David Sánchez Juliao
DAVID SANCHEZ JULIAO
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OBRA ESCRITA


 

 

ENSAYO

Leído en el Encuentro Iberoamericano de Escritores, Bogotá.

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El amor en la cultura popular:

UN CIELO QUE CONDUCE AL INFIERNO

Hace unos años , grabé a un campesino de las riberas del río Amacuzac, en el Estado de Morelos en México, la breve narración de una leyenda: “Una mujer se encontraba en su rancho rodeada de sus hijitos cuando llegó el marido del campo trayéndole carne para que le preparara un caldito. El marido se tiró en la hamaca a esperar la comida. La mujer, entre cuidar los niños, encender la llama del fogón y alimentar a las gallinas, descuidó la carne, misma que se comieron los perros. (sic). Aterrada ante el asunto, la mujer decidió cocinar a los hijos y cuando el marido abandonó la hamaca, le sirvió el caldito de carne. Dejando a su marido a la mesa, la mujer salió hacia el pozo alegando que le faltaba agua. En cuanto el marido se alistó para llevarse la primera cucharada a la boca, el caldito empezó a gritar: ‘No me comas, papá’. El hombre, aterrado, se fue a buscar a la mujer y la encontró ahorcada en el pozo. Desde entonces, nadie ha sido capaz de sacar agua de allí, al punto de que la comunidad que se alimentaba de esas aguas, tuvo que emigrar a lejanas tierras”.

Una cuidadosa audición de esta leyenda arroja múltiples lecturas. Una de ellas, muy importante. La del extremo del amor en su más pura manifestación. En esa instancia de la relación amorosa –si así se puede llamar— ya no existe el amor sino el miedo. Ya en ese momento, aquello que una vez fue cielo y gloria se ha convertido en suplicio, en infierno. Seguramente, cuando ese hombre empuñó años atrás las armas de la conquista y abrió sus plumas como un pavo real, había piropeado a su mujer de esta manera: “Mamacita: si así es el infierno, que me lleve el diablo”.

Y, en efecto, se lo llevó el diablo; no sólo a él sino también a ella. Y a ambos los condujo al infierno. Para ninguno de los dos resultó extraño que aquello sucediera; era lo esperado. Ya la sabiduría materna se los había advertido. Años atrás, en la gloriosa etapa de los primeros acercamientos, ambas suegras habían sido permisivas: “Disfruten ahora de los gozosos –habían dicho--, que después la vida misma se encargará de traer sus dolorosos”. Así, no habría de resultar extraño que más adelante, cuando ya los hijos hubieran crecido, ellos dos –marido y mujer—se refirieran a esos tiempos de “primeras simpatías” con dos frases de uso común: “Cuando Etelvina y yo teníamos amores” o, “Cuando Isidoro y yo estábamos enamorados”.

Tanto en la música y los novelones de todo orden, como en la vida diaria y la tradición oral de América Latina, este suplicio del amor como una trampa que conduce al sufrimiento y como señuelo que condena a la condena, se nos presenta con altas dosis de legitimación. Todo parece conspirar, y de hecho conspira, contra los finales felices o las simples nociones de felicidad. En todo lo relacionado con el amor se halla siempre implícita la noción de culpa y de expiación, de penalidad y de talión. Es tan ilegítimo y espurio el amar y mucho más ilícita e inmerecida la dicha que el amar prodiga, que la enmienda y la reparación son de ley; son fundadas y evidentes, axiomáticas.

Nada de todo ello se recoge del suelo. Los preceptos de una instrucción judeo-cristiana, los estragos de una educación para la tristeza y el principio de la realización en el dolor, han condicionado el corazón de esta América mestiza que parece haberse cegado a las ambrosías del amor gratificante; de esta América que cuando habla de amor, habla de odio no como antítesis sino como complemento. Ello, tal vez, porque el que odia padece un sufrimiento similar al del horror ante la muerte. “Quizá –piensan algunos--, habría que hablar del amor y de la muerte como parte del mismo condimento, pues para ir al infierno, es preciso primero morir”. Eso sostiene un ama de casa mexicana, y agrega: “Como el mole, que sin chile y chocolate no es”.

Escuché decir un día a un guionista de telenovela: “En el amor de los protagónicos, el hombre debe ser verdugo; y la mujer, Santa Teresa de Jesús”. Es decir, el uno ha de ser distante, severo y cruel; y la otra, no ha de tener otra opción que sublimar el sufrir hasta los niveles de la dicha. El imaginario, la iconografía y las tradiciones populares constituyen la cartilla en donde esas lecturas se aprenden. Aunque hay otros mundos en donde, al parecer, el amor verdadero y  la felicidad son posibles. Pero esos altos mundos de las páginas sociales son inaccesibles y ajenos; y a propósito de ellos, el paso del tiempo axiomatiza el aforismo de que “Uno no se casa con quien quiere sino con quien puede”. Así, el amor popular, carga consigo otro condimento desastroso: el de la impotencia, que ningunea y desafirma, y que cumple el propósito para el que fue diseñado: para que sirva de herramienta de control y para que perpetúe el statu quo.

Pero hay, se dice, y ello sería la excepción que confirma la regla, un sólo amor verdadero: el amor de madre. Y se halla expresado en esta leyenda escuchada de labios, casualmente, de mi madre, cuando era niño en la región del Sinú colombiano: “Un hombre estaba tan enamorado, que le dijo a la mujer de sus sueños: ‘Pídeme que haga la más grande locura, que habré de hacerla por ti’. La mujer, que odiaba a la suegra, le dijo ‘Mata a tu madre, sácale el corazón y tráemelo en tus manos’. El hombre dio a su madre en la noche un vaso cargado con agua de pasiflora y cuando estuvo dormida, tomó el cuchillo de la cocina, le abrió el pecho y le sacó el corazón. Feliz de poder complacer a su amada, salió corriendo a buscarla con el corazón aún latiendo entre las manos. Pero en el camino tropezó con una piedra y cayó, rodando el corazón hasta unos metros adelante. Al intentar levantarse, el hombre oyó, saliendo del corazón,  la voz de la madre que decía, ‘¿Te hiciste daño, hijo mío?”. *                                     

 



 

JUVENTUD Y GLOBALIZACIÓN EN AMÉRICA LATINA

 

Discurso pronunciado por el escritor colombiano

DAVID SANCHEZ JULIAO, como keynote speaker,

en la 8ª. CONFERENCIA  DE LAS AMERICAS

celebrada en GRAND VALLEY STATE UNIVERSITY,

de Grand Rapids, Michigan, E.U., el 5 de febrero de 2004.

 

 

La inserción de América Latina en el proceso de globalización es inevitable, independientemente de que esta sea buena o mala. Inevitable como lo fueron la Conquista, el saqueo o la esclavitud. Pareciera que existe en nuestro subcontinente un aire de predestinación a la tragedia de la dependencia. Cabe, entonces, preguntarse: ¿alcanzaremos a ser libres e independientes algún día? De esta pregunta se desprende otra, no menos atrevida: ¿Qué hemos hecho para ser libres e independientes? Y de esta nueva pregunta se desprende una tercera: ¿Lo que hemos hecho, ha sido acaso hecho por el camino correcto?

Es triste ver en nuestras ciudades capitales –y Bogotá, en Colombia, es la más patética muestra de ello— cómo su desarrollo urbanístico es muestra del turnarse de los imperios en nuestro dominio. El centro histórico de casi todas nuestras ciudades, aquel en donde nacieron al ser fundadas por españoles y portugueses, responde a lineamientos arquitectónicos de corte colonial ibérico. Luego, hacia el punto cardinal de su desarrollo, la arquitectura es de tipo francés, más adelante inglés y finalmente norteamericano. Un paseo de sur a norte por Bogotá, o de norte a sur por Ciudad de México, corroborará lo dicho. ¿Y de allí hacia adelante qué sigue?, nos preguntamos colombianos y mexicanos acudiendo el manejo del cáustico humor que nos caracteriza; y, en tono de burla, respondemos: ‘De allí en adelante seguirán construcciones chinas de techos angulados y pequeños dragones tallados’. De nuevo, el humor como afirmación de la desventura y como reconocimiento de la predisposición  y el acondicionamiento para aceptar la fatalidad.

 No está desfasado, entonces, el prestigioso sociólogo Orlando Fals-Borda  cuando sostiene que ‘globalización’ no es otra cosa que el término actual para referirse a la continuada dominación de la que hemos sido víctimas por parte de las naciones europeas occidentales desde el siglo XVI. Sin embargo, para consuelo de muchos, agrega que, a juzgar por la suerte que han corrido los imperios hasta hoy conocidos, no hay mal que dure cien años... pues todos terminan derrumbándose tarde o temprano. ¿Debemos, entonces, esperar el derrumbe natural —el tsunami histórico— para ser libres? ¿No sucederá que, tras la esperada barrida de ese mar de la historia, nuevos imperios nacerán y sacarán provecho de nuestra predisposición a la dependencia? ¿Que podríamos hacer para fortalecernos de tal forma que ningún otro imperio de soles o de lunas nacientes o menguantes, o de estrellas o dragones, entre a dominarnos? La respuesta a tal pregunta es muy simple: debemos evitar que ello suceda. Tenemos la obligación histórica de no permitir que el fenómeno se repita. Pero, hablando concretamente de los tiempos presentes y del fenómeno que ahora nos acosa, ¿es esta presente demoníaca corriente de globalización... evitable? ¿Cómo deben las nuevas generaciones responder a ese reto de ‘derrotar’ la globalización, evitándola?

La respuesta tendría dos variantes, conectadas e interdependientes: la económica y la cultural.

El fracaso histórico de América Latina se debe en parte a la sospecha de que es posible un equitativo desarrollo económico divorciado de procesos de afirmación cultural y de orgullo de la pertenencia. Es preciso, al buscar las primeras luces en el entendimiento del problema, tener claro que América Latina no es una. En la enorme porción de tierra que la compone, conviven múltiples culturas y disímiles cosmovisiones. Sus sectores populares, los más deprimidos –oh, paradoja-- son los más afirmados culturalmente. Sus clases medias son amorfas, desafirmadas, avergonzadas de su pertenencia y alienadas en los ideales de la clase-media-universal. Sus oligarquías son depredadoras y desprovistas de sentido social.

Pero todas esas clases, bajas, medias y altas, han sido víctimas del ‘eurocentrismo’, el que, desde los albores de nuestra historia, nos ‘vendió’ la categoría mental de que Occidente era el centro del universo y de que su pensamiento era el único válido y legítimo. Esa categoría de legitimación del ‘eurocentrismo’ permitió los más execrables crímenes de la Historia: la esclavitud, la conquista, el colonialismo, el holocausto, y otros.

A ese respecto, Fals-Borda piensa que la globalización es evitable, si en los países subordinados como los nuestros “aplicamos políticas de desarrollo local (por esa razón llamadas de ‘glocalización’)”. Pero según él, esas políticas deben depender, necesariamente, de movilizaciones populares y buscar afirmarse en actividades culturales y en tradiciones que definan los perfiles propios de los pueblos. “Ya que nuestros gobiernos son eurocéntricos y genuflexos, como tantas veces se ha afirmado –sigue diciendo Fals--, no aprecian las riquezas naturales, humanas y culturales de nuestros entornos. Al eurocentrismo se le responde con el aprecio orgulloso por lo que somos y tenemos, y por lo que podemos llegar a ser. Lo contrario sería fomentar una subordinación injustificada que nos llevaría a una homogeneización inaceptable”.

Vale la pena, a esta altura de los raciocinios, preguntarse:, ¿acaso esa categoría de legitimación del ‘eurocentrismo’ contribuyó a permitir los execrables crímenes históricos ya mencionados --conquista, 'saqueo', esclavitud, colonialismo--, de modo que  ahora pudiéramos considerar la globalización como el umbral de un nuevo crimen que, en la acentuación de nuestros niveles de miseria y entrega, solo conduciría a los latinoamericanos a un estado de ‘modernización de la pobreza’ o a un ‘subdesarrollo globalizado’?

Fals-Borda opina que no cabe duda de que esos crímenes son “totalmente imputables a la llamada ‘civilización occidental y cristiana’, cuyos epígonos se han distinguido por la explotación, la exclusión y la guerra. La miseria y la pobreza se han multiplicado en el mundo desde hace seis siglos, bajo el manto protector de la cruz y la espada. Bajo el sofisma de las buenas intenciones otromundistas, fue en apariencia justo convertir la pólvora china en mosquetería y dinamita mortal, pero eso sin duda ha constituido un crimen impune de lesa humanidad” –concluye.

Pero no seamos pesimistas. Podría, no obstante, haber una salida. Aunque jamás hemos sido modernos, un buen entendimiento del término ‘posmodernismo’ podría conducirnos a una ‘sana anarquía’, en el sentido de considerar cada entidad o instancia cultural como la única y legítima, afirmándose en sí misma y exigiendo respeto al tiempo que respeta las otredades.

Esta ‘gran cruzada’ cultural tendería a reforzar los sentidos de identidad y pertenencia ya existentes en los amplios sectores populares al margen de la economía –mestizos, indios, afrodescendientes, pobres en general— y a renacerlos, si alguna vez los hubo, o a generarlos, en la clase media ‘educada’, poseedora de las destrezas y la información, y motor de la economía.

Sucede que siempre fuimos colonia, eternamente subordinados. Siempre se nos negó ser, pues siempre fuimos en función de otros: los dominadores. Y de tanto querer ellos que fuéramos como ellos y de tanto querer nosotros ser como ellos, terminando siendo dos cosas en una : una doble caricatura, la ajena y la nuestra propia. Bástenos con saber que en Colombia se organizan con frecuencia concursos para elegir a “La Audrey Hepburn colombiana” o “El    Schwarzenegger latinoamericano”. Recordemos al pensador colombiano William Ospina, cuando afirma: “La tarea más urgente de la humanidad en general es la tarea de reconocerse en el otro, la tarea de asumir la diferencia como una riqueza, la tarea de aprender a relacionarnos con los demás sin exigirles que se plieguen a lo que somos o que asuman nuestra verdad. Frente a los fascismos que hoy resurgen en tantos lugares del planeta se alza esta urgencia de hacer que en el mundo persista la diversidad de la que depende la vida misma. El triunfo de un solo modelo, de un solo camino, de una sola verdad, de una sola estética, de una sola lengua, es una amenaza tan grande como lo sería en el reino animal el triunfo de una sola especie o en el reino vegetal el triunfo de un solo árbol o de un solo helecho”.

Pero sea esta la oportunidad para rendir tributo a nuestro acerbo cultural, pronunciando uno de nuestros más dicientes refranes castellanos: “No hay mal que por bien no venga”. Ello, en el sentido de que “un punto interesante en este vertiginoso proceso de globalización es que el mismo nos está generando una conciencia de la diversidad latinoamericana –como lo afirma la escritora argentina Alex Ferrara--. Bien podríamos trabajar en la construcción de nuestra ‘Latinoamérica globalizada’ –dice la escritora-- para que así el mundo se entere de nuestras riqueza y diversidad, de la inmensa fuerza que significan tantos millones de hispanohablantes en el planeta, repartidos en un vastísimo territorio. No en vano Bush y Kerry, en la pasada contienda electoral de los Estados Unidos, empezaron a balbucear frases en nuestra lengua en busca del codiciado voto hispano. ¿Cuándo empezaremos a hacer valer esa fortuna cultural si no es ahora?”.

Lo que anota Alex Ferrara, mucho tiene que ver con la ‘sana anarquía’ de la que hablábamos, en el sentido de propender por la conciencia de la diversidad y por el orgullo de cada pertenencia, considerándola como única y legítima pero en franco respeto a las otredades. En ese sentido, el mismo ‘Benemérito de las Américas’, don Benito Juárez, podría considerarse anarquista al afirmar: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Ello, si tomamos como un derecho humano y fundamental aquel de sentirse único y universal desde esa unicidad.

“No hay que asustarse, sin embargo, ante el término ‘anarquismo’ –sostiene Fals-Borda--, pues este responde a una filosofía respetable y a una búsqueda alterna de organización sociopolítica, muy superior a las fórmulas conocidas burguesas, o las de ‘la Ilustración’. El anarquismo filosófico nació entre príncipes de ‘la Rusia Zarista’ que llegaron a apreciar a los campesinos siberianos autonómicos. No se trata, pues, de anarquía vista como desorden. En América Latina, debido a la baja densidad demográfica en mucho de su territorio, fue posible poblar muchos vastos territorios aprovechando las lejanías, los intersticios y las márgenes de las sociedades. Lo que dejaron intocado los hacendados, fue ocupado constructivamente por indígenas, negros cimarrones, campesinos antiseñoriales pobres y colonos raizales. Las autoridades europeizantes no podían ver a estos grupos sino como díscolos, porque rompían la rutina del poder formal y autoritario de los centros. Pero allí, en los centros, es en donde se ha cocinado y se siguen cocinando la violencia y las guerras, las ambiciones personales y la libido imperandi. De allí han salido las consignas de sangre y fuego que han hecho trizas a Colombia. Por eso, en cambio, creo que se refuerzan los sentidos de pertenencia e identidad en los sectores populares de base, y que los valores antiguos positivos, por la vida y la cooperación, pueden renacer con políticas adecuadas, en manos de gobernantes que tengan corazón y entrañas, y verdadero amor por sus pueblos”.

