la tía le dijo, Eres idéntica a tu madre cuando tenía tu edad. No necesitaba que se lo dijeran; ella lo sabía, también la había visto en fotografías. A partir de allí, la tía habló poco y su silencio fue de piedra; como su aspecto. Tenía el aire de censura de las matronas del Caribe, que no perdonan un mínimo asomo de dicha en los ojos ajenos, pues consideran que la mujer nació para sufrir. Pero ella, la sobrina, se sospechaba nacida con vocación de felicidad... aunque poco se le notara.

            Era una casa oscura, con muebles en caoba de enroscadas formas austríacas y altas consolas de espejos opacos. Dos carboncillos enmarcados en hojilla dorada flanqueaban el aparador de la cristalería. Contenían las imágenes de un hombre con bigotes de manubrio y una mujer de inmaculada golilla: Son tus abuelos, dijo la tía, y agregó: Tu madre y tú son una mezcla del uno y de la otra. Pero tú eres más hermosa que todos, porque tu padre fue un hombre apuesto. La sobrina decidió guardar silencio, pese a que siempre, siempre quiso tener alguna noticia de su padre. Algo, poco aunque fuera; pero aquel –juzgó— no era el momento de preguntar. La humedad del aire y el calor de los espacios la asfixiaban; casi.

            La tía la condujo por un sombreado corredor de begonias hasta una habitación que, más allá de la cocina, miraba al patio. No tiene baño privado, dijo la tía al abrir la puerta. El baño está allá, junto al tendedero de ropas; y señaló hacia una cerca de estacas que lindaba con la calle. Las estacas eran bajas y se hallaban separadas, de modo que la sobrina pudo ver al viejo afilador de cuchillos que anunciaba su paso con una fanfarria de dulzaina. Junto a las sábanas tendidas al sol, estaba la puerta del baño. No temas, volvió a hablar la tía, este es un pueblo seguro, en donde las cercas de los patios son así. Es lo único que nos permite conversar con la gente que pasa. Y agregó en el mismo tono de susurro: Instálate con toda calma, almorzaremos en media hora. Enseguida preguntó con cierto dejo de ironía, ¿Allá en la Capital todavía llaman almuerzo a la comida del mediodía? Lo digo porque, tal vez, en los tiempos actuales, le llaman lunch. Y  cerró la puerta.

Encendió el ventilador de techo y se echó a descansar sobre la cama hasta cuando, pasado el mediodía, la tía la llamó para el almuerzo. El ventilador del comedor estaba descompuesto, de modo que ambas sudaron mientras consumían la cazuela de mariscos hervidos en leche de coco, el arroz blanco, la ensalada y el plátano frito en tajadas. Se come bien aquí, fue todo cuanto mencionó la sobrina hasta el café de sobremesa. A tu madre le gustaba mucho este tipo de comida, acotó la tía. El haber conocido a tu padre fue lo que hizo que aprendiera a prepararla; antes, jamás había entrado a la cocina. Siempre sospechó que a tu padre le encantaría su sazón. Jamás alcanzó a cocinarle, jamás. La tía se enjugó una lágrima con la blanca servilleta de anagrama: El accidente, como tú sabes, sucedió cuando él venía en camino, ¿está bien de azúcar el café?

Después del almuerzo regresó a la habitación. Entre el sopor de la canícula, desempacó la maleta, colocó las pocas pertenencias en el armario, se desvistió y volvió a tirarse sobre el tendido de la cama vistiendo apenas la ropa interior. Había puesto el ventilador en la máxima velocidad. No supo en qué momento se quedó dormida. Cuando despertó tuvo la impresión de que se hallaba en el orfanato y de que cuanto había soñado nada tenía que ver con aquella nueva tierra sino con un universo de montañas y picos nevados, en el que tiritaba de frío. Pero se despertó sudando. La energía eléctrica había sido cortada y el ventilador permanecía con las aspas quietas. Se vistió, atravesó el patio en busca del baño y tomó una ducha abundante enrollándose una toalla –como un turbante—en la cabeza para no  mojarse el cabello. Al abandonar el cuarto de baño vio que un niño la miraba desde la calle a través de las estacas del patio. En un arranque de pudor, corrió a la habitación con las manos sobre la cara, aun con el turbante de toalla en la cabeza. Se sintió mejor, más fresca y más limpia que nunca.

