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DAVID SANCHEZ JULIAO
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OBRA ESCRITA


 

 

HUMOR

EL ZAPATERO DE CHOACHÍ

 

A Margalida Castr

Don Posidio, el mejor zapatero de la población de Choachí, en el Departamento de Cundinamarca, en Colombia, Suramérica, no tiene la obligación de saber quién es don Manuel De Falla, Jacqueline Du Pres, Zubin Mehta o Itzak Perlman; como tampoco tiene la obligación de saber a qué se refieren los comentaristas de la Radio Nacional de Colombia cuando hablan de Shostakovich o de Yehudi Menuhin; por eso, lo perdono. No al afamado violinista Yehudi Menuhin, aclaro, sino a don Posidio, el zapatero de Choachí. Pero, aún con perdones, se me hace imposible no referirme a cuanto a don Posidio sucedió con uno de esos nombres que, para ser bien escritos, deben ser consultados, menos en la biblioteca y más en la discoteca.

Don Posidio, además de las agujas, de los hilos encerados y de las leznas, era un apasionado de las aguas termales; no porque de un momento a otro hubiera caido en cuenta de que sus esencias y vapores eran benéficas para la salud de un zapatero, no. Sino porque desde antes de la sangrienta llegada de nuestros malos abuelos españoles, Choachí había contado con aquellas pozas naturales en las que los niños muiscas de todos los tiempos disfrutaban de las nostalgias y las saudades del mar ignoto.

Hace ya muchos años, el virtuoso violinista Yehudi Menuhin llegó a Bogotá con el objeto de interpretar, en el marco de la Sinfónica de Colombia, el Concierto para Violín y Orquesta de Ludwig Van Beethoven... ante la llamada inmensa minoría que compone el reducido público del Teatro Colón. Y el maestro Menuhin, aficionado a las prácticas de salud, fue informado de que a pocos kilómetros de Bogotá, en la población de Choachí, podría tomar un baño de reconfortantes aguas termales, antes del concierto de esa noche. El mundialmente reconocido virtuoso partió, pues, temprano en la mañana, hacia la agradable y misteriosa población. Pero ya en Choachí (apenas al bajar la falda opuesta a la cara bogotana de Monserrate), fue informado de que don Posidio Rueda, zapatero del pueblo, tocaba el violín. Y de algo más, dos puntos: que por muchos años, el hombre de leznas había sostenido que el violín que mantenía colgado de un clavo en la pared de su vetusta zapatería, junto a las hormas y los cueros, era un Stradivarius.

Conmovido, Menuhin pidió ser llevado a la zapatería una vez finalizara su baño termal. Y, en efecto, después de las toallas del secamiento y de la fresca vestida de la media tarde, fue conducido al lugar. Saludó a don Posidio con esa calma adquirida en los diálogos de violín y cítara hindú con Ravi Shankar y en los intercambios de razones y congojas con siete gurús de cinco ashrams; y ante la premura, pidió a don Posidio que le enseñara el Stradivarius. El ojo certero del maestro examinó el instrumento con pericia de relojero suizo, tactó sus maderas, ya en el tránsito hacia la pátina de un caoba desteñido, y, sosteniéndolo con la mano izquierda, acomodó la caja de resonancia entre el hombro y la barbilla.

Al gran Menuhin, maestro de maestros en el arte de tocar Stradivarius varios, le bastó con fabricar sólo una nota para saber que aquel violín no lo era, y que don Posidio mentía... y Choachí entero también. Entregó el instrumento al ilustre zapatero don Posidio, quien lo volvió a colgar del clavo centenario y se dispuso a continuar su labor de martilleo sobre una suela rebelde que había venido trabajando por semanas; suela que su ayudante empezaba a llamar La Inconclusa de Posidio.

Cuando Menuhin y su comitiva abandonaron el taller de don Posidio, los curiosos de Choachí preguntaron al zapatero:

---Don Posidio: ¿Y ese gringo sí sabe acaso tocar su Stradivarius?

Don Posidio, entonces, respondió sin levantar la vista de la suela inconclusa y sin suspender el martilleo:

--Tiene idea, muchachos, tiene idea.


 

EL QUE ENSUCIA PAGA  

Entre escritores se habla mucho sobre el terror ante la página en blanco. Me consta que existe, y que es sólo comparable a los instantes de capilla antes de pasar al patíbulo. Joaquín-Armando Chacón, el famoso narrador mexicano, comentaba en Cuernavaca que era tal el estrago del pánico que, antes de sentarse a la máquina, manifestaba a su mujer un último deseo: un café caliente. Su comentario no tardó en hacer carrera. Pronto, en los cafetines del zócalo de la ciudad, los intelectuales ya no ordenaban un café al mesero, sino “un último deseo”.

Según las confesiones de otro genial creador, Enrique Grau, a los pintores sucede lo contrario. El terror para ellos --comenta el maestro—consiste en no tener un espacio en blanco para manifestarse en líneas y colores; cualquier espacio: un pedazo de papel, un lienzo, un piso, una pared. Tal vez, la gran diferencia entre pintores y narradores radique en que, para los primeros existe la inspiración --como para los poetas--, mientras que para los segundos, como alguien dijo, el arte es producto de noventa por ciento de transpiración y diez por ciento de inspiración.

¿Adónde voy con todo esto? A una anécdota. Tuve en días pasados la oportunidad de asistir en Cartagena a un día de playa ofrecido por Evelia González de Emiliani, en honor del director de cine Ernesto McCausland. Un grupo de amigos nos reunimos para congratularnos con el éxito del filme “El último Carnaval”; entre estos amigos, se encontraba Enrique Grau. Todos contamos historias y pasajes relacionados con nuestros oficios. Hubo, desde luego, anécdotas de antología. Pero, entre todas, sobresalió la del pintor cartagenero, por concisa y puntual, y porque expresa la aparente ingenuidad con que a veces la agudeza caribe desmitifica sus valores humanos con latigazos verbales en los que aún, tantos años después, continúa vivo el fantasma de la Inquisición.

