DAVID SANCHEZ JULIAO
  Regresar al Inicio

 Conferencias

 
 

 

 Novedades

 Obra escrita
 Obra sonora
 Biografía
 Imágenes
 Sobre música popular
 Cine y TV
 Crítica literaria
 DSJ de viaje
 Entrevistas
 Contacto

 Lo Último

 
 
 
 
 
 
   

 

LO ÚLTIMO


 

Rubén… en los cinco dedos de la mano
 

David Sánchez Juliao
Especial para EL HERALDO


1. El “barrio” de Lorica

El periodista y creativo Juan Carlos Rueda me dio la noticia un día en el Aeropuerto de Medellín: “En los comentarios de contra-carátula de su último disco –me dijo— Rubén Blades habla de ti y de tu personaje El Flecha. Sostiene que le ha cautivado el antihéroe que El Flecha es, pero cometió un error: habla de que el personaje vive en el barrio colombiano de Lorica.

No existía el Internet ni el correo electrónico. Entonces, encontré a través de un escritor amigo en los Estados Unidos –Rafael Vega Jácome— la dirección de Discos Fania y le envié una nota escrita: “Gracias, querido Rubén, por el homenaje que me rindes en la leyenda de tu disco Buscando a América, pero no te perdono que hayas remitido a la metrópoli de Lorica a la calidad de barrio”.

A los cinco días me llamó por teléfono. Conversamos una hora. A los diez días había cumplido la promesa hecha durante la llamada: me contactaron de la agencia de viajes para decirme que me habían situado un boleto aéreo para viajar a Nueva York. Y que Rubén me esperaba en su casa.


2. La limosina

Muchos años después, en otro de los viajes a Nueva York, marqué su número telefónico. David, mi hijo, había terminado la secundaria y decidí regalarle un viaje a la Gran Manzana, con papá abordo. Haríamos el tour de rigor: El Radio City Music Hall para ver a Las Rockettes, el Rockefeller Center, las compras en la Quinta Avenida, la subida al top-floor del Empire State, un show musical en Broadway, el viaje a la Estatua de la Libertad desde el muelle de Battery Park, el Yankee Stadium, la visita a Gimbels y a Macy’s, en fin…

Rubén nos invitó a almorzar en un restaurante cerca del Central Park. Era invierno. Crudo. No pudo venir a recogernos, de modo que envió al chofer cubano en una larga y extensa limosina negra. David, desde luego, se entusiasmó. Pero no pude acompañarlo en su entusiasmo, pues le pedí que entrara y viajara en el amplio espacio interior, que hiciera uso del bar –si quería— que probara la televisión y que, por media hora, disfrutara de aquella vida de millonario y de cojines de cuero abullonado.

--¿Y tú? –preguntó.

--¿Yo? Me voy adelante de compañero del conductor. Me apasiona mucho más conversar durante media hora con el chofer de Blades. Pobre de ti, muchacho, con este excéntrico padre escritor.


3. El restaurantico

David volvió a decepcionarse. Le había comentado, desde el puesto de adelante y a través del intercomunicador de la limosina, que según el conductor Rubén había reservado mesa para almorzar en un restaurante cercano al Central Park, a dos cuadras de donde –a la salida de su apartamento— había sido asesinado John Lennon.

Pero se trataba de un modesto restaurantito cubano, en donde Rubén almorzaba con frecuencia algo que no nos era extraño: arroz con fríjol blanco cabecita negra –“moros y cristianos”--, carne mechada revuelta con ají dulce y huevo –“ropa-vieja”— y patacones de plátano maduro –“puñetazos” o “tostones”--.

Delicia total. Mayor delicia aún… la conversación. Hablamos de todo. Me contó de sus procesos creativos. De su larga etapa en Los Ángeles y de su incursión en el cine de Hollywood y de los deliciosos frijolitos refritos que preparaba su esposa mexicana. Yo canté sus canciones –nada extraño, pues todos las sabemos— pero me sorprendió: recitó, de memoria y sin errar una expresión, la obra que menos pensé encajaba en sus gustos: Abraham Al Humor.

Hoy, Ernesto McCausland, el Editor General, quien lo ha entrevistado para EL HERALDO, me ha llamado para decirme que a él también, en la entrevista, le ha recitado apartes. Claro, las alegrías y las tristezas de los inmigrantes sirio-libaneses son las mismas en Lorica que en Panamá, en Costa Rica que en Cuba, cuya comida disfrutábamos a pocas cuadras de la casa de Lennon, en aquella Nueva York universal.


“My name is Sánchez”

Nos había traído dos entradas para su show de la noche en el Marquis Theatre de Broadway. Eran de primera fila. Hacía varios meses adelantaba una temporada de presentaciones de la obra The Capeman, escrita por Paul Simon –de Simon and Garfunkel-- y Derek Walcott, y con la actuación estelar de él y la compañía en escena de Mark Anthony, Ednita Nazario y Sara Ramírez.

David-hijo y yo nos acomodamos y esperamos impacientes la alzada del telón. Empezó la música. Rubén salió a escena y el teatro estalló en aplausos, con un público que se puso de pie. Cosa insólita… haberlo hecho al comienzo. La obra narra la vida de Salvador Agrón, un adolescente portorriqueño miembro de las pandillas juveniles de Nueva York, quien apuñaló a dos contrarios en un parque de la ciudad. En un aparte de la obra, el personaje que Blades interpretaba, debía mentir y fingir un nombre y un lugar de procedencia. Rubén aprovechaba aquella circunstancia para convertir la mentira señalada en el libreto en un saludo a sus amigos invitados; a quienes, claro, quería homenajear. Y entonces, cuál no sería nuestra sorpresa cuando resonó en pleno Broadway aquella referencia a nosotros:

--My name is Sanchez, from Lorica, and I come from Canada. (Mi nombre es Sánchez, de Lorica, y vengo de Canadá)

Desde luego, muchos Sánchez habrán sido nombrados en Broadway, pero pocas Loricas. Una sola, creo.

Por ello, nada extraño resultó el que, eso de la medianoche, entrara a mi teléfono una llamada del amigo Alex Cruz Quintero, desde el lugar del concierto de Blades en Barraquilla: “Rubén acaba de dedicarte una canción”, me dijo. Mi reacción fue:

“¿Y habló de Lorica?”. Alex respondió: “Sí, dijo tu nombre y mandó saludos a tu pueblo”. Pude dormir tranquilo: sé que Rubén sigue amando al ‘barrio’ de Lorica.


¡Qué largo es el Quijote!

No fue fácil para Rubén Blades, el abogado de la prestigiosa universidad norteamericana, incursionar e imponerse en aquel mundillo de la música salsa de Nueva York. Y mucho menos fácil le resultó cambiar el rumbo y en ocasiones el sentido y el espíritu de letras y melodías relacionadas con el género.