              Con tres golpes en la puerta la tía la llamó para que sacaran dos sillas mecedoras y se sentaran en la pequeña terraza frente a la puerta de la calle. Es la costumbre. Todo el mundo lo hace aquí a la hora del fresco, dijo la tía. Es la única oportunidad que tenemos de lucir la ropa de estreno. La mitad de la gente decente del pueblo pasa a esta hora saludando, y agregó: Por las estacas del patio se saluda a otro tipo de gente: la del pueblo raso, ¿entiendes? Sí, dijo la sobrina, entiendo.  Tu madre, agregó la tía, era una joven rebelde cuando tenía tu edad. Le gustaba saludar por entre las estacas del patio a quien no debía. Y continuó: Por ser tan rebelde fue que le pasó lo que le pasó. Una pareja de elegante terno de lino blanco irlandés y sombrero panamá, él, y de falda y blusa de hilo, ella, pasaron entre un adiós que la tía respondió con sonrisas. La sobrina se había quedado con la pregunta entre labios: ¿Qué le pasó?  Que se entregó a tu padre la noche antes de que tu padre partiera por tres meses para aquel viaje de negocios al que lo enviaba la Compañía Bananera. ¿Y? Y que cuando tu padre regresaba, sin saber que ya tú existías en el vientre de tu madre, ocurrió el accidente. El tren se descarriló. ¿Así por así? Así por así, no. Todo tuvo que ver con la huelga. Dicen que los obreros habían desenganchado los rieles creyendo que el tren sólo traía bananos para los barcos del puerto. Dicen que no sabían que venían pasajeros. La sobrina defendió la memoria del padre: Pero ...él venía dispuesto a casarse, ¿no? Eso sostuvo tu madre hasta cuando murió seis meses después de darte a luz, pero nadie, ni yo, para serte franca, le creyó. La misma pareja regresaba, acompañada ahora de una pareja más, vestida de forma similar. Hubo nuevos adioses desde la calle y las mecedoras. ¿Y esa es la razón por la cual mi madre fue a darme a luz a Bogotá, y por la cual, después de mi nacimiento y de su muerte, decidiste, tía, traerte su cadáver y dejarme a cargo de las hermanas del orfanato? La tía fue contundente y despiadada: Sí. Y agregó: Pero hoy estás aquí porque nada queda oculto bajo el cielo. A los pocos años se supo la verdad. Bastó con que alguien de este pueblo te viera un día en el orfanato de Bogotá para que se supiera la verdad, y ¿sabes porqué?  ¿Por qué? Porque eres  idéntica a tu madre, aunque mejorada, como te digo, por la apostura de tu padre... y que en paz descansen.  

Cenaron frutas y panes de centeno antes de las siete bajo las aspas inmóviles del ventilador del comedor. El calor había cedido con la entrada de la noche. ¿A qué horas te acuestas?, preguntó la tía. Suelo acostarme temprano pero demoro algunas horas en dormirme. Leo hasta tarde, es la costumbre del orfanato, sabe. Bueno, entonces tendrás tiempo de acompañarme a escuchar las noticias en la radio de la sala y a rezar el rosario. Sí. Eso hicieron. Durante los susurros del rosario, ella volvió a soñar, esta vez despierta, con los picos nevados y las elevadas cordilleras. Se divirtió con el vuelo de los cóndores y el zumbido de viento helado. Durante las noticias, que nada nuevo dijeron sobre la convulsionada situación del país, no pudo elevarse, aunque lo intentó. Los sangrientos sucesos reportados, sospechó, la ataban a la realidad de aquella tierra de obreros, de huelgas, de matanzas bananeras y de trenes descarrilados. Buenas noches, dijo la tía al concluir el último misterio del rosario. Buenas noches, respondió ella como una apostilla a las avemarías y empezó a caminar por el corredor de begonias con rumbo a su habitación mientras la tía recorría la casa apagando las luces.

En efecto, se fue a la cama temprano; a las ocho y media, supo por los toques del campanario cercano. Pero había sido un viaje largo y sofocante desde el aeropuerto de Barranquilla: cuatro horas por carreteras descubiertas y polvorientas, puentes, y huecos en los que el automóvil brincaba y que se sentían en las costillas. No pudo leer. La venció el cansancio. Cuando despertó miró el reloj en la mesa de noche y se halló vestida sobre el tendido intacto, bajo la calurosa luz del bombillo del techo y con el libro aun sin abrir sobre el regazo. Eran las cuatro. Oyó a lo lejos, intenso, largo, hiriente, el pito del tren que partía en dos el fresco silencio de la madrugada. Escuchó voces lejanas y pisadas que hacían crujir el cascajo y los guijarros de la calle sin pavimentar. Las voces venían de lejos, se acercaban sobre los pasos ruidosos, se hacían presentes por pocos segundos, y de nuevo se alejaban. Algunos reían, otros pasaban en silencio o envueltos en una conversación de susurros parecidos a los del rosario. Presumió que eran los pasajeros del tren que acababa de llegar; del tren que volvía a pitar anunciando esta vez, dedujo, la partida hacia la próxima estación. Debía ser agradable, pensó, tomar el tren a esas horas de la mañana, entre el fresco redentor y los dulces olores del amanecer.