Enrique Grau acostumbraba ir a un bar en el sector amurallado de Cartagena. Un día, encontró que habían pintado de blanco las paredes del bar; y entre ellas, una, desnuda y sin decorar, espoleó su instinto. Agarró lo que tuvo a mano, carbones, lápices, esferógrafos, y se lanzó a pintar la pared. No tardó el hermoso mural en aparecer frente a los ojos de la clientela. Hasta ahí, dice Grau, recuerda él. Pero también recuerda bien, que tres días después regresó al bar y halló la pared... blanca de nuevo e inmaculada. Desconcertado, Grau se restregó los ojos (“Yo había hecho algo aquí”, comentó para sí entre dientes), pero no pudo seguir pensando, pues la voz del propietario del establecimiento resonó desde la barra, mientras señalaba la pared: “Enriquito: ahí la volví a dejar blanca otra vez, ¡y si la vuelves a ensuciar... me pagas la pintada!”.


 

LA RECETA DE TITA     

 

José Antonio Fuencarral es un español de cuarenta años que afirma que jamás en su vida ha visto una cucaracha en persona. José Antonio está mintiendo cuando eso afirma, o simplemente, como decimos en Colombia, se las da. Está muy de moda el dárselas de gringo   o hacerse el gringo por estos tiempos en España, ahora que este país ha empezado a sentirse más europeo por gracia y ventura del ingreso a La Comunidad. Ya los comentaristas de televisión no hablan de Ricardo Burtón para referirse a Richard Burton, ni las películas de Tarzán se doblan al español de manera que el Hombre-mono pueda advertir a su mujer la presencia de los elefantes con las siguientes palabras:  "Jáne, de a prisa que voy a por las lianas. Refugiémonos en los arrecifes que allí vienen los paquidermos". No, simplemente no, porque desde hace ya muchas, pero muchas décadas, en España hay destape; incluso idiomático. Pero eso de venir a dárselas diciendo que no se conoce cucarachas ni mosquitos, es negar la presencia en los hipermercados, como aquí los llaman, de la sección de insecticidas; esto, por decir lo menos.

            Pero las poses  de José Antonio Fuencarral  quedan en pañales comparadas con las confesiones de Tony Bean, un amigo de Nueva York, quien frente a mí contó en esa ciudad que jamás, y eso lo creo, había visto un pollo vivo. No es raro que un neuyorkino, y más si es de Manhattan, nunca haya deleitado su vista en el plumaje de una gallina, y que la idea que tenga del pollo sea la de un ave de corral nudista, sin cabeza, como un fantasma, y con las patas estiradas hacia arriba al igual que un boxeador cayendo al ring; fantasma sin cabeza que se comprará en un hipermercado, se echará en agua condimentada y se comerá con patatas fritas y verduras precongeladas. Para un extraterrestre de estos, una gallina casera levantada a mano con maíz en el patio de casa, es una referencia que recuerda la Edad Media. Un neuyorkino jamás ha visitado una granja ni sabe qué cosa es un guacal.

            En mi pueblo natal, en Sudamérica, sucede lo contrario que en Nueva York, pues allí no se conocen los pollos congelados. Esta novedad del atraso aún no ha hecho su aparición por esas tierras, como tampoco el pan tajado envuelto en plástico, ni las verduras precocidas ni las patatas prefritas. Tampoco los veloces hornos microondas. Pero más importante que todo ello, es que en mi pueblo los pollos no son fantasmagóricos, ya que todos vienen con patas y cabeza, y picotean y parpadean y corren cuando presienten el peligro. Pero óiganme: para recordar aquello de que estas aves de corral son aún levantadas a mano, con maíz verdadero y en el patio de la casa, tuve que venir a Europa.

            Sí. En España he aprendido a cocinar algunos deliciosos platos españoles, ya que la cocina es una de mis debilidades. He aprendido, por ejemplo, a preparar la mundialmente conocida tortilla a la española con huevos, patatas y guisantes; la paella valenciana con gambas, pollo, cerdo, langostinos y pulpo; el cocido madrileño, los calamares a la romana y los deditos de corvina. Pero también he aprendido a echar de menos, como nunca, algunos exquisitos platos de la cocina de mi madre; ante todo, el fascinante pollo guisado en leche de coco que prepara una de mis más queridas primas, llamada Tita.

            Por ello, luego de un mes en Madrid, decidí escribir una carta a mi prima, quien vive en el pueblo, allá en Sudamérica, solicitándole que me enviara por correo la receta, bien detallada, de su famoso estofado de pollo con coco. Y he aquí que un buen día de mes y medio después, no bien había llegado a casa el coco que encargamos a un mesonero de las Islas Canarias que tiene un puesto en el mercado de La Latina, me abordó el portero del edificio con una carta de Tita, puesta al correo en nuestro perdido pueblito sudamericano tres semanas atrás. Tita, quien no puede concebir que alguien venda pollos ya limpios y pelados, y mucho menos congelados, propuso en su carta que yo me apoyara en todo cuento ella supuso que yo sabía. Por ser la carta... de antología, De todas formas, me permito transcribirla con todo y su hortografía, palabra que, para variar, la prima Tita escribió con hache. He aquí la carta:

           

" Querido primo:

            Espero que al recivo de la presente, te encuentres bien en unión de todos los que te rodean. Dios quiera que todos por ayá estén bien en España. Si pasas por Brazil no te olvides de traerme un disco de samba.

            Me dice mi tía que quieres la reseta del pollo guizado en coco. Te la boy a dar. Procura hacer bien todos los pasos porque si no los sigues no te sale. Mira:

            Vas al mercado, bien temprano en la mañana, entes de que se llene de jente. Compras un pollo, le dices al señor que te lo despache gordo y grande pero que no sea biejo. Le cojes el peso agarrándolo por las patas y le das tres sacudiditas. Si te echa las manos para abajo, pesa como cuatro libras. Si no, no lo compres. Busca otro, o dile al biejo que te está robando. Después te lo llevas apié para la casa, siempre sosteniéndolo por las patas, para que la sangre se le baya para la cabeza y cuando lo comas salga blandito. Llegas a la casa y enseguida pones a erbir bastante agua en una olla bien grande, que quepa el pollo. Antes de matarlo, corretéalo bastante por el patio, para que se agite y se le ablanden la pechuga y los muslos. Las alas te van a salir duras, eso sí, porque el pollo no vuela. Cuando esté bien cansado, lo coges, y le retuerces el pescueso como un molenillo. Cuando estire la pata, lo metes en el agua irbiendo y esperas que se le ablanden las plumas. Después, lo sacas, sin chorriar el piso de la cocina, y te sientas en el banquito del patio a desplumarlo con cuidado, una por una. Cuando ya esté encuero  (perdona la mala palabra), lo pasas por el fogón, atisando bien el carbón que haga yama, y le quemas bien quemaditos los cañones de las plumas hasta que huela a chamuscado, como a brillantina moroline quemada, o camarajú tostao. Ahí, le cortas la cabeza con una champeta afilada y le echas la cabeza a los perros, que se van a poner felices. Lo abres y le sacas las bíseras, pero guardas lo que sirba: la molleja, el hígado y otras cositas. Le cortas las patas por abajo de las rodillas, y las guardas para el caldo “levantamuerto” de menudencia, que creo que allá te hará mucha falta porque me dicen que los españoles son bastate parranderos y bebedores, según he visto en las películas de Sarita Momtiel que he ido a ver al Teatro Martha.

Y ahí ya sí, ya, primo, te queda listo el pollo. Lo demás es fácil: lo guisas bien rico en leche de coco como tú sabes y mi tía Nhora, tu mamá, seguramente te enseñó... y te quedará delicioso.

            Bueno primo, saludes a todos por allá. Si ves por ahí un peinetón y una mantilla de sevillana, tráeme las dos cosos para el próximo baile de disfraces en el club. Acá te los pago. Sin más por el momento, se despide tu prima que te quiere mucho:    

 

Tita".

 


 

LAS TIAS EU Y EFI  

 

Eulalia y Efigenia fueron un par de tías-abuelas de mi madre, que tal vez nunca existieron. En ocasiones las evoco en las neblinas de la memoria como a un par de fantasmas de trenzas, chanclas y faldas largas, deambulando por el enorme caserón que habitaban a orillas del río Sinú, y poseídas por la irreverente manía que siempre las acompañó: la de regar las plantas con la vehemente obstinación de un jardinero sin oficio, y otra aún peor: la de cambiar de sitio cuanta cosa hubiera ocupado un mismo lugar en la casa por más de vienticuatro horas seguidas.

Debido a este último hábito, es imposible que hoy tenga un recuerdo preciso de la enorme mansión de madera y techo de zinc, en uno de cuyos traspatios las tías habían levantado un gigantesco tendal en el que se dedicaban a un oficio, no por prosaico menos insólito: el de hacer bocadillos de guayaba.

¿Qué tendrá de insólito –-me pregunto hoy-- fabricar bocadillos de guayaba en un pueblo del Sinú? Nada, respondería al rompe. En verdad, nada. Lo insólito de la factura de aquellos bocadillos, no estribaba en el hecho de fabricarlos, sino en que eran hechos con las guayabas que, en el segundo traspatio, daban los árboles que Eulalia Primera y Efigenia Primera (dos tías-abuelas de mis tías-abuelas) habían sembrado a mitades del siglo XIX... exáctamente, veinte años después de la muerte de Simón Bolívar en San Pedro Alejandrino. Pero tampoco en aquello estribaba lo insólito del asunto. Más bien, sí, en que Eulalia y Efigenia segundas (las verdaderas tías-abuelas de mi madre), no teniendo otra cosa que hacer, se dedicaran ellas mismas a bajar con varas las guayabas de los árboles, a hervirlas en agua del río, a pelarlas con sus manos prehistóricas, a cocinarlas en almíbar de panela, a amasar con paciencia la blanda pasta frutal, a moldearla luego en refractarias de arcilla cocida, a esperar que se enfriara, y a envolver los pequeños rectángulos de pulpa solidificada en pedazos secos de hojas de bijao, una planta oriunda de las vecinas ciénagas de San Sebastián.

Cerca de aquellas ciénagas, estaba localizada la finca de las tías-abuelas. Y de ella salían los cien cántaros de leche diarios que daban las quinientas vacas que habían heredado, como las mil hectáreas de tierra, de sus tías-abuelas Eulalia y Efigenia primeras. Dicho esto, es comprensible que a las tías-abuelas-segundas el tiempo les sabrara... hasta para confeccionar bocadillos de guayaba en todo su extenso proceso: desde la bajada del fruto hasta el último paso de la envoltura y la distribución.

Vendían muy pocos. Por dos razones: primero, porque contaban con muchas amistades en el pueblo; y hasta en Cereté y Montería. Amistades que esperaban ansiosas la llegada del sábado (día cero del proceso) para desengrasar del pantagruélico sancocho semanal con los dulces y aromáticos bocadillos de las Juliao Berrocal; y segundo, porque, cumplida la obligación de quedar bien con los amigos, el resto de bocadillos sólo alcanzaba para ser repartidos en las dos tiendas más próximas, las localizadas en dos de las casas de la acera del frente. Esas eran, la de la Niña Pachita y la de la Niña Choli, en la misma Calle de Los Pergaminos de Lorica.

Cierto día, por razones de hastío y aburrimiento, un sobrino-nieto de mis tías Eulalia y Efigenia (es decir, un tío mío, y hermano de mi madre ) emigró a los Estados Unidos. Además de las tres mudas de ropa del emigrante, el tío llevó consigo al país del Norte, una cajita de los bocadillos de las tías-abuelas. Un mes después de haber partido, envió la primera carta. En ella contaba que ya había logrado conseguir trabajo como latonero en un taller de italianos en Hollywood, Florida. También contaba que se encontraba bien de salud y que los sábados andaba saliendo a cenar a finos restaurantes con una rubia primorosa llamada Betty. Ah, y además dejaba saber que había llevado la cajita de bocadillos de guayaba a las oficinas centrales de una cadena de supermercados, en procura de que los gringos se entusiasmaran a tal grado con el delicioso sabor de aquellos pasabocas exóticos y tercermundistas, que hicieran un pedido a las tías-abuelas Eulalia y Efigenia.