En uno de aquellos almuerzos en el restaurantito cubano de Nueva York –el de la ropa-vieja, los moros y cristianos y las tajaditas de plátano--, le comenté que la grabación de El Pachanga, El Flecha y Abraham Al Humor, esas obras que tanto le gustan y que se sabe casi de memoria, fue posible gracias a que el Secretario General de Sonolux en Medellín en 1975 era un Caribe de Sahagún: Eugenio Quintero Regino. No hubo mucho que explicarle a Eugenio, siendo de Sahagún. Pero, en su caso, le pregunté:

--Laopé –como nos llamamos: ‘pelao’ en alrevesino--: ¿Cuál fue el más grande escollo que encontraste cuando presentaste Plástico y Pedro Navaja a consideración de la casa disquera?

--Que eran muy largas –respondió a quemarropa.

--¿Y cómo reaccionaste?

--Con algo que, pienso, los convenció. Les dije: Coño, ustedes están perdíos, pelaos. ¡Qué tal que cuando Cervantes presentó El Quijote a los editores le hubieran dicho: No, coño, Miguel, chico, esa vaina está muy larga, luego es mala, no pega, man, no pega, por largo y extenso, viejo-man. Las vainas así largotototas no pegan, convéncete. Escríbete una vaina más cortica pa’que se venda, coño, Miguel, escribe corto… que más o menos tienes talento, brother.

Los tres, Rubén, David-hijo y yo soltamos la carcajada.

--¿Seguro, Rubén, que eso los convenció?

Y él:

--Digo yo acá, comiendo ropa-vieja en Nueva York y mamando gallo.
 

 

 


Columna de David Sánchez Juliao en
EL HERALDO Barranquilla. Enero 5 de 2010


Papá Caribe (Nota para niños en vacaciones)

Nuestra madre –que es una sola— podría tener varios nombres: Patria, Nación, Región, Madre Tierra. Pero el gran papá de todos tiene un único nombre: Papá Caribe. Hablo, claro, en forma metafórica, del papá de todos los que habitamos esta Costa Norte de Colombia, hermosa y afable, compuesta por ocho departamentos que se reconocen como una región que lleva el nombre de papá: Región Caribe.
Guajira, Magdalena, Cesar, Atlántico, Bolívar, Sucre, Córdoba, y San Andrés y Providencia constituyen esa Región que todo nos ha dado, como un buen padre. Nos ha dado las lenguas que hablamos –español, wayuú, embera, inglés, por ejemplo--, nos ha dado un mar cercano, un clima cálido y amable, una manera de sentir y una forma de soñar y de disfrutar la existencia, y muchas otras cosas que nos marcan y definen.
Pero lo mejor que Papá Caribe nos ha dado –buen padre al fin y al cabo— es el sentido de pertenecer a una región en la que uno se siente primero caribe y costeño y después de algún lugar.


¿No se han fijado que cuando, fuera de la tierra de este Papá, nos preguntan de dónde somos, primero respondemos que somos costeños-caribes y después de Barrancas, Guajira, por ejemplo? O de Lorica, Córdoba; o de Badillo, Cesar; o de El Retén, Magdalena: o de Baranoa, Atlántico; o de San Jacinto, Bolívar; o de Ovejas, Sucre; o de Providencia. Pero primero, somos Caribes. Es el único caso en esta Colombia grande y hermosa: ocho departamentos con sentido de nación. Ese sentido, el de Nación, es la Mamá. Es decir, la mujer de Papá Caribe: Doña Mamá Caribe. En buen costeño: “ La Niña Cari ”.


La madre, Mamá Caribe, nos ha amamantado. Ella nos ha hecho sentir el orgullo de ser lo que somos. Ella nos ha enseñado esa verdad, como la enseñan las madres, que enseñan todo lo que tiene que ver con el alma y el sentimiento. Y Papá Caribe, como buen padre, nos ha dado lo demás: otras cosas de las que también nos sentimos orgullosos.
Con inmenso cariño, Papá Caribe nos ha tomado de la mano y nos ha enseñado las verdades más verdades de su vasto terreno de mar y de ríos, de valles y montes, de praderas y desiertos, de ciénagas y lagos, de golfos y bahías, de minas y pastos, de pueblos y ciudades, de fábricas y puertos, de peces y ganados. Como un padre que muestra la finca a sus hijos, nos ha dicho desde el caballo: “Les voy a dejar como herencia una finca grande, muy grande, que va desde la Guajira hasta Córdoba, y para recorrerla de cabo a rabo –desde el Cabo de la Vela en la Guajira hasta Rabolargo en Córdoba-- necesitarán cabalgar casi un mes entero o andar en bus durante doce horas. Y a lo largo y ancho de esa finca, todos sus habitantes hablan y sienten del mismo modo, bailan la misma música, comen casi la misma comida, disfrutan del mismo clima, usan el mismo sombrero y la misma mochila, aman de igual manera y sienten orgullo por idénticas cosas. Este, hijos, es un caso único en Colombia: nadie, como ustedes, tiene como herencia una finca tan grande y con tanta riqueza, humana y material. Así que… vean lo que hacen, porque están llamados al orgullo y la grandeza”.


Es cierto que todos tenemos en casa un papá verdadero y una mamá verdadera, de carne y de hueso, pero Papá Caribe es tan grande… que es solo una idea, un sentimiento. Y los sentimientos y las ideas son más grandes, siempre, que la gente de carne y hueso. Y es que… Papá Caribe y Mamá Caribe son los padres de nuestros padres y de nuestras madres, porque en esta tierra hermosa y bella, alegre e inteligente, todos somos hijos de ellos.


Gracias, entonces, Papá Caribe por todo lo que nos has dado: muchas enseñanzas y una finca tan hermosa y tan grande, de tantos millones de hectáreas y de tantos miles de corazones”.
Que me escriban los niños a www.davidsanchezjuliao.com


En una primera gira nacional que incluyó ocho ciudades –Barranquilla, Cali, Cúcuta, Cartagena, Medellín, Bogotá, Pereira y Bucaramanga—, el escritor David Sánchez Juliao lanzó su nueva novela: "El hombre que era así…" Se prevén lanzamientos especiales en Montería y Sincelejo y otras ciudades de la Costa Caribe.

 

 

A continuación publicamos un fragmento del tercer capítulo de la obra.