Volvamos William Ospina: “En esta defensa de la diversidad cabe la lucha por la existencia de muchas naciones distintas, con sus lenguas distintas, con sus culturas, con sus indumentarias, con sus dioses y, si se quiere, con sus prejuicios. Y así se ve mejor el peligro de las hegemonías y de los imperialismos. Cuando la guerra de los ‘boers’ en Sudáfrica, a comienzos de siglo, Chesterton se declaró partidario de los nacionalistas sudafricanos en nombre del nacionalismo inglés. Acusado de traición respondió: ‘Yo soy nacionalista. Ser nacionalista no es sólo querer a la propia nación sino aceptar que los demás tengan la suya. Ser imperialista, en cambio, es en nombre de la propia nación querer quitarle su nación a los otros’”.

América Latina no puede, pues, despegar hacia un equitativo desarrollo económico sin conocimiento y conciencia de su pasado, su Historia, su cultura –sus múltiples culturas--, su potencial como usuaria de una lengua hablada por casi 500 millones de personas y como poseedora de inmensos recursos naturales. Sólo ese convencimiento permitirá a nuestro Continente saber qué es y quién es en el contexto de las naciones del mundo; y sólo ello le permitirá saber para quién genera riquezas y en busca de qué.

Finalmente, digamos que la sana conciencia y una práctica mesurada de nuestra predisposición al disfrute de la existencia, podría permitirnos presentarnos ante el mundo como alternativa de felicidad en el marco, eso sí, de la aplicación de un modelo de desarrollo equitativo y propio. Un modelo no copiado de modelos conocidos, en el que la lengua común sea un factor de unión, respetando los dialectos indígenas vivos al igual que la cosmovisión que ellos encarnan.

Y ahora, la gran pregunta:

¿Cómo deben responder los jóvenes de hoy al reto que todo lo expuesto les plantea, y por donde tendrían que empezar?

La esperanza de una nueva América Latina, nacida de un cambio radical de sus actuales estructuras, depende de que sus nuevas generaciones se preparen para ser líderes y agentes de cambio. Líderes y agentes de cambio en lo social, lo cultural, lo económico y lo político, sin dejarse sobornar, comprar ni cooptar por los dueños del poder, como ha sido la costumbre en nuestros pueblos.

Es urgente que empiece a darse el relevo en las dirigencias del Continente, y que empecemos a expulsar por las vías democráticas a aquellos que han sido los culpables de nuestra pobreza, nuestra condena al sufrimiento, a la inequidad y al subdesarrollo. A aquellos que han sembrado y alimentado la violencia y las guerras. Y muy importante: debemos, en la nueva concepción de una América Latina justa, mirar hacia las alternativas, de todo orden, a que acudieron nuestros pueblos fundantes para resolver los problemas que el  vivir en este mundo les planteaba. Esos pueblos tienen mucho que enseñarnos, pues de no haber sido destruidos a sangre y fuego por la voracidad del conquistador, esta América Latina de hoy sería muy similar a la que sus buenos hijos aspiramos que sea.

Muchas gracias. 


 

 

LITERATURA Y TELEVISIÓN EN COLOMBIA

 

 (Leído en la Primera Cumbre Mundial de la Industria de la Telenovela organizada por TVMAS-Miami en abril de 2003)

 

Es un axioma decir que en Colombia, como en todo lugar, la literatura tiene más años que la televisión. Pero no lo es en cambio afirmar que en Colombia la literatura llegó a la televisión a través de la radio. Desde los inicios de la radiodifusión, hacia el primer tercio del siglo XX, la literatura ocupó un lugar de preeminencia en los espacios radiales en forma de lo que más tarde se llamó ‘radioteatro’; lo mismo que en algunas adaptaciones hechas para este medio de narraciones, cuentos y novelas de connotados autores. Importantes clásicos de nuestra literatura y de la literatura universal fueron llevados a la radio, no con poco éxito estético y de audiencia.

Cuando a principios de los cincuenta, la entonces RADIOTELEVISORA NACIONAL DE COLOMBIA hizo sus primeras transmisiones desde Bogotá, mucho del radioteatro se transportó a los espacios televisivos, y se inició por ende cierta relación entre literatura y televisión. La ‘literatura radiada’ había alcanzado ya ciertos grados de sofisticación. El país tenía por ese entonces más de treinta años de experiencia en la materia. De modo que lo que en un principio se  conoció como ‘teleteatro’ no fue más que una versión televisada de la experiencia radial. Se hacía, como acuña el argot, ‘radio en televisión’: largos parlamentos, abundancia de efectos sonoros, rigidez en la actuación, fingimiento de la voz y escenas interiores en sets de luces artificiales.

La televisión emprendió su desarrollo técnico ajustándose a las innovaciones del medio en la búsqueda de un lenguaje propio, nacional. Directores, técnicos y actores extranjeros se residenciaron en Colombia y empezaron a contribuir con su experiencia en esa búsqueda. También contribuyeron a ella los actores provenientes del mundo del teatro que decidieron transportar sus artes a la televisión. En la década del 70, la posibilidad de grabar en video y de repensar y corregir las escenas, abrió nuevas perspectivas al trabajo, lo mismo que la introducción de la grabación en exteriores. Hasta que muy a principios de los ochentas, la televisión en colores hizo su aparición, y los poderes económicos cayeron en cuenta de que la televisión (venta de entretenimiento y ‘cultura’) podría ser un buen negocio. Por ese entonces, el medio televisivo pertenecía al Estado, el que arrendaba espacios a las llamadas ‘empresas programadoras’, ejerciendo así la vigilancia pública cierto control sobre ellas.

Entretanto, la literatura había tomado camino aparte. Se asomaba a la madurez en su propio desarrollo, mirando con recelo a los escritores que, de alguna manera, se acercaban a los medios masivos de la radio y la televisión. En los veinte años comprendidos entre 1960 y 1980, escasas obras de autores nacionales vivos fueron adaptadas a la televisión. Había razones de peso para que este divorcio entre literatura y televisión se diera. Las producciones colombianas para televisión no habían logrado tocar el alma nacional, ni hallado una manera colombiana de comunicar lo que los escritores de forma muy colombiana expresaban. Hay que reconocer que en los veinte años mencionados, la literatura nacional ganó en madurez y en prestigio. Como también hay que reconocer como valerosa la decisión de los escritores de cuentos y novelas -- de ficción en general -- de no permitirse un asomo al país a través de una pantalla que no consideraban lista para expresarlos.

Las empresas programadoras, con la complicidad del Estado, habían venido patrocinando la transmisión de folletones extranjeros y de algunas obras de cierto calibre y altura, también producidas en el extranjero, que lograron alcanzar en sus países de origen una grande resonancia. Al transplantarlas a Colombia, y en vista del relativo éxito obtenido, ambos, Estado y  programadoras, pensaron que habían dado con la clave del éxito. Entonces sucedió lo esperado: en vez de importar más folletones y series de televisión, se dedicaron a producirlos en el país, pero al amparo de la mismo fórmula. Tampoco funcionó el experimento.

Mientras tanto, y muy tímidamente, algunas obras de autores nacionales que se habían distinguido por su aplomo y seriedad, fueron adaptadas para la televisión y llevadas a transmisión, casi como fenómeno alternativo y marginal. Obras como “La Vorágine”, “La María”, "La mala hora", "El bazar de los idiotas", "Cachaco, palomo y gato",  "La mala yerba", y otras de no menos importancia, empezaron a ocupar espacios, sin que las programadoras sospecharan que se estaban dando los primeros pasos hacia el encuentro tanto del lenguaje como del contenido y de la forma que habrían de permitir que el divorcio entre escritor y productor, entre literatura y televisión, terminara por fin en Colombia.

El éxito de este tipo de producciones fue total, sin precedentes. Había sido un fenómeno tan repentino y tan inesperado al tiempo, que no dio lugar para hallarle una pronta explicación. Mientras se meditaba sobre las razones y se discutían los porqués, las empresas programadoras emprendieron nuevas producciones: "Pero sigo siendo el rey", "Caballo Viejo", "El divino", “Gallito Ramírez”, "La casa de las dos palmas", “El cacique y la diosa”, “San Tropel”, “Calamar”, “Quieta, Margarita”, “Música, maestro”, continuaron arrojando asombrosos resultados en las encuestas de sintonía. Todas aquellas obras fueron adaptaciones de trabajos literarios -- algunos de ellos premiados nacional e internacionalmente -- al leguaje de la televisión; y casi todas ellas, obras basadas en historias nacionales, con características profundamente raizales. Una entre todas, sin embargo, se distinguía: ‘El divino’, de Alvarez Gardeazábal, cuyos libretos televisivos habían sido escritos por el mismo autor -- alguien que había sido únicamente escritor de literatura -- en medio de opiniones a favor y en contra. Con ello, no sólo se había puesto fin al divorcio entre literatura y televisión en Colombia, sino que se había consumado un matrimonio.

Lo demás es Historia, con mayúscula. Muy al principio del presente siglo XXI, y con el advenimiento de dos poderosos canales privados que alternan con la antigua fórmula de concesión de espacios en los tradicionales canales públicos, el fenómeno se consolidó. Fernando Gaitán, Juana Uribe, Miryam de Flórez, Julio Jiménez, Bernardo Romero, los Mauricios, Martha Bossio, Dago García, Luis Felipe Salamanca y otros muy talentosos libretistas –a quienes el país entero reconoce además como estupendos autores— catapultaron las producciones nacionales al amplio y productivo mercado internacional. “Café, con aroma de mujer”, “Yo soy Betty, la fea”, “Dios se lo pague”, “Alejo, la búsqueda del amor”, “Pedro el escamoso”, “María Madrugada”, “Paquita Gallegos”, “La potra zaina”, empezaron a tomarse el mundo entero, mientras continuaban jugando en lo doméstico un relevante papel en la carrera de la elevación de los niveles de autoestima, de  autovaloración del pueblo colombiano y –lo más importante—  cumpliendo una función de elemento pacificador.

 

*      *      *

 

Ahora bien, lo que se ha producido en Colombia en los últimos años, con fundamento en obras literarias, no merece, en concepto de muchos, ser llamado ‘telenovela’. Este término, equivalente al ‘soap-opera’ norteamericano, y con cierta carga peyorativa en uno y otro idioma, posee características que de ninguna forma encajan en las aludidas producciones nacionales. Baste con mencionar una de sus fundamentales peculiaridades: la presencia del humor, cosa que el público televidente demanda con mayor vehemencia cada día.

Estas producciones nacionales, como también se ha afirmado con frecuencia, pertenecen a un nuevo género, aun por definir, por nombrar, y al que alguien se ha atrevido a llamar, simplemente, ‘series de televisión’; aunque este nombre no exprese la riqueza del fenómeno, pues en verdad goza de rasgos dignos de un más detenido análisis.

Es la razón por la que en esta intervención he querido apenas puntualizar algunos aspectos del fenómeno, sobre todo aquellos que atañen en forma directa a sus repercusiones internas. Como aquel de la respuesta que nuestro país ha dado a estas creaciones de indiscutible corte universal pero que exaltan la regionalidad. Si tomamos cuatro de las producciones de más éxito en los últimos años, veremos que cada una de ellas ha sido realizada con base en obras de literatura escritas por autores oriundos de cuatro regiones diferentes, y que se han distinguido por exaltar en sus trabajos muchos aspectos de su propia entidad cultural. Me refiero a las obras, "El Divino", del vallecaucano Gustavo Alvarez Gardeazábal, dirigida por Keppa Amuchastegui; "La casa de las dos palmas", del antioqueño Manuel Mejía Vallejo, dirigida por el mismo Amuchastegui; "Gallito Ramírez", del caribe  David Sánchez Juliao, dirigida por Julio Cesar Luna; y “Café, con aroma de mujer”, del bogotano Fernando Gaitán, dirigida por Pepe Sánchez.

No obstante que las cuatro obras mencionadas contaban con argumentos ‘regionales’, y que su producción para televisión respetó esa ‘regionalidad’ en sus detalles -- incluido el acento de los personajes --, el éxito de las obras, según lo demostraron las encuestas de sintonía, tuvo características nacionales. Ello significa, desde luego, que hay un asunto de nacionalidad envuelto en esta aparente regionalidad de las producciones. Ha sido curioso el hecho registrado: que muchos colombianos se hayan sentido más colombianos a través de la exaltación de los valores culturales de una región que no es la suya propia. En este sentido, este tipo de realizaciones ha cumplido también un papel unificador, pacificador, integrador, en un país con conocidas altas dosis de violencia -- incluso en la televisión. Vale, pues, la pena anotar que en este caso la imaginación ha sido un buen arma en el intento de exterminio de la barbarie. Y ello es importante, pues una de las más peligrosas violencias que el país ha ido incubando en los últimos años, y que subyace peligrosamente en el alma del colombiano, es la violencia regional, la discriminación por áreas geográficas. Si observamos con detenimiento el fenómeno de estas obras de creación literaria llevadas a la televisión, veremos entonces que ellas han logrado aliviar esas tensiones, y han propendido por un mejor entendimiento entre las disímiles áreas de un país al que alguien ha llamado "un ajedrez de regiones naturales", entre las cuales, hasta hace pocos años y por causa de la complicada geografía nacional, el más expedito medio de comunicación era el avión. Igual papel integrador ha empezado a cumplir la llamada telenovela en el entero Continente Americano, en el proceso de intercambio de producciones entre Colombia, México, Venezuela, Argentina, Perú, Ecuador, Puerto Rico y Brasil. Ello, sin duda, daría pie para una próxima intervención en torno al tema. Pero en lo que a Colombia se refiere, todo lo expuesto ha sido posible, en gran medida, gracias a que ha habido imaginación detrás de las cámaras; a que ha habido como fundamento e inicio de todo... un escritor.

(Miami Beach, abril de 2003)


 

ORAL TRADITION, WRITTEN WORD AND COMMUNICATION SYSTEMS IN COLOMBIAN LITERATURE

By Colombian writer  David  Sánchez  Juliao

 

(Speech given at Western Michigan University, Kalamazoo, Oct. 3. 2002)

It is a great honor for this Colombian author to have been invited to deliver this speech at Western Michigan University, Kalamazoo, we have entitled “Oral tradition, written word and communication systems in Colombian literature”. I wish to thank professor John Benson and Seidy Benson, as well as the College of Arts and Sciences and the Departments of English and Foreign Languages and Literatures for making possible this kind encounter with you all.

         At the very outset of my intervention let me begin by saying that America, which of course consists of the North as well as the South of the so called The Americas, is a new Continent. And as such, it has to some extent served as a “guinea pig” for many things. As you well know, in this year 2002, we are getting ready to complete 510 years of existence as a mestizo continent. To this Continent, the written word –in the way we understand it today--arrived at the dawn of October 12, 1492, when Christopher Columbus wrote in his logbook: “...an today, with the first rays of light, we saw land”.

         Please note, dear friends, what a great privilege for the Latin Americans, and particularly for the Spanish speaking people of that sub-Continent: to be able to point out the actual sentence, a concrete day and the exact hour in which our written literature marks its beginning. Isn’t that a glorious thing?

         I was born a few miles from the place where Columbus wrote this sentence. Now, five hundred and ten years after such a thing occurred, this author comes here after having spent three years in India as the ambassador of his country in that nation. I found it a great coincidence, because when Columbus wrote that sentence (I insist: the first one ever conceived in our written literature, he was convinced that he had found India.

         But what was there... in that land, in the Caribbean and the rest of de Latin American sub-Continent, before the arrival of the Conquistadores and before Columbus inaugurated the written literature? The answer is simple: there was the word, the gesture, the intonation; and there were the spoken silence, and no alphabets... but only some codices and some ideogrammes.  This does not imply that American “Indians” were barbarians. On the contrary. It is axiomatic to say the Mayans were already handling the concept of zero, which at their time was not even known to the Romans. It is axiomatic. And although the Aztecs never got to conceive the wheel as a tool to built the Pyramides, the use of this element was more than common in toys for children. History is always surprising and paradoxical.   

         But paradoxical or not, everything in America (from north to south) looked as if destroyed by the Conqueror, by the invader. Even the “Indian” heritage of oral tradition. The Invader wanted to destroy temples, cultures, modes of life and thought, cities, and what was more painful: he wanted to destroy the word, and even the silence. But he couldn’t complete his mission. Temples are where they were, and the pyramids of Mexico still exist, the sacred gold remains in The Golden Museum of Bogota, stones remain erected and threatening in Machchu Pichu, Copan, Pachacamac.  And there lies intact the word, now in a different language: Spanish, but with Indian and black soul. And there rests the silence: that of the mother tongues, both, Indian and African, because the slaves captured and brought from Africa also apported the silence to the construction of our language. Their case is as painful as that of the original inhabitant of our Continent: they were mixed up like cattle once they were forced to come, so that they could not understand each other, so that not even two of them could use their original language to communicate. Thus, in order to communicate among themselves, they had necessarily to learn the master’s language and reduce their own tongues to silence.

         Now, 510 year later, we are in the Spanish speaking Latin America another thing: a mestizo (mixbreed) nation, owner of one language but also owner of several painful silences. We speak an alien language which is now our own. The orality subsists but also subsists the silences One can feel how they are right there. Because, as the American Indians refused to surrender his soul, and as they were condemned to illiteracy by the always present social inequity, the practice of his oral tradition became synonymous with his rebellion, with the reaffirmation of self-identity, and with the resurrection of his past in the form of myths, stories, tales and legends. I wonder what role did such aim of rebellion played in the freedom struggles against Spain, and what all that meant in the battlefields of the sixties and the seventies... and in some of the revindicating  struggles of today... with exceptions of course.