Las tías-abuelas armaron un alboroto tal, que duró tres días. La alegría y el júbilo que todo Lorica les notó, no se debía al hecho de que la exportación les fuera a dar dinero, no, pues viéndolo bien, no lo necesitaban, pues nadaban en la leche de la finca. Más bien, fue el prurito de sentirse importantes exportadoras de bocadillos de guayaba, cuanto las llevó a armar la tremenda algarabía. Lorica se sentó, pues, a esperar las nuevas noticias del sobrino de las octogenarias fabricantes. Y las noticias no se hicieron de rogar. “Queridas tías –-escribió el sobrino en la siguiente carta desde Florida--: la cadena de supermercados dijo que sí. Que quieren comprar bocadillos por montones. Están encantados con la textura, la consistencia, el sabor, el olor, el color y demás cualidades del producto. Así que, pónganse a trabajar, pues la cadena de supermercados quiere, para el próximo mes, cincuenta mil cajas de a docena... para empezar. Ahora bien: si el producto goza de acogida entre la clientela, me aseguraron, pedirán la misma cantidad, pero semanalmente. Besos, Daniel”.

Las tías-abuelas entristecieron, pues como bien sabían, fabricaban a la semana apenas un total de treinta cajitas de a docena.

*      *      *

 

Hace unos días, Heliodoro García-Parra y Elssie, su esposa, me invitaron en su casa de Barranquilla a probar, después de la cena, un delicioso dulce de apio, de la marca Celis, fabricados en Bucaramanga, Colombia. Me encantó el tal dulce de apio de la marca Celis. Pocas veces había probado manjar más delicioso. “¡Qué buen dulce”, exclamé, y Heliodoro, el anfitrión, comentó: “Te digo que si el señor Celis de Bucaramanga se decidiera a exportar este dulce de apio a los Estados Unidos, se haría millonario”.

Entonces, yo, con el mayor descaro y con lujo de detalles, narré en la sobremesa la historia de los bocadillos de las tías-abuelas Eulalia y Efigenia primeras, y del sobrino de ellas, mi tío, que había emigrado a Hollywood, Florida.


 

DON FEDERICO SANTODOMINGO      

 

En cierta ocasión, el sociologo Abel Avila Guzmán me envió a Bogotá un libro con un amigo común que viajaba, llamado Federico Santodomingo Zárate, otro poeta. Mi secretaria en Bogotá le comunicó que yo me encontraba en una reunión de producción en las oficinas de Caracol Televisión. Hacía apenas pocos meses, el Grupo Santodomingo había comprado la mayoría de acciones de esa empresa; de modo que cuando quise hacer seguir a Federico a la Sala de Juntas para recibir personalmente el libro que me enviaba Abel, ya el poeta Santodomingo se encontraba instalado en la sala privada de recibo en el despacho de la presidencia, atendido por tres hermosas secretarias bogotanas que le ofrecían café, pastelillos y rebanadas de mango interiorano en platillos de porcelana, y le extendían, para que trinchara, un picaviandas de plata. El presidente de la compañía no se encontraba en su despacho, pero cuando la secretaria escuchó aquel apellido, Santodomingo, armó el alboroto y corrieron la mucama, los encargados de seguridad, la señora de los tintos y el muchacho de los mangos.

Claro que a todos extrañó la pinta del excéntrico millonario: pantalón azul desteñido, sandalias con calcetines, una chaqueta de cuero raído, el cabello alborotado como nido de oropéndola, y lo que más denunciaba su exótica bohemia: una mochila arawaka repleta de papeles, lápices y libros. “Es poeta, ¡cómo les parece, ala!”, murmuraban las secretarias en el claroscuro de los pasillos, y agregaban: “Tiene pinta de indigente”.

Para no hacer largo el cuento, como dicen los narradores orales, recibí el libro de manos de Federico y lo invité a que atravesáramos los pasillos de la empresa hasta la salida, en un medio-abrazo que me dio la oportunidad de presumir ante los bogotanos el hecho de que el autor de Gallito Ramírez --en furor por esos días-- era amigo íntimo de un Santodomingo. Bajamos a tomar café capuchino en el bistró más cercano y a festejar el malentendido.

No es la primera vez que cosas como aquella suceden al poeta Santodomingo, quien a duras penas tenía para montar en buseta antes de que lo nombraran Jefe de Prensa en las Empresas Públicas Municipales de Barranquilla, cargo que ocupa en la actualidad. Si uno lo cuenta, difícilmente le creen que cuando el poeta va a viajar en avión, las encargadas de reservas en Avianca --empresa perteneciente al grupo económico Santodomingo --le asignan la silla 1-A de la Clase Ejecutiva, y que ya en el aeropuerto, el poeta es conducido a la Sala de Personajes, de modo que el excéntrico millonario no tenga que hacer cola para el embarque, como sí la hace el resto de los mortales. Es cosa frecuente que el poeta comparta la primera fila de Clase Ejecutiva de la aeronave con un presidente de compañía, un miembro de junta directiva, un ministro o uno de los tantos alcaldes de Barranquilla.

En cierta ocasión, habiendo volado juntos de Barranquilla a Bogotá, uno de esos alcaldes llevó al poeta en su B.M.W. al “Bar Chispas” del Hotel Tequendama y luego se ofreció a acompañarlo hasta el hotel en donde después se alojaría el extravagante magnate. Y no pudo sobreponerse a la sorpresa cuando el poeta ordenó al conductor: “A la pensión Gutiérrez, por favor”. ¡Excentricidades de los dueños del poder, hastiados de ser sibaritas!-- pensó el mandatario.

Este año, Alvaro Pupo Pupo, presidente de Cervecería Aguila, empresa también de los Santodomingo, por fin se agarró al poeta en la jugada. Resulta que por estos días de diciembre, la Cervecería, embotella una cerveza especial, llamada Aguila Imperial, y que es regalada en cajas de dos docenas a personalidades y a amigos de la empresa. Es una cerveza de la mejor calidad, con el justo porcentaje de alcohol y un excelso proceso de maduración, fabricada para finos paladares y gustos delicados. Aprovechando la ausencia del presidente de la compañía por los días de Navidad, Federico Santodomingo acostumbraba todos los años tomar el teléfono y llamar la atención de las secretarias: “ Señorita --decía con voz cascada--, dígale al presidente de la compañía que este año se ha olvidado de mí; no me ha llegado la Imperial. Habla Federico Santodomingo”. Y, sin consultar con el presidente, o con cualquier otro directivo, la secretaria enviaba tres cajas a Don Federico, antes de que alguien la regañara.