III
–No se trata de lo que usted piensa –insistió.
Esa noche lo contó todo. Tal vez no todo, pero sí buena parte de lo que sabía. La reunión se disolvió antes de las diez, en medio de una brisa fresca y un claro amago de lluvia. “No va a llover”, aseveró William al despedirse: “Pero de todas maneras, ponga el aire bajito, que va a hacer frío”. Se refería a la intensidad del aire acondicionado. Mientras hablamos en los espacios del quiosco –desde chismes de la vecindad hasta por qué el tío Conejo tenía las orejas largas– hubo música a bajo volumen en la casa vecina, y risas y ruido de chapoteos en el área de la piscina, pero nada que hubiera dado pie para quejarse.
William fue el personaje de la noche. Era un hombre inteligente; y cultivado, de alguna manera. Además del barniz de cultura general que alcanzaron a darle varios años de deficiente educación secundaria en aquellas tierras, tenía un aparato de televisión en su barraca y oía la radio durante casi todo el día, cuando trabajaba o cuando descansaba en la hamaca que colgaba de los árboles traseros. A veces, acostado en esa hamaca, leía durante varias horas, cualquier cosa, lo que cayera en sus manos. Cierto día me sorprendí cuando lo hallé enfrascado en la lectura de un libro de mi autoría que yo había regalado a los hijos de Barbarita. Me complació aquello grandemente, pero la sorpresa de él fue aún mayor.
–Eso de leerme en una hamaca –le dije–, es como otorgarme un Nobel chiquito.
Aparte de muchas otras cualidades, William era un excelente depositario de la tradición oral de la región. En la noche de la tertulia, además de habernos contado “Por qué el tío Conejo tenía orejotas y no orejitas”, nos hizo reír con otras historias de animales. En cada una de ellas acudió a su innata capacidad de histrión. Todo, encarnado en su graciosa estampa de indio Karaib; y digo así, porque resultaba gracioso encontrar a alguien con tan definida estampa precolombina que se peinara de cabello tirado a un lado –como Hitler lo hacía– y que, en vez de los coincidentes ojos almendrados, los tuviera de cuadrante de reloj: grandes y atentos como los de una lechuza. Aquello, sumado a la plasticidad de un cuerpo curtido en la brega con picas, palas y escaleras, arrojaba ese resultado de un Hitler de piel cobriza combinado con El Hombre Elástico, el conocido héroe de las comiquitas.
Precisamente en esas lo encontré al día siguiente, cuando me levanté y salí al porche café en mano a mirar el mar. Estaba trepado en el techo de la cabaña y cambiaba las tejas que la tarde anterior habíamos detectado con averías. Al final del corredor, hallé colocada la escalera por la que había subido. La mañana era espléndida. El mar, quieto como un lago para cisnes, ostentaba un subido azul añil. No llovió durante la noche, como William lo predijo, pero hacía poco calor. Me había levantado a las siete e ido a la cocina a preparar el primer café. Suelo hacer eso, colar de propia mano el café del inicio del día. No uso para ello cafeteras eléctricas ni nada parecido, sino agua hervida y una pequeña bolsa de colar hecha de felpa gruesa. Con los años, he aprendido a calcular la cantidad de grano molido que requiere ese primer fogonazo en el estómago. De allí en adelante, Barbarita entra en función para los siguientes cafés y para el resto de la atención a la casa.
–Buenos días, escritor –me saludó William desde el techo.
–Buena mañana tenga, William. Luego del desayuno iremos en el jeep a Mercaplaya en el poblado. Cuando termine con las tejas, debemos echarle agua al radiador.
–Sí, señor, pierda cuidado, que así se hará.
Terminada la faena de las tejas, trajinamos juntos en el ritual de preparar el Willys para un viaje de media hora. Desenganchamos los tensos resortes del capó, al que William llamaba –como en aquellas tierras– la caperuza. Lo levantamos y lo apoyamos en el parabrisas, retiramos la tapa del radiador, dejamos caer el chorro de agua desde un búcaro de plástico –se la tragó toda– y volvimos a bajar la caperuza. Me subí al asiento del conductor, revisé los frenos –a los que William llamaba los brekes–, hundiendo el pedal una y otra vez. Luego, revisé el ajuste de la dirección, jugando a izquierda y derecha con el volante –al que William llamaba la cabrilla–, y me cercioré de que estuvieran en su lugar las dos cortas palancas de la doble transmisión –a las que William llamaba la pata’e gallina–. Acto seguido, giré la llave a la posición de medio-encendido para examinar los niveles de gasolina y de aceite; y, finalmente, hundí con fuerza varias veces el acelerador –al que William llamaba la chancleta– para subir unas gotas de gasolina al carburador, cuidando no sobrepasarnos para evitar –como decía William– una ahogada del motor. Giré la llave para lograr, entonces sí, el arranque. “¡En el nombre de Dios y María Santísima!”, gritó William, persignándose... y, ¡aleluya!, el motor dio encendido.
–¡Chancletéelo, chancletéelo y sáquelo emprimerado! –volvió a gritar.

