David Sánchez Juliao
DAVID SANCHEZ JULIAO
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SOBRE MÚSICA POPULAR


 

  

Del auge del Festival Vallenato:

¡El Diablo tuvo la culpa!

De muy pocas cosas buenas en este mundo el diablo es causante. El vallenato es una de ellas, pese a que el fenómeno parece más producto de Dios que de Lucifer. Pero es que Dios, si bien es eterno, infinitamente bueno, sabio y poderoso, no es pícaro. Y el vallenato es, ante todo, picardía.

Desde cuando el diablo tuvo la culpa, mucha agua ha caído del cielo en los más de cien años que hace que todo empezó. Y todo empezó, según la leyenda, con un campesino de pie en el suelo, mochila y sombrero, llamado Francisco Moscote, más conocido como Francisco el Hombre; célebre, entre otras cosas, porque –al igual que sucedió con Rafael (El Hombre) Escalona-- fue inmortalizado por el Nobel García Márquez en las páginas de Cien años de soledad.

Este Francisco el Hombre, de quien se dice que vivió cien años, entre 1853 y 1953, tocaba con tanta maestría el acordeón y cantaba tan bien, que al diablo no tardó en caer presa de celos; porque el diablo era el diablo y porque se suponía que nadie tocaba o verseaba mejor que él. Todo terminó en un reto a duelo, pero cantando. La pelea fue dura, pero trascendió que Francisco el Hombre logró derrotar al maligno contrincante cantándole el Credo al revés: “Oerc ne Soid Erdap Osoredopodot, rodaerc led oleic y ed al arreit..”, aretécte --esto último significa etcétera.

La leyenda carga, como vemos, una alta dosis de picardía. Pícaro debió haber sido el propio Francisco el Hombre, autor, según también se cuenta, de los primeros cantos vallenatos. Lo que siguió a la pelea, constituyó la herencia: humildes campesinos trabajadores y parranderos que, tocando por simple diversión o ejerciendo la juglaría, se movían por la región llevando noticias cantadas a los poblados, a cambio de alojamiento, algo de comida y mucho de ron. Pronto, se abrieron las tendencias: más suaves, melancólicos y líricos unos, más rápidos y picarescos otros, y más épicos y ‘periodísticos’ los últimos. Y hasta los lejanos parajes del Sinú y las Sabanas, en el Caribe occidental, llegaron los ecos de aquellas notas, las que en esas tierras fueron adobadas con ingredientes locales.

El fenómeno se había dado. Hoy, más de cien años después, el vallenato sobresale como componente de la gran antorcha cultural colombiana, al lado de la ruana, el sombrero vueltiao, la mochila tejida, aquel tunjo de una marca de cerveza... y una canción: “La gota fría”, coincidencialmente vallenata... y pícara, muy pícara.

La verdad de Dios

            Si el runrún de la leyenda constituye la verdad del diablo, hay otra que, por cierta y más verdadera, suponemos que sea la verdad de Dios. Aquellos cantos nacidos de la inspiración analfabeta se han tomado el mundo. Carlos Vives llena plazas y estadios Europa, Julio Iglesias graba travesura vallenatas, Paloma San Basilio solicita a Rafael Escalona que le componga una canción, y el joven público de Viña del Mar aplaude a conjuntos de rock en español, cuyo músico estelar es un acordeonero vallenato de guayabera y sombrero vueltiao. Más aún: las grandes orquestas de salsa antillana exponen al mundo extrañas versiones de aquellos cantos simples pero cargados de verdades universales, pues sus letras celebran lo mismo que se celebra en París o en Riohacha, en Nueva York o en Santa Marta; en Cúcuta o en Katmandú: el amor, la alegría, la amistad, el dolor.

            ¡Ni hablar de lo que el fenómeno ha empezado a significar para Colombia en términos de generación de empleo, de captación de divisas, y del aumento del PIB y del per capita! Pero, si en torno al vallenato todo parece ser conveniente y benéfico, cabe preguntarse: ¿Por qué se le echa la culpa al diablo? Una respuesta podría ser: Es que... los colombianos somos la gran contradicción. ¡Y todo porque nadie se imagina a Dios tocando acordeón, vistiendo guayabera, usando sombrero vueltiao y cantando vallenato! Punto, aparte, y volvamos atrás.

 

La ‘verdá-verdá’: la sin Dios y sin diablo.

            El vallenato es una trinidad de almas que se expresa en tres instrumentos –valga la redundancia--: la caña-guacharaca de los indios, el tambor-cuero de los negros y el acordeón de los blancos. Todo ello, magistralmente expuesto en la canción Fuente Vallenata del compositor sabanero Aldolfo Pacheco (ver recuadro). Pero, ¿cómo fabricó la historia aquel interesante mestizaje?, esa es la pregunta del millón.

            Al llegar los españoles en el siglo XVI, la hoy Costa Atlántica colombiana fue bautizada como Gobernación de Nueva Andalucía. A esa gobernación pertenecía la Provincia de Santa Marta, de la cual formaba parte el Valle de Upari – el que comprendía el valle del Río Cesar, la Baja y la Alta Guajira. Los españoles habían traído sus cantos, como también sus instrumentos; e igual cantaban y tenían instrumentos los primigenios habitantes de la región de Upari, los Chimilas, indómitos y bravos aborígenes que en repetidas ocasiones rechazaron a los españoles.