Pero este año, Abel Avila cometió el error de enviar a Alvaro Pupo Pupo, el presidente de Cervecería Aguila, el libro que su Editorial Antillas había publicado al poeta Federico Santodomingo. De modo que al escuchar el nombre, Pupo exclamó:

--Jépa: ¿Y este no es aquel poeta peludo ?  ¡No envíe nada, señorita.

Y hasta ahí llegaron las glorias del exéntrico y ‘multimillonario’ poeta Don Federico Santodomingo, quien, viéndolo bien, sí forma parte de un grupo económico, sí: un grupo de poetas supremamente económicos, pues es muy poco el dinero que tienen para gastar. Amén.


 

 

EL GUAYABO DE RUTH

 

 

Fernando Avendaño, papá, porque también lo hay hijo, trabajaba desde hace muchos años como gerente de Suramericana de Seguros; pero convencido de que en Barranquilla a todos nos faltaba un tornillo, decidió irse a trabajar a una industria que los fabricaba: Impuche. Fernando es un fornido caballero, con cara de luna llena, cabellos de plata y color de mandarina; y es proverbial su amor por El Congo Grande, una danza de carnaval en cuya línea jerárquica de poder ocupa un destacado lugar. Es fácil saber por qué, cuando era asegurador, prefirió formar parte de aquel grupo de congos y no de la Danza del Torito. Simple: como el agente más importante de su empresa aseguradora era una mascota conocida como “El tigre de Suramericana”, si entraba a la Danza del Torito habría podido haber una muerte en Carnaval –a más de la de Joselito--, y el titular de El Heraldo con seguridad habría sido: “Tigre mata Toro: ¡Seguro!”.

            Por los tiempos en que Fernando era un tigre en seguros, raro: se tomó unos tragos. Y amaneció abatido por la resaca de un guayabo tal, que le dijo a Ruth, su mujer: “Mija, no me vayas a llamar a la oficina por el teléfono privado.Tengo un guayabo tan grande que no resisto el timbre de ese aparato”. Y de inmediato, dio a la secretaria la orden de que no le pasara llamadas. Pero de pronto, y a contrapelo de las órdenes, no bien Fernando había empezado a revisar los formularios de unas pólizas de vida, riiinnngg: el teléfono. Era Ruth.

--Carajo, mija, --gritó Fernando--,  ¿ no te dije que no me llamaras, que tengo un guayabo del carajo?

Ruth se percibía asustada al extremo de la línea, pero Fernando no le dio tiempo de hablar. Colgó enojado el auricular. Dos minutos después, volvió a sonar el aparato y Fernando respondió como el tigre de Suramericana que era:

--¡Seguro que eres tú otra vez, Ruth! –y sí, era ella, de nuevo--. ¡Carajo! ¡Que no me llames, te he dicho, ¿ no entiendes que no puedo con este guayabo?

--Pero, mijo, mira... --alcanzó a balbucear Ruth, antes de, al final de la frase, su marido le tirara una vez más el teléfono-- ...es que afuera, en el jardín de la casa, hay un elefante, y Fernandito, José Luis, Ricardito, Jorgito y Ruth María están muy asustados.

Corría el 4 de enero de 1968.Vivían Fernando y Ruth en la carrera 50 con la calle 84, y sus vecinos pueden hoy dar fe de que Ruth insistía en que había un elefante en el jardín.

--¿Tú estás loca, mija? ¡Carajo --exclamó Fernando--, si el que bebí fui yo! ¡No tú! !Vea qué vaina –rezongó--: viendo elefantes en los jardines --y le volvió a tirar el teléfono.

No había terminado Fernando de reconcentrarse en el análisis de la póliza, cuando otra vez Ruth: rrriiinnnggg, el teléfono.

--¡Mijo, corre, que el elefante ya rompió los vidrios de la ventana y tiene la trompa metida en la sala!

Fernando acudió al último recurso:

--Bueno, mija, ¿es que tú no me respetas?

 

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Ni Ruth había bebido, ni tenía resaca... ni estaba enguayabada. La historia era cierta, en esta tierra en donde la realidad supera a diario la ficción. Resulta que el Mono (Gabriel) Martínez-Aparicio y Hernando Vergara habían comprado el elefante de un circo que quebró en Barranquilla.Y, ¡locuras de juventud!, habían pedido permiso al Country Club para mantener el animal en los prados de lo que es hoy Villa Country. Por las tardes, los dos socios con fiebre elefantiásica, sacaban a sus hijos a pasear a lomo de elefante por las calles de la ciudad. Pero un buen día por la mañana, cualquier barranquillero tomador de pelo, ¡y de maldad!, soltó el nudo de la cuerda de cáñamo con que amarraban al paquidermo. Y el enorme Dumbo currambero salió (como Pedro por su casa) a pasear por donde a bien tenía; y se metió al jardín de Ruth de Avendaño.

 

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En su oficina, después de haberle tirado el teléfono a su mujer por enésima vez, Fernando Avendaño comentaba a su primo Josías Puche, quien llegó a visitarlo:

--¡Qué vainas tan raras están sucediendo últimamente en Barranquilla: uno bebe, y la mujer de uno es a la que le da el guayabo!


 

Quiero contarles el cuento de:

 


 

LA CONTABILIDAD DE MI TIA PABLITA

 

De repente, en Lorica se regó el comentario de que mi tía Pablita Martelo iba a viajar hasta Barranquilla a dictar en el SENA un curso de Contabilidad. Todo se debió a que el gerente del Servicio Nacional de Aprendizaje en el Departamento del Atlánitco, fue un día hasta la casa de las Martelo a saludar a Pablita y a mi otra tía, Isolina. El gerente, que había nacido en Lorica, pasaba con su familia en el pueblo las vacaciones de Samana Santa, y había ido... a donde las Martelo simplemente a saludar. Y a comprar de los frascos de la tienda de mis  tías, doce arrancamuelas, tres piononos, cuatro cocadas, un envuelto de casabitos y una bolsa de diabolines de tuyca.