William tiene una cultura de Willys viejo. Un día me dijo que aquel vehículo, el jeep, era el aparato ideal para estas tierras ganaderas del Caribe colombiano, pues no había daño mecánico que en él no se reparara con un trozo de alambre de púas extraído de las cercas de los potreros. Pero el único problema congénito –ese término utilizó– que tenían los Willys era el del arranque, el del encendido del motor. “Menos mal que solo se necesita una persona para prenderlo empujado”, sentenció, y agregó: “Si a un Willys el motor le da encendido, usted puede darle con él sin problemas la vuelta a la bolita del mundo”. Aquello era absolutamente cierto, pues en varias ocasiones –durante la hasta entonces corta estancia en la cabaña– le había tocado empujar el carro hasta lograr el arranque. Las aseveraciones de William eran muestra de que aquel tipo específico de vehículo parecía haber sido fabricado a la medida de su tierra, porque, “Imagínese –cerró William la disertación–, ¿cuándo va uno a encontrar en Europa alguien que le empuje el carro para prenderlo?” –y como si todo ello hubiera sido poco, se dejó venir con una apostilla–: “Y si el carro se descompone por allá, ¿de qué cerca de París saca uno un pedazo de alambre de púas?”. En el momento mismo en que hundí el acelerador –emprimerado, como él había ordenado– y arranqué a andar en el jeep, murmuré, acerca de los extravagantes comentarios de William: “¡Cultura de revista leída en hamaca!”. En ese momento él se trepaba por la enorme escotilla trasera y se sentaba en una de las sillas posteriores. Tiene orden de hacer eso, porque –olvidó mencionarlo en su lección– uno jamás, como conductor, debe andar solo en un Willys. Siempre debe haber alguien que arranque de las cercas el pedazo de alambre de púas o que empuje el vehículo en caso de emergencia. De modo que, como manifestó Sofy en una de las tertulias, aquel Willys no era un Willys sino un Volkswagen escarabajo, pues llevaba el motor atrás. Se refería, por supuesto, a William.
Salimos con rumbo a la carretera y dijimos adiós a Barbarita y a sus hijos, cuya cabaña –no sé si llamarla así– estaba localizada entre la barraca de William y la casa principal. Pero a Barbarita siempre, en el peor de los momentos, se le ocurría que algo faltaba en el listado de cosas para la cocina. “Señor –me gritó–, si pasa por Mercaplaya traiga azúcar por favor, que hay poca”. Asentí al volante con la cabeza, y eso fue todo.
Ella, Barbarita, era quien usualmente tomaba en la carretera el autobús para ir a Mercaplaya, una tienda o miscelánea de alimentos –un supermercadito, como allí lo llaman– en donde era posible encontrar desde hilo y aguja hasta bujías para motor de automóvil. Mercaplaya surtía, además de al poblado vecino –en cuyas afueras se encontraba–, las casas, las mansiones y las cabañas de la playa. De manera que en temporada de vacaciones generales –no era el caso nuestro por esos días– era preciso esperar un buen rato hasta que la propietaria o sus auxiliares tuvieran tiempo de despachar lo requerido. Ante tal situación, concebí la idea de dejar allí un listado, continuar hasta el poblado para otras diligencias, y pasar a recoger los encargos en el camino de vuelta. El almacén solía congestionarse aun en lo que llaman baja temporada, que era aquella de mis ‘vacaciones de trabajo’.
Antes de que llegáramos a Mercaplaya, William quebró el silencio del camino para comentar, a gritos desde su puesto de atrás, algo que me hizo corroborar cuanto yo afirmaba sobre su cultura de Willys viejo y sus lecturas de hamaca.
–¿Sabe una cosa, escritor? –su voz sonaba a aullido, pero juzgué necesario el tono pues transitábamos una carretera destapada en un carro al que, según sus propias palabras, “le retumbaba hasta la pintura”.
–¿Qué? –respondí al volante y en igual modulación.
–Que aquí en la vecindad vive un poeta que vende pólizas de seguros y al que le dicen El poeta polizario. Se llama José Miguel Córdoba Garcías, primo de otro vecino llamado don Leandro, y le compuso un poema a un Willys rojo que tenía...
Sonreí ante la coincidencia, y me produjo alegría el saber que no era yo el único descentrado que se atrevía a componerle versos a un Willys.
–¿Y...? –pregunté, en medio de la inmensa satisfacción que aquello me causaba.
–Que en el poema él dice que un jeep Willys es un diccionario de la lengua corregido y aumentado, porque, mire –William alzó aún más el tono de voz, casi hasta el ladrido–: De animales tiene, gusanillo en las llantas, morrocoya en el motor, cocuyos en los faros, catalina, tuerca de mariposa, carpa, zorro, sapa, caimán, gato, pata’e gallina y cigüeñal. Y, además, brinca como un chivo. Pero también, de equitación, tiene estribo y tiene silla. De banco tiene: caja, giro, cheque, volante y transmisión. Y de astronomía tiene encendido, antena, planetario, bujías, luna en el espejo, satélite, piloto, esfera, destornillador de estrella y dirección.
Entretanto, habíamos llegado a Mercaplaya. Pedí a William que entregara el listado a uno de los empleados y me fui a visitar un modesto café-internet en el centro del poblado. Revisé los correos electrónicos de rutina, los respondí y, mientras trabajaba otras cosas en el computador, ordené la impresión de varias páginas. No había cargado con la impresora desde Bogotá, de modo que empecé a proteger lo escrito de aquella manera. Algunas veces, cuando Barbarita iba con sus hijos a Mercaplaya, pedía a Sofy que ordenara las impresiones.
Regresé antes del mediodía a recoger las cosas de cocina más el azúcar de última hora. Aparqué frente a Mercaplaya y William –atento y obsecuente como siempre– se bajó de un brinco y regresó casi enseguida con las bolsas. Para sorpresa mía, traía también un recado: Ángela, la propietaria, deseaba hablar conmigo. Cometí el error de apagar el motor del jeep antes de bajar a saludar a Ángela, a quien había visto un par de veces pero con quien jamás había cruzado palabra. Era una robusta mujer en sus cuarenta, con una tez blanca avellanada, pero con un rubor natural en las mejillas, que, viéndola a contraluz, le daba a ratos la apariencia de un payaso. En contraste, tenía un cabello negro como el carbón, y tan liso y delgado que parecía de seda. “Cuando le daba la santa gana”, decía William, mostraba la brillante dentadura de su sonrisa. “Cuando le daba la gana”, insistía él, puesto que “Solo trata bien a la gente de plata”. William intuía los altos niveles de racismo imperantes en aquellas tierras de monocultivo y de tradición esclavista, en donde quien no es completamente blanco es negro, o indio. Él lo era, y había sufrido en propia piel tal rezago de la Colonia.
–¿De qué se trata, William? –pregunté.
–No sé. Dice que quiere entregarle personalmente la nueva tarjeta de Mercaplaya.
Ángela estaba en su lugar, sentada –tras el mostrador– a un escritorio desde el que, flanqueada entre un fajo de facturas a la derecha y una vieja caja registradora NCR a la izquierda, controlaba la marcha del negocio. Desde ese puesto de mando gritaba precios, señalaba mercancías en los estantes, concedía descuentos e impartía órdenes a cuatro famélicos ayudantes de salario mínimo legal. Por aquello de que solo saludaba a quien le daba la gana, me recibió con una amplia sonrisa, pero sin extenderme la mano y sin abandonar su trinchera de facturas y registros.