         From the inception of Independence, Latin America, in terms of communication of its thought, is divided into two worlds: the world of the word spoken by the common folks, those condemned to illiteracy I mentioned before, and the world of the word written by the so called enlightened of the ruling class, amongst who there are many exceptions: writers, social workers and scientists who ad made an option for expressing the history and the suffering of the common people.  Since then, two languages were formed: one spoken and the other written. One that is tributary of the academies both of Spain and the respective countries and the other that feels free to fulfill the vacums of the official language with terms, phrases and words of their own invention that matches to reality better than those imported and imposed by those academies.   

         In the process of the formation of Latin American nationality, and with the passing of the years until today, the elites became more enlightened (in our own universities or in the United States or Europe) and the common people continued communicating in the oral form, keeping alive the tradition... and transmitting it further on.

         After the first half of the present century, around 1960, the intellectuals of Latin American, those who had made their option, decided for obvious reasons to look back carefully at their history and re-evaluate their identity as Latin Americans. Amongst all the traditions that we all wanted to recuperate and re-evaluate in order to understand ourselves better, the oral tradition occupied one of the most important places.

We were always conscious that the written literary genres to which we had access were alien to us, despite the use we had so far made of them: the fable, the poetry, the novel, short the story, etc. From the folds of this awareness was born what we consider the first genuinely Latin American genre that allowed us to recuperate all the rebellious element embeded in the orality of the Amerindian and of all those compatriots condemned to not have a second opportunity of earth. This genre was named as “Testimonio”. These “testimonies” were stories based on actual facts, which showed the real face of Latin America: its conflicts, its frustrations, its dreams; in short its history. Even an international prize was instituted in one of our countries to honor the genre. I am talking about the  CASA DE LAS AMERICAS AWARD FOR TESTIMONIES which is still actively inforced.

         In this written genre of the testimony, the retrieval of the oral tradition, of orality, is one of the fundamental ingredient. The genre is fully devoted to retrieving orality, in of course a written form, to highlight its value, its dimensions, and its dissemination.

         Hoever, in our literature, there are spaces where this testimonial orality is interwoven and juxtaposed with the traditional genre of the novel. This is quite evident as you all surely know in “Pedro Paramo” by Juan Rulfo, in “The kingdom of this world” by Alejo Carpentier, as wall as in “ “One hundred years of solitude” by  Garcia Marquez, in “Huasipungo” by Jorge Icaza, in  many works by Ernesto Cardenal, Miguel Angel Asturias, Arguedas, Zapata Olivella and many other renowned authors. 

         But in this attempt for retrieval and revaluation of orality, what happens to the intonation, to the voice patterns, the accents, the natural flavors of speech?

         Latin American writers, anthropologists, sociologists, social scientists of today have attempted to answer to this problem by taking advantage of technological advances of Humanity. This is how I myself started since 1973 writing narratives in an attempt to retrieve the oral heritage of the Continent. These are histories specifically meant to be recorded on cassettes and Long Playing records, at that time, and later on in CD’s, in such a way that the “essence” of the oral finds expression as authentically as possible.

The intention was not that known as the audio recording of texts written to be read. That had already been done. I want to be clear: these were texts conceived from the very beginning of its process to be recorded in the voice of its author so that he could have listeners instead of readers. Therefore, it extension was not measured in pages but in time and more important: in waves of humor or suspense.

         Success was immediate... and surprising. Even I myself, the ‘guilty’, was surprised. I did not hope that from the first to the last production we reached a category the record companies use to call in Spanish “Ventas millonarias”, what is to say “Millionaire selling”. And it clearly means that many copies of my albums, cassettes and CD´s were sold out, that I got very little money and that companies got millions of pesos.  Record companies in Latin America are a little more corrupted than governments, so it will give you an idea. However, this fact did not frustrated me: I was not interested in money but in the success of the experiment... which has achieved such a level of popularity that even the most prestigious universities of The United States invite me very often that talk about this experiment in popular literature before the most enlighten scholars and the more intelligent students. Do you see how paradoxical History is?

One of the most remarkable paradoxes of the experiment has been that, in terms of selling and diffusion, this type of ‘cassette literature’ has started to compete with the most successful pop artists. Many of them singing stars of the ‘vallenato’, a Colombian three-ethnical rhythm whose most representative singer, Carlos Vives, has recently been awarded a Grammy Prize. And yet more paradoxical is the fact that, when professor John Benson was to buy in Bogota the CD´s containing this stories for his courses in Western Michigan University, he had to go to “one of those places where they sell vallenatos” and not to the secular book store... where they are, of course, also sold.

         To elaborate these stories I have used a method called “Critical retrieval and systematic devolution of historical knowledge acquired by grass roots”. Professor and renowned sociologist Orlando Fals Borda has designed this methodology. Is consists in a recovering of reality under the scope of a critical lens, to elaborate it and to take it back to the grass roots so that they can re appropriate their own experiences at a new level of understanding. This practice would allow them se see the trees and the forest jointly

One of these stories, cruel, heartless, exempt of humor, but deeply realistic and written in a language of popular domain, is entitled. “Why do you take me to the hospital en canoe, father?”. This is, briefly, the plot: a son has been wounded by the Police while attempting to take possession of a landlord’s piece of land. The father decides to take to his son to the hospital in a canoe instead of in an ambulance. The father obviously wants to descend with his son in front of the port’s marketplace, in the most crowded hour of the maketday, and “kill two birds with one stone” as he says: to allectionate his son and to let people know what the Police has done to the kid. It is more than clear the father does not agree with what his son has done, but does not agree either with what the Police has done to him. So he wants to punish both, Police and boy, by taking his son from the marketplace to the plaza, and afterwards to the studios of the local radio station (so the fact can be broadcast as the breaking news) and later on to the Mayor’s office to complain before de first authority and finally, at last, to the hospital.

          The story pretends to be, at least that was the author’s wish, a metaphor related to land tenure reality in Latin America and specially in Colombia. . It is obvious, of course, that to insert oneself in such an activity in today’s Colombia may result a little dangerous for your ‘health’. If things are not managed correctly, the author can be taken to the grave in a canoe, father. 

 

 


 

Comunicado:

 

DAVID  SANCHEZ JULIAO  EN  SEIS  UNIVERSIDADES NORTEAMERICANAS

 

El escritor colombiano David Sánchez Juliao adelantará durante los meses de octubre y noviembre de 2002 una gira por varias ciudades de Estados Unidos y Canadá, en cuyas universidades ha sido invitado a dictar conferencias y a asistir a los actos de lanzamiento de su última obra, "Geografía Animal", editada por Panamericana y de reediciones en inglés de sus  obras anteriores.

Las universidades visitadas por el escritor serán: West Michigan University en Kalamazoo, Trent University en Toronto, Canadá; The University of California en San Marcos, The University of California en Los Angeles, Florida International University y The University of Miami. De otro lado, en las ciudades de Los Angeles y Miami, firmará libros en la ceremonia de encuentro con sus lectores en las librerías Barnes & Noble y Books and Books. Por su parte, Caracol-Miami y el Canal 17 WRLN de televisión han preparado extensas entrevistas con el escritor sobre su visión acerca de la realidad colombiana y sobre su obra en general.

Entre las intervenciones de Sánchez Juliao en Estados Unidos y Canadá, cabe destacar dos: la que hará en el foro de la Universidad de West Michigan, que se titula "Tradición oral y palabra escrita en la literatura colombiana", y la que hará en la Universidad de California-San Marcos, titulada: "Recuperación de patrimonio oral del Caribe colombiano", conferencia que se referirá al experimento recientemente adelantado por el escritor en Montería, con el apoyo de la Secretaría de Cultura de Córdoba, y que consiste en un intento de recuperación de las aparentemente intrascendentes conversaciones sostenidas en esa región del país por sus habitantes a la hora de la puesta del sol en las terrazas o las salas de estar de las casas, en las que --según el escritor-- "palpita la afirmación de nuestros más importantes rasgos culturales y se afianza la casi perdida identidad de estos pueblos". Es en estas dos universidades en donde destacados analistas de la obra del escritor, el profesor John Benson y el profesor Michael Croghan condecorarán a Sánchez Juliao a nombre de sus instituciones: West Michigan University y The University of California-San Marcos.

Sánchez Juliao estará de vuelta en Colombia hacia fines de noviembre para el lanzamiento de su nueva obra: "Sobrevuelo: memoria de un viajero que quiso ser alcatraz", la que contiene sus anotaciones de viaje por los cinco continentes, resultado de sus experiencias como escritor y diplomático.

 

 


 

“LAS BANANERAS”: FUENTES LITERARIAS DE UN MEMORABLE HECHO HISTÓRICO

                                                                   

 

El libro de Vicente Stamato, “Jorge Eliécer Gaitán: sus primeros grandes triunfos y la masacre de las bananeras”, entra con claridad desde el título a cumplir el papel que su propio contenido designa. Titular –ya sea un simple artículo de prensa o una extensa obra— no es algo fácil; todos los sabemos. El título ha de ser siempre el resumen, o la metáfora, de todo cuanto en uno u otro caso el autor quiere expresar. ¿Cómo lograr tal cosa en el restringido espacio del encabezado de una nota o la carátula de un libro?

         Me permito hacer tal consideración, puesto que a partir del título Vicente Stamato nos habla de un personaje al que sitúa en una época determinada, en una etapa concreta de su vida y en el contexto de uno de los hechos más vergonzosos del acontecer latinoamericano. En este sentido (en estos sentidos), el libro de Stamato llega al lector desde la carátula con sabor reivindicativo y con un reconfortante hálito de recuperación histórica; por tanto, de cumplimiento del deber.

         Juzgados desde un punto de vista metafísico, si se quiere, los personajes de la talla y la dimensión humana de Jorge Eliécer Gaitán parecieran ser enviados a este mundo de forma extemporánea; valga decir, como destacamento de avanzada y como puntal de desarrollo humano, muy adelante del tiempo que les habría correspondido vivir. Ello cumple sin duda una función en el complejo proceso de la actitud y el pensamiento de las sociedades. Esa función es la de jalonar y la de ayudarnos a crecer en la comprensión de una vida y el dimensionamiento de una obra.

         Muchas veces, como claramente sucede en el caso de Gaitán, la germinación del fenómeno humano y social de avanzada se da en circunstancias de adversidad y de desastre; de un nefasto y recalcitrante oscurantismo que lleva al orden amenazado a cegar la vida del personaje, logrando así que la labor propuesta no alcance a tocar su culminación.

         En tales casos, no por cegar una vida, logra detenerse la ebullición del pensamiento y la actitud en proceso. Jamás, mientras “tengan tiempo de llegar los historiadores”. Y en el caso concreto de la obra que nos convoca, esta sobre la tristemente célebre matanza de las bananeras en el norte de Colombia, no solo los historiadores tuvieron tiempo de llegar, de husmear, de analizar y de escribir, sino que –curiosamente, y como era de esperar— ese tiempo fue también el de los científicos sociales, los ensayistas y los narradores de ficción. Cultores de la literatura que, en esta desconcertante Latinoamérica, se han empeñado en enseñarnos –y lo han logrado— que en el continente mágico y mestizo, de tan cruda, violenta y descanada, la realidad supera con creces la imaginación.

         En tal sentido, y porque apenas alcanzamos a creer todo lo que en él se nos dice y certifica, el libro de Stamato –de no ser por el severo rigor histórico, documental y testimonial de que goza— podría tomarse como el más imaginativo ejemplo de las obras de ficción sobre el triste caso de las bananeras de Colombia en diciembre de 1928.

         Hay, pues, en esta América insólita, un punto en el que la imaginación coincide con lo en verdad acontecido. Resulta entonces fácil entender qué motivó al estudioso Eduardo Posada Carbó a acuñar el aforismo de “la novela como fuente de la Historia”. Sentencia que tuvo nacimiento, curiosamente, en un artículo que el tratadista escribiera sobre la tragedia de las bananeras.

         En un país sumido en las represiones, los temores y las interdicciones que caracterizaron a la Colombia de la primera mitad del siglo XX, sencillo resulta también entender por qué muchos intelectuales prefirieron la ficción al análisis, el desafuero de la imaginación al peligro del compromiso. Es justo, sin embargo, reconocer que algunos ensayistas y científicos sociales –como hemos anotado— abordaron el tema con la misma ausencia de recelos y el mismo valor con que Gaitán lo asumió desde su curul del Congreso en el debate que es materia sustancial de este libro. Pero podría decirse que primó la imaginación en el abordaje del tema; o, al menos, trascendió de manera más acerba y pertinente. Llegó a las masas, valdría la pena decir, de manera más sentida, desprovisto de la frialdad del texto analítico o estadístico pero revestido de la emoción y del dolor que el horrendo hecho reclamaba.

         En este sentido, son dos los ejemplos más relevantes y conocidos: “La casa grande” de Álvaro Cepeda Samudio y “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Ambas novelas provienen de autores nacidos y criados en el área y vástagos de familias de largo asentamiento en el departamento del Magdalena. Familias, muchos de cuyos miembros, seguramente, fueron víctimas o al menos testigos de la cruel matanza y de los violentos ribetes de los cuales la propia noche nefasta estuvo revestida. Los dos escritores pertenecen a una porción de la entidad caribe en donde la tradición oral goza de un cariz y una fuerza especiales, y de una presencia en cada acto de la vida cotidiana. De esa tradición han debido nutrirse, desde niños, aquellas fervientes imaginaciones y aquellos inquietos espíritus creativos. No solo los sentimientos transmitidos por los narradores de las historias (padres, tíos, abuelos y bisabuelos) han debido aflorar en las obras mencionadas con todo dolor y resentimiento, sino que los datos (estadísticos, si se quiere) acopiados por los inquietos infantes debieron rayar con toda seguridad en la agudeza y la fidelidad. ¿Quién podría afirmar entonces que, más tarde y cuando maduros, ambos cultores de la literatura universal no estuvieran haciendo Historia?

         Incluso para mitos ha dado lo arriba anotado. Son muchas las historias, ciertas o no, que se cuentan en torno a cómo el abuelo coronel de García Márquez no solo llevaba a los nietos a conocer el hielo en las ferias de gitanos, sino sobre cómo se sentaba frente a los suyos en el corredor de las begonias a narrar  los detalles de la horrenda matanza cuyos estragos repercutieron en la Aracataca de entonces. Poblado invadido por gringos que habitaban casas de estirpe lejana, rodeadas de verdes jardines tropicales y resguardadas por gruesas mayas metálicas que impedían a sus espacios el acceso de nativos malolientes y andrajosos.

En el caso de Cepeda Samudio, son también muchas las historias que se tejen sobre el niño cuya familia habitaba el caserón señorial que lindaba con el Hotel Tobiexi, tomado en esos días por el Ejército para alojamiento de las tropas. Álvaro Cepeda, se dice, de pocos años por aquel entonces, se subía en compañía de sus amigos a la pared que separada los jardines traseros de su casa del patio del hotel, y desde allí a observaba complacido el ejercicio de las tropas y el ensayo de la banda de guerra que el general al mando habían traído de lejos. En tal caso, es más que evidente el desfase cronológico, ya que Cepeda Samudio había nacido en 1926 y tendría que haber trepado el muro sin aún haber gozado del uso de razón.  Pero, pese a ello, han debido ser los familiares los que aquella cosa hicieran para luego basarse en el hecho y así poder justificar la presencia de los soldados en la obra del pariente. La presencia de los soldados y la virulencia de sus acciones. 

         Vale la pena contar, a esta altura de la nota, lo que el maestro Lucho Bermúdez cierto día me contara en su casa de Bogotá a propósito de aquella escena del niño de pocos años sobre el muro divisorio. Lucho Bermúdez había nacido en la por él inmortalizada población de El Carmen de Bolívar, y luego llevado a Cartagena a trabajar como clarinetista de una banda música (de la Policía o el Ejército, bien no recuerdo). Tenía entonces el precoz maestro apenas 15 años de edad. Esa banda, con el joven clarinetista entre el elenco, fue llevaba por el general Cortés Vargas a Barranquilla y luego a la población de Ciénaga (Magdalena), cuando recibió la orden del ministro Renjifo de partir a reprimir a los amotinados trabajadores de las bananeras. El maestro Bermúdez me contó que bien participó en las maniobras de aquel patio del hotel que lindaba con el caserón de los Cepeda y de los ejercicios y ensayos del Ejército en las calles, pero jamás de la matanza; sitio que ni siquiera conoció. “No hubo banda esa noche en la estación”, recuerdo que sentenció el maestro con un gesto de alivio pero también de dolor.