            Mientras los españoles insistían, muchos esclavos fugaos de Santa Marta y Riohacha buscaron refugio en aquellas tierras sin conquista. Los negros, lógico, también cantaban y habían confeccionado instrumentos similares a los de Africa a partir de materiales locales. Los indios resultaron en extremo hospitalarios con los negros. De modo que el proceso de zambaje se dio antes que el mestizaje. Cuando por fin los españoles lograron someter la región a sangre y fuego, el préstamo cultural entre indios y negros tuvo comienzo. Solo a fines de ese siglo, el XVI, fue fundada la Ciudad de los Santos Reyes de Valledupar. Así empezó a cobrar vida lo que hoy se conoce como cultura vallenata.

            Corrió el tiempo. Los españoles habían traído a Santa Marta ganado procedente de las Islas Canarias, y un buen día decidieron arrear unas mil quinientas reces hasta el lejano Valle de Upari. Pero un feroz aguacero acompañado de rayos y centellas hizo que el enorme viaje de ganado de desbandara y se perdiera en los montes. Resultó imposible recuperarlo. De modo que el ganado se reprodujo al antojo por más de un siglo entre valles y espesuras. Pronto, aparecieron las haciendas, cuyos peones, negros, zambos y mestizos, se dieron a la caza del ganado cimarrón. En ese contexto nació el llamado canto de vaquería, ascendiente directo de la música vallenata.

En medio de las faenas, los peones cantaron y cantaron, a las proezas del quehacer, a los maltratos del patrón, a los sinsabores y las alegrías de la vida y al amor por la hembra, unas veces cariñosa y otras desdeñosa. “Sígueme, vaca, vaquita / que vamos para el playón, / que allí tengo a mi morena / y media botellas de ron”... “Mi caballo y mi mujé / tienen una peladura. / La de mi caballo sana, / la de mi mujé no cura”.

Aquellos cantos simples, pronto hallaron ritmo y melodía, y empezaron a ser acompañados por la guacharaca heredada de los indios, por un remedo de tambor africano bautizado como caja, y por la flauta de millo.

Lo que faltaba                  

Algo faltaba, sin embargo, pues la flauta de millo quedaba corta de armonía. Había mucho que expresar y mucho que decir más allá de las palabras y los versos. Era preciso poner a cantar, cuerpo, alma ...e historia. Ese algo que faltaba, ese perfecto complemento, era el acordeón.

¿Cómo saber que faltaba ese instrumento, si no lo conocían? Es que... sí lo conocían y lo habían oído sonar a lo lejos. Distante, cuando vibraba airoso en las lujosas salas de los patrones, a las cuales mestizos, mulatos y zambos sólo tenían acceso en calidad de servidumbre. Pero, en asuntos de fiestas y licores, como en otros asuntos, los patrones eran insaciables. Así que, cuando rendidas por el cansancio, las emperifolladas damas buscaban la cama, los patrones corrían a terminar el convite en las cocinas o en los lejanos galpones de la peonada. Y allí, el acordeón, que había entrado por las costas para diversión de los blancos, empezó a caer en las manos del pueblo raso... hasta que por fin desbancó a la flauta de millo. Se había consolidado el fenómeno: había nacido el vallenato de verdad. 

A estas fiestas de fin de fiestas (hoy conocidas con after-parties) se les llamó las colitas, pues eran en verdad las colas de los saraos o los ambigús de sacoleva, champaña y satín, animadas con mazurcas, polkas y valses vieneses. Pero las colitas tuvieron después sus propias colas. Señores y peones no tardaron en salir a la calle en un paseo musical en el que se mezclaban el frac y la alpargata, el ron criollo y el Medoc, Strauss y Francisco el Hombre.

 

El resto es historia

El Valle de Upari continuó aportando al mundo intérpretes de los viejos cantos anónimos, lo mismo que compositores que ahora firmaban sus canciones. Esta nueva juglaría de autor conocido, no tardó en tomarse el país. Pero lo hizo, curiosamente, desde Bogotá, lugar en el que aquellos cantos aparecieron de la mano y en la voz de jóvenes estudiantes y de desempleados que llegaban al altiplano en busca de nuevas oportunidades. Bogotá les abrió sus puertas, como a tantos otros. Desde la fría Capital, lugar en el que el canto vallenato fue aceptado antes que en otros lados, aquellas rimas lograran permear importantes ciudades de la propia Costa Atlántica.

            Otro fenómeno se operó al tiempo. Con el desarrollo de la agroindustria algodonera en los campos del Cesar, muchos campesinos del Sinú y de las Sabanas de Bolívar se convirtieron en trabajadores golondrinas que aparecían  por los meses de recolección de cosechas para luego regresar a sus tierras llevando consigo el frescor de tantas notas. La llamada escuela del vallenato sabanero no tardó en aparecer, con cantos adobados con sales de porro y pimientas de cumbia.

 

Y la historia continuó...

 

Entre los años sesenta y ochenta el vallenato logró catapultarse. No solo en Valledupar se afianzó la parranda vallenata como institución, sino que en otras importantes ciudades de país, con Bogotá a la cabeza, aquella instancia cultural se legitimó. La parranda vallenata consistía, y sigue consistiendo, en una reunión de amigos, una justa de la palabra, en la que se bebe, se canta, se cuentan anécdotas, pero en la que jamás se baila –pues puede resultar ofensivo para los maestros de la música y el verso, a quienes les complace ser vistos, escuchados y admirados.