 

El progreso de mis tías

Mis queridas tías Pablita e Isolina son hoy dueñas de una próspera tienda en La Calle de los Pergaminos de Lorica, gracias a que diseñaron para uso exclusivo de “Las Martelitos “ ( así se llama la tienda ) un método contable que ya envidiarían los fabricantes de computadoras y que, al decir de Pachitico Corrales Lugo --primo de mis tías-- es “ una insuperable propuesta para el desarrollo de la Informática moderna “. Método que les ha valido a mis queridas tías, un nuevo apodo en el pueblo: “ Las I P M. “ ( Isolina y Pablita Martelo ).

Tal vez, el chisme de que Alfonso Doria las iba a invitar a Santa Marta a dictar un curso de Contabilidad, nació del hecho de que Lorica toda está enterada del Método I.P.M.

Mis tías, “Las Martelitos”, han amasado una pobreza franciscana desde el principio de los tiempos; desde cuando aun vendían en su ya legendaria tienda los los hoy inexistentes caramelos en balsa y los hilos en peloticas. Cuentan que su pobreza inicial era de tal magnirud, que un día su primo Pachitico pasaba por frente a la tienda destartalada y de estantes casi vacíos, cuando mis tías lo hicieron entrar para contarle que la noche anterior se les habían entrado los ladrones.

Pachitico Corrales no tuvo pelos en la lengua para decirles:

-- ¿Y de qué se preocupan, primas, de qué se preocupan?  ¡ Aquí los ladrones vendrán, si acaso, a traer!

Veinte años después, sin embargo, el progreso ha tocado a las puertas de “Las Martelitos “. La tienda es ahora un próspero majal ( así llaman los turcos de Lorica a sus negocios ), en donde hay de todo y frente a la cual se aglomeran los muchachos a comprar dulces de arrancamuelas, piononos, bolitas de uña, diabolines, panderitos, conservas, bocadillos, bananos, trompos, cocadas, que mis tías Pablita e Isolina sacan de la enorme fila de frascos de vidrio que mantienen alineados sobre el mostrador. Todo ello, gracias al notable método contable: el I.P.M. Revolucionario método que les ha valido una invitación a Santa Marta.

 


 

El costo del progreso

Hubo una época, sin embargo, en la que mis tías las Martelito no vendían en la tienda cosas diferentes a arrancamuelas y panderos. Ambas cosas, hechas en el horno del traspatio de una casa a la que tampoco podían entrar los ladrones, pues nada había que llevar. Unos años después, cuando trajeron a vivir con ellas a mi primo Pablito, su sobrino predilecto, nisiquiera arrancamuelas y panderos vendían. Pues Pablito resultó, como su primo David, demasiado aficionado a la lectura. Pero con la diferencia de que Pablito no leía literatura, sino novelitas de vaqueros. Comparaba por cientos las novelas firmadas por Marcial Lafuente Estefanía, y llegó al colmo de acomodar un catre detrás del mostrador --a lo largo-- y de ponerse a leer todo el día en la tienda, junto a los frascos de vidrio, en su mayoría vacíos. De modo que cuando los muchachos de la cuadra llegaban a comprar las deliciosas arrancamuelas o los sabrosos panderos, le decían:

- ¡Don Pablito, deme dos pesos de panderos, y la ñapa en arrancamuelas!

Pablito entonces sacaba la cabeza desde detrás del mostrador --como una tortuga que se asomaba al mundo--, y exclamaba furioso

--¡ Carajo, vayan a comprar a otro lado!  ¿Es que acaso esta es la única tienda que hay en este pueblo ?  ¡No molesten tanto, vayan a fregar a su madre!

Mis tías tuvieron que pedirle que dejara el manejo de la tienda y que se encargara del horno, pues iba camino de terminar de quebrarles el negocio.

 


 

La idea brillante de mi tia

Un día, mi tía Pablita me escribió una carta a México pidiéndome prestados unos pesos para resurtir la tienda. Le envié el dinero que me pidió, y cuando volví a Lorica a pasar una Semana Santa como esta, me encontré con la sorpresa:

“Las Martelitos” se había convertido en una tienda decorosa, con estantes limpios y surtidos, y una colección de frascos brillantes sobre el mostrador, todos, sin excepción, repletos de mercancía. Al ver mi gesto de contento ante el hecho, mi tía Pablita profirió: “Y todo se debe el método, mi qurido Davy “, y mi tía Isolina remató: “ Si, al método contable IPM”,

¿Cuál era entonces aquel tan mentado método ?

Todo empezó por una maña de viejo, puesta en práctica por la tía Pablita, la que desde luego acolitó la tía Isolina. Un día, la tía Pablita colgó un racimo de bananos ( que acá llamamos “ platinitos” ) de una de las vigas superiores de la tienda, y colocó sobre uma mesita, debajo del racimo, una latica vacía de Avena Quaker. Y dijo a su hermana, mi otra tía:

- Isolina: platanito que se venda, plata que me echas en la latica de Avena Quaker. Y no me saques ni cinco antes de que se venda todo el gajo, porque quiero ver cuánta plata me da.

A los dos días, en efecto, la tía Pablita, supo cuánto habían producido los platanitos. Y quedó satisfecha.

 


 

La extensión del método

Tan satisfecha, que procedió a una aplicación más extensiva del método. Así, decidió mandar donde los fresqueros del mercado a buscar con Pablito catorce laticas de aluminio, ya fueran de Avena Quaker, de Frescavena, de Vitabosa o de Milo... para que acompañaran a los catorce frascos de vidrio. Tomó las laticas, las lavó tres vesces con jabón, las rastrilló con Bon-brill, las brilló con pomada Brasso y procedió a colocar una latica detrás de cada frasco de vidrio. Pero las dispuso de tal manera, que el dinero de los panderitos.... se echara en la latica que había sido colocada detrás del frasco de los panderitos; y las monedas del producto de la venta de las arrancamuelas, en la latica que estaba detrás del frasco de las arrancamuelas; y la plata de los trompos, en la latica que estaba colocada detrás del frasco de los trompos. Y así sucesivamente...