         Estos no son, sin embargo, los únicos ejemplos de literatura “como fuente de la historia” en el tema que nos atañe. El historiador y dramaturgo Carlos José Reyes, por ejemplo, escribió la pieza teatral “Soldados” con base en ciertos capítulos de una de las obras mencionadas, “La casa grande” de Cepeda Samudio; pieza que fue estrenada en 1966 en “La Casa de la Cultura”, posteriormente conocida como “Teatro La Candelaria”. En 1971, otro dramaturgo, Jaime Barbín, montó y dirigió “Bananeras” con el Teatro Acción de Bogotá; y más tarde, en 1974, el insigne maestro Enrique Buenaventura, director del Teatro Experimental de Cali, nos sorprendió con el montaje de “La Denuncia” sobre idéntico tema. En l978, el Teatro Libre de Bogotá realizó con gran éxito la puesta en escena de “El Sol Subterráneo”, también en torno al suceso de las bananeras,  escrita por el connotado autor Jairo Aníbal Niño. Todas estas obras --recalca Carlos José Reyes en un ensayo sobre el teatro en Colombia-- “enfocan el tema desde la sensibilidad y estilo de cada autor, con cierto lirismo en unos casos y una mayor objetividad documental en otros”.

         Por otro lado, en la obra del escritor samario Ramón Illán Bacca los sucesos relacionados con las bananeras rondan como un fantasma, ya sea en el texto mismo o en el entrelineado. En la amplia producción de este estupendo narrador caribe –cargada de historia, de fino humor y de ironía— el dolor por lo acaecido en aquel 6 de diciembre de 1928 se percibe como inmanencia pero también como ocasión para el ejercicio de un rasgo particular en el modo de ser en las gentes de esa tierra: el de la carnavalización de la tragedia. Ello se advierte de forma especial en dos de las obras de Illán Bacca, cuyos títulos son siempre una suerte de obertura –o de hors d’oeuvre— tanto de forma como del contenido: “¡Si no fuera por la Zona, ay caramba!” y “Maracas en la ópera”. En un ensayo sobre la obra de Illán Bacca, el escritor Guillermo Tedio anota al respecto: “En Maracas en la ópera y quizás en toda la escritura de RIB, la Historia deja de tener el carácter mítico y a veces patético que se siente en escritores consagrados como García Márquez, en cuya narrativa, por ejemplo, el hecho de la Masacre de las Bananeras aparece transfigurado en mito trágico. Recomponiendo aquella famosa frase marxista de la década de los años sesenta, diríamos que Ramón Bacca, en su narrativa, escribe como comedia lo que la Historia ha oficializado como tragedia”.

         Es mucha, pues, la tinta que los escritores de ficción (incluidos los dramaturgos) han destinado al tratado de la muy dolorosa Matanza de las Bananeras –con mayúsculas, al escribir de Guillermo Tedio--; como es mucha, también, la que han utilizado en función del tema los analistas, documentalistas y científicos sociales. Lo que aquí hemos querido hacer es presentar apenas una muestra del interés que, desde cuando el país cobró conciencia de las dimensiones de la tragedia, el hecho suscitó entre los creadores de ficción; quienes, tal vez sin sospecharlo, entraron a jugar el papel de “historiadores”, ateniéndonos para la emisión de tal juicio al mencionado apotegma de Posada Carbó: “la novela como fuente de la Historia”. Tomaríamos el término novela, desde luego, en el más amplio de sus sentidos.

 

*          *          *

 

         Es claro que con la obra de Vicente Stamato –al menos en lo atinente a los años comprendidos entre el nacimiento de Gaitán y el inicio del sonado debate que el joven parlamentario adelantara sobre el triste suceso en cuestión-- los historiadores tuvieron tiempo de llegar. La obra nos ubica con sorprendente claridad histórica en la Colombia y la Bogotá de principios del siglo XX. Y lo hace de manera sosegada, adentrándonos con toda calma en el ambiente de aquel país convulsionado y de aquella ciudad de puertas cerradas, hermética,  huraña y que daba la espalda a toda posibilidad de movilidad social. En ella, y en tales circunstancias de discriminación y menosprecio, el nervio álgido e insolente del joven Gaitán logra imponerse gracias a su inquebrantable disciplina y a su inteligencia superior. Luego de una meteórica carrera política, iniciada desde tiempos de sus estudios secundarios, el indómito y novel penalista –tras su viaje de especialización a Roma— ve en los sucesos de las bananeras del Magdalena una doble oportunidad. Por un lado, la de hacer pública su fe en la justicia; y por otro, la de desenmascarar los oprobios del gobierno de Abadía y de su enviado de horror a la Zona Bananera, el temible general Cortés Vargas.

         Rayaba apenas Gaitán los treinta años y había sido elegido Representante a Cámara, pero aun no había tomado posesión de su curul. Impulsado por las sospechas de que gobierno y Establecimiento pretendían tender sobre los sangrientos sucesos del Magdalena en velo de   tolerancia y paliación –pese a las valerosas denuncia de la prensa independiente--, el recién electo penalista decidió viajar al lugar de los hechos en procura de las pruebas que le permitieran inaugurar su legislatura con el que habría de convertirse en el más sonado debate de aquellos tiempos.

         Tras una ardua tarea investigativa de semanas –que incluyó la recolección de múltiples testimonios verbales y de valiosos documentos escritos--, Gaitán, ausente de la gran sesión inaugural del Congreso el 20 de julio de 1929, se presenta dos meses después armado de pruebas y, en medio de la gran expectación nacional, da inicio al debate. Un debate en el que deja sentada la ineptitud del gobierno para el manejo de la situación, la crueldad con que el general Cortés Vargas había procedido ante las circunstancias, y la connivencia en la zona de gobierno, ejército y terratenientes con la compañía multinacional a cuyo cargo estaba la explotación del banano en la región.

         En esta segunda parte, el libro de Vicente Stamato es casi tan abundante en pruebas como lo fue el propio debate adelantado por Gaitán. Afirmar tal cosa es posible, ya que, luego de haber dedicado la mitad de la obra a los inicios de la vida pública de Gaitán y a su inserción en la cruda realidad nacional de esos años, Stamato destina la restante mitad a transcribir en gran medida las intervenciones del líder liberal. Transcripciones que, desde luego, acompaña de las pruebas recopiladas por el joven representante y de una muy interesante y reveladora profusión de apoyos gráficos: caricaturas, recortes de prensa, comunicados de gobierno, telegramas y otros testimonios documentales. Todo ello da al libro el valor adicional de que, más allá de la materia tratada, pasa a convertirse en un testimonio que nos permite conocer no solo a un hombre en torno a un suceso determinado, sino a un país en función de una época de agudas contradicciones y profundas injusticias.

         El libro es, pues, pródigo en pruebas y documentos, y es muestra de una seria, sosegada y rigurosa investigación histórica; y está escrito en el mejor de los estilos, con un lenguaje preciso y crítico pero que al tiempo rinde culto a una de esas prosas elegantes ya olvidadas. En eso, como cerrando una elipse, el autor hace eco del aforismo de Posada Carbó; aquel de la literatura “como fuente de la Historia”. Porque, habría que atreverse a decir, el libro de Vicente Stamato, además de Historia hace también literatura.                                    

 

 

 


 

LAS VOCES DE TIERRADENTRO

(Una ventana a los albores de la identidad atlanticense)

A Alfonso y a Mildred

I

Es claro que Cristóbal Colón jamás tuvo noción de adónde llegaba en la madrugada del 12 de octubre de 1492, y casi igual de claro que pudo morir ignorando la grandeza del territorio por él ‘descubierto’. A muchos invasores sucedió algo similar. Al avistar las pacíficas aguas del océano del Poniente, Balboa ignoraba que aquellas aguas comunicaban con la China. Cuando quemó las barcas frente a las costas de Veracruz, Hernán Cortés jamás imaginó que al llegar a México-Tenochtitlán se enfrentaría a una ciudad cuyo desarrollo urbano y cultural era similar al de cualquier metrópoli europea de la época. Cuando el ex-gobernador de Puerto Rico, Juan Ponce De León, pisó el Día de la Pascua Florida las costas de una supuesta isla al noroccidente de Cuba, habría sido tildado de loco si hubiera afirmado que llegaba a lo que siglos después sería conocido como los Estados Unidos de América. Más abajo, en la entraña propia del sur continental, aquella constante de la ignorancia hecha intrepidez y saqueo, continuaría su operación al fragor de la espada y a la luz de la imaginería judeocristiana: Francisco Pizarro jamás sabría de las futuras exquisiteces del Perú, como Jiménez de Quesada ignoraría las reales dimensiones de una montaña de sal que siglos después habría de convertirse en catedral. Cuán equivocado estuvo, por otro lado, Rodrigo de Bastidas cuando al divisar en 1501 lo que después sería la gloriosa Cartagena de Indias, se apresuró a bautizar el sitio como Golfo de Barú, creyendo que llegaba a un golfo y no a una estratégica bahía. Y así, la noria continuaría el girar en sus vueltas infinitas.

Otro resuelto y desatinado invasor fue el valiente hidalgo madrileño Don Pedro De Heredia. Tras fundar la ciudad de Cartagena de Indias el 1º de junio de 1533, a sabiendas de que el golfo de Bastidas no era golfo sino había, y luego de trazar calles y plazas, repartir solares, despejar manglares y nombrar funcionarios, diseñó y ejecutó varios periplos de la muerte y el despojo. Uno, destinado a bandalizar y desacralizar los venerables sepulcros del Zenú, de los que ya tenía noticia; otro, dirigido del mismo modo a calmar su sed de oro, remontando las ariscas montañas katías de la actual Antioquia, enfrentándose en ellas a las huestes del cacique Nutibara, venciéndolo, expoliándolo y remitiendo su memoria con el tiempo al triste aviso de un hotel. Todo ello, mientras no lejos de allí, en la ciudad de Santa Fe, habría de rendírsele con los años toda suerte de honores a su consocio Don Gonzalo Jiménez de Quesada.

Otro importante periplo de Don Pedro De Heredia sería aquel que le permitiera convertirse en el primer europeo de realce --del que tengamos noticia con nombre propio-- en posar los cascos de su caballo en lo que 372 años después, a partir de 1905, empezaría a conocerse como el Departamento del Atlántico en la Costa Caribe colombiana. Aquellos territorios, al nororiente de la apenas naciente Cartagena, y conocidos como el Partido de Tierradentro, se abrían pocas leguas adelante de la población de Zamba, hoy Galerazamba. A ellos llegó el conquistador bajo la guía de una india hermosa llamada Catalina; mujer que, nacida en ese lugar, había sido raptada por un ardoroso español y llevada a Santo Domingo, cosa que le permitió aprender la lengua del invasor. Aquella Malinche del sur señaló al sojuzgador los lugares secretos del oro ceremonial y, mediante la traición a su gente, prohijó la expoliación.

Seguramente, esa mujer, o quizá otra de sus congéneres, entregó al conquistador su vientre fértil y parió un hijo para él... y hacia la Historia. ¡Vaya uno a saber cómo se llamó la criatura! Tal vez, Pedrito Heredia Mokaná; Pedro y Heredia por su padre; y Mokaná por su madre, ya que aquel era el nombre con el que los aborígenes de Tierradentro eran conocidos en los contornos. Con el nacimiento de ese Pedrito, nacíamos al mestizaje.

De allí procedemos en muy última instancia los habitantes del hoy Departamento de Atlántico. Hijos del saqueo y la traición. Sin embargo, no estuvimos solos en la desgracia. México, por ejemplo, nació a la Historia de una situación similar: de la voracidad de Cortés y la deslealtad La Malinche. Sin mencionar otro luctuoso ingrediente del parto: el de la violencia. De allí también venimos. Baste con recordar lo que la historiadora Diana Luz Ceballos dice al respecto de este nuestro primer puntal del mestizaje:

 

“El doctor Juan de Maldonado, nombrado fiscal de la Real Audiencia, fue enviado desde España a tomarle declaración a Pedro de Heredia, gobernador de Cartagena, debido a las muchas acusaciones que pesaban sobre él, por los abusos cometidos durante su gobierno. Maldonado le levantó 289 cargos, entre los que se cuentan contravenciones a las leyes, apropiación de fondos que entraban a la Caja Real, envío fuera del país de oro sin quintar, nepotismo en el otorgamiento de cargos y encomiendas, entorpecimiento en las deliberaciones del cabildo, y maltrato a indios y caciques por haberlos «aperreado y quemado vivos». Sobre este último cargo, se le acusó, además, de «ásperos tratamientos de indios y encomiendas de pueblos de Vuestra Alteza» y «grandes excesos de muertes y cortamientos de labios y orejas y tetas». El proceso se extendió de 1553 a 1555, cuando se le encontró culpable, privándosele, por lo tanto, de la gobernación. Heredia apeló y se fugó, pero tratando de llegar clandestinamente a España, se ahogó en la travesía. Pedro de Heredia es, tal vez, el paradigma de la maldad del conquistador...”

 

Si de ahí venimos, ¿cómo quejarnos, entonces, de todo cuanto ha sucedido y sigue sucediendo en la tierra de sus descendientes? La historia se repite. La noria gira y gira en su incesante tornar. Pero Manuel Zapata Olivella, integrante de la raza que más tarde vendría a complementar nuestra original trietnia, menos mal se atrevió a afirmar:

 

“Amarnos es amar nuestra historia, por dura que esta sea, pues la única historia que tenemos es nuestra propia historia. Es imposible mandar a fabricar otra menos amarga y más amable, como quien ordena al sastre un traje a la medida. De allí procedemos, de una madre india o negra abusada, y de un padre malvado y cruel... al que hay que matar, pero de la única manera como es posible matar a un padre: amándolo...”                           

 

Don Pedro de Heredia (como sucedió en sus respectivos dominios con Balboa, Cortés, Ponce De León, Bastidas u otros) ni supo adónde llegaba ni imaginó en lo que habrían de convertirse los territorios que, casi trescientos años después, la Gobernación de Cartagena empezaría a llamar los pueblos de Barlovento --en razón de la dirección de donde provenían los vientos. Mucho menos supuso Don Pedro que las poblaciones formadas en ese territorio habrían de ser tributarias culturales de una urbe pujante y gigantesca, privilegiada en su ubicación, que muy adelante de la Historia llegaría a brillar como la más portentosa estrella de una constelación de mundos después conocida como la Costa Caribe colombiana. Hablamos de Barranquilla, ciudad que, en una hermosa metáfora del destino, expediría ella misma su partida de nacimiento, afincándose en la leyenda de haber sido fundada por vacas sedientas de agua y no por truhanes sedientos de oro. Convendría, tal vez, llenar con lamparazos de imaginación los vacíos espacios que la deshistoria nos ha legado; y sostener, a costo de anatema, que fue Curramba el nombre de aquella primera vaca que nos salvó del deshonor de que hubieran sido los soldados de Heredia los que por vez primera llegaran a calmar la sed en aquellas barranquillas del río.

Una pregunta queda, sin embargo, flotando en los espacios de esta página: ¿por qué a esa vaca o a esas vacas no se ha levantado un monumento en cualquier parque o en cualquier amplio bulevar de su ciudad? Sí se hizo aquello en Roma con la loba-madre de Rómulo y Remo o en Madrid con el oso del madroño, o en Ciudad de México con el águila que se posó en un nopal al centro del lago de Texcoco, en cumplimiento de la profecía azteca que señalaba de tal forma el nacimiento de la capital del Gran Imperio. La pregunta formulada es de apoyarse en la siguiente presunción: parte importante de la necesaria reconstrucción de la identidad y del ser atlanticenses, debería consistir no sólo en el lleno de ciertos espacios vacíos con trozos de imaginación –como bien hizo el maestro García Márquez con los últimos días del Libertador en El general en su laberinto--, sino también en la exaltación del orgullo de pertenencia fundamentado en cosas propias. Y, ¿qué puede haber más propio para el atlanticense que una vaca de Galapa, un tigre-máscara de Baranoa, un golero de Suán, o el torito de una danza?

 

 

II

 

 

Heredia y sus sucesores en la Gobernación de Cartagena jamás barruntaron el esplendor y la amplitud a alcanzar por el asombroso territorio del que aquella ciudad de las vacas llegaría a ser capital natural. Territorio vasto y hermoso, bañado en su norte –desde el Cabo de la Vela hasta el Golfo del Darién-- por el cálido mar de los Caribes, desbordante en riqueza natural y opulencia cultural, ceñido por renuentes señores del desierto y la aridez, capaces de secar porciones de mar para hacerse a la sal de la vida; por indómitos Chimilas o pacíficos Arawakos, Ikas o Cogis; o Tayronas, habitantes de una sierra de nieves perpetuas y vecina del mar, en la que construían ciudades de piedra con infinitas escalas que respetaban en su trazo los caprichos de la selva natural; seres que celebraban su cosmogonía y su proyecto de vida en versos de infinita finura:

 

“Cantamos para vivir,

para que el río se apacigüe,

para que la enfermedad se vaya,

para que el animal se aleje

y no haga daño.

Bailamos para no morir...”       