            Una de las partes más importantes de la parranda es la piqueria. El término tiene su origen en la riña de gallos, y viene de pique, que es el reto de un gallo a otro. La piqueria es un cardinal componente de la parranda, y en ella se desafía al oponente con verso irónico y sarcástico, pasando a veces al plano de lo meramente privado y personal. Pero en la piqueria también se envía “recaos groseros” a supuestos oponentes lejanos, los que, seguramente, algún día responderán. La mejor muestra de ese caso es el archiconocido paseo de Emiliano Zuleta, La gota fría, en el que el autor envía uno de esos “recaos groseros” a su contrincante Lorenzo Morales.

            Pero en la piqueria no siempre se piquerea. Su espacio en la parranda vallenata es usado para muchas otras muchas cosas: para conquistar mujeres a punta de flores verseadas, para exaltar al ilustre visitantes y para contribuir con la reducción de la tasa de desempleo (ver recuadro).

 

Mas allá de la parranda

Muchos comentan que es tal la importancia de la institución de las parrandas, que en ellas se dan a conocer –piquereando o no– los más hábiles acordeoneros y los más talentosos cantores. Esos que, luego de agotadas la posibilidades locales, se lanzan a conquistar fama y dinero, lográndolo a fin de cuentas.

            Los herederos de aquellos ascendientes campesinos iletrados y andariegos, pronto se convirtieron en estrellas que brillaron en el firmamento nacional. Entre ellos, el gran maestro Rafael Escalona, a quien hay que culpar –como al diablo– de que el tan provinciano vallenato hubiera logrado conmover el alma de los bogotanos y luego al resto del país, con sus deliciosos paseos, sus suaves y dulces sones, y sus alegres y bullangueros merengues.

            Los conjuntos proliferaron, y las casas disqueras empezaron a hacer de las suyas; y, no dándose siempre la coincidencia del doble talento de cantante y acordeonero en la misma persona, surgió de repente la figura del cantante estelar: ese que hacía pareja con un muy bien dotado acordeonista, también estelar. Estos binomios de oro empezaron a proliferar. Todo ello contribuyó a que el ser intérprete vallenato deviniera en una respetable y lucrativa profesión.

            Profesión exigió más y más para su ejercicio. Con el tiempo, el público no sólo demandaba más intérpretes y nuevas canciones, sino mayores espacios para divertirse en forma masiva, como las casetas y los estadios. Y exigía conjuntos más grandes y más y sonoros, de seis, ocho, diez, doce, veinte músicos. Los conjuntos se abrieron como la cola de un pavo real, con su plumaje de congas, guitarras eléctricas, tumbadoras, bajos eléctricos, maracas, teclados, cobres y batería. Estaba claro que había que competir con el merengue dominicano, con la salsa de Cali y del Caribe, con el son cubano, con las orquestas de porros y con los Melódicos y los Billo’s venezolanos. No era fácil la tarea.

            Tales dimensiones empezaba a alcanzar aquella música simple, llana y elemental de los principios. Ahora sí se sentía, como nunca antes, la presencia de Lucifer en el asunto. 

            El tate-quieto del Festival

 

No hay que negar que la idea del Festival Vallenato entró a poner orden en la sala. A darle al fenómeno, como dicen en la Costa, su tate-quieto.

            El Festival de la Leyenda Vallenata tuvo su primera versión en abril de 1968, y en este año 2005 celebrará su trigésima séptima justa al final del mismo mes. En aquel 68 lejano –semanas antes de la gran revuelta estudiantil de París--, la dirigencia vallenata encabezada por la Cacica Consuelo Araujonoguera, el compositor Rafael Escalona, la distinguida Myriam de Lacouture y doña Cecilia “La Polla” Monsalvo, presentaron a Colombia una alternativa de celebración de la cultura y de la vida, cuyo primer rey fue quien debía ser: el gran Alejandro Durán.

            A partir de la primera elección, muchos reyes –uno cada año– han sido coronados y muchos ‘príncipes’ electos en las restantes categorías, que van desde la canción inédita hasta la de semi-profesionales, pasando por la de aficionados y la de canción inédita. A partir de entonces, también, Valledupar despegó hacia el logro de la categoría de polo turístico, uno de los más importantes del país, especialmente por esas fechas en las que es casi imposible conseguir habitación en los hoteles.

            Pero si faltan hoteles, sobran las casas, en las que –con los brazos abiertos como puertas– los vallenatos hacen gala de una hospitalidad que llega acompañada de los mejores platos de la exquisita cocina local –el guiso de chivo como bandera y blasón--, de interminables parrandas, con piqueria incluida,  de los mejores licores y de las más exquisita cordialidad.

            La exuberante farra del Festival se cierra el día de la Virgen del Rosario, en el que anualmente se conmemora la tenaz lucha de los primigenios pobladores indígenas contra los conquistadores que tanto tardaron en someter el territorio. En la noche de ese día, se lleva a cabo en la tarima principal la gran eliminatoria de los profesionales. De ella surge el Rey vencedor, el que, como todos los demás participantes de toda categoría, deberá haber interpretado los cuatro ritmos vallenatos –paseo, son, merengue y puya– sin acudir a los diabólicos artilugios del Gran Culpable. Es decir, como parte de un conjunto de tres músicos que, de manera canónica, toca los tres instrumentos sobre los cuales el fenómenos asentó sus comienzos: la caja, la guacharaca y el acordeón. Ese tate-quieto, ideado por los pioneros del Festival, es lo que ha hecho decir a muchos obispos de la Costa que, pese a que el diablo fue el culpable de todo, sólo en el Festival palpita y vive la presencia de Dios.