–Buenos días, cómo le va –me dijo, en tono afable–. Ya sabemos que se ha instalado en la cabaña vecina a la familia real y que está escribiendo un nuevo libro.
–Buenos días, Ángela –intenté ser igualmente cortés–. Sí, en esas ando. Me encanta esta tierra y la estoy pasando bien.
Me acodé, con sumo cuidado, sobre el vidrio del mostrador, dispuesto a cruzar con ella solo un par de frases más.
–Es que... lo he visto por aquí varias veces –explicó–, pero quería saludarlo y entregarle la tarjeta pegapega de Mercaplaya. Tiene imán por detrás, como las de Medellín o Bogotá, así que Barbarita la puede prender a la puerta de la nevera.
–¿Barbarita? –pregunté asombrado.
–Sí. Así se llama su mucama, ¿o no? Ha venido varias veces por acá, incluso con sus hijos. Se nota que lo halaga y lo consiente mucho. Le conoce hasta el mínimo gusto. Pero, ¿sabe qué?
–¿Qué? –pregunté, tocado por la curiosidad; no por ello menos asombrado.
–Que a la gente de aquí no le ha caído bien que haya traído a una doméstica desde Bogotá, ¡habiendo tanto desempleo por estas tierras! Pero ella es toda bondad y dulzura, ¡y tan pulcra y distinguida que se ve con su uniforme! ¡Hasta para venir a hacer las compras lo usa!
No sabía si irme o quedarme. Fastidioso resultaba aquello de constatar que el poblado todo andaba metido de cabeza en los pormenores de la vida de una persona venida de lejos por poco tiempo. Pero apasionante, también, resultaba la oportunidad de saber hasta dónde sabían sobre la vida de esa persona –que era yo–. Allí seguía, acodado en el vidrio, mirando a la ufana tendera con cara de payaso y sonriendo en tanto tomaba uno de dos caminos: el de irme o el de quedarme. Juzgué prudente salir por la tangente:
–¿Y la tarjeta pegapega?
–Ah, aquí está –dijo, y abrió de un giro de manivela el cofre de la vieja NCR. Nada encontró. Entonces, brotó de la afabilidad, como un payaso de su caja, el grito del ama de monocultivo:
–¡Mira, tú! –habló a uno de los transidos auxiliares, que, subido a una escalerilla, bajaba algo de un estante–: tráele al señor una pegapega del paquete nuevo que llegó ayer. Está atrás, en el depósito. ¡Pero, rápido, muévete, muchacho! ¡Qué lerdo eres, carajo!
Pareció guardar el malgeniado payaso en su caja y volvió a mí con la otra cara, la de la cordial sonrisa y los dientes perfectos. En tanto, el pobre asistente suspendía lo que hacía y bajaba raudo por la escalerilla, más endeble y delgada que él. Ángela volvió a hablar:
–Quiero aprovechar la oportunidad para... –extendió el brazo, con la palma de la mano abierta, y señaló a mi derecha con gesto cortesano–... para presentarle a una buena amiga, con quien deseo se relacione. La distinguida señorita, doctora Griselda Cavadías.
Así, de aquella prosaica manera, fue como conocí –en mal momento– a Griselda Cavadías, autora de tantas penas en mi alma... y única causante de mi muerte.
Terminé invitándola a cenar en el quiosco austriaco. Y ella terminó aceptando, pues, como suele suceder cuando un hombre conoce a una mujer que llama su atención, abrí ante ella el plumaje como el de un pavo real. El arrastre de alas produjo el efecto de un sí rotundo e inapelable. “Acepto irrevocablemente”, dijo al teléfono cuando la llamé por segunda vez. No tuve la osadía de lanzar la invitación en una primera llamada de saludo. Lo hice a los dos días de haberla conocido, para el crepúsculo del día siguiente.
David Sánchez Juliao entre varios areneros de su natal Lorica.
Lo primero que de Griselda me impresionó fue su corte de cabello; y su cabello mismo. Era negro como el azabache, y de suaves cerdas que caían como lluvia hasta la altura del mentón. De allí subía como una cuesta empinada hasta dejar al descubierto una nuca que invitaba al beso y la caricia, y que, en aquel calor infernal, hacía soñar con una gotita de sudor para lamer. Después, me impresionó su piel nacarada, que daba la impresión de no ser piel sino una telilla extendida sobre una carnosidad de bajo tono carmesí. Aquel aire de heroína decimonónica, siempre, en todo lugar, había tenido el don de sublevar mi casi dormida lascivia. Y si a ello sumaba –como fue el caso en aquel día– el fulgor de unos expresivos ojos negros y los insinuantes ademanes de un cuerpo de leopardo, el despertar de sentidos y apetitos fue cosa de segundos. Me declaré rendido ante la primera mirada. Sentí en el plexo solar el impacto de aquellos ojos densos de noche sin luna, auscultadores como lámpara de cacería, y sombreados por unas pestañas gruesas y curvas, casi que de anzuelo para pesca de profundidad.
Ese día llevaba unos pantalones de seda a rayas grises y negras, los que se asentaban primero en las duras formas de sus caderas y luego bajaban ajustándose al suave contorno de unos muslos delicados pero recios. Hacia atrás, el diseño de rayas en seda marcaba las mesuradas curvas del trasero más perfecto que mis ojos hubieran visto; sólido, firme, compacto, abierto apenas en la justa elipse necesaria para que las rayas, al continuar su camino, volvieran a caer en vertical hasta los talones. En esos talones se aseguraban las trabillas de unas zapatillas doradas, sobre cuya banda transversal en el empeine lucía una pulida piedra negra. Todo en ella combinada a la perfección, en un casual mosto de sofisticación y una suerte de descuido consciente en la costumbre del buen vestir. Recordé a mi padre cuando decía: “La cultura es lo que queda cuando se olvida la erudición”. Parafraseé su sentencia: “En esta mujer, vestirse bien es lo que queda cuando se borra esa intención”. Lo hice, cuando detuve mis ojos, casi que en actitud de descaro, sobre el blanco, fresco y delicado cañón del entreseno. Se había empolvado el busto con talcos de olor. Lo percibí por encima de la fragancia que exhalaban su cuello y su nuca al aire. La blanca blusa en linillo que llevaba –cosida en pespuntes y de mangas en sisa– caía ajustada a la cintura y subía en forma de catarata invertida, de modo que no había forma de que la vista no ubicara el punto exacto en donde el entreseno dejaba de serlo para convertirse en dos hermosos melones en crecimiento. De ahí mi actitud de descaro, que ella –estoy seguro– notó sin molestarse; antes por el contrario, tomándola encantada como un cumplido. Acudí a otra frase de mi padre: “Ellas saben cuando son hermosas, y poco caballeroso sería no darles la razón”.
–Sé que se ha instalado en la playa y que está encantado con el lugar –dijo, en el intento de que yo dejara de mirar lo que miraba y subiera mis ojos hasta los suyos.
Quizá no entendió –quizá sí– lo que quise decir cuando respondí:
–Y ahora, más.
–He leído algunas cosas suyas, pocas, la verdad, pero tengo una amiga a cuyo hijo en la escuela le ordenaron leer una de sus obras para niños –parpadeó, en un abrir y cerrar de celosías sobre sus ojazos de ave nocturna–. Estamos muy contentos de tenerlo por aquí.
–Más lo estoy yo –repuse–. Pero tengo pocos amigos, tanto en el poblado como en la playa –y me lancé al agua–. Un día de estos le agradecería que me permitiera invitarla a un café. Así podría informarme de muchas cosas... y contarle otras.