Hasta ahí, el método de control era absolutamente infalible y no presentaba la menor posibilidad de complicación. El problema grande sobrevenía, cuando, con un billete de cien pesos, un muchachito se presentaba a comprar setenta pesos de bolitas de uñas, y en la latica que había sido colocada detrás del frasco de las bolitas de uñas, no había cambio para dar vuelto. En esos casos, que eran casi todos, el método de mi tía Pablita había establecido que había que pedir prestadas unas monedas a otra latica, y que ello debía reposar en el rubro de préstamos del libro de contabilidad. Dicho libro, era un cuaderno Bolivariano de cien hojas; cuadriculado, como los buenos libros contables. En él, mi tía Pablita, entonces, escribía:

Bolita de uña              debe a             platanitos.......... ...30 centavos

Diabolín                      debe a             arrancamuelas...... 10 centavos

Bolita de tamarindo   debe a             rosquitas............... 20 centavos

Panderito                    debe a             bocadillo................ 40 centavos

Casabe                                    debe a             trompo................ ...10 centavos

Panelita de leche        debe a             bolita de ajonjolí......NADA

Alfajó                         debe a             pionono.................. 80 centavos

Galleta de limón         debe a             yoyó....................... ..30 centavos

 

El método contable de mi tías, Las Martelitos, dejó aterrados a los más eximios contadores juramentados del Sinú. Y, fíjense, que se sigue comentando que hasta una invitación al SENA de Barranquilla le ha valido.

 


El cuadre de caja

El “ Método I.P.M. “ no queda cojo. Tiene su sistema para cuadrar caja.. El cuadre se hace en la noche. Hoy en día, ya disfrutando los nuevos vientos de prosperidad, mis tías Martelitos cierran la tienda a las siete de la noche, y antes de irse al comedor, se quedan a solas bajo el bombillo sin pantalla de la tienda, a trabajar en el cuadre de caja.

En la hoja del frente de su cuaderno cuadriculado Bolivariano de cien hojas, van escribiendo, mientras meten billetes en una cajita de Milo, por ejemplo, mientras y sacan de una cajita de Frescavena, digamos,  monedas para el pago respectivo al rubro acreedor. Escriben lo siguiente:

 

Platanitos                    pagó a             Bolitas de uñas........... 30 centavos

Arrancamuelas            pagó a             Diabolín ...................... 10 centavos

Rosquitas                    pagó a             Bolita de tamarindo...... 20 centavos

Bocadillo                    pagó a             Panderito .................... ..40 centavos

Trompo                       pagó a             Casabe .......................... 10 centavos

Bolita de ajonjolí        pagó a             Panelita de leche ........... NADA

Pionono                      pagó a             Alfajó ............................. 80 centavos

Yoyó                          pagó a             Galleta de limón .......... 30 centavos

 

Y el paso final:

Lo que se debía .............. $ 2.20

            Menos lo que se pagó….$ 2.20

            CUADRE                           0.00

Y, entonces, muy satisfechas, mis tías Martelitos, rezan el rosario y se van a acostar... con la caja cuadrada y la conciencia en paz.

Y colorín colarado, este cuento se ha acabado
 


 

LOS VECINOS DE ESTHERCITA

 

El insigne doctor José Consuegra Higgins, rector de la Universidad Simón Bolívar, director de la revista Desarrollo Indoamericano, teórico ilustre de las causas del subdesarrollo, autor de muchos libros sobre ciencias económicas, pilar de la inteligencia barranquillera y reserva moral de América, no está obligado a conocer de música popular. Pero sabe a cabalidad que Esthercita Forero, La Novia de Barranquilla, hace vibrar a propios y putativos cuando canta a la luna de Barranquilla, a los matarratones del patio o a los muchachos que juegan bola’e trapo. Pese, pues, a vivir en los aires de voluminosos tratados científicos y en las lunas de teorías macroeconómicas, el ínclito doctor Consuegra respeta a Esthercita Forero y ama sus canciones como todos las amamos.

Esthercita Forero, como el jamás bien ponderado doctor Consuegra, es conocida ampliamente desde Luruaco hasta el Polo Norte y desde Soledad hasta Saigón. Las orquestas internacionales de música tropical se pelean sus canciones, haciéndo, a la ilustre compositora, víctima de la fama y del “birleo” en los derechos de autor. Esthercita ya tiene casa en Barranquilla; gracias, entre otras cosas, a un homenaje que organizaran para ella sus amigos de toda la vida, que un día se reunieron y decidieron imprimir boletas para el homenaje. Esthercita, La Novia de Barranquilla, se entusiasmó a tal extremo con la idea, que se dio a la tarea de visitar a sus más próximos amigos para proponerles la compra de varias de esas boletas. La casita en el aire empezaba a poner, por fin, los pies en tierra.

Un día, visitó con para el efecto al brillante académico José Consuegra en el despacho rectoral de su Universidad.

--Manito Joche --prorrumpió Esthercita: la Universidad debe adquirir diez boletas para el homenaje.

El parlamentario, rector y amigo, levantóse asumiendo aquella pose magistral que lo caracteriza, y con su inequívoco timbre de catedrático eximio sentenció:

--Esthercita, te aconsejo: no te pongas a darle a la gente comida y bebida en el homenaje. Haz como García Herreros en los banquetes de El Minuto de Dios: pan y consomé. Y aprovecha ese dinero para levantar por fin tu casita.

La Novia de Barranquilla creyó hacerse entender, cuando con la misma voz que canta a su Curramba hermosa y la gracia que a través de las orquestas enloquece a Puerto Rico, explicó:

--Ay, manito Joche, no puedo. Tengo que dar comida y bebida. Imagínate nada más que vienen Los Vecinos.

--¡Con mayor razón --exclamó el insigne tratadista --, con mayor razón! Tus vecinos, más que nadie, tienen que entender. Además, deben sentirse orgullosos de que un valor cultural de tu estatura, habite en esa cuadra que pasará a la historia. ¡Son ellos quienes deben exigir el pan y el consomé!

Jamás humano alguno había mirado al insigne José Consuegra con ojos de una lástima tan grande, jamás nadie se había condolido tanto de su ignorancia y su falta de “información”; jamás José Consuegra tampoco se había sentido tan poco, como en el instante en que La Novia de Barranquilla lo volvió a mirar con ojos de ternura y se atrevió a decirle en tono de compasión:

--Ay, manito Joche, no seas ignorante. Estoy hablando de Los vecinos de Nueva York, ¡la famosa orquesta de salsa!