 

¿Y la presencia de Alá?

            Por haber defendido aquello de la disputa musical con los tres instrumentos tradicionales, muchos vallenatos ilustres se han buscado problemas. Tal es el caso del compositor Félix Carrillo Hinojosa, de quien Numas Armando Gil dice que, “por fundamentalista”, debería ser llamado “El talibán del vallenato”. Ante el pique, Félix Carrillo no se ha quedado quieto. Reaccionando ‘de vallenata manera’, ha mandado “un recao grosero” a Numas Armando Gil; tan grosero como aquel de Lorenzo Miguel:

            “Armandito me ha tratao

             de talibán del vallenato.

             Qué tipo tan atrasao:

             soy talibán dej’ace rato”

 

            Posdata:

            Entremos, pues, al goce vallenato en la nueva versión del Festival, de la mano del diablo, de Alá y, sobre todo, del Dios Todopoderoso, Único y Verdadero. Y de la mano de la nueva teología caribe, porque, permítaseme decir que... En la Costa, Dios es costeño y usa guayabera. Pero, ¿dirá Ay, hombe, juepa jé?  Seguramente sí, sobre todo cuando, contento, nos ve a todos en misa.

 

B.   LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

1. Para qué sirve ‘la piqueria’.

 

-- Para detectar a los verseadores más atrevidos. Nadie que no sea talentosamente atrevido, sale bien librado de una piqueria vallenata. La piqueria es una justa, como aquella de los caballeros de la edad media, en la que cuentan las espuelas, la armadura, el caballo, la lanza, el valor, la entrega...  y hasta el relumbrante penacho. En la piqueria se batalla, como en el medioevo, por el honor y por el amor de una dama, allí presente ...y casi siempre silenciosa. Solo de entre los mejores sale el mejor.

 

-- Para revivir piques ‘casaos’ de tiempo atrás. Hay verseadores que casan piquerias infinitas, y no es extraño que el pique verbal se extienda por años, de parranda en parranda. Algunas veces resulta imposible detectar la fecha del comienzo de un pique, y solo se comenta que fulano y zutano no se pueden ver, y que cuando se vean... ¡se van a levantar a versos!

 

-- Para sacarse viejos clavos.  Algo tiene que ver este punto con el anterior, pero no tanto. Hay piques que no son ‘casaos’ de por vida, sino puntuales y específicos. Un comentario adverso, un desfase verbal, el gesto de ingratitud de un amigo o conocido ha quedado en el alma de un verseador como una piedra en el zapato. La piqueria, entonces, se presenta como el espacio ideal para sacarse el clavo, recibir los descargos y pasar a borrones y cuentas nuevas. ¡Y va el trago, compadre! ‘Todo arreglao’.

 

-- Para hacer fama a costilla de otro. Este es un sindrome particular de los jóvenes talentos, de esos que se aparecen en las parrandas para ver qué cantante o verseador conocido ha entrado a participar. De modo que, por ejemplo, sin que un Poncho Zuleta nada le haya hecho, el intrépido aparecido pasa a decirle en verso que está flaco y ‘acabao’, y que la fama lo tiene ‘atropellao’. Si Poncho le responde, el nuevo talento se ha salvado.

 

-- Para exaltar la presencia de ilustres visitante. Parranda que se respete, dice Ernesto McCausland, tiene que contar con un visitante ilustre, y si es cachaco, mejor. A ese conspicuo sujeto se le exalta hasta elevarlo al cielo. Toda presencia ilustre adorna una parranda con  piqueria. Existen, incluso, fórmulas de rima ya manidas. Si el visitante es de apellido Cajiao, el verseador dirá que, de verlo, está ‘emocionao’; si es de apellido López, le es dedicado ‘este toque’; si es un Samper, exaltarán a su ‘bella mujer’; si se apellida Corredor, siempre será un ‘insigne doctor’. Y así...

 

-- Para lanzar candidaturas presidenciales. El ilustre visitante, aunque no posea las cualidades, aunque le falten cinco millones de votos y aunque –por más que se esfuerce–no dé la talla, saldrá de la piqueria investido de precandidatura presidencial. Y si es cachaco, más rápido, y si su apellido es Cifuentes o Valiente, con toda seguridad, de los versos de esa piqueria... ‘saldrá presidente’.

 

-- Para levantar ‘chamba’. Este punto 7 es, lógico, el colofón de los dos anteriores, 5 y 6. Como en el 5 y 6 de los caballos, el atrevido joven verseador –el de los puntos 1 y 4–visitará más tarde en Bogotá a aquel ilustre, ínclito, brillante y exaltado visitante, en busca de que le ayude con una recomendación para un puestecito en la Contraloría, por ejemplo. Así que, una vez lo vea en un pasillo o en un ascensor, le dirá: “Doctor, ¿se recuerda de mí? Yo soy aquel muchacho que le versió en la piqueria del pasado Festival, ¿se acuerda?: el que lo lanzó para presidente. El joven talento podría lograr la recomendación solicitada. Falta ver qué dice el Contralor.