No supe de dónde había sacado tanto coraje para insinuar aquello. Tal vez, del hecho de hallarme solo con ella en medio del bullicio del almacén. Ángela se había desentendido de nosotros, luego de habernos presentado. Y, entonces, se hizo el milagro.
–Anote mi número de celular. Llámeme si lo desea. Será un placer ponerlo al tanto de muchas cosas –y acompañó la recitación del número con un gesto de complicidad.
Cometí el atrevimiento de despedirme de beso en la mejilla, como si se tratara de una vieja amiga. Ya en casa, pensé que tal cosa había sido un error, pues desde el momento en que la llamé para invitarla a una cena de candiles hasta la llegada del día señalado, fui incapaz de sacar de mis recuerdos el aroma del talco dormido sobre aquel entreseno que, como la nuca al aire, llamaba a la caricia y al beso furtivo. Pienso que fue ese olor lo que me impulsó a marcar el número de su teléfono para acordar el día y la hora de la cita.

 


 

Información completa en PDF


Publicado por EL UNIVERSAL de Cartagena Domingo 7 de junio,09

Embrujado de historias

Por: GUSTAVO TATIS GUERRA

Por la ventana de su casa en Lorica pasaba el mundo.

En el barrio Remolino donde vino al mundo en 1945, David Sánchez Juliao dice que empezó a escribir cuentos desde muy temprano en una vieja máquina de escribir Olivetti 35, ante la contrariedad de sus padres que querían para él un destino de abogado, comerciante o ganadero.

Viendo ahora el brillo de las aguas del Sinú, me cuenta que él veía llegar desde niño todo lo que se desembarcaba en el muelle de Lorica: las telas del oriente, la máquina de coser Singer, el alambre de púas, las bolas de billar, pero también veía embarcar hacia Cartagena y el Caribe, la madera del Sinú, el queso, la carne, etc. A los ocho años sorprendió a sus vecinos con su primer discurso en la plaza, por insinuación de su madre. Todo eso ha vuelto a vivirlo con intensidad al ser homenajeado por los suyos en su propio pueblo. “Esto no le ocurrió ni al mismo Jesús”, dice riéndose. “Soy un profeta en mi tierra”. Y me cuenta que es el mejor homenaje que ha recibido en su vida: “un reconocimiento del municipio y el departamento en Lorica”, que ha bautizado la calle donde él veía llegar todas las barcazas desde Cartagena, como la Avenida David Sánchez Juliao y el colegio de Lorica lleva también su nombre. Ante semejantes gestos de devoción para con su obra literaria, él sólo dice que “no tengo nada que darle a nadie, sólo lo que he sembrado con mis propias palabras, y eso no me permite conseguirle un empleo a mi hermana, ni hacer recomendaciones. Curioso e interesante todo esto que me ha ocurrido, porque aquí solíamos bautizar— por pura lambonería— con nombres de personajes del interior del país como ha ocurrido como nuestro Inem bautizado Lorenzo María Lleras, quien jamás vino a estas tierras.

El homenaje que me ha ofrecido Lorica es como si me dijeran: ¡Qué rico que no hayas sido ganadero, David! Fui a la calle San Vicente, en Lorica a conocer el Colegio David Sánchez Juliao y al tocar la puerta me recibió el celador quien me preguntó a quién buscaba. Le dije: al rector. ¿De parte de quién?- me preguntó. Le dije: David Sánchez Juliao”. El hombre me reparó incrédulo y me dijo: ¿Me vas a mamar gallo? Cuando supo que en verdad era yo, me confesó que era como “si mis hijos que estudian en el San Pedro Claver se encontraran con San Pedro”.

De veras que Sánchez Juliao posee el doble privilegio de ser un extraordinario escritor y un formidable narrador oral capaz de hipnotizar multitudes como ha ocurrido en sus recientes tertulias en el Cartagena, en el Centro Cultural Colombo Americano y en la Serenata Escalonada en el Claustro de Santo Domingo.

Además de ser reconocido en Wikipedia como el creador del Audio-Libro en el mundo con su obra El Pachanga, Abraham al humor, Fosforito, entre otros, un fenómeno que en su tiempo el escritor Ramón Illán Bacca bautizó como Literatura-Casette, que abrió las puertas para una narrativa oral utilizada como herramienta pedagógica y sensibilizadora.

La obra literaria de Sánchez Juliao traducida a más de quince idiomas en los cinco continentes, abarca novelas y cuentos, literatura para niños y jóvenes, ensayos, microficciones, argumentos para televisión, una composición musical e innumerables textos orales de un prodigioso conocimiento de los ancestros y la cultura popular del Sinú y el Caribe colombiano.

Es autor además de “Por qué me llevas a al hospital en canoa, papá? (1973) “Historias de Racamandaca” (1974), “El arca de Noé” (1976), “Cachaco, palomo y gato” (1977), “El Flecha”, “Pero sigo siendo el rey” (1983), “ Mi sangre aunque plebeya” (1986), “Buenos días, América” (1988), “El país más hermoso del mundo”, entre otras.

Su novela “Dulce Veneno Moreno”, narra el contrapunto de los mundos culturales entre una mujer sinuana que se afrancesa en París y un francés que se sinuaniza en Montería, una divertida historia de pérdida de la identidad cultural.

Ha sido conferencista invitado en diversas universidades de los Estados Unidos, México y América Latina. Ganó el Premio Internacional Dulcinea 2000, otorgado por la Asociación Cervantina de Barcelona.

Su obra narrativa es un legítimo retrato de la diversidad cultural de la región Caribe.

Ahora frente al paisaje nocturno del río cruzamos la avenida bajo la sombra de los árboles altos y las flores del Sinú. Muchos años han transcurrido desde que él emprendió por los pueblos de Córdoba, en compañía de Orlando Fals Borda, un viaje al corazón de las palabras, escuchando la historia en la voz de los campesinos, las mujeres y los seres prodigiosos de nuestra cotidianidad. La cosecha de las palabras aún produce frutos dorados. Sus historias se desbordan como ese río cuyas aguas nos remontan a nuestros ancestros. Y nos embrujan a todos.

 


Gobernación de Córdoba y Alcaldía de Lorica condecoran al escritor David Sánchez Juliao

La gobernadora de Córdoba, Martha Sáenz Correa, y el escritor Sánchez Juliao

Lorica. Los relatos y narraciones del maestro y escritor de Lorica, David Sánchez Juliao, hicieron ayer del tiempo el rato más ameno y agradable entre los asistentes al homenaje y condecoración que se le hizo en el marco del Festival Cultural del Sinú, a este hijo ilustre del Bajo Sinú cordobés.
La gobernadora de Córdoba, Marta Sáenz Correa, impuso la Cruz José María Córdoba a Sánchez Juliao; así mismo la Fundación Festival Cultural del Sinú y la Alcaldía de Lorica, le otorgaron una placa de reconocimiento a la vida y obra.
De otro lado, en el marco de las celebraciones, se llevó a cabo un desfile militar en el que participaron la Infantería de Marina de Coveñas-Sucre y  los colegios Almirante Colón de los municipios de Lorica, Cereté y Montería, así como de Cartagena.