Sintió necesidad de ir al baño. Debía descargar aquel ardor de vejiga y cepillarse los dientes antes de venir a meterse en la cama. Este osito de peluche debe guardarse en el estuche, vino a su mente la frase de la Hermana Natalia cuando aun ella era una niña en el orfanato. La Hermana Natalia, la misma que la había enseñado a leer y a soñar. La misma que una vez, ya siendo ella mayor, la denunció ante la Madre Superiora diciendo que se le empezaba a ir la mano en el manejo de la fantasía, pues a veces soñaba lo que no debía soñar. Pero ella, ¿qué otra cosa podía hacer, si era aquella la única manera como lograba hacer añicos cualquier dificultad? Además, soñar no cuenta nada, Hermana Natalia, le decía.

Encontró el patio tan fresco que las begonias del corredor parecían sonreír. Se le antojó un frescor de otra tierra, la de ella, de primaveras eternas y olores de cerezos. El paso de las voces había cesado. Mientras caminaba hacia el baño oyó arrancar el tren pesado, lento, abúlico, como un gigante que despertaba. Desde el baño, en sus abluciones de lavabo, oyó venir, sin embargo, unos pasos rezagados, pero seguidos por un ruido de ruedas de metal. El último pasajero, pensó.

Al cerrar tras de sí la puerta del baño y salir al patio, lo vio parado más allá de las estacas de la cerca, en medio de la calle. El ruido de ruedas de metal correspondía a la carretilla del maletero de la estación que traía el equipaje. Cuando el pasajero se quedó plantado en la calle, como un hermoso árbol nevado de plácida fronda, el maletero siguió su rumbo empujando la carretilla de ejes sin aceitar. El hombre vestía a la usanza de aquellas tierras tropicales, como los señorones que pasaban saludando a la hora de las sillas mecedoras de la terraza.

Hola, dijo, al ver que el pasajero rezagado había decidido quedarse allí, mirándola cuando ella no terminaba aun de cerrar las maderas de la puerta del baño. Hola, dijo el hombre con una voz cascada y dulce; hermosa, en aquella combinación, como su rostro de tez de cirio y sus cabellos negros, tan poblados como sus cejas y sus bigotes de ónix. Era un hombre de estampa atlética. Ella lo advirtió en la erupción que tal presencia provocó en los cráteres de su pecho y en el incendio de las negras selvas de su vientre; y hermoso, se lo decían sus ojos, pese a la luz mortecina de la noche que se iba. ¿Me esperabas?, preguntó él. Ella sintió que aquella voz la iba a matar. De alguna manera, supuso ella que debía decir en esos casos, según le habría aconsejado la Hermana Natalia. Entonces lo dijo: Sí, de alguna manera. Todas las cajas y las valijas que lleva el maletero en la carreta vienen llenas de regalos para ti. ¿Para mí? Sí, y entre ellos viene el vestido de novia para la boda.

Aquella frase la espantó. Corrió a través del patio y se encerró con doble llave en la habitación. Guardó silencio, inmóvil bajo el ventilador apagado, hasta cuando sintió que los pasos del hombre se perdieron en dirección de la plaza. De pronto, se reanudó a lo lejos el ruido de los ejes sin engrasar de la carreta del equipaje. Entonces pudo respirar con tranquilidad. Se deshizo de la ropa y vistió el pijama de encajes. Apagó la luz, puso a andar el ventilador de aspas, hizo sobre frente y pecho la señal de la cruz y se metió en la cama bajo las sábanas frescas.

No supo por qué durmió sin sobresaltos hasta las siete de la mañana, cuando los nudillos de la tía sonaron en la puerta; y después la voz, Desayunamos en media hora. Era una mañana fresca. Le resultaba imposible creer que aquel aire fuera a ser ardiente en pocas horas, una o dos tal vez. Tomó una ducha lenta y prolongada sin que el suceso de la madrugada hubiera podido salir de su cabeza. No entendía cómo no se sentía cansada. Se tranquilizó pensando en que lo que había sucedido no había tomado más que pocos minutos. Los calculó, paso a paso: abandonó la habitación, entró al baño, salió, vio al hombre, cruzó con él dos frases, hasta que la impertinencia de las últimas palabras la hizo salir corriendo. Recordaba que en unos instantes apenas se había quedado dormida. ¡Pero había sido todo tan intenso!

Mi habitación da contra el baño de afuera, y anoche te escuché hablando sola en el patio, dijo la tía mientras comía la papaya del desayuno. Sí, dijo ella, fingiendo un tono desprevenido, fui al baño en la madrugada y cuando salí, uno de los pasajeros del tren que llegó me saludó y yo le di los buenos días. ¿El tren? ¿Cuál tren?, gruñó la tía con acento de desconcierto y desprecio ante lo que consideraba una necedad: ¿Cuál tren, niña, cuál tren?, repitió. La sobrina quedó en el aire, pero la tía continuó: A este pueblo de Ciénaga no llega un tren desde hace los años que tienes tú de nacida; casi, corrigió. Desde seis meses antes, exactamente, precisó.  La sobrina sintió escalofríos. La tía siguió adelante: El último tren que intentó llegar y no llegó, no había sido clara en eso contigo tal vez, fue aquel en el que tu padre venía y que se descarriló por aquello del malentendido de los obreros de la huelga. Jamás alcanzó a llegar, ¿entiendes? Hoy, para que te convenzas, te llevaré a la estación y te percatarás del estado en que aquella hermosa construcción republicana quedó, y te percatarás también de lo que la indolente gente de esta región ha hecho con las vías. Mira, seguía hablando mientras la sobrina temblaba, sudando frío y calor al tiempo, han levantado los rieles, uno por uno, y los han... De repente, cayó en cuenta de que algo extraño sucedía a la sobrina: Pero, ¿qué te pasa, muchacha? Te has puesto del color de las servilletas. La sobrina, sin embargo, logró hablar, Nada, nada, tía, es que estoy sudando hielo porque me ha invadido una insoportable sensación de alivio.