 

-- Para hacer las paces. Un pueblo al que, culturalmente, tanto trabajo le cuesta pedir perdón y reconocer errores, encuentra en los cantos de la piqueria la mejor oportunidad para hacerlo, de manera elegante y sin ‘rajarse’ como los charros mexicanos. El estímulo de un par de Oldparrcitos sirve como empujón final para cantar: “Perdóneme, compadre querido / por lo que ese día le hice /. De la pea estaba fundido / y ofenderlo nunca quise”. Y allí, plas-plas, viene abrazo, y amigos de nuevo. ¡Va el trago!

 

-- Para conquistar muchachas. Por algo nuestra lengua ha acuñado la expresión “echar flores” para significar cumplidos y galanterías hacia las damas. Así, pues, la piqueria es algo mandado a hacer para presentar a las hermosas muchachas –actores pasivos de tales eventos, por lo regular--  ramilletes de rosas verbales en los que términos como hermosura, belleza, donaire y hasta ‘bonitura’ gozan de colores, aromas y sabores. Ante los versos, las sonrisas femeninas no se hacen esperar. ¡Ha empezado la conquista!

 

-- Para echar indirectas afectivas a la ‘tiniebla’ de turno. Es tan sutil a veces el manejo del lenguaje vallenato en todos sus planos y operaciones, que raramente se percatan los asistentes a una parranda con piqueria de la existencia de un ‘affaire’ entre una dama y un caballero presentes. En la piqueria, los amantes ponen a prueba la efectividad de un código que, como todo código, es cifrado.

 

Conclusión: Como hemos visto, la piqueria, para lo que a veces menos sirve es para piquerear.

 

*          *          *          *

 

2. ‘FUENTE VALLENATA’ ...de Adolfo Pacheco --un canto que explica el vallenato.

 

“Como aquel alemán que te forjó

y te puso en las manos de un pirata,

tienes, santísimo acordeón, penas

como las de tu raza.

Y has recorrido el mundo hecho canción

mezclado con la sangre vallenata.

 

El negro, lamentando su dolor,

del Africa te trajo compañía.

Puso el lírico tambor,

caja de bellas armonías.

Pero, como al sonar te coqueteó,

quedó prendado de tu melodía.

 

El indio, del corozo y para ti,

la caña entrecortó sin la esperanza

de que fueras a recibir el son de la guacharaca.

Por eso, ese instrumento es para mí

el rey de la parranda vallenata,

porque los de mi tierra y los de aquí

conllevan la nobleza de esa raza”.

 

*          *          *          *

 

3. DESCALIFICACIÓN  (Minicuento de D. Sánchez Juliao)

            Alejandro Durán fue un hombre honesto. Como persona y como músico. Fue proclamado Rey de la primera versión del  festival nacional de música vallenata y jamás volvió a participar, aunque sabía que sería elegido Rey cuantas veces se presentara. Fue fiel a muchas cosas. A su origen campesino, a su música simple y transparente como el  agua, y a sus letras elementales. Una vez, llegó a afirmar: “No me molesta que los demás evolucionen. Lo malo sería que evolucionara yo”. La noche que expuso su voz  y su toque ante el jurado y el público congregados en la plaza de Valledupar, se equivocó en la marcación de un bajo sobre el teclado del acordeón. Entonces, suspendió la interpretación en forma abrupta y dijo al micrófono: “Pueblo: me acabo de descalificar”. El pueblo no aceptó, pues desde antes de verlo subir a la tarima ya lo había elegido Rey.

 

*         *          *         *

4.  LA GOTA QUE CAÍA

            El compositor vallenato Félix Carrillo Hinojosa, autor del libro “Sabiduría en los cantos y refraneros vallenatos”, cuenta algo curioso sobre el origen de la expresión “la gota fría” en el legendario paseo de Emiliano Zuleta Baquero. Dice que ese, el de “la gota fría”, era un término de uso popular en la Provincia vallenata y que aludía al “sitio de tortura que había en el gélido panóptico de Tunja, en el cual encerraban a los presos más peligrosos”. Era un calabozo estrecho y oscuro, cuya mínima luz penetraba por una rendija por la que también caía una recurrente gota fría sobre la cabeza del recluso. El maestro Emiliano Zuleta, hombre talentoso y recursivo, echó mano de aquel elemento para dar a entender a su contendor, Lorenzo Morales, que si veraseaba con él podría pasarle lo mismo que a los más peligrosos presos del panóptico.

 

C.    TIPS. RECOMENDACIONES.

 

1. Cómo entrar de ‘colado’ a una parranda

Primero que todo, el visitante debe averiguar quién ofrece la parranda y quiénes son los íntimos amigos y compadres del oferente. Con aquello claro, el candidato a ‘colado’ debe entrar a la ‘casa parrandera’ como Pedro por la suya, utilizando el “¡Quiubo, ¿qué es la vaina?” para saludar al primero que se encuentre. El saludo debe ir acompañado, eso sí, de un amplio abrir de brazos, pues el abrazo de retribución no se hará esperar. Tras el tercer sonoro abrazo, es fundamental preguntar por el dueño de casa. El abrazo de bienvenida de este, legitimará la ‘colada’.

Enseguida, debe preguntarse al oferente o dueño de casa --con nombres propios-- por dos o tres de sus más queridos compadres, los que allí de seguro estarán. Esos abrazos compadreros serán entonces la confirmación después del bautismo. De allí en adelante, puede ya usted considerarse un ‘colado oficial’. De resto, desenvuélvase a su manera y aplique el viejo aforismo de las abuelas: “A mí... que no me den. Más bien, pónganmen donde hay”.