 

Tampoco supieron Heredia y los suyos de la dimensión espiritual de otro pueblo de esa costa, al que sólo se aproximaron en su hirviente ansia de oro. Un pueblo que moraba no muy lejos de allí, hacia el sotavento de los propios dominios Mokanás: los Zenúes, linaje de agricultores y cazadores, diestros en la pesca, fecundos tributarios del maíz y gloriosos orfebres que ofrendaban a los dioses hamacas repletas de oro, y que enterraban a sus muertos bajo árboles inmensos en torno a los cuales danzaban durante más de nueve lunas. Pareciera que casi cuatro siglos después, los descendientes de Pedrito Heredia Mokaná continuáramos ignorando tal grandeza territorial desde la más fulgente estrella de la amplia constelación Caribe

Entre todos los suelos que componían aquel tan amplio dominio, la Mokaná era tierra privilegiada; y, en voz de los primeros religiosos llegados del lejano continente, la tierra prometida. Muchos años después de cuanto hablamos, una poeta llamada Meira Del Mar, escribiría refiriéndose a ella: “Entre el río y el mar, el Atlántico la forma tiene de un corazón”. Se diría que, además de la forma, el Atlántico tiene, en aquella extendida porción de costa, una localización de corazón; como también, el deber, ante al vasto territorio que preside, de cumplir la función del corazón. Porque, como otra extraña metáfora de la geografía y de la Historia, ese bastión atlanticense y Mokaná se alza, en su sacrificio historial, a la cabecera sur del continente americano, como un cuerpo clavado al empalme de maderos de una cruz. Una cruz, cuya azul traviesa horizontal va del Urabá hasta la Guajira; y cuya enhiesta columna vertical, sube hecha agua dulce desde las macizas montañas del  interior, hasta someterse al mar en un torrente de bocanadas de ceniza. El Yuma era llamado aquel torrente por los aborígenes, antes de que cambiara de nombre al abismar con su amplio curso a los invasores, el día mismo de la santa Magdalena.

Junto a ese cruce de maderos, uno de agua dulce y otro de playas y arrecifes, los Mokanás ejercían su vocación pacífica, trabajaban, se organizaban para producir y daban curso a su ethos sacramental. Su organización –según también afirma José Hermides Cantillo Prada-- , “como la de las demás tribus circunvecinas... descansaba sobre una base igualitaria; ello significa que los medios de trabajo eran de propiedad colectiva”. Y, más importante, hacían cosas similares a las que ahora hacemos, comían cosas parecidas a las que ahora comemos, se divertían de forma análoga a como ahora nos divertimos; y hacían sus casas como nuestros abuelos las hicieron. Apenas lógico y claro: los atlanticenses de hoy somos, en un altísimo grado, los herederos de su cultura.  Carlos Rodado Noriega es claro cuando afirma:

 

“Se alimentaban de aves, peces, hicoteas, iguanas y armadillos que la naturaleza brindaba como mano providente (...) Vivían en chozas y bohíos construidos con los materiales que abundaban en la región: madera, palmas y bejuco. Construyeron bongos y piraguas que impulsaban con remos y canaletes. Domesticaron la abeja, (...) y emplearon la cera en usos diversos, especialmente en la manufactura de instrumentos musicales como la gaita; y se pintaban con achote para darle vistosidad a sus cuerpos en las celebraciones y otros actos solemnes de la tribu, en lo que se podría considerar como una de las referencias más antiguas del carnaval”.

 

En el texto de su discurso con motivo de la conmemoración del centenario de la creación del Departamento del Atlántico, el gobernador Rodado Noriega menciona algo de singular importancia, en términos de los aportes de los entonces dominios de Tierradentro a la (entre comillas) “civilización occidental”. Como también, a la posibilidad de que los españoles pudieran comunicarse de mejor manera con el así llamado “Viejo Continente”: el cazabe, o cassaba, como se conocía en lengua taína. Es sabido que resultaba imposible cultivar el trigo en estos temperamentos tropicales; y que cuando se traía en grano, bien de España, bien de las altas planicies andinas, apenas permitía la confección de un pan que sucumbía al moho y a la humedad tras la primera semana de travesía. Sólo el cazabe de los Mokanás atlanticenses, y de otras culturas americanas, se resistía al empapamiento y ahuyentaba la descomposición. Tal vez fue por ello llamado El pan perpetuo, similar en su firmeza al matzo de la cocina kosher; pan ideado para resistir la dilatada crueldad del cautiverio.

 También el cazabe, de alguna manera, pareció haber sido concebido para largas etapas de crueldad. Luego de su hallazgo por parte del conquistador, y a partir del descubrimiento que hiciera Ponce de León de la Corriente del Golfo, los viajes a España fueron hechos en la mitad del tiempo y con doble ración de alimento, en virtud del cazabe de los Mokanás y de sus culturas afines. Cuenta la Historia que Don Juan Ponce De León financió, con la primera fábrica de cazabe conocida en Las Américas --localizada en Puerto Rico--, el viaje de inspección que habría de costarle la vida, a causa de una flecha envenenada lanzada por los indios Calusa, mientras buscaba en las tierras de la Florida la jamás hallada Fuente de la Eterna Juventud.

El cazabe está ligado al nacimiento mismo de nuestra nacionalidad Caribe y latinoamericana, pues, de manera reveladora, Cristóbal Colón consigna en su Diario:

 

"Miércoles, 26 de diciembre. El rey Guacanagari comió en la carabela con el Almirante, e después salió con él a tierra, donde hizo al Almirante mucha honra e le dió colación de dos o tres maneras de ajíes e camarones e caza e otras viandas quellos tenían e de su pan, que llamaban cazabi

 

 Así, escrito con zeta en el Diario de Colón, el cazabe adquiere carta de naturaleza mestiza aquel 26 de diciembre, ofrendado al navegante por el rey Guacanagari.

 Motivo de orgullo debía representar para los atlanticenses de hoy, el haber contribuido, aunque desde la opresión en esos tiempos, al aligeramiento y el confort en las comunicaciones de entonces, gracias a la presencia de uno de sus más representativos productos. Por ello, más que prudente sería levantar--como a las vacas de Galapa en Barranquilla-- un monumento al cazabe en la plaza principal del más Mokaná de los municipios del Atlántico. En Ponedera, tal vez, cuyas fértiles planicies fueron aptas desde siempre para el cultivo del generoso tubérculo; o en Piojó, cuyo diseño urbanístico con ambiente “de  pesebrera humana” –según afirma el historiador Jaime Colpas-- conserva la fisonomía de la época indígena. O en Malambo, en donde, según también lo afirma Colpas, “se cultivó por primera vez la yuca en territorio colombiano”. O en Galapa, uno de los más antiguos asentamientos precolombinos de que tengamos idea en la Costa Caribe; o en Polonuevo, cuya yuca, como es sabido, ha sido siempre de excelente calidad y de indiscutible frescura. O, tal vez en Usiacurí, que es uno de los municipios –según escribe el arquitecto y restaurador Ignacio Consuegra Bolívar— “...con mayor arraigo en la expresión de la identidad pre-hispánica, pues sus aún tangibles testigos de la presencia hispánica así lo demuestran; y cuyo trazado urbano responde al de un asentamiento aborigen, muy diferente al sello de cuadrícula que trajeron los españoles y que generalmente utilizaron en zonas planas, despreciando las bondades climáticas y paisajísticas de la topografía en relieve”. De hacer esto, continuaríamos, así, llenando con trazos de imaginación los vacíos que de modo irónico nos ha legado nuestra muy ingrata Historia. Continuaríamos, así, matando al padre ingrato de la forma y manera como sólo nos es posible matarlo: amándolo. Es nuestra única salida. Sobre todo, si nos atenemos a las investigaciones del arqueólogo Carlos Angulo Valdés, quien –en artículo de Jaime Colpas-- afirma que en los territorios de Malambo se empezó a cultivar la yuca a partir del año 1.200 antes de la era cristiana.

Aún así, estos dominios de Tierradentro poco llamaron la atención de los conquistadores, más allá del oro que podrían aportar. Ello, pese a los avances que, según hemos dicho, los Mokanás habían alcanzado en los campos de la agricultura, la producción de bienes artesanales, la culinaria y la –seguramente— organización comunitaria que les permitía producir y generar excedente para las épocas de sequía.

 

III

 

        

         Aparte de los petroglifos –grabados sobre roca-- con figuras zoomorfas y antropomorfas descubiertos en las riberas del arroyo Camajorú en el corregimiento tubarence de El Morro, a muy pocos escritos tienen acceso los historiadores sobre la protohistoria del hoy Departamento del Atlántico; descontadas, desde luego, las abundantes referencias que a estas tierras se hicieran en documentos redactados muy a los inicios de la Gobernación de Cartagena. ¡Cuánto desperdicio, cuánta falta de cronistas, que tamaña desmemoria!

         Luego de las incursiones del sanguinario Don Pedro de Heredia, los hoy habitantes de los antiguos dominios de Tierradentro debemos apoyarnos en la historia de otros pueblos –Cartagena y Santa Marta, por ejemplo; y hasta en aquella de las distantes heredades del Zenú, y las más retiradas tierras de Antioquía y Urabá— para reconstruirnos, reconocernos y valorarnos; para hallar algún espejo de los tiempos, y así poder sentirnos vivos.

Pero... bailamos, luego existimos.

Ni siquiera hemos tenido, en esta desmemoria historial, el ganado derecho a reconocernos –al detalle-- en los prehistóricos orígenes de lo que más nos define y caracteriza: la música, la literatura, las artes plásticas, las artes culinarias, el deporte-espectáculo, las destrezas manuales y el cultivo de la moda. Excepción hecha, claro está, de uno que otro indicio creativo aportado por las porciones india y negra de nuestra trietnia original, u oculto en la siempre viva tradición oral endosada por los españoles o por los negros; ya hubieran sido estos últimos, esclavos, o cimarrones fugados de Cartagena, sus haciendas y sus palenques cercanos. Pero si ello acontece cuando abrimos la ventana al pasado para asomarnos a lo más pretérito de nuestra era fundacional, no sucede lo mismo cuando examinamos las cercanas circunstancias generadas a partir de mediados del siglo XVIII y, especialmente, de los albores del XIX. A ello contribuyó, no hay duda, el vertiginoso despegue de aquella ciudad supuestamente fundada por vacas en tiempo indeterminado, gracias, principalmente, a la vocación pacífica de sus contornos y al provocativo encanto de su privilegiada ubicación geográfica. Sobre esa vocación pacífica y esa propensión a la concordia y la armonía –y hasta a la irreverencia--, Juan Carlos Martínez De León anota en su libro Caribe Autónomo, lo siguiente:

 

“En otras ciudades se conmemoran batallas que fueron libradas en la Guerra de Independencia o en alguna de las tantas guerras civiles que desangraron nuestro país. En Barranquilla y el Atlántico, la batalla que se conmemora, en un exuberante despliegue de alegría, es la del Carnaval: la Batalla de Flores; tradición nacida al año siguiente de terminada La Guerra de los Mil Días, una de las más sangrientas de nuestra Historia. Esto, de conmemorar un hecho tan cruento con bailes, rones y disfraces, hace de esta tierra, no sólo la más caribe de todas las tierras colombianas, sino la más diferente y la más auténtica...”

 

A la trietnia original –blanco conquistador, indio sometido y negro esclavo o cimarrón— casi tres siglos después se sumaría el concurso de incontables etnias de diversa procedencia cultural, fenómeno que llegarían a conformar la mezcla de que en la actualidad somos producto. Ello, lógicamente, arrojaría a la Historia, tanto de la capital como del departamento, un consistente y denso producto cultural digno de una nueva estirpe cósmica, cuya obra comercial, industrial y creativa rayaría en la universalidad. Pero aquello constituiría un fenómeno posterior, juzgado desde la ya aludida perspectiva fundacional, y revestiría características más urbanas que rurales, originadas, como hemos dicho, en circunstancias especiales.

            En ese orden de pensamientos, no sería aventurado sostener que, antes de que el descrito fenómeno operara, sólo los petroglifos de Tubará, las vagas referencias consignadas en arcaicos documentos que duermen –muchos de ellos-- el sueño de los justos en los archivos de Sevilla, y las alusiones a estas tierras en libros sobre otras tierras, dan incierta cuenta de nuestra Historia y nuestro cotidiano proceder en aquella era de manantiales primarios; sobre todo, en los campos del existir que ya hemos mencionado: la literatura, la música y las artes, tanto plásticas como culinarias, el deporte-espactáculo, la habilidad manual y la moda.            

            El escritor y crítico Eduardo Márceles Daconte sostiene, por ejemplo, que apenas avanzados los años cuarenta, se pudo hablar del primer atlanticense que asumiera en su postura, su desempeño y su sentido de la responsabilidad, la actitud del pintor verdadero. Se trata del maestro Alfonso Melo, amigo personal de otras dos gigantescas –aunque muy diversas— figuras precursoras del arte en el departamento: Alejandro Obregón y Noé León. Como bien sabemos, esos tres nombres contribuirían, junto con algunos otros de no menor relevancia, a la construcción del monumental edificio artístico y creativo que hoy enaltece, no sólo el arte departamental sino nacional. Haciendo uso de su proverbial erudición, Márceles Daconte anota:

 

“Alfonso Melo es un veterano de muchas batallas en el mundo de las artes visuales. Nacido en Barranquilla en 1914 (vive en Hialeah, Forida), asistió a partir de 1929 a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá dirigida por el famoso pintor Coriolano Leudo, y trabajó como caricaturista en el periódico El Tiempo. En aquella época, el destacado educador Luis Eduardo Nieto Caballero puso su biblioteca a la disposición del joven artista para que leyera sobre temas políticos y sociales a fin de nutrir sus caricaturas. Era un contertulio del café ‘El Gato Montaña’ donde departía con distinguidos intelectuales como Hernando Téllez, y los poetas León de Greiff y Jorge Artel. De regreso a Barranquilla en 1933, se dedicó a trabajar como diseñador de avisos luminosos, edificó su estudio al estilo francés con tragaluz de techo, y empezó a pintar en la ciudad caribeña. Un día se presentó a su estudio un muchacho de rubia pelambre y chivera en un viejo Volkswagen quien quedó impresionado con la atmósfera que allí se respiraba. Andando el tiempo su nombre se haría famoso, era Alejandro Obregón, un pintor nacido en Barcelona de padres barranquilleros. Obregón se encargó de presentar a Melo los contertulios que se reunían en el Café Colombia y que, tiempo después, se conocería como ‘El Grupo de Barranquilla’, integrado, entre otros, por Ramón Vinyes, el sabio catalán de ‘Cien años de soledad’, los escritores Alvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez y Vidal Echeverría, a quien recuerda como pintor y poeta natural del municipio de Usiacurí, además de otros poetas, músicos, pintores y periodistas. En una ocasión que Melo recuerda con alborozo, Obregón llegó a su casa en 1947 para comunicarle que había propuesto una exposición de su pintura en la Biblioteca Departamental. La obra ‘Negra con frutas’ se la vendió a Elisa Roncallo de Rosado. En la muestra el gobernador del Atlántico también compró la pintura titulada ‘Puerto’. La presentación con un sonoro discurso corrió a cargo del periodista Germán Vargas, otro miembro del grupo. En la década del 50 se vinculó como caricaturista al ‘Diario del Caribe’, dirigido a la sazón por Alvaro Cepeda. También entró a colaborar con el equipo que orientaba Crónica –García Márquez, Cepeda, Vargas, Alfonso Fuenmayor–, revista literaria y deportiva, donde diseñaba las portadas, trabajo que compartía con Orlando Rivera, 'Figurita', miembro destacado del ‘Grupo de Barranquilla’. En sus memorias ‘Vivir para contarla’, en el capítulo dedicado a recordar su etapa en ‘Crónica’, García Márquez recuerda que del primer número de la revista (29 de abril de 1950) "la portada era un dibujo a tinta de Heleno de Freitas (futbolista brasileño) hecho por Alfonso Melo, el único retratista de nuestros tres dibujantes". (Editorial Norma, 2002, pag. 145) En 1963 viajó a Nueva York. Allí vivió por algún tiempo antes de trasladarse a Miami, donde fijó su residencia. Su pintura aún conserva los rasgos enérgicos de aquella etapa indigenista que cultivó por los años 30 el Grupo Bachué en Colombia, conformado por Rómulo Rozo, Ramón Barba, Luis Alberto Acuña e Ignacio Gómez Jaramillo, para sólo mencionar a sus principales integrantes. Sus figuras poseen una definida configuración dibujística que las posesiona del espacio y sus colores suelen ser sobrios con un aire de terrígena fisicalidad...”

 

            Hemos, intencionalmente, dado cabida a tan larga cita de Márceles Daconte, por dos razones. Primera, porque en ella coinciden los mundos de los que venimos hablando –pintura, literatura, periodismo, caricatura--; y segunda, porque la misma nota pone de presente cuán jóvenes somos en estas lides creativas, pero, al tiempo, ¡que precoces! Es fácil apreciar, entonces, cuán alto grado de madurez y desarrollo hemos alcanzado en apenas 59 años, desde cuando aquella tarde, Alejandro Obregón comunicó en 1947 a su maestro, Alfonso Melo, que le habían aprobado una primera exposición de cuadros en la Biblioteca Departamental. Fue, entonces, el Departamento del Atlántico, quien ofreció al genio de Obregón la inicial ocasión de exponer al mundo su talento exuberante.  

Por su lado, el tratadista y académico Ariel Castillo Mier, señala los comienzos de la literatura atlanticense casi un siglo atrás; apenas en los albores del siglo XIX, con las obras narrativo-románticas del caudillo Juan José Nieto, Yngermina, La hija de Calamar, Los moriscos y Rosina o la prisión de Chagres; novela esta última en la que Nieto afirma –según Castillo Mier— por boca de su personaje indígena Catarpa, la relatividad  de su barbarie que, al menos, permite la equidad social. Dice en la obra el indígena al opresor: “Si nacimos bárbaros, déjanos sin una civilización que provee de tantos medios poderosos para subyugar al débil”. Afirmación del aborigen que pareciera mandada a hacer a la medida del orden de pensamientos expuestos en esta disertación. 