 

FIN

                    

 

 

JUANCHO, EL PAJARERO

 

“Toda verdadera pasión

 no piensa más que en sí misma”

Stendhal  

 

Que no me vengan con el cuento de que pajarear no es un vicio. Sí, es un vicio; y maligno. Porque hay vicio sanos. Pero adonde llegó éste, ya empiezan los colmos. Eso de pasársela uno, como se la pasa mi hijo Juancho, feriando las vida tras los antojos de un pájaro, no puede dar más que rabia. Hay cosas que uno viejo, yo no sé, como que no entiende del todo. No entiende, aunque se quiebre los sesos contra las verdades. En estas cavilaciones lo ponen a uno los hijos; y más, aquellos que nacen picados de una pasión que no piensa sino en ella misma.

De mis cuatro hijos, Juancho fue el único que me salió empantanado en atolondramientos raros. El único que, desde cuando era chico, pintó preciso lo que iba a ser. Y... los enrumbamientos de una vida, de una pasión diría yo, no se tuercen ni a martillazos sobre candela viva. Como que todo viene preparado de allá arriba, tal como debe ser. Ese es el caso de Juancho; pobrecito.

En Juancho, no. En mis otros hijos se notó un tanteo. Hasta que por fin terminaron encarrilados en sus rumbos.

Adalberto nació para el monte, el mayor. Como que el que rompe el molde es el que más apegado queda a la casa y a los sufrimientos de uno. Hay que reconocer que sin su metida de hombro en el macaneo, la limpia, la quema y la siembra de estos pedazos de monte que heredé de mi padre, ya, o nos habríamos muerto de hambre o cualquier rico vecino nos hubiera comprado la tierra. Pero él se ha roto el cuero como un macho en el trabajo. Adalberto ha sido mi brazo derecho en el ajetreo y el pañito de lágrimas de su madre a la hora del llanto. Le sobran buenos sentimientos a este muchacho. Ahora está por casarse; pero bueno, hasta derecho tiene de cargar con cualquier chola, antes de que empiece a brincar de cama en cama y se vea forzado a cedular hijos malhabidos.

Adalgisa, en cambio, la segunda, se me hace que puede acabar por malos rumbos. No hay que decir, hasta ahora va bien. Pero se nos ha metido a la vieja y a mí en la cabeza que puede pisar en falso y rodar. Dios no lo permita. Muy a pesar de lo seria que es y de estar empleada en una casa de blancos en Lorica, puede suceder que la corrupción de los pueblos se le meta de furtiva en el espíritu, y ahí sí. Ella es muy seria, repito, pero el diablo atiza… el diablo atiza. El día en que el Maligno le comente que en un hamacazo se consiguen los mismos pesos que en un mes de salería, peligro corre de trancar la puerta acompañada. No creo, porque ella es muy seria, pero quién quita.

Pablito, el último, el que viene después de Juancho, todavía no vislumbra ni ha pintado rumbos. Hace apenas pocos años que aprendió a caminar. Pero vivo pendiente de él, como adivinándole las pisadas de los días  que vienen. Por ahora lo tengo acomodado en la esperanza de que va a ser un doctor; y él juega a serlo. El pobre cree que en las escuelas de los campos se fabrican los doctores. No sospecha que lo tengo allí mientras se llega a la hora de agarrar el machete; para que, por lo menos, digo yo, sea un machetero que escriba su nombre en paz con la ortografía. Porque para más de los dos años que dan en las escuelas de por aquí, ni hay plata... ni el pobre creo que dé, según veo que razona a la hora del juego con los otros muchachos. Pero, sin embargo, también: vamos a ver.

Nadie es perfecto en el mundo. Por eso, con todo y sus tambaleos y trancones, mis tres primeros hijos, pasan, pueden cerrar el juego. Mejor dicho, no se salen de lo que las cosas deben ser. Sería mucho pedir el que no tuvieran un sólo costado magro. Tampoco, Dios me iba a dar a mí nada especial, porque por qué.