2. Cómo reconocer en una fiesta a Rafael Escalona

Para el efecto, apliquemos una frase, genial por cierto, del Nobel García Márquez: “Cuando tú llegas a una parranda en Valledupar y ves a un hombre que se pavonea por una  casa ajena como por la propia, ordenando atender a la gente, indicando qué whisky debe servirse y metiéndose a la cocina a supervisar el hervor de los sancochos; un hombre que, además, lleva puesta una camisa elegante y fina que nadie más lleva, ese... ese es Rafael Escalona”.

3. Cómo aguantarse la música toda la noche

Existen tres reglas de oro, probadas y re-probadas, para lidiar con la LCM –Licencia para la Contaminación por Música– de la que Valledupar goza por los días del Festival. Primera regla: llevar tapa-oídos (earplugs, en inglés). Las aerolíneas que vuelan a la ciudad por esos días los facilitan junto con las bolsas para el mareo. Hay que colocárselos antes de acostarse. Segunda: hablando de acostarse, hay que hacerlo lo más tarde posible en la noche. Así las horas del LCM serán menos. Y, tercera: si el ruido vallenato persiste, se recomienda haber llevado un ejemplar del diario EL TIEMPO en el que aparezca, en su página editorial, una columna de “Espuma de los acontecimientos” de Abdón Espinosa Valderrama. Empiece a leerla, con los tapones de oídos bien puestos, y pronto el sueño llegará, pese a cajas y guacharacas.

4. Cómo colarse en la tarima VIP

            Muy fácil. Llegue de camisa y corbata hasta el lateral en donde aparece el aviso de “Tarima VIP. Entrada” y dígale al policía que usted pertenece a la comitiva del doctor fulano-de-tal. No olvide lo de doctor. Alvaro Rojas Tejada, un abogado bogotano, lo logró, fingiéndose de prisa y gritándole al policía, “!Permiso, permiso, que yo soy de la comitiva del doctor David Sánchez Juliao”. El policía, claro, de inmediato se hizo a un lado y lo dejó entrar. Cuando, una hora después, yo intenté entrar –yo, que sí estaba invitado--, el policía no me lo permitió, porque no hablaba cachaco, no llevaba corbata y no pertenecía a la comitiva de alguien. 

5. Cómo vestirse apropiadamente para pasar por costeño de alcurnia y no por gringo pobre

            Tanto para hombres como para mujeres, la regla es: a los actos del Festival Vallenato se asiste, o vestido ‘de marca’ o vestido de lino ( ‘holán de hilo’, que llaman; en el caso de los hombres, guayabera). Las marcas más idóneas para aparecer como gente importante, son, según los costeños las llaman, “La babilla” y “La burra”, es decir, Lacoste y Polo. Ambas, aceptables en camisas o playeras masculinas o en blusas femeninas. Absténgase en lo posible de las ridículas rayitas de Tommy y de la antiestética velita de barco de Nautica. Esas, son más baratas y más chimbiables.

            Se puede vestir de claro todo o combinar claro y oscuro. Jamás use esas camisas de seda sintética con loros, palmeras y barcos estampados en tonos subidos que venden por diez dólares en los Walgreens de Miami, como tampoco sombreritos de paja para jardineros americanos hechos en Taiwán, porque ahí sí... le dirán, “Ajá, ¿y tú vienes vestío de gringo pobre?”

6. Qué trago tomar en Valledupar

            Valledupar es la ciudad del mundo en la cual se puede beber whisky con mayor tranquilidad, ¡que ni en una ciudad de Escocia! El whisky suele ser tan barato y de tan buena calidad, que un día la vallenatísima Lolita Acosta me dijo: “¡Qué vamos a beber aquí en El Valle whisky chibiao, veee! El whisky aquí es tan barato, que chibiarlo sale más caro!”. Mi amiga Lolita tiene razón. Yo, por mi parte, encontré el whisky tan barato el año pasado en Valledupar, que sugerí al alcalde que reemplazara el acueducto de la ciudad por un Oldparr-ducto. Le recordé que en España el vino es más barato que el agua. Pero, eso sí, amigo lector: cuidado con beber aguardiente traido del interior, pues ese sí podría salir chibiado.

7. Finalmente: cómo pasarla chévere, ¡ay hombe!, olvidándose de todo.

            De todo hay que olvidarse en Valledupar durante la celebración del Festival –dice el compositor Gustavo Gutiérrez--, menos de una cosa importante: de que hay que olvidarse de todo. Y, para lograrlo, no solo hay que seguir al pie de la letra las recomendaciones hechas, sino que debe tenerse muy claro que cada tierra tiene una manera particular de divertirse, como la tiene de comer, de soñar y de amar. Cero críticas. Esa es la clave, cero críticas y mucho respeto por lo que esta gente hospitalaria, creativa y querendona ha construido a partir de la cotidianeidad. Cosa tan seria, que ha trascendido las fronteras logrando despertar el interés de mucha gente en otros países, y de manera tan fuerte y poderosa que alguien ha llegado a afirmar que el ser vallenato podría presentarse ante el mundo como alternativa de goce, de encuentro con uno mismo y de felicidad. ¡Ay, hombe, juepa je!  