            De otra parte, el poeta, narrador y ensayista, Miguel Iriarte, afirma que la primera referencia histórica de la música, en un departamento tan musical como el Atlántico, data del muy vecino año de 1823. Tal anotación es atribuida, según cita Iriarte a Alfredo Gómez Zureck, a un viajero inglés llamado Charles Stuart Cochrane, quien escribió lo siguiente en su diario, no se sabe si refiriéndose a Soledad o a Barranquilla:

           

                     “Hoy 23 de marzo es feriado... En la tarde hubo procesión... todo lo presidía el cura, llevando la Sagrada Forma, y lo seguía una partida de músicos que tocaban violines y flautas, y cuya música acompañaban numerosos niños cantores”.

 

Ante esta acotación, hecha en referencia al año de 1823, cabe formularse una pregunta, dirigida ante todo a los estudiosos del Carnaval de Barranquilla: ¿existe, acaso, alguna alusión escrita a la fabricación de las máscaras para tal evento en la Baranoa o la Galapa anterior a tal fecha, 1823? Y, yendo más allá, ¿por qué tales máscaras para el Carnaval de Barranquilla empezaron a ser confeccionadas, y continúan siéndolo, en aquella ciudad y no en Barranquilla? ¿De dónde llegaron esos fabricantes de máscaras, de tinte y sello tan africanos? Es claro que muchos de sus motivos –como en el caso del tigre— tienen que ver más con la zoología del Africa que con la del Atlántico o el Caribe. Cuán interesante resulta, a estas alturas, citar al historiador Eduardo Lemaitre, quien, acudiendo a un informe de la época, nos habla acerca de cómo se bailaba en Cartagena de Indias trescientos años atrás:

 

“Bailaban mucho los cartageneros deL siglo XVIII, como ahora. En las casas dintinguidas esa diversión ‘era honesta y sosegada, bailando en un princpio algunas danzas que imitan a las de España’, para continuar luego con las del país ‘que son de bastante artificio y ligereza’; pero en el pueblo bajo, los bailes llamados fandangos iban acompañados de ‘gran desorden, con aguardiente y vino, a que se siguen indecentes y escandalosos movimientos”

 

            Valga, pues, el ejemplo.

Pero, en términos de desmemoria, debemos enfrentarnos a algo peor. En un departamento tan proclive al cultivo de la lúdica y de la desbordante creatividad caribe en torno al vestido y la moda; en un departamento que ha impuesto al mundo en los últimos tiempos una muy elegante manera de vestir, que ha producido figuras tan relevantes en ese campo, que ha aprendido a expresarse en términos de moda con tal fuerza y a través de tanto ingenio... en un departamento de tal ‘medida’, el primer desfile de modas que una autoridad en la materia como Silvia Pumarejo registra, data apenas de 1950. A propósito de ello, Silvia Pumarejo escribe:

 

“El primer desfile de modas que hubo en Barranquilla, se celebró el 8 de mayo de 1950 en el Hotel El Prado realizado a beneficio de la Cruz Roja, organizado por (...) prestantes damas de la sociedad. Este desfile se llamó Las Cuatro Estaciones y contó con la participación de la Señorita Colombia, Miriam Sojo Zambrano (...). Así mismo, cuando Linda Falquez Certain participó en el certamen de Señorita Colombia, representando a nuestro departamento en 1951, fue la pionera en usar en ‘slack’ en la pasarela del concurso, prenda que estaba muy de moda en otras partes del mundo”.

           

¡Cuán jóvenes somos, pero ante todo: cuan escasos de memoria! Algo análogo a aquel desfile de modas debió haber acontecido entre 1533 y 1950 –valga decir, entre Don Pedro de Heredia y la deslumbrante Miriam Sojo Zambrano, y entre la hermosa India Catalina y la primorosa y encantandora Linda Falquez--. Desde luego, abundan los testimonios de ese orden en torno al último siglo en Barranquilla y el Atlántico; pero, ¿cómo aprendió a vestirse la exótica India Catalina cuando fue raptada por el español Diego de Nicuesa y llevada a Santo Domingo, antes de convertirse en la ‘compañera de aventura’ de Pedro De Heredia en su temprana incursión a las tierras del hoy Atlántico? ¿Qué prendas de atavío –qué ajuar-- trajo Catalina, la india, del remoto Santo Domingo? ¿Había aprendido allá a usar la peluca? ¿Cuál era, en el despertar del siglo XVI, el último grito de la moda en Las Antillas? ¿Qué perfume se usaba por esos tiempos? ¿Ya, o desde antes, se fabricaba perfume en Las Américas? Por otro lado, y casi un siglo después, ¿en dónde compraba su ropa la insigne dama Doña Teresa Cortina, en cuyas tierras aledañas al Magdalena, fue fundada la población de Sabanagrande en 1620 por Don Francisco Camacho, y más tarde en sus mismas tierras el cantón de Polonuevo? Usaba Doña Teresa tafetán para sus largas faldas de pollera, y botón de oro Don Francisco para su camisa de algodón y de cuello rebordeado? ¿De dónde salía el algodón para esas frescas camisas y esas polleras? ¿Era cultivado por los indios concertados, por esclavos o por negros cimarrones escapados del cautiverio de Cartagena, o procedía de algún palenque cercano a la vecina Galerazamba? Algo más, sobre otro punto... o, tal vez, el mismo: Doña Luisa Guerrero Hernández de Osorio, quien donó sus terrenos cercanos al Canal del Dique para que se construyeran en ellos las primeras casas del hoy municipio de Santa Lucía, ¿iba a la modista? ¿Había ya modista por aquellos tiempos, y llegaban de España los figurines? ¿Por dónde, por qué vía y a lomo de qué animal, llegaban esos figurines, y los hilos, los dedales y las agujas?

Punto aparte. Se ha establecido que la población de Soledad fue fundada en 1610 en los terrenos de una encomendera llamada Doña María Carrillo, y que el nombre inicial de la hoy tierra de Pacho Galán y Alci Acosta se llamó al principio El Hato de Puercos de San Antonio. Llamamos, entonces, la atención sobre la siguiente coincidencia: puercos de un hato, por un lado; por otro, una española, y además encomendera. De allí a la butifarra habría que dar solamente un paso, pues es sabido que aquel alimento, emblema de Soledad y del Atlántico, tiene origen español en su forma, en su nombre y su sabor; y una española y encomendera sería, ¡lógico!, quien mejor lo preparara. Lo llevaba en la sangre. Tanto, que, hojeando el famoso Diccionario de Gastronomía y Alimentos, leemos:

 

“Butifarra: embutidos autóctonos de Cataluña y su zona de influencia (Balears, C. Velenciana, Murcia...) a base de carne picada de cerdo condimentada con pimienta y otras especias. Las dos más clásicas son la butifarra negra y la blanca. La butifarra negra se hace a base de carnes magras y grasas y de la sangre del cerdo mientras que la blanca está hecha únicamente de carne magra. En las diferentes comarcas se producen diversos tipos de butifarras (negra, blanca, de hígado, de lengua, trufadas, de perol, de cebolla y piñones etc.) Son muchas las recetas que en el litoral mediterráneo llevan como ingrediente la butifarra, especialmente en Cataluña. Por ejemplo: las habas a la catalana, los huevos a la catalana, la escudilla catalana, la cassola catalana, el arroz a la ampurdanesa, la butifarra con níscalos...”

 

Pero, para no desviarnos del tema: ¿con qué ropa puesta fabricaba doña María la primeras butifarras soledeñas? ¿Cómo ordenaba vestirse a los muchachos que mandaba a venderlas por la calle, golpeando con el cuchillo los bordes de sus tártaras... entonces de madera?

            Tal vez alguien podría sostener que, hablando de modas y costura, se está hilando muy delgado. Pero en esta materia, también, es preciso conocer nuestra historia hasta en último detalle; sobre todo, tratándose de materias que tanto nos definen como la moda y la butifarra. Por tanto, les invito a dos cosas: a que citemos de nuevo a Eduardo Lemaitre, el ilustre historiador cartagenero, pero esta vez hablando de modas, y a que echemos una mirada a lo que los norteamericanos han logrado reconstruir sobre el vestido de los indios pertenecientes a una de sus más conocidas culturas nativas. Empecemos con Lemaitre, quien cita un informe rendido al rey por Don Antonio de Ulloa y Don Jorge Juan en 1735:

                       

“Siguiendo la costumbre y la moda de la época, los cartageneros del siglo XVIII, al menos los blancos, los mulatos y mestizos, se vestían, tanto hombres como mujeres, lo mismo que en España, pero su ropa era muy ligera, pues no permite otra el clima del país. Los hombres vestían en cuerpo como en Europa, pero con la diferencia que las chupas  (o camisas) eran de una tela llamada ‘bretaña’, y de lo mismo los calzones. Las casacas eran de un género muy sencillo, como el tafetán, pero de todos colores. No se usaba corbata, sino sólo el cabezón de la camisa, con unos botones de oro gruesos; y en cuanto a la peluca blanca que por entonces se llevaba en las cortes europeas, los señores Ulloa y Juan no la vieron sino en la cabeza del gobernador y uno que otro oficial del ejército.

En cambio, las mujeres usaban ‘una ropa que llaman pollera, que pende de la cintura, y está hecha de tafetán sencillo y sin forro... y de medio cuerpo arriba, un jubón o almilla blanca, muy ligera’. Para salir a la calle se ponían manto, y se cubrían la cabeza con un lienzo o pañoleta blanca... al que llamaban el poñito. Pero las mujeres blancas salían poco, y cuando iban a  misa, lo hacían a las tres de la madrugada. El resto del tiempo... es su continuo ejercicio estar sentadas en sus hamacas, meciéndose, para coger algún ambiente”.

           

Por su parte, el estadounidense Franz Berman afirma en su libro Indios nativos de Norteamérica:

 

Tanto entre los indios del Nordeste como entre las demás tribus,  como las del los Tongit, los Navajos, los Sioux y los Delaware, la vestimenta era muy simple (exceptuando cuando vestían los trajes ceremoniales o de gala), siendo las mujeres las encargadas de confeccionar las diferentes prendas, cosiendo pieles de animales cazados. Casi todos los indios calzaban mocazines, mucho más ligeros y adecuados para sus correrías que el calzado del hombre blanco (...) Cuando los blancos llegaron a Norteamérica, empezaron a trocar sus mantas de lana por estas prendas (mocazines, pieles de osos y de otros animales de grueso pelaje), las que luego vendían a buen precio en Europa...”

 

Traemos a colación esta cita sobre una cultura tan distante de nosotros, debido a que esa invención de los indios norteamericanos, los mocazines, ha constituido una prenda del vestir o del calzar que, poco tiempo después de la Conquista, alcanzó una enorme popularidad en el mundo entero. De tal grado, que diseñadores y diseñadoras del vestido y el calzado en el Atlántico de hoy, aún se apoyan en los bosquejos de su trazado original para confeccionar zapatos de variado estilo que, sin lugar a dudas, inciden de buena manera en la economía de la región. Lo dicho podría sonar a lugar común; pero ojalá resultase también un lugar común en nuestra cultura el hablar de los orígenes de aquella falda-pollera a la que Eduardo Lamaitre hace referencia, o del origen de las cotizas con que bailamos la cumbia del Carnaval, o de los sombreros concha-de-jobo o vueltiao con que también la bailamos; o de la muy empleada camisa amansa-loco, tan recurrentemente usada por los trabajadores del campo y por los otrora peloteros de los ya desaparecida gloriosa época del béisbol en la Costa colombiana. Esto, por nombrar algunas prendas de nuestro tradicional vestir atlanticense.

 

IV  

 

El interés por los orígenes de la dieta regional no debiera ir a la zaga del resto de preocupaciones en la necesidad de una labor de arqueología en torno a lo que hoy --sin que a veces lo sospechemos— tiende a definirnos como atlanticenses; ante todo por una razón: porque los humanos, en gran medida, somos lo que comemos. Esta expresión –somos lo que comemos-- se usa en forma recurrente en lo que al manejo biológico de nuestro ser se refiere, pero raras veces en el sentido de lo que culturalmente nos diferencia de los demás. Somos lo que comemos, porque lo que comemos es siempre producido por una persona o por un grupo de personas, que de algún modo se han organizado para producir. Y ese modo de producir toca los terrenos de la Historia. Alguien, por ejemplo, tuvo que haber concebido la idea de traer las primeras ciruelas a la población de Baranoa, y a través de alguna vía determinada; y a otro alguien debió habérsele ocurrido utilizar las semillas de esas ciruelas para plantar ciruelos, de modo que muchísimos años después, ese asentamiento humano de Baranoa se distinguiera por la calidad de tal fruto, además de por fabricar las más exquisitamente coloridas máscaras para el carnaval de todos los pueblos del Atlántico. Pero no todo ello sucedió con tan solo una persona en Baranoa, sino que la comunidad debió haberse organizado de alguna manera, y a instancias de una o varias personas, para que el fenómeno de las ciruelas baranoeras llegara a ser posible con el correr de los tiempos.

Similar cosa debió haber ocurrido con la caña de azúcar en Campo de la Cruz, con el Arroz de Candelaria, el millo de Juan de Acosta, la alfarería de Malambo, la variedad frutal de Palmar de Varela, el ganado de Piojó, las ahuyamas y las papayas de Santa Lucía, el ajonjolí de Santo Tomás, la variedad de peces y el arroz de Suán, y alrededor del inmenso desarrollo agropecuario y la vocación historiófila de Sabanalarga --¿quién se apareció a esa tierra con el primer libro?--, o en torno al algodón de Tubará o a la domesticada iraca para los tejidos de Usiacurí. Y así... Todo ha debido tener un comienzo, años adentro, hacia el traspatio de la Historia, y aún más allá de las primeras noticias que pudiéramos tener a partir de los iniciales visos de la identidad político-administrativa del Atlántico --por los años setenta del siglo XVIII. Ningún pueblo del mundo puede cometer el error de bordear sus orígenes en tan cercanos linderos del tiempo, pues corre el riesgo de atentar contra la autoestima y el orgullo al percibirse como un pueblo sin Historia. Recordemos que la inconsciencia histórica, o la deshistoria, causa dolor, incertidumbre, sufrimiento, duda, sensación de vasallaje y dependencia; por no decir de subordinación y esclavitud. Pero, aunque la ignoremos, la Historia existe; y, como las cosas, tiene vida propia; sólo es cuestión –parafraseando al brujo Melquíades— de despertarles el ánima. ¡Simple trabajo de archivos, de investigación, de lectura y de arqueología! De responsabilidad... histórica; y hasta de imaginación.

Detangámonos en un ejemplo al respecto de lo expuesto. El mexicano habitante del gran valle central de Texcoco sabe hoy –porque alguien lo ha investigado y porque se lo han transmitido— que, en gran medida, la universal popularidad de la comida mexicana se debe a que, en uno de los más exquisitos platos de sus ancestros, el taco, se halla presente un acertado balance de proteínas, carbohidratos, minerales y vitaminas --representados en la carne, el maíz, la cal de la tortilla, las verduras y los vegetales. Sabe también, ese mexicano del común, qué dios de la mitología enseñó a sus ancestros a utilizar el fuego. Más aún: conoce en naúatl –lengua de sus mayores— el nombre del utensilio en el que el maíz molido en molcajete y hecho masa, es asado para producir la tortilla: el comal. No tiene duda de que Comala, pueblo imaginario en las obras de Juan Rulfo, es una alegoría de ese comal, que arde “sobre las brasas del infierno”, como el insigne autor metaforiza. Sabe, también, que antes de la aparición del invasor español, la dieta calórica de su raza se basaba en la caza de animales originarios de Mesoamérica; entre ellos, el chapul –o chapulín--, un grillo que pululaba en los chapul-tepecs –lugares en donde abundaban los grillos. Recuerda ese mexicano corriente que los aztecas amaban aquellos tacos de chapulín, a los que condimentaban con el infaltable polvo colorado de chiles y ajíes de infinita variedad. Está igualmente enterado de algo que ha sido investigado, que le ha sido enseñado en la escuela y legado en la tradición familiar: que ese taco de grillo enrojecido, o de chapulín colorado, debido al intenso picante de los ajíes y los chiles, descompensa el sistema digestivo de los extranjeros recién llegados –mayormente norteamericanos—, hasta someterlos a una diarrea de primeros días, irónicamente conocida como “enfermedad del turista”. En ese sentido, y sabedores como somos nosotros del lúdico y alburezco ingrediente del carácter mexicano, el taco de chapulín colorado arrastra consigo indicios de venganza... frente al gringo. Es quizá por ello que el personaje creación del genio de Gómez Bolaño, conocido en los programas infantiles de televisión como El Chapulín Colorado, carga en su vestimenta los símbolos de un Supermán-criollo, con la CH de Chapulín al pecho, en vez de la S del Supermán norteamericano. ¿Burla, ironía, venganza, castigo, desquite, caricatura, rabia-oculta, fatalismo, impotencia, reivindicación? No importa por cual categoría nos inclinemos, no importa; lo importante es que cualquier mexicano, niño aún, es ya capaz de sumergirse en las múltiples lecturas relacionadas con algo que le es más que familiar en la dieta casera: la tortilla, el chile, los ajíes, el taco, las vitaminas, las proteínas, los símbolos, la alegoría, los emblemas y blasones de una raza. ¡Eso es tener historia... y paladearla –valga la redundancia— por el verdadero paladar! Eso es común-unión: comunión. Es comulgar por la boca con la historia y con el propio modo de ser... y de ironizar; lo que equivaldría a comulgar con la única salida que a los latinoamericanos nos queda frente al holocausto de la Conquista, la tragedia de la Colonia, las guerras del reparto y la ambición, las patrias bobas, y la condena al subdesarrollo y a la proverbial dependencia del dueño de turno. Es la única salida que nos queda: la burla, el humor, la ironía en torno a nuestra propia condición.