            Pero Juancho... ya sale de lote. Juancho es mi dolor de cabeza, mi problema grande. Eso de haber escogido el pajareo como profesión, es como jugar a la gallina ciega con la vida. Pajarear,  ni produce plata, ni entusiasma ni deja nada de positivo a la larga. Me imagino que las muchachas, cuando son pretendidas por un pajerero, pensarán que lo que hace su pretendiente es jugarle escondidas a lo duro del trabajo en el monte. Es por eso que todo pajarero termina, cuando viejo, lleno de jaulas y solterón. ¡Pajarero, vea usted! Pocos casos de estos abundan por aquí. ¡Y venirme yo a sacar la demalas de que me tocara esta suerte!

Y... uno como padre, además de rascarse la cabeza frente a un problema de estos, ¿qué más hace? Es que ya ni reclamos se le pueden hacer a Juancho. Cuando se le toca el tema de soslayo, inunda sus ojos de sangre, eriza el pelo como puercoespín y entra a hacer las defensas de los que hace. ¡Pajarear, maldita sea! Pronto va a cumplir los dieciocho y aún no ha pensado matar el demonio de ese vicio que va a acabar un día de estos conmigo y con su madre.

Hay que tener alma de llamador para no darse cuenta de los desastres que trae el dedicar los mejores años de una vida a cazar pajaros. De llamador. Así llaman por tierras lejanas al pajarito pasiero que el pajarero encierra en el depósito de la trampa para que someta con su canto los sentimientos de los otros pajaros en libertad. El llamador es un pájaro malvado, pues otro, menos vengativo, se rancha a no cantar, sabiendo que su ritmo perjudica la felicidad de sus compadres. Así es el llamador. Y así anda Juancho, mi hijo, con su profesión: haciéndose daño a sí mismo y a los demás.

Pero yo he llegado a mis conclusiones. Que pajarear es un vicio. Un vicio. Y de esa verdad no me saca nadie.

Mire: un pajarero, mi hijo Juancho, o cualquiera que tenga ese vicio, se levanta siempre con el fresco de la mañana y el canto de los gallos. Se baña en el patio a totumazos de agua fría frente al llamador que canta a las primeras luces. Desayuna tranquilo junto a una jaula sobre la mesa; alimenta su pájaro y arma después un zarapa para el almuerzo en el monte. A las nueve de la mañana sale silbando por los caminos con rumbo a la carretera. Junto a ella, a la sombra de un árbol frondoso, espera hasta cuando pase un bus. Paga el chofer y entra a sentarse en silencio en la última banca, que es la banca de los pajareros: seis muchachos, cada uno con su jaula en las piernas. Yo lo he visto, cuando me subo a los buses. Y, mientras los seis muchachos hablan de llamadores, de pasieros, de clases de alpiste y de comederos de aves, los pájaros también conversan de jaula a jaula en el lenguaje de sus cantos. Luego de que el bus ha andado media hora, los pajareros se van bajando graneados: uno aquí, otro adelante, otro más allá. Y desde la orilla de la carretera caminan monte adentro media hora más, en busca del comedero que les ha campaneado la noche anterior en una reunión de pajareros. Porque otra cosa que tienen ellos es que no hablan ni andan sino con gente del mismo vicio.

Llega, pues, el pajarero al sitio que venía buscando. Allí cuelga la jaula-trampa de la rama baja de un árbol frondoso y se sienta a esperar junto al tronco de un árbol cercano. Un rato después, el pájaro reclamo siente la picazón de la soledad, y esa soledad lo hace cantar más hermoso que nunca. Es en ese momento cuando el alma del pajarero brinca de contento como queriéndose salir, como deseando tener pies para correr a campo traviesa sobre el frescor de la hierba aún rociada por el sereno de la madrugada; como dando todo por tener alas para volar y dominar desde arriba el arco iris de verdes de los pastos, las arboledas y las praderas. En esas se la pasan, ¡maldita sea!

A veces, ¡tráquete!, se oye, entre el rumor de la brisa, el tableteo de la trampa ladera que cae. El pajarero llama a su alma que anda vagando por entre la yerba y sobre los montes, se levanta con ella, va a ver… y sí: ha caído un pájaro. Esto sucede a veces. Y esas veces, el llamador encuentra el interior del depósito alambrado demasiado estrecho para su alegría; pero aún así, brinca, salta de un travesaño a otro, se zambulle en el botecito del agua de beber, se aferra con su garras a los delgados barrotes de alambre, como queriendo estirarlos para abrir un boquete y huir. Todo ello, mientras su compañero recién atrapado trina desconcertado la canción de su nueva suerte. Pero el ánimo del pajarero se parece más al del llamador. La vida lo ha ido convirtiendo en medio-pájaro; así que, también, empieza a silbar.