 

 

Alejandro Durán: La Telenovela Alejo

Entrevista de Vallenato.com a David Sánchez Juliao

 

¿El lanzamiento de la vida y obra de Alejo Durán por televisión se constituye en el suceso vallenato del fin de milenio?

Yo no hablaría de fin de milenio. Yo pienso que eso se traslapa, pasa de un milenio a otro, es del cambio de milenio. Pienso que se están jugando muchas cosas con esta producción de televisión.

 


David Sánchez Juliao

Primero que todo a mi me parece que hay nombres de categoría, de mucha categoría, envueltos en la producción: El primero, el de Alejandro Durán, la vida del hace 10 a񯳠fallecido maestro del acordeón, luego su interprete Moisés Angulo, una persona de amplia trayectoria tanto actoral como interpretativa, tercero Julio Cesar Luna, uno de los mejores Directores de Televisión del país y cuanto una persona como yo ha propendido por la exaltación de estos fenómenos; cada uno de nosotros pues es muy conocido en el papel que le toca jugar en la producción. La idea de la vida de Alejo Durán para televisión nace el día en que Julio Cesar Luna el director y yo nos encontramos y empezamos a preguntarnos que deberíamos hacer para intentar demostrar una vez mas que este tipo de producciones que tuvieran que ver con la propia identidad nacional que exaltaran los valores de la regionalidad y la música vencieran el prejuicio que existe en los canales de televisión, en las productoras y en las programadoras sobre el hecho de que hoy en día solo las series violentas y urbanas son las que están alcanzando los mayores niveles de sintonía.

 

No fue fácil trabajar en la producción de Alejo en términos de argumentación. Yo soy el creador del argumento; de la historia. La historia tiene una libretista que se llama Miryam de Florez de Barranquilla que ha hecho un excelente trabajo de adaptación de la historia mia al lenguaje de la televisión.

Hemos trabajado Julio Cesar Luna, ella y yo conjuntamente y también conjuntamente con Moisés Angulo.No fue fácil crear el argumento de la serie de televisión puesto que necesitábamos llenar una serie de vacios que nos presentaba la vida de Alejo Durán. Quien en apariencia no era un ser épico pero si muy lírico y hubo que empezar a armar una serie de historias paralelas que pudieran dar sustento a la historia central de Alejandro Durán pero finalmente todo ello se logró, se escribió en un argumento de mas o menos 500 páginas, y a partir de ese argumento se generó una serie de libretos, se pasó a la producción en la región de Tolú, Sucre, por que el eje Tolú - Montería en los departamentos de Córdoba y Sucre nos daba la posibilidad de trabajar todos los ecosistemas. Ese es un sitio de la geografía nacional que permite trabajar en el ecosistema de mar, de río, de cienaga, de lago, de pradera y de monta񡮠

Como nosotros sabemos, gran parte de la vida de Alejo Durán transcurre cantando en las monta񡳠de Antioquia y en las estribaciones, en el valle de el Cauca y del Alto Sinú que son regiones muy quebradas. Muchas de sus canciones se afincan allí; Yarumal, Puerto Antioquia, en lo que el llamaba sus corredurías.

Solo este sitio en la Costa Norte, nos permitía trabajar todos esos ecosistemas a los que Alejo se refiere en sus canciones.

La obra consta de 300 capítulos de media hora; empieza a salir al aire en ese formato. Eventualmente pudiera según las políticas del canal transformarse en proyectos de media hora , de una hora diaria o una hora semanal de acuerdo a las fluctuaciones a las que los canales son muy dados.

En un principio pensamos nosotros trabajar directamente con la música de Alejo Durán como lo hicimos cuando en 1984 realizamos la producción de Pero sigo siendo el Rey, pero consideramos que era mucho mejor que Moisés Angulo grabara todas las canciones de Alejo para crear mucha mas veracidad.

La acción de la novela transcurre en un pueblo imaginario que se llama Costa Linda por que en términos de producción los costos habrían sido muy altos si nosotros hubiéramos seguido toda la ruta de vida de Alejandro Durán por que Alejo Durán es el único pancaribe que yo conozco o pancoste񯠱ue trabajó a lo largo de toda nuestra geografía en los ocho departamentos de la Costa Atlántica desde la Guajira hasta el Urabá, de tal manera que decidimos como centrifocar todas esas vivencias de Alejo en ese pueblo imaginario de Costa Linda para lo cual utilizamos los escenarios de Tolú.

Al principio de la novela va a haber mucho exterior, muchas tomas en exteriores en Tolú y en muchos otros sitios de Córdoba y Sucre; luego de alguna manera la acción se va a trasladar a Bogotá para algunos otros capítulos y al final volveremos a la Costa Atlántica.

Estos 300 capítulos nos van a dar permanencia de un a񯠡si que el pais va a tener durante el a񯠲000 a Alejo Durán de 7 y 30 a 8 de la noche todas las noches en los días de semana . Entonces, va a haber un renacer de este fenómeno, va a haber una renovación del interes por la música vallenata, una vigencia permanente, una presencia constante nuestra en los canales de televisión y en la vida de los colombianos y esperamos obtener pues el favor de la audiencia nacional e internacional.

Hasta el momento mis anteriores producciones han sido vendidas en 37 países de 15 lenguas o algo asi, producciones para televisión. Nosotros aspiramos con Alejo a cubrir por lo menos 30 países. Ya hay pedidos internacionales, ya la gente esta muy interesada en esto y estoy seguro de que en países en donde el vallenato juega un papel importante como México, Perú, Venezuela, Panamá va a tener repercusiones de alta consideración.