Funcionarios de la Gobernación de Córdoba y de los diferentes sectores de Lorica, asistieron a las condecoraciones hechas al maestro y escritor.

 


   El escritor Sánchez Juliao durante uno de los conversatorios sostenidos
   durante su amplia gira por el Golfo de Morrosquillo y las Sabanas de Sucre.

                             Exitosa gira de Sánchez Juliao por Morrosquillo y Sabanas

Un total de seis conferencias-conversatorios sostuvo el escritor David Sánchez Juliao en la amplia gira por el Golfo de Morrosquillo y las Sabanas de Sucre durante la Semana Santa y sus días aledaños.
La gira cubrió los municipios de San Antero, Córdoba --en donde le correspondió el honor de inaugurar, junto al alcalde Lormandy Martínez, la serie de conferencias del encuentro de escritores que se realiza en el marco del Festival del Burro--, y Sincé, Buenavista, Palmito, Tolú y Coveñas en el departamento de Sucre.
Solo en San Antero y Coveñas las conferencias se realizaron en recintos cerrados. En el resto de municipios hubo que disponer la plaza principal para albergar las más de 800 personas que asistieron a los conversatorios, en los que Sánchez Juliao trató el tema de la identidad cultural y la pertenencia, lo mismo que la necesidad de la participación de la inteligencia en la política activa de la región. En Buenavista, la conferencia se tituló: “La Identidad Cultural en el Entrelineado de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz”, con la asistencia del párroco Laureano Ordosgoitia.
En varios de los municipios visitados, el escritor recibió honores, tales como el de ser declarado “hijo adoptivo” de la localidad, y en la caso de Tolú, además de ello, el de ser declarado Nazareno Honorario de la Semana Santa de esa ciudad. Allí, recibió el pergamino de manos del alcalde, Adolfo González. Otros alcaldes brindaron agasajos al escritor: Héctor Olimpo Espinosa de Sincé, Yamile Piscioti Numa de Buenavista, Nairo Hernández de Palmito y Guillermo Morelo de Coveñas.
Varios periodistas y medios de comunicación acompañaron al escritor en la gira, como los diarios El Meridiano de Sucre y de Córdoba, El Tiempo de Bogotá, El Heraldo de Barranquilla, Telecaribe, Radio Caracolí, Unisucre FM Stereo de Sincelejo, Unicord Estéreo de Montería con su cuerpo de comunicadores, y los periodistas Carlos Marín Calderín, Manuel Medrano, Silvio Cohen, Aquilino Manuel Palomino, Marisela López, Cecilia Gil, Victor Molinello, Clemente Echeverría, Alejandro Mieles Trespalacios, Julio Díaz y Erley-Lorena Vergara.
Hacia finales de abril, el escritor emprenderá una nueva gira que incluirá otros municipios de Sucre y algunos de su natal Córdoba. La gira por Sabanas tendrá comienzo con un conversatorio en las instalaciones de El Meridiano de Sucre dirigido a los periodistas de este medio y a invitados especiales. Igual cosa de propone hacer el escritor en El Meridiano de Córdoba.
 

Con el alcalde de Galeras, Reinaldo Ramírez y el gestor cultural Luis Fernández

El escritor rodeado de amigos lectores de su querida Sabanas de Sucre.


Mompox, vida y eternidad

Crónica sobre la Semana Santa de Mompox, escrita por David Sánchez Juliao y publicada por la revista AVIANCA en su edición de febrero-marzo de 2009

"Quien primero sospechó que Chencha Mercado empezaba a volver a la Tierra todos los años a
terminar de pagar la manda, fue su compadre José Elías Palacio, muerto también, y a cuya última
noche de velorios asistía ahora Prudencio Morales".

 

Leer completo (PDF)

 