Esto sucede a veces, repito; porque en cada comedero, el llamador y el pajarero tienen un gran enemigo, que es el veterano. Este veterano es un pájaro que se las sabe todas en asuntos de trampas y llamadores. Es un pájaro rejugado, y con mucha experiencia, que ha sido agarrado y que cualquier día –porque encontró la jaula mal cerrada o porque se coló hacia fuera cuando le ponían la comida– logró lanzarse al vacio y escapar. Pájaro que logra hacer eso, nunca más vuelve a caer. Nunca. Puede decirse, sin temor a equivocarse, que la existencia del veterano es lo que hace de la pajarería una ciencia. Una ciencia rebelde. El veterano es el dolor de cabeza de los pajareros, cu cocó, su Juancho. Vive escondido en la espesura de los comederos mientras el reclamo canta su canción de azúcar en la soledad de la jaula. Cuando cualquier pajarito inexperto se acerca y empieza a revolotear en torno a la jaula: psst psst, ven acá, le dice. Y, cantando, le cuanta lo que le espera. Sin perder tiempo, el pajarito nuevo huye ardido de pavor cantando un trino de flauta a lo largo de su vuelo. El veterano entonces, sosteniéndose en el aire por debajo de la jaula, mete pico a la comida. Así se alimenta, y así defiende a los amigos.

 

 

 

 

Nadie puede negar que, por culpa del veterano, sólo de vez en cuando el pajarero logra atrapar a un pajarito. Un canario, pongamos por caso. La sonrisa con que entra ese día a la casa, ilumina hasta el interior de los armarios. El canto entrelazado del llamador y del capturado alegran más aún las flores del patio. La noche de un día con presa es la más feliz del pajarero. No duerme, pues luego de la ceremonia del cambio de jaula, cada media hora se levanta a dar de comer al pajarito nuevo y a rociarlo con buches de agua azucarada, para que al día siguiente aparezca, él más gordo y el plumaje de más brillo en el mercado. Al alba, toma los rumbos del pueblo dispuesto a negociar su trofeo. Vuelve después del almuerzo con la jaula vacía y, según él, los bolsillos llenos. Pero, sacadas bien las cuentas, lo que se ha gastado en los buses y el alpiste, sin contar el tiempo, duplica el precio del pajarito en el comercio. Según mi entender, y en buena lengua, eso se llama hacerle frente a  la vida por el rabo.

En esas anda mi hijo. Pajarear es su profesión. Anda por el mundo con los ojos vendados por la terquedad esa que no lo abandona. Más allá de sus razones de pájaros y trampas no hay consejos que siga ni advertencia que comprenda. Él dice que es feliz en lo que anda; pero, maldita sea, cuando yo le falte y el hambre lo acorrale, no sé por qué costado se le va a enfrentar a la vida.

Hubo una época, recuerdo, en que me azotó la esperanza de que se encarrilara sanamente en sus locuras. Me picó la alegría el día que me dijo que tuviera calma, que tuviera paciencia, que quién quitaba que un día agarra un turpial. Y el turpial es un pájaro por el que fácilmente le dan a uno los pesos suficientes para comer cuatro meses, o más. Tanto me entusiasmó la idea de que un buen día se presentara a la casa con un pájaro tan fino, que hubo ocasiones en que era yo quien lo azuzaba: Juancho, le decía, levántate temprano y vete a pajarear.

Y, lo que es la vida, se llegó ese día. Hubo fiesta en la casa. María, mi mujer, se metió a la cocina y preparó el arroz con coco y pasas más dulce y glorioso que he probado. Adalberto, Adalgisa, Pablito y yo, sacamos de los baúles, y nos pusimos, los vestidos reservados para la procesión del 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, y para las visitas del Concejal Romero. Los vecinos todos vinieron a encantarse con el plumaje de colores, el canto de trompeta, el porte de doctor y las poses de blanco del más hermoso turpial que jamás hubiera bajado del cielo. Por la noche, cuando ya en la casa sólo quedaba la familia, sacamos las cuentas de todo lo que íbamos a comprar cuando Juancho lo vendiera.

Al día siguiente, me levanté muy temprano a ver la jaula, ¿y qué vi?: la portezuela abierta , la jaula vacía, y del pájaro…. ni el rastro.

--Juancho, mijo, ven acá –lo llamé--: ¿y el pájaro?

Lo había dejado ir. Y tuvo el descaro de responderme:

--Lo solté, papá. Era un pájaro muy hermoso para pasárse la vida encerrado.

No te preocupes, papá. Y agarro otro.

¡Ay, Juancho, mijo: qué voy a hacer contigo!

 

 

                                     

LA  IMPORTANCIA  DE  LLAMARSE  “EL VORQUE”.