  


 

 

ARROZ CON CANGREJOS DEL AIRE                    

 

           

            Era agosto de 1958. Dos horas demoraba el vuelo de Montería a Bogotá en aquellos aviones Douglas DC-3, de mínima tripulación y ruidosos motores de hélices. Aún no existía el control de rayos X, ni la prohibición de transportar ciertos materiales. De ahí que Pedro considerara que nada de malo tendría subirse al avión con una bolsa que contenía tres docenas de cangrejos vivos. Un amigo se los había encargado, pues lo acosaba un antojo particular: arroz con cangrejos de río.

            Gracias a aquel suceso, Pedro y Liliana son hoy marido y mujer. Podría decirse que su romance tuvo inicio en una de aquellas ‘pasiones de avión’.

            Era un vuelo tranquilo y de nubes bajas. Pedro viajaba con los ojos cerrados. De pronto, en un cruce de piernas, movió la bolsa de los cangrejos. Bastó con que el primero saliera para que los demás lo siguieran. Así que, pronto, el estrecho pasillo del avión se vio invadido por una procesión de crustáceos de gruesa caparazón, múltiples patas, enorme tenaza y ojos salidos. Quien primero los vio fue una hermanita de la caridad que rezaba el Rosario en la silla 8B. Después, un niño detectó uno rasgaba con la muela-tenaza el maletín de sus juguetes. La madre del niño soltó el alarido que alarmó a los pasajeros y alertó a la única aeromoza, quien vio que los cangrejos se habían apoderado del avión, pues los pasajeros levantaban las piernas, se subían a las sillas y acaballaban a los niños en el filo del espaldar. Todo, entre histéricos alaridos y gestos de consternación.

            Cuando apareció el capitán, Pedro había ya recogido la bolsa, la había doblado y escondido en su maletín. Luego, se hizo el desentendido. La calma retornó cuando el capitán ordenó a la aeromoza recoger los animales con un grueso trapo de servicio y echarlos en una bolsa de emergencia. Eso hizo la aeromoza, y luego anudó la bolsa.

            El avión aterrizó en el viejo Aeropuerto de Techo de Bogotá (padre de Eldorado) en medio, aún, de la conmoción general; aunque el incidente estaba superado. Pedro vio cuando el capitán, ya en la escalerilla de descenso, ordenó a la aeromoza entregar la bolsa al encargado de la basura. Pedro buscó caminar un trecho al lado de la aeromoza, ya en la plataforma y camino de la entrega de equipajes. “Con esos animales se prepara un delicioso arroz”, le comentó. “Eso he oído”, respondió la aeromoza. “Sé prepararlo muy bien –dijo Pedro— y si me permite desembarazarla de esa molesta bolsa y me da su teléfono, podría invitarla a degustarlo”. La aeromoza sonrió, entregó la bolsa a Pedro y, sí, le dio el número de teléfono. La aeromoza era Liliana. Hoy está casada con Pedro, y ya tienen nietos que vuelan en modernos aviones de turbinas. Esta semana me han invitado a cenar el plato insignia de su hogar: “Arroz con Cangrejos del Aire”. ¡Por supuesto que iré!


 

 

EL BRUTO DE “COREA”

 

            Si me remito a las memorias de infancia, varios piropos llegan a mi mente. Sin embargo, uno de ellos llamó siempre mi atención. Se trataba de una lisonja nacida por los años en que apenas cobraba yo uso de razón. Había nacido en 1945, de modo que al estallar el conflicto en Corea (la guerra), apenas empezaba a darme cuenta de las cosas. Creo que fue hacia 1951, a los seis años de edad, cuando por primera vez escuché a un taxista de Willys en mi pueblo lanzar el siguiente piropo a una hermosa mulata que pasaba:

            --Mamacita: ¡si así es Corea, me voy sin rifle!

            Ese día de mi niñez supe qué cosa era un piropo, pero no supe qué significaba aquel específico floreo que, en la práctica de la vida tropical, me introducía para siempre al género.

            Llegué a casa y pregunté a mi padre qué era Corea. Con paciencia de patriarca, me explicó que Corea era un país del Asia lejana pero que su mención en ese momento específico de la Historia (mitad del siglo XX) aludía a una guerra; y que a participar en esa guerra había mandado nuestro país el prestigioso Batallón Colombia.

            --Entonces –agregó mi padre--, esa mujer a la que le lanzaron tal piropo debe ser tan hermosa que hasta valdría la pena morir por ella, pues quien va a Corea sin rifle… muere sin remedio.

            Muchos años después, ya crecido y recordando aquel hermoso incidente, pude vanagloriarme ante mis amigos de la Universidad al decirles que, conjuntamente en mi cabecita de niño, habían nacido tanto el concepto del género como la conciencia en torno a la capacidad de mi gente para inventar un piropo que unos años antes no habría podido existir. Sí, porque unos años antes, la guerra de Corea aún no había estallado.

            Hacia 1955, cuando contaba ya con diez años, llegó a Lorica (procedente de esa guerra) un miembro del Batallón Colombia, a quien el pueblo no tardó en bautizar como “Corea”. Llegó como lisiado de guerra y se movía por el pueblo en un carrito de balineras que su sobrino empujaba. Jamás supe su nombre, pues el hombre fue siempre conocido en Lorica como “Corea”. Un día me acerqué en la plaza a su carrito rodante y me atreví a decirle:

            --Oye, Corea, ¡cómo eres de bruto: irte a una guerra sin rifle!

            Como futuro escritor, ya, apenas con diez años, había empezado a jugar con la realidad. Pero con una realidad como la Caribe, que contaba con la capacidad de fabricar ella misma sus piropos en concordancia con lo que sucedía a su alrededor y con lo que afectaba su vida… y la vida del mundo, pues el conflicto de Corea era algo que sobresaltaba a todos los países del Orbe. Eso es lo que después –ya como escritor— esgrimiría como “la capacidad de mis congéneres caribes para ser profundamente locales al tiempo que universales. Gente que se daba el lujo de, no solo recuperar los piropos de la tradición oral (y de usarlos) sino también el lujo de inventarlos… cuando les daba la gana”.