Ante tal hecho como ejemplo, ¿qué sabemos los atlanticenses –en términos de orígenes y significado-- sobre las arepas de huevo de Luruaco y sobre el glorioso condimento de las butifarras de Soledad, el arroz con lisa, la sopa de guandú, el cucayo; o sobre el excelso sabor del bollo-limpio, el bollo’e yuca o el bollo de angelito –y sus ‘matrimonios’--, o sobre el arroz con chipi-chipi, o el guarapo, el ‘tuti’ y los deliciosos jugos de ‘las fruteras’, las huevas de sábalo, el bocachico al cabrito, la yuca con suero, el bagre frito de las riberas del Magdalena, las hayacas, los pasteles de arroz o de masa, el denso peto de maíz, el chocolate de bola, la arropilla, el dulce de icaco, las alegrías de burro con coco y anís, los caballitos de papaya o las cocadas, los panderos, las caribañolas, el coctel de ostras –el normal y el de dulce miel--, los buñuelitos de fríjol-blanco cabecita-negra, el escabeche de sierra... o la mojarra frita, por mencionar apenas pocos platos en busca de que el hambre no acose... qué conocemos sobre el origen y el significado de todos ellos, además de saber cocinarlos para después consumirlos? Comemos, luego existimos, pero; ¿en medio de qué grado de inconsciencia?

También, tal vez, frente a este panorama, muchos escépticos pensarán que aquello es hilar demasiado delgado. Pero citemos al norteamericano Robert Frost, quien sostiene que amar a una tierra equivale a entregarse a esa tierra plenamente:

 

“Esta tierra fue nuestra, antes de ser nosotros de esta tierra.

Fue nuestra... antes de convertirnos en su gente...

Poseyendo unas cosas que aún no nos poseían,

poseídos de aquello que ya no poseamos.

Algo que nos negábamos a dar gastaba nuestra fuerza,

hasta entender que ese algo fuimos nosotros mismos,

quienes rehusábamos entregarnos al suelo en que vivíamos,

desde aquel instante fue nuestra salvación el entregarnos”.      

 

La entrega como salvación, sostiene Frost; pero habría que agregar: la entrega sin complejo de inferioridad, y a sabiendas de que todas aquellas cosas –por intrascendentes que parezcan-- conforman la cultura de un pueblo. Acierta quien afirma que cultura es todo: lo que somos, lo que soñamos, lo que narramos, lo que comemos, lo que producimos, lo que vestimos, lo que amamos... y hasta lo que odiamos. Cultura no es sólo lo que intentan vendernos como tal –la Kultura kulta, con K mayúscula--. Pertenecer a un entorno que ha resuelto de forma inteligente los problemas que ese entorno y la naturaleza humana plantean, nos hace seres cultos.

En la entrevista grabada que realizara el investigador Plinio Parra a María Francisca Carracedo Hereyra, una anciana de 106 años, nacida en Sabanalarga en 1899, la venerable longeva narra la manera como el juego de niños en el Atlántico rural de entonces, se ajustaba –“como tuerca y tornillo”, según ella dice-- a lo que más tarde, en la adultez, sería el modo de organizarse para producir. Ello es muestra de que estos dos rasgos de la cultura atlanticense (lúdica infantil y organización para la producción) se retroalimentaban, en forma dialéctica si se quiere, al igual que una culebra se nutre de sí misma comiéndose por la cola. ¡Qué diferencia de niños, los de la Sabanalarga de esos días, con los incultos niños de la actual era del nintendo, de los juegos mecánicos y de las armas “de embuste” para la guerra! Oigamos a doña María Francisca:

 

“Había una obediencia, que ni siquiera cuando jugábamos éramos libres de nuestra vida de oficios. Uno hacía una troja de embuste, una cocina de embuste, unos chocoritos de embuste, un pilón de embuste y nos bajábamos la manga para darle teta a un pelao de trapo de embuste. Los mismo sucedía con los berroches de los varones. Iban, cogían una docena de totumos biches, le hundían cuatro palitos y se ponían a ordeñar en su corral de embuste (...). Otros iban, cortaban una vara de matarratón, se la metían entre las piernas y salían en bolas de fuego a ver cuál era el burro que más corría. Los bueno del cuento es que cuando uno terminaba de jugar, salía mamá y decía: Mayo, a pilar el maíz. Salía papá y decía: Mañe, ve a cortar la yerba al burro...”

 

            En el mismo sentido, el maestro José Consuegra Higgins, en su libro Del recuerdo a la semblanza, anota sobre los juguetes fabricados por él y sus amigos cuando niños para las navidades en su natal Isabel López, corregimiento del Municipio de Sabanalarga:

 

“En Navidad los niños jamás recibíamos juguetes. Pero los padres permitían que los hiciéramos. Y como era el fruto de nuestro trabajo, duraban mucho. Ahora mis nietos, destruyen los tanques de guerra y las patrullas de policía que fabrican los japoneses, en cosa de minutos. Y los sicólogos dicen que eso es bueno, porque señala curiosidad por saber la razón del movimiento, o del ruido de las ametralladoras. Los niños de mi tiempo, que por su propia cuenta elaboraban los juguetes, conocían de sus simplezas revestidas por el milagro de la imaginación, y por eso no los dañaban...”

 

            Y remata el ilustre sociólogo con sus proverbiales profundidad y brillantez:

 

Los niños del ayer en sus juguetes imitaban a su hábitat. Pero lo que más importaba es que desde la infancia moldeaban su futuro. A nadie se le ocurría construir una pistola para salir a jugar a matar a otros. Las películas de los cowboys norteamericanos no se conocían, ni ningún profeta espontáneo osaba presagiar esos tiempos enfermos de atracos, mafias y pérdida de valores morales. Nos gustaba, de mañana, jugar en pequeño con las cosas que hacían los grandes (...) Los calabazos tiernos se convertían en vacas y burros, hundiéndoles palitos que hacían de patas y rabos. Después, en los patios sombreados, y con ramas partidas en pequeños trozos, se armaba en corral. Allí estaba nuestro pequeño mundo para hacer las veces de las civilizadas disneylandias de estos días (...) Los corrales con sus vacas y sembrados simbolizaban el trabajo cotidiano; las cometas, en su afán de buscar las alturas, lo ignoto y por venir...”

 

¡Qué mundo –aquel narrado por Consuegra Higgins y por María Francisca Carracedo-- tan parecido a nuestro mundo! En ese sentido, uno de los graves problemas de nuestros países consiste en que hemos sido aleccionados acerca de que no somos cultos, y que lo único válido, legitimo y exaltable es aquello que en nada se parece a nosotros. Tal cosa ha generado en nuestras comunidades bajísimos niveles de autoestima y de sentido de pertenencia. Y todo ello nos conduce, irremediablemente, a la peligrosa sospecha de que en la América Latina se es más importante en la medida que menos se parezca de aquí. Estos grados de desafirmación y des-pertenencia originan en nosotros, como hemos dicho, altas dosis de sufrimiento, pues, por más que lo intentemos, no logramos ser siquiera la caricatura de una gente que en nada se parece a nosotros. No tener claros estos conceptos, lleva –sin remedio-- a la llamada ‘pérdida de identidad’. Podría llegar un momento en que ni siquiera sepamos quiénes somos.

En una conferencia sobre el tema de Juventud y Globalización en América Latina, dictada en GVSU –Grand Valley State University de Grand Rapids, Michigan, en los Estados Unidos--, quien firma se atrevió a sostener al respecto:

 

“Para producir, para enfrentar el avance de las nuevas tecnologías, para insertarnos adecuadamente en el proceso de la actual corriente globalizante, y para lograr ser felices, es preciso afianzarnos en lo que somos, reconocernos y valorarnos. Tal cosa hará que podamos dialogar de tú a tú con el resto del Planeta, pero desde una perspectiva de afirmación y de orgullo...”

 

V

 

Cierto es, pues, que los atlanticenses tenemos muchas cosas de las que sentirnos orgullosos, aunque lo que más nos caracteriza --la música, la pintura, la literatura, la buena cocina, el deporte, la moda, la industria, el comercio, la arquitectura tradicional, la vocación pacífica, la destreza artesanal-- carezcan de historia escrita desde el traspatio de la Historia. Pero nadie puede negar que cantamos, bailamos, pintamos, recitamos, practicamos deportes, comerciamos, imponemos modas en el vestir y en el calzar, construimos, producimos, cocinamos y comemos. Luego de algún lado debe venir todo ello y alguna carga histórica debemos portar al respecto sobre los hombros.

 Entonces: si la historia de lo propio se perdió y no aparece, es preciso --tal vez-- proceder a inventarla de inmediato; proceder a creerla “con la fe del ciego que no ve”, hasta que la ficción, ante tanta insistencia, devenga en realidad. ¿Qué otra cosa se puede hacer? ¿Qué otra salida nos queda? Dar valor objetivo a lo subjetivo-general. Porque, si cada uno de nosotros cree con fe ciega en lo que, ante la ausencia de verdad, se ha inventado, la verdad ya no sería la verdad que fue la verdad que no nos dejaron conocer... sino la verdad-suma de una y otra verdad personal. Insistimos: lo objetivo vendría a ser el resultado de múltiples subjetividades. En tal sentido, ¿qué otra cosa es la leyenda sino eso? ¿Qué otra cosa es el mito? ¿O es que, acaso, algún romano de hoy colocaría en tela de juicio el que su ciudad haya sido fundada por dos hombres a quienes mansamente amamantó una loba? ¿O es que, algún madrileño actual dudaría acaso que el nombre de Madrid procede del árbol de madroño, contra cuyo tronco aquel osito legendario se alzaba? O, más claro aún, ¿algún orgulloso mexicano, consciente de su identidad y su pertenencia, llegaría a dudar que, en verdad, la fundación de su ciudad capital se dio gracias a que, como dice la canción ranchera, hubo un águila que “..siendo animal, se retrató en el dinero... (y que) para subir al nopal, pidió permiso primero”? Que estos ejemplos nos convenzan de la fuerza que, en términos de auto-reconociemiento, de exaltación de la pertenencia y del orgullo de lo propio, representan para los pueblos el mito y la leyenda.

Respetable, sin embargo, resulta la frase del historiador Eduardo Posada Carbó sobre la fundación de Barranquilla, y que dice: “Alguna vez hizo carrera la ida de que somos una ciudad sin historia. La historia, nuestra historia, ha parecido, hasta ahora, una leyenda”.  Igualmente respetable, la frase del ex-vicepresidente Gustavo Bell Lemus: “Barranquilla no es hija de la colonia. Pero este hecho no nos lleva a concluir que la ciudad no tiene historia”.  Lo ideal, podría pensarse, sería aquello ya propuesto: ante tantos vacíos dejados por la condición histórica y por las circunstancias de la fundación de la ciudad, debiéramos encontrar, en el establecimiento de sus orígenes, un balance entre historia y leyenda, entre la realidad de la que huimos y la ferviente imaginación que nos caracteriza... como tantas otras ciudades en el mundo han hecho. Todo ello, en aras –como ya hemos afirmado-- de generar orgullo por lo propio y de afianzar el sentido de pertenencia.

 Al respecto de lo enunciado, el espléndido ensayo del escritor José Hermídez Cantillo Prada, Origen de Barranquilla, es más que ilustrativo acerca de la polémica que ha suscitado la carencia de datos concretos sobre la fundación de la ciudad. Aunque nos ocupa el Atlántico y no Barranquilla, bien vale la pena detenerse en lo planteado por Cantillo Prada, quien comienza afirmando que Domingo Malabet Castañeda argumentó en 1878 que la ciudad  fue fundada en 1620 por campesinos de Galapa que acostumbraban llevar sus ganados a que saciaran la sed a orillas del río Magdalena. Luego, el mismo autor menciona que en el libro “Barranquilla: su pasado y su presente”, José Ramón Vergara y Fernando Eugenio Baena tomaron aquella aseveración casi al pie de la letra, de modo que la leyenda sobre el origen de la ciudad empezó a hacer carrera. A tal punto que, más tarde, la poeta Amira de la Rosa hizo eco de ella y cantó:

 

“A Barranquilla la fundó una vaquita. Una vaquita con los belfos de plata. Una vaquita que comía lirios azules y que fue acunadora de la hierba y el rocío. Tras ella vinieron los pastores de Galapa, que fueron nuestros nobles antecesores. Me da mucho orgullo decirlo, porque Galapa es quizá el único pueblo del mundo en donde jamás se ha cometido un crimen”

 

            Pero a contrapelo de cuanto la inspirada poeta canta, Cantillo Prada asevera: “En historia lo que no se acredita no existe. El relato de la fundación de Barranquilla de don Domingo Malabet es una suposición, un ejercicio imaginativo. ¿Dónde están los documentos que el señor Malabet afirma haber consultado al respecto?” Apoyado en una abundante información histórica, Cantillo Prada va más allá y habla de una “línea especulativa” al amparo de la cual Don Gustavo Arboleda manifiesta en su “Manual de Historia de Colombia” que Barranquilla fue fundada el 7 de enero de 1630, siendo su primer poblador un señor llamado Francisco María Verdejo. Y continúa Cantillo recogiendo la “también afirmación sin fundamento” del general Juan José Nieto en su “Geografía histórica, estadística y local de la Provincia de Cartagena, República de la Nueva Granada descrita por cantones”, quien afirma, “sin citar fuentes”, que Barranquilla fue fundada en 1629 y erigida en villa en 1775, “cuando en realidad tal erección en villa solo se dio el 7 de abril de 1813 y en Capital del Departamento de Barlovento o Tierradentro cuando Manuel Rodríguez Torices era gobernador presidente del Estado Libre y Soberano de Cartagena”.

            A página seguida, Cantillo Prada cita al historiador José Agustín Blanco, quien, intentando sepultar la leyenda de las vacas de Galapa, sostiene en su obra “El Norte de Tierradentro y los orígenes de Barranquilla” que “no podemos creer que los indígenas de Galapa fueran los ganaderos fundadores”, porque, “¿cómo podrían ellos salir a fundar un sitio de libres –Camacho, San Nicolás... o como se llamara--  si ellos mismos no eran libres?”

            Y la polémica (“de alquilar balcón”, como aquí se sostiene) continúa:

            Interviene entonces Miguel Camacho Sánchez, citado también por Cantillo: “Barranquilla no tuvo origen pastoril, porque los agricultores y ganaderos no hacen ciudades sino eras y potreros. Barranquilla tuvo su núcleo original en un sitio de embarque y tráfico comercial, pues quienes almacenan y custodian bienes sí necesitan recintos urbanos”. Y luego de referirse a las doctrinas franciscanas de Mompox, de 1569, Cantillo Prada parece ahondar en la querella sosteniendo que si en aquel año ya se hablaba en dichas doctrinas  --“Doctrinae de Mompox, Domus de la Xegua, de Barranquillas y de Menchiquejo”--, mal podría haber sido fundada la hoy Capital del Atlántico en 1629 por un grupo campesinos de Galapa.

            Finalmente, abriendo el compás –sin darse cuenta, quizá—  para que quienes amamos el mito y los actos imaginativos nos afirmemos en la importancia de la leyenda de las vacas de Galapa, Cantillo Prada concluye:

 

“Es imposible afirmar la fecha exacta cuando se dio el asentamiento ribereño que con el paso del tiempo y la acción del hombre llegaría a ser la ciudad de Barranquilla, pues a diferencia de otras ciudades colombianas, la capital atlanticense no tuvo documento o protocolo alguno de fundación. Barranquilla no fue fundada por conquistador europeo alguno, no tuvo los blasones coloniales de sus vecinas Cartagena o Santa Marta, lo que no significa que dicha ciudad tenga una ‘historia oscura’ o lo que es aún más irresponsable, afirmar que ‘no tiene historia’...”

 

 

Sobre la muy respetable –y bien documentada-- posición de Cantillo Prada, nos atrevemos a afirmar dos cosas y a preguntar otra. Primera: que Barranquilla sí tiene historia; y que esa historia, ante la ausencia de fechas y protocolos concretos de fundación, comienza –según l sentir popular-- con las vacas de Galapa. Segunda: que a la luz del innegable desastre, ‘humano y cultural’, que representó el holocausto de la Conquista --y el posterior crimen del transplante de negros esclavos—, para Barranquilla resulta históricamente más digno y honroso haber sido fundada por pacíficas “vaquitas con belfos de plata” que por sanguinarios e insaciables españoles con belfos de oro. Y la pregunta: ¿Por qué  esas ganas de Barranquilla de negarle a un municipio del Atlántico –Galapa, en este caso— el honor del más remoto origen de sus orígenes?  Y... ¡de un origen tan cargado de leyenda y de poesía!