 

          “No, no, no, mire: le voy a decir porqué. Cuando voy por la calle, los corrillos de las esquinas me dicen –como si me echaran un piropo--: ‘El Vorqueta, alias Bedoya’. Mire cómo son las cosas de la gente: el alias lo han vuelto sobrenombre... y el sobrenombre me lo han vuelto nombre. Cuando la cosa debería ser al revés, ¿no es verdad?: ‘Bedoya, alias El Vorqueta’. Además que... siga fijándose: Hay unos que han ido todavía más lejos, porque ya no me dicen ‘alias’ sino ‘arias’... Todo eso, aparte de que me han achicado el nombre, de Vorqueta a Vorque. Así que la cosa, cuando paso frente a los corrillos de la Calle de la Cruz, queda así:  Bedoya, arias El Vorque. ¿Se fija? Ya el asunto se ha vuelto tan complicado, que el otro día fui a la tienda de los antioqueños de la plaza a comprar una libra de cerdo (porque, le digo: los antioqueños son los únicos que tienen matanza diaria de cerdo en San Sebastián)... y el antioqueño que vende ahí me fue saludando, ¿sabe cómo? Así, dizque ‘Buenos días, señor Arias’. Fíjese, pues, cómo se ha ido enredando el asunto de mi nombre. Y le aseguro: esto que le digo es apenas el comienzo”

 

            Su verdadero nombre, más allá de alias y remoquetes, es Hernán Bedoya Correa. Es uno de esos seres destinados al anonimato en cualquiera de los pequeños poblados de la Costa Atlántica colombiana. Hernán, más conocido en San Sebastián, corregimiento de Lorica, como El Vorqueta, sobrevivió a esa condena, gracias a lo que algunos llaman “La redención del articulado”. Explico la enrevesada expresión: todo aquel que en estos pueblos carga --por disposición de la gente-- el artículo definido El,  seguido del apodo, se redime del anonimato en el sobrenombre. Es decir, en San Sebastián sólo habrá un Vorqueta, y en la Costa Atlántica colombiana, en América y el mundo, ese Vorqueta será El Vorqueta; un ser único, inconfundible, idéntico, esencialmente él y sólo él. Tanto así, que al no concebirse sin su apodo, lo exige, y estimula su uso, como remedio para sentirse vivo.

 

            “Porque, ¿sabe qué?, a mí al principio me chocaba que me dijeran así. Hasta feo me sonaba. Porque no era Vorqueta que me decían, como ahora me llamo, sino que me llamaban como a los camiones areneros: El Volqueta, lo que en otros sitios llaman ‘camiones de volteo’. Mire, y le juro, tanto me chocaba, que una vez corretié por todo el pueblo a Juan, el electricista, a ese que llaman El Sinpensar, y al que mi compadre Tito Alegría bautizó como Frijolito, y al que otros llaman Caremosquito... bueno, a ese, lo corretié por todo San Sebastián porque un día me llamó así, Volqueta. . Pero, eso, claro, fue al principio. Con el tiempo, sabe, me di cuenta de que empezaba a gustarme el asunto y que me  estaba volviendo importante. Todo ese cambio empezó, cuando jugamos en la plaza un partido de soft-ball, en el que yo picheaba... y ganamos, 5 a 4. Yo salvé el partido, con tres ponches seguidos en el último inning. Todos corrieron a felicitarme y me cargaron en hombros, y desde las graderías me gritaban, ‘¡Bien, Vorque, bien, bien Vorque, bien!’ Ese día, con aquello de Vorque, me di cuenta de que la que gente me quería, y que me quería como Vorqueta. De ahí en adelante, casi correteo otra vez al Caremosquito y al maestro Mariano, el carpintero, porque en un velorio se atrevieron a llamarme Hernán. Claro, lo hice por fregar, para que me siguieran llamando Vorqueta. Oiga, pero ¿usted ya les contó a sus amigos por qué es que a mí me dicen El Vorque?”

 

No hay en San Sebastián quien no lo sepa. Por dos motivos: primero, porque la figura de Hernán es inconfundible, y está ligada a la razón de su sobrenombre y a la Historia misma del pueblo. Y Segundo, porque la anécdota que narra las razones por las que terminó llamándose así, es, por demás, hilarante y graciosa; además de que denota el estupendo sentido del humor existente en la comunidad que lo rebautizó. Y es que, en últimas, no se sabe quién ni a qué horas dictaminó, en la plaza o en una esquina, que Hernán Bedoya Correa se parecía a la volqueta de don Laudín Velazco; un vetusto automotor que se usaba para acarrear arena desde el río hasta el pueblo durante el día. Que quede muy claro: sólo durante el día, pues al automotor, como al Vorqueta, le fallaban las luces. Otro carro la había estrellado. Un Willys 52 de Lorica, de esos que hace muchos años vendía Sanchecé, le había dado un golpe en la farola izquierda, y la volqueta había quedado tuerta, cosa que a don Laudín, el propietario, y al chofer que la manejaba, poco les importó, pues al fin y al cabo el automotor sólo trabajaba durante el día. Igual que poco le importó a Hernán Bedoya, cuando niño, que su ojo derecho empezara a inclinarse hacia el estrabismo. “Nací así, con bizquera –pienso que él pensó, en uso de una lógica de la fatalidad-- ... nací y así y qué le vamos a hacer”. Como a aquella volqueta que muchos años después habría de regalarle un nuevo nombre, a Hernán empezó a achicharrársele un ojo; digamos que una farola, la izquierda, la misma de la volqueta de don Laudín, que jamás, como El Vorqueta de carne y hueso,  trabajó de noche.