Fragmento de una novela en
proceso de David Sánchez Juliao

Publicado el 25 de enero en El Meridiano de Córdoba

Por David Sánchez Juliao

"Aquella tarde hice una siesta portentosa. Desde antes de pasar a la mesa al mediodía, había encendido el aparato de aire acondicionado de la alcoba. De modo que luego del almuerzo, hallé la habitación en la justa temperatura para dar la razón a los versos que un día se me ocurrió escribir desde la hamaca: "Otra verdad revelada: el elixir de la siesta es un invento de Dios. Sólo su vasto saber y su infinita bondad han podido permitir zambullir la luz del día en dos horas de eternidad". No sé de dónde me salió aquello de involucrar a Dios en semejante acto de molicie tropical, tan propio –por cierto— de los escritores de estas tierras. No estuve, desde luego, de acuerdo con Kant, con el propio Emmanuel Kant, el filósofo, quien –muy curiosa cosa— afirmó un día que a los caribes nos perdía la desidia, la siesta y el desinterés. ¡Vaya insolencia! Seguramente, el señor Kant –con todo el respeto que me inspira— jamás tuvo oportunidad de pasar un verano de playa en estas deliciosas latitudes, como tampoco ocasión de conocer la eternidad en la siesta de una hamaca tejida en fibra de algodón. Entiendo, sin embargo, su actitud frente a nosotros, por una razón –según comenté cierto día a un amigo—: tampoco conoció el aire acondicionado. ¡Vaya cosas que se le ocurren a uno en estas liviandades tropicales! Es que, ¿cómo habría de ser uno trascendental escribiendo sobre hamacas o sobre siestas? Y, menos, mucho menos, en ese delicioso microclima que el mundo nos regala luego de aquellas dos horas de holganza.
Es tan dulce y cálido todo en estas tierras —allá afuera— cuando baja el furor del sol y llega la brisa vespertina, que el cuerpo mismo lo presiente, aún en el encierro del aire artificial de la alcoba. Pareciera que, además de la batería marina, cargáramos los caribes una especie de termómetro incorporado que nos permite detectar a distancia las más agradables temperaturas. En ese sentido, somos muy similares a los seres humanos habitantes de cualquier latitud: padecemos los rigores del clima, y los hemos aprendido a manejar; a ambos, digo: rigor y clima. Y, aunque no tenemos noción de lo que los congéneres de tierras lejanas llaman estaciones, la variación del clima nos hace dividir tanto el año como sus días. Me explico: el año en dos grandes temporadas, la de secas y la de lluvias –que incluye monzones y vientos del sudeste—, y el día en horas de calor y horas de fresca. La siesta, por tanto, es la deleitosa franja existente entre esas dos porciones de día, es el entrelineado, la mediagua, el entresopor que nos hunde diariamente en la muerte de casi cuarenta grados y que nos hace renacer a la etapa de frescor más allá de las cuatro de la tarde. El final de la siesta es casi una resurrección de entre los muertos. A esa hora, el universo se celebra y la vida parece empezar. La brisa llega, casi siempre desde un mar tranquilo y fresco, más intenso en sus azules y sus verdes, las palmeras se mecen con el viento fresco y el susurro de sus ramajes dota a ese viento de la propiedad de ser auditivo. Razón tiene quien afirma que el fresco de la tarde junto al mar entra no por la piel sino por los oídos.
A esos espacios salí aquel día antes de las cinco de la tarde: a oír la brisa por los poros. Llevaba puesto el pantalón de baño y la toalla tirada al hombro; en una mano los lentes de sol y en la otra los cigarrillos y el encendedor. Caminaba descalzo y sobraban los lentes, pues el sol, como una naranja encendida, iba camino de tocar el horizonte entre un festejo de arreboles. El aire se había hecho menos denso y pesaba poco, así que bajaba con más facilidad a los pulmones y, desde luego, subía hecho oxígeno desde la sangre más dúctilmente a la cabeza. Incluso los pensamientos resultaban tan claros como la tarde, tan frescos como la brisa; y brillaban encendidos como el sol. Daba la sensación de que no solo la alta temperatura había bajado sino también los niveles de la presión atmosférica. Mientras andaba hacia la playa, alcancé a sentir que no había arena bajo la planta de los pies. Tuve que mirar hacia abajo para convencerme de que no levitaba. Volví a alzar la vista, y logré percatarme de algo que no había notado antes. El mundo, entero, tenía un color de azafrán.
Entre todas aquellas sensaciones, fueron mojados mis pies por una ola que moría sobre la arena, cuando un hombre vestido de largo pantalón de lino, camisa de cuello duro y corbata de rayas transversales, me saludó en su rápido andar por la estrecha senda de arenilla que separaba la playa del antejardín de la cabaña.
—Buenos días tenga usted, distinguido señor —murmuró, en tono caballeroso.
—Sí, buenos días –respondí, algo perplejo, no sólo por el insólito atuendo usado por el hombre para pasear por la playa, sino por la manera como lenguaje y atuendo en él se conjugaban. ¿En qué consistía lo distinguido de meterse uno al mar vistiendo una simple y normal pantaloneta de baño?, me pregunté. Ni siquiera traía conmigo los lentes de sol, los cigarrillos o la toalla, elementos que había dejado tirados a un lado de la senda que ahora el hombre de corbata transitaba.
Cosas del trópico, pensé, y me adentré en las aguas con cuidado hasta cuando el mar cubrió mis hombros. Experimenté en el cuerpo una sensación de deliciosa calidez. El agua, casi quieta en su vastedad, apenas dibujaba en su superficie las ondas del líquido en un vaso cuando lo tomamos. Había sido entibiada por el sol de naranja que ahora aceleraba en nuevos encendidos arreboles el último adiós del día. ¿Por qué no había traído al mar un poco de whisky en un vaso desechable? O tal vez en el propio pesado vaso corto de cristal que uso para el escocés de aperitivo. En fin...
Decidí volverme sobre los talones, que giraron sobre una superficie casi hecha de polvo de arena. Saqué las manos del agua –para eso había girado— y posé las palmas abiertas frente a mis ojos y contra el aún encendido sol granate a mis espaldas. Mis manos parecían haber sido pintadas con sangre; tal era la intensidad del rojo rubí que el sol le había hecho alcanzar a todo, hasta al aire. Entonces, bajé las manos de nuevo, las sumergí en el agua y volví a ver al hombre de pantalón de lino, de camisa de cuello y de corbata a rayas transversales. Se había detenido a cien metros de donde yo, simplemente, movía brazos y manos en el intento de nado que me mantenía a flote. Estaba parado sobre el camino de arenilla, frente a la blanca y enorme casa vecina y miraba hacia ella de una forma nerviosa e inquieta, moviendo la cabeza como un perrito de taxi, y como a la espera de que alguien se asomara...

————— —————

Durante dos de las mañanas de los tres días siguientes, pasaron los pescadores en sus canoas con sierras frescas y pargos rojos. Volví a tomarles fotografías y a conversar con ellos a la orilla del mar. Ah, y las siestas en las tardes fueron largas, profundas y sosegadas. Claro, la escasez de sueño en la madrugada, debido al temor de una llamada de Griselda, hizo que todo se compensara en aquellas tardes sin compromiso. Porque mis siestas son serias. Son siestas juiciosas y de un alto compromiso existencial; y que cumplen al pie de la letra las normas establecidas: desvestida y vuelta a vestir con piyama, cortinas cerradas, aire acondicionado a todo vapor –o calefacción, cuando sea del caso—. Pero lo más importante de todo ello es el contenido bipolar de esas siestas: mitad hecha en la hamaca y la otra mitad en la cama. La hamaca, en la siesta en sí, cumple los roles de prólogo y epílogo, mientras que la sustancia propiamente dicha de la siesta es el descanso en la cama; con dos almohadas, una para la cabeza y otra para los brazos o la entrepierna. Al prólogo de la siesta en la hamaca se le denomina "la agarrada del sueño"; y al epílogo –cuando uno vuelve a pasarse de la cama a la hamaca; sudando algunas veces, cuando no hay aire acondicionado—... a ese epílogo se le llama "el reposo". Por tanto, reposar es algo diferente de dormir o descansar o hacer la siesta. Reposar es reposar de la siesta, porque como dice un buen amigo de estas tierras, "Uno sudado y todavía recién levantado no se puede bañar, porque le puede dar algo". Ese reposo tampoco es descanso. Repito: ese reposo es, simplemente, reposo; porque uno descansa cuando está cansado, y para reposar no es necesario estarlo. Uno puede reposar por el solo placer del reposo. Reposar, sobre todo después de la siesta –la que sí podría tomarse como descanso— es un acto de hedonismo puro, del más sublime sibaritismo y del más refinado epicureísmo. El asunto, por tanto, es de matices, y más complejo de lo que parece. Y es un asunto importante, fundamental para la vida del hombre, del ser humano, porque constituye una materia que toca cuanto los humanos hemos venido persiguiendo desde el comienzo de la Historia : la felicidad. Y es preciso ser caribe para entender que una hamaca, en efecto, y las consiguientes siestas, tienen que ver con eso, con la felicidad del género humano. Por lo menos... del género humano caribe.
Cuando en eso pensaba, justo en medio del reposo, sonó el teléfono celular. Miré a la pantalla. Era ella. Tuve el valor de dejar sonar el aparato una, dos, tres veces. Cuatro veces. La llamada debió haber entrado al buzón y ella debió haber dejado un mensaje de voz, el que no iba a escuchar. Lo había decidido..."