Pensamos que levantar un monumento a Curramba, la primera vaca de Galapa que llegó a beber agua en las riberas del Magdalena –en las llamadas Sabanitas de Camacho--, en nada atentaría, como leyenda y poesía, contra lo que el mismo respetable historiador Cantillo Prada sostiene al cierre de su muy esclarecedor ensayo:

 

“Barranquilla es el resultado de un proceso demográfico lento y espontáneo, iniciado mucho antes de la llegada de los españoles a las tierras ubicadas al norte de Tierradentro (Mequejo, Camacho y Alipaya). Dicha ciudad tuvo una fase de transición hacia los siglos XVI y XVII, período durante el cual la población nativa desapareció y Barranquilla se transformó en un sitio de vecinos libres, los cuales pudieron hacer uso de la tierra rústica por ocupación directa, por adjuduicación legal por parte del Cabildo de Cartagena, por herencia o por “composición” con la Corona. En este último caso se trataba de que el súbdito interesado, despúes de ocupar la tierra, de posesionarse de un pedazo, legalizaba su situación pagando al rey de España una determinada cantidad de dinero. La iniciación del proceso de ocupación y uso de la tierra por parte de los españoles en el área que hoy ocupa Barranquilla, como en todo el partido de Tierradentro, se operó inmediatamente después de la expedición del Adelantado Pedro de Heredia a esa parte de la Provincia de Cartagena. Se deduce que los hombres de las huestes de Heredia necesitaban pronto aclarar su situación económica y asegurar su futuro”.

 

Permítaseme, como apostilla de lo anterior, acudir a la locución que en una de sus novelas esgrime un personaje del escritor norteamericano Jim Harrison, cuando un anciano indio lakota hace esta pregunta a sus nietos: “Hijos, ¿adónde van las historias cuando nadie las cuenta?”. Y, permítaseme responder: Cuando nadie, nadie cuenta nuestras historias, se pierden ellas y nos perdemos nosotros. Como colofón, cabe parafrasear a Eduardo Galeano y decir que hemos guardado un silencio parecido a la ignorancia... o, tal vez, a la falta de astucia.

 

 

VI

 

 

Otra cosa que solemos, o pretendemos ignorar –remiténdola al plano de lo críptico y enigmático— es aquella de la preeminente aportación de lo negro a nuestra cultura, y ante todo a nuestra índole pacífica y festiva. Es cierto que ninguna población del hoy Atlántico fue puerto negrero, que el tráfico o comercialización de vidas humanas –de ‘piezas’-- traídas desde el África, jamás tuvo carácter institucional en su territorio; y que, por tanto, constituiría un hallazgo fundamental cualquier documento que apareciera al respecto desde un archivo. Pero también es cierto que la presencia del Africa es más que palmaria en muchas de nuestras manifestaciones y muchos de comportamientos. Bástenos con echarle un vistazo a nuestra manera de hablar, de bailar, de comer y de proceder. Bástemos con acudir a unas pocas de las abundantes páginas que los estudiosos han escrito sobre el Carnaval, de Barranquilla o de las varias poblaciones del Atlántico que, al igual que la gran urbe, lo han asumido como propio. Surge, así, el interrogante: ¿Por dónde, entonces, y desde dónde y cómo, llegaron a estas tierras los portadores de esa preeminente aportación?

            La respuesta a ese entresijo perece haber sido siempre clara. Llegaron como esclavos, traídos por los primeros hacendados, o como negros fugados, con carácter de cimarrones, desde las haciendas aledañas a Cartagena y Santa Marta, o río arriba por las corrientes del Magdalena. Y, para abundar en la respuesta, los mismos estudiosos –Angulo Valdés, Arocha, Fals Borda, Friedeman, Consuegra Higgins, Avila Guzmán, Colpas, Ferro Bayona, De la Espriella, Escalante y otros-- agregan que se integraron a las incipientes explotaciones agropecuarias del antiguo Tierradentro, dando curso a la consolidación del mestizaje y del trietnismo primigenio. La respuesta, ya lo vemos, es clara y no lo es. Porque, en el proceso de reconstrucción de la identidad atlanticense, es preciso abundar también en detalles; hasta en los últimos, para así poder, insistiendo en el pensamiento de Frost, asumir lo que fuimos y entregarnos plenamente a lo que somos, en busca de la redención mediante ese darse integral. Sin embargo, entrega es, ante todo, conocimiento; así como información es poder. El destacado sociólogo atlanticense Orlando Fals Borda, afirma:

 

“Los negros mismos no se habían negado a hacer contacto con los blancos. Se sabe que habían intercambio regular entre los palenques y las haciendas cercanas a ellos, y que celebraban bundes generales. Recibían sacerdotes de vez en cuando y no dejaban de ir a la ciudad, con el cuidado necesario”.

 

 Es de suponer que en el Atlántico del siglo XVII, se reprodujo el esquema de la explotación señorial-esclavista, aquella manera de producir en la hacienda que combinaba terrajeros mestizos, indios concertados, jornaleros blancos y, desde luego, negros; ya fueran esclavos o cimarrones libertos de facto, a quienes se les permitía trabajar –tal vez-- en calidad de terrajeros. Poco se conoce el detalle de aquella organización señorial en el viejo Tierradentro, pero sí es cierto que, ante la insistente fuga de esclavos y la también insistente conformación de palenques, al gobierno de la Cartagena de ese siglo XVII y del siguiente, se le conocieron posiciones bastante laxas al respecto. Manuel Zapata Olivella anota sobre Cartagena:

“Todo revela que los africanos prácticamente entraban y salían a la ciudad como amos y señores por sus haciendas, sin encontrar modo de meterlos en cintura”.

 

Lo confirma esta medida, según también anota Zapata Olivella:

 

“...que ningún negro ni negra se junten los domingos y fiestas de cantar y bailar por las calles con tambores, sinó fuere en la parte donde el Cavildo lo señalare, y así se les dé licencia que puedan baylar, tañer y cantar y hazer sus regocijos, según sus costumbres, hasta que se ponga el sol, y no más sinó fuere con licencia de la Justicia...”

           

Son, pues, muchas las manifestaciones, aún vivas en el actual Atlántico, que se afirman en esa porción negra de nuestra trietnia original –-antes de que el aporte de sangres de otros continentes nos convirtiera en una especie de raza cósmica. Las danzas del Carnaval procedentes de esos Cavildos, son apenas una muestra de esas manifestaciones. Ante tales hechos, no resulta extraño que la precencia de dos productos concretos, de muy alta estima y de muy alto consumo en la comarca atlanticense, llamen nuestra atención: el guandú y el cucayo.

             Empecemos con el guandú, o guandul, cuyo nombre científico es Cajanus indicus- leguminosae. Aunque es una especie de origen controvertido –al parecer, procedente de la India, según denota su apelativo científico--, debió haber llegado a América desde el Africa, con motivo del comercio negrero. Es curioso que en las Antillas-menores francesas se conociera a partir del siglo XVII como “fríjol de Angola”, y en las inglesas mayores, particularmente en Jamaica, como “Angola pea”. Por la misma época, sin embargo, ya era conocida esta leguminosa en los dominios españoles del Caribe. Una relación sobre la isla de La Española, escrita por Domingo Fernández Navarrete en 1680, trae esta anotación:

 

"...otro árbol hai de que tengo algunos piés en mi huerta: llámase guandul; su fruta son unas vainillas, mucho más pequeñas que algorrobas, de que también he visto en los campos; tienen dentro un grano algo menor que garbanzos, son de buen sustento y gusto, y el árbol es alegre, y vistoso".

 

En la parte francesa de La Española se producía también dicho grano, y allí se le conocía –cosa que coincide con lo anotado al respecto de las Antillas-inglesas menores-- como “pois d'Angole” o “pois de Congo”. Sin embargo, no lejos de allí, en la Guayana francesa, ese “pois d’Angole” o “pois de Congo”, fue usado en las haciendas como cultivo a intercalar en los callejones de caña de azúcar. Así, es de suponer que, trabajando los esclavos en aquellas plantaciones, el guandú fue utilizado, además de como cultivo alterno, como alimento para la negrada.

            En Colombia, únicamente en el Departamento del Atlántico se cultiva, se consume y se asume el guandú como plato que define de algún modo, y a la par de otras delicias, la gastronomía comarcal. Otra de esas delicias, aparte de la arepa’e huevo de Luruaco, el arroz con lisa de Barranquilla y la mojarra de Puerto Colombia –por mencionar pocos—, es el arroz con coco y, ante todo, el más delicioso y apasionante de sus subproductos: el cucayo. Cuyos nombre y procedencia son indiscutiblemente africanos. En su ensayo The Spanish Language in the Americas 500 years After (La lengua española en Las Américas 500 años después), el profesor Jorge E. Porras, de Sonoma State University en los Estados Unidos, establece que las siguientes palabras, hoy de nuestro pleno uso, tienen su origen en la lengua kikongo de la costa occidental del Africa:

 

“...conga’ (danza); ‘macondo’ (tipo de banana);  ‘bangaña’ (vasija hecha del totumo); ‘biche’ (verde, inmaduro);  cucayo (quemado); ‘motetes’ (pertenencias); ‘musengue’ (espantamoscas); ‘ ñoña’ (excremento); ‘ñango’ (trasero); ‘ñoco’ (manco); ‘monicongo’ (muñeco).

 

Igualmente, establece el profesor Porras que, de la lengua kimbundu, del mismo Africa occidental, proceden: 

 

‘cachimba’ (pipa); ‘bemba’ (labio grueso inferior); cumbia’ (canción, danza); ‘marimba’ (instrumento musical); ‘tanga’ (traje de baño femenino de una pieza), y ‘samba’ (baile rápido)...”

 

Frente a tal cuadro, sobraría cualquier explicación. No obstante, es preciso anotar que, así como el Departamento del Atlántico resulta ser la única comarca de Colombia en donde se consume con devoción y sentido de pertenencia el guandú en variadas formas, es también la única región del país en donde al residuo quemado del arroz en el caldero, no se le llama pegao, como en el resto de la Costa Atlántica, o pega, como en muchos lugares del resto del país, sino cucayo, como los Kikongos del Africa Occidental. Razón podría tener el profesor Benjamín Torres, del Departamento de Estudios Latinoamericanos de Western Michigan University, cuando en su libro Elogio de la Fonda –sobre la comida popular en Puerto Rico-- afirma: “No sólo en este país sino en el Caribe en general, todos comemos como negros”. Bastaría con pensar en las tajadas de plátano fritas, en el ya mencionado arroz con coco, en la lengua alcaparrada, en el revoltillo de huevo con criadillas de toro, en las conservas de Semana Santa, en el sancocho trifásico, y en todos esos platos cuyos ingredientes era permitido consumir a los esclavos o a los peones, porque no resultaban acordes con los exquisitos gustos del patrón. En el libro Memorias de un viajero que quiso ser alcatraz, firmado por quien estas páginas escribe, aparece consignada una corta historia titulada Once por ciento, la que podría dar una mejor idea de lo aseverado:

 

“Como trabajo de campo para un seminario sobre Ideología y Cultura, el profesor asignó a sus alumnos la tarea de averiguar por qué en la región de Choluteca, Honduras, la gente del común tenía tan poco acceso a la buena carne vacuna; y por qué los llamados ‘platos típicos’, emblema según muchos de la nacionalidad, eran confeccionados con base en las menos agradables partes de la res: los bofes, los sesos, la cola, las patas, el estómago y la lengua.

                        Las alumnas del curso utilizaron entonces las armas femeninas. Apoyadas en sus encantos, lograron llegar a los más altos ejecutivos de la  compañía exportadora de carnes que operaba en la región: un packing-house de capital extranjero. Allí se enteraron de cuanto las leyes del país establecían al respecto. Para beneficio de las clases populares de la Nación –según la ley -,- debía exportarse sólo el 89% de la res total, mientras el 11% restante tenía que ser destinado al consumo local.

                        Desde luego, la base de los ‘platos típicos’ --emblema de la nacionalidad--: los bofes, los sesos, la cola, las patas, el estómago y la lengua, componían ese 11%.

                        Aquel trabajo de campo fue casi una tesis de grado”.

 

            Entonces, recordando a Tierradentro y volviendo al Atlántico de hoy, es preciso preguntarse: ¿Fue el espíritu libertario de los esclavos fugados, y por tanto ya no esclavos, lo que permitió que la negrada se arrogara el derecho elemental –y fundamental— de llamar sus cosas de pertenencia por el propio nombre...  guandú al guandú y cucayo al cucayo? Insignificante detalle pareciera éste, en medio de tan amplia constelación de asuntos relacionados con nuestra historia de sometimientos, de guerras civiles, de abusos de poder, golpes de estado, patrias bobas, cesión de territorios, masacres, violencias endémicas, despojos e injusticias, y más guerras; pero, ¡qué gigantescas y significativas metáforas de la Historia, esa del cucayo y esa del guandú, para quienes buscamos asumir a plenitud lo que somos!

Sí. Porque sin ese espíritu libre, sin ese ánimo lúdico, sin ese aire de descomplicación ante los más trascendentales sucesos de la vida y de la Historia, la conformación del carácter atlanticense habría sido algo muy diferente de lo que es en la actualidad. Pareciera que conserváramos intacta la índole del negro cimarrón, e incólume la actitud de rebeldía frente a todo lo convencional. Tal vez, sin esa índole intacta, el atlanticense en general –tributario cultural de la Gran Urbe— no habría podido aportar lo que aportó desde los campos y los villorrios, desde la libertad de acción y la casi ausencia de amo y señor, a la conformación de lo que se ha dado en llamar “el modo de ser barranquillero”. Citemos al siempre recordado maestro Alfonso Fuenmayor:

 

“El barranquillero no es un tipo étnico de buena o mala calidad. Tampoco es un tipo racial más a menos definido. Es un hombre que gasta el dinero mucho antes de pensarlo, que habla casi a gritos porque quiere que se le entienda, que se considera lo suficientemente joven para tomar nada en serio; que, indefectiblemente, y como una cuba que pudiera gritar, se emborracha en el Carnaval, y que inicia industrias exóticas en el país y que las abandona cuando se convence de que son un buen negocio, que se aburre de llamar a las cosas casi siempre por un mismo nombre. El ron blanco, por ejemplo, que ha tenido incontables y fugaces nombres, se llama ahora, y desde hace unos cuantos meses, ‘gordolobo’...”

 

Ese membrete de ‘gordolobo’ fue producto de la mencionada actitud. Nació, como nombre para el ron producto de alambiques clandestinos, en los puertos del Atlántico --¿Sabanilla, Salgar, Puerto Colombia, Bocas de Ceniza? Y tiene mucho que ver con una conocida marca de ginebra inglesa. A partir de una mezcla de enebro, jengibre (ginger en inglés), anís, semillas de cilantro, cáscaras de naranja, nuez moscada  --algunas veces  comino holandés o pimienta africana--, los ingleses empezaron a producir la ginebra (el gin), desde comienzos del siglo XVI. Ante todo, como bebida alcohólica; pero también como remedio contra las temidas enfermedades tropicales --especialmente la malaria— y acompañado de un agradable ‘mezclador’: el ‘agua tónica’. Aunque la ginebra tiene origen holandés (viene de genevere, aguardiente), con el correr de los años el producto se convirtió en algo tan inglés como en Big Ben; máxime, cuando halló una voz homófona en la dama Ginebra –Lady Guenevere-- reina de Arturo, aquel de la mesa redonda. Esto anota al respecto la investigadora Ana Alfaro del diario La Prensa de México:

 

“Los soldados británicos destacados en India, fueron los primeros en utilizar la quinina para prevenir la malaria. Encontraron que al combinar la quinina con agua carbonada, la fiebre bajaba más fácil, y llamaron al menjurje “tónico”. Luego, se aficionaron a mezclar este tónico con su ración de ginebra, y así nació uno de los tragos más conocidos del mundo: el gin and tonic...”

 

Una de las marcas de ginebra que mejor se cotizó en el mercado internacional fue la Gordon’s, cuyo logotipo lo constituía un pequeño lobo circulado. Los marineros de toda nacionalidad, consumían aquella bebida durante las travesías, pero conservaban las botellas vacías para intercambiarlas por productos regionales –artesanías, bordados, frutas o servicios sexuales-- con los locales de los más exóticos puertos del mundo. En los muelles del Atlántico, estos locales vendían luego las botellas de la ginebra Gordon’s, la del  lobo, a los fabricantes de aquel ron blanco clandestino, al que la gente empezó a llamar --dados el letrero y la figura en la etiqueta del envase--, primero Gordon-lobo y luego, simplemente, ‘gordolobo’. De ese espécimen humano, perspicaz e inventivo, rebelde ante el acartonado lenguaje de las academias e indómito frente a las convenciones de la vida, habla el maestro Fuenmayor cuando se refiere al barranquillero, con la gracia, la inteligencia y el donaire que siempre lo caracterizó. A él y a ellos.

Pero ese barranquillero y su “modo de serlo” que el maestro señala, es producto, en última instancia y antes de los aportes posteriores, de la libre mixtura de los pacíficos indios Mokanás con los ardorosos ibéricos de cruz y de espada, y con los negros esclavos o cimarrones plantadores de guandú, vigorosos como su historia, quemados como el cucayo y contestatarios como perro enjaulado. Esa original trietnia fue la que, en su condición anárquica y ufana, festiva y descomplicada, abrió La Puerta de Oro a las posteriores migraciones que se supieron llegadas a unos dominios sin acartonamientos, sin sujeciones y sin señor.

 

En algún lugar del Caribe, 2006

 

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