 

 

            “Ajá, yo nací así, ¿verdad?, y... ¿entonces, qué? Nada. Pero vuelva a fijarse en cómo son las cosas: hasta me convino, porque el ojo picho me dio el nombre. Y ese nombre, créalo que no, me ha dado trabajo. ¿Qué porqué? Ajá, porque así es la gente. Con eso de que me llaman El Vorque, ajá, usted sabe, la gente se ríe cuando le cuentan el porqué, y entonces me llaman a mí para que les cuente la historia, y se mueren de la risa con el cuento, porque todos ellos conocieron al propio don Laudín, que en paz descanse, conocieron la volqueta que él trajo hace muchos años a San Sebastián, y recuerdan que la volqueta era tuerta, así como yo, y... bueno, todas esas cosas. ¿Y sabe qué? Hasta me entran a las casas los señores y las señoras, los dones y las doñas...  y ahí empiezan: que  Vorque, corre la meseta de esa planta para acá, así, así, así no, a lo contrario, con las hojas más bonitas para acá... que Vorque, hoy tampoco vino el agua, que vete al río a traerme unos cinco calambucos para que me riegues el resto de las matas... que Vorque, como me dijeron que tú tienes idea de albañilería, toma este billete, y ve y compra una media bolsa de cemento y unas dos latas de arena para que me arregles el murito de afuera, que ya está tan escarraspelado que hasta vergüenza da con la señora Candelaria, la vecina de la tienda, la mamá de Wilson y suegra de Katya...  que Vorque, ve con William adonde don Abelardo y que mande una docena de cervezas y que me las apunte a la cuenta, y si no pueden con ellas, díganle al Gallo, el chofer, el papá del Pollito, que les haga la carrera en su taxi-jeep, que Vorque, ve a ver si ya mi comadre Cocho terminó la olla de barro que me estaba haciendo... y así. Así me he conseguido muchos trabajos. Y, ¿sabe qué?, se corrió la bola también de que yo, cuando estoy trabajando, voy contando la historia de mi nombre con tanta gracia y tanta resignación que los hago reír. De modo que para mí, para remate, hay siempre un plato de comida, ese que aquí llaman El plato del forastero, que las cocineras siempre guardan encima de la alacena por si alguna visita se presenta sin avisar. Bueno...ese plato me lo dan a mí; y como también soy técnico comentarista de soft-ball, mientras trabajo voy contando todo lo que sucedió en los partidos de la plaza el domingo anterior. No crea, eso de que me digan El Vorque, y de que yo lo acepte sin ponerme bravo, me ha ayudado mucho en la vida, mejor dicho, ha sido todo para mí. Mi sobrenombre, como le digo, es todo, todito, sin él, créamelo, no podría vivir... ni comer. No, no se ría, que es la verdad”.

 

Tras la hilarante historia que de sí mismo cuenta Hernán Bedoya Correa hay, como la hay detrás de cada habitante del inmenso valle del río Sinú, una tragedia que parece no ser tal, debido al ánimo liviano y lúdico con que se enfrenta. Hernán es hijo único y vive con su madre enferma. No solamente lleva algunos pesos a la casa para aliviar la solemne pobreza del hogar de techo de palma seca y paredes de bahareque, sino que también alivia el hambre propia y la de su madre haciendo lo que usualmente sólo hacen las mujeres en esta tierra de machos redomados: lavar y cocinar. El Vorque, más allá del fácil alborozo de su verbo, afronta aquellas responsabilidades con alegría y estoicismo. Y pensar, dice a veces, que en las telenovelas hay gente que se queja por menos. Él, en cambio, ha hecho de cada tragedia una oportunidad. Es inevitable que pensemos en el jorobado de Nuestra Señora de París, o en Rigoletto, cuando escuchamos hablar al Vorqueta. Como, también, es inevitable que pensemos en que ambos, el de la obra literaria y el de la ópera, se quedan cortos ante este Vorque del Sinú colombiano, un personaje, igual que aquellos, de dimensión universal.

 

“Y, mire lo que es la vida: pensar que yo antes me ponía bravo porque me decían Vorqueta. Hasta que me di de cuenta de que cada cual se gana la vida a punta de algo. Yo me la gano a punta de ojo tuerto. La verdad es que a buena hora nací tuerto. ¡Lo mal que me habría ido en la vida adonde hubiera llegado a nacer normal! Sí, porque yo seré tuerto del ojo, pero de la mente soy... mire: más avispao que un parasco de abejas africanas; yo sí sé de la importancia de llamarse uno... El Vorque....           Aja, ya le conté todo, ¿no tiene por ahí un mandadito que mandar a hacer? O, si no le llegó visita hoy, y le sobra de casualidad el plato del forastero... yo me lo como, ante de que lo bote a la basura”

 

CUENTOS II