¿Qué diferencias establece usted entre un personaje épico y un personaje lírico?

A ver, en términos de lo que hablé ahora, de Alejo Durán la tranquilidad, el desprecio por las acciones protuberantes, su humildad lo podían llevar a convertir en un personaje épico pero en ese marco de humildad, de tranquilidad, de sosiego y de desprecio por ciertos valores fútiles, Alejo es un enamorado de la vida y es un enamorado de la mujer, es un enamorado de su propia ecología y de su propio sistema de vida y esas son manifestaciones de orden lírico, de corazón. Alejo no es un hombre de grandes acciones. Su inmensa capacidad subyace en el trasfondo de su liricidad; entonces fue un trabajo difícil el lograr de un personaje tan aparentemente simple hacer un Cid Campeador a partir de un personaje de esa simpleza pero fue esa simpleza la que nos permitió convertirlo casualmente en un personaje de grandeza.

¿Usted asimila lo épico a lo grande?

Sí claro, A lo monumental y lo monumental en él es su simpleza.

¿Y como se traduce esa simpleza en la vida de él y en la novela ?

En una forma comparativa, en la manera en que los otros personajes pretenden ser grandes, cuando la única grandeza que existe en toda la producción es la de él en su simplicidad

¿El fue un hombre enamorado fundamentalmente de la mujer; en torno a la mujer gira casi toda la vida de Alejandro Durán. Cómo se manifiesta eso en la novela?

Sí bueno, a través de la búsqueda del amor que él emprende saltando de mujer en mujer. Cada una de las mujeres objeto de sus composiciones está personificada y él cambia de una a otra cuando solo el amor verdadero permanece en una que no existió pero que yo le inventé. Era la única forma de resolver el problema

¿En la vida de él nunca existió esa mujer?

A nivel del género nunca existió por eso al comienzo de la novela va a encontrar el televidente una leyenda que dice "Esta obre es un homenaje a la vida y la obre de Alejo Durán pero no todos los acontecimientos pertenecen a la vida del gran maestro"

 


 

 

DAVID SÁNCHEZ JULIAO HABLA DE SU "ALEJO DURÁN

EL ESPACIO - Bogotá - Noviembre 30 de 1999 - Página 18

Por Ricardo Rondón Ch.

En su elegante apartamento de Bogotá, rodeado de las más exóticas piezas de arte y antigüedades de su colección privada, mirando hacia el intenso verde de Monserrate, el prestigioso escritor paladea un whisky de malta pura y fuma un habano cuyo aroma inunda el espacio. Mientras responde a cada una de las preguntas que hemos escogido para la entrevista, habla pausadamente pero sin titubear un instante, como si de antemano hubiera aprendido de memoria lo que tenía que decir. Sonríe ante cada afirmación, como dándose la razón a sí mismo, pero también satisfecho de que, mientras sus libros se agotan en las librerías, obtiene de nuevo, como siempre otro resonante éxito televisivo...el que congrega a millones de personas todas las noches frente al televisor, y que marca, cosa que le tiene sin cuidado, según afirma, el más alto 'rating' que haya obtenido en su historia el Canal Caracol. Le preguntamos:

Maestro : como creador y guionista de esta ambiciosa telenovela, ¿en qué momento se le vino a la cabeza escribir sobre Alejo Durán ?

DSJ: "Alejandro Durán y yo mantuvimos una larga amistad de muchos años. Desde el inicio de mi carrera de escritor fui un profundo admirador de su poesía cantada y de su testimonio de vida. No se sabe cuál de las dos dimensiones en Alejo Durán es más grande, porque era en ese tiempo muy difícil ,y sigue siéndolo, encontrar una persona que a la vez que fuera excelsa en lo que expresaba, nos enseñara con su estilo de vida y su posición frente al mundo a querer lo que éramos y a respetar la manera como sentíamos".

¿ Qué es lo que más le gusta de la poesía de Alejo Durán ?

DSJ: "Alejo es un cantante vallenato 'pancaribe'. Ello significa que en su canto expresa el Caribe colombiano en su totalidad, su sentir, sus frustraciones, su ecología y su profunda aspiración por un mundo mejor. Este 'pancaribismo' fue demostrado, también, en su estilo de vida y en su transhumancia. Había nacido en El Paso (Cesar), cuando El Paso pertenecía al departamento del Magdalena y terminó viviendo y muriendo en Planeta Rica (Córdoba), al otro extremo de la Costa. Pero siempre anduvo por toda la costa y cantó a todos los rincones y a todas las mujeres del Caribe colombiano. Así, lo que más me gusta de él es lo que representa en cuanto a símbolo y factor de unidad de la Costa y por tanto de Colombia".

¿Cómo fue la verdadera infancia de Alejo ?

DSJ: "Fue una infancia parecida a la que narramos en la novela, como peón de una hacienda llamada 'Las Cabezas', de la familia Trespalacios y Piñeres, con la diferencia de que Fidelina, a quien canta una hermosa canción, no fue la hija de los patrones (como sucede en la telenovela) sino la hija de la cocinera de los peones. El transportar a Fidelina a que fuera la hija del patrón corresponde a la intención dramática inherente a todo seriado de televisión".

Del padre de Alejo, de quien se dice que también fue juglar vallenato, se ha hablado poco. ¿ Quién era él en realidad ?

DSJ: "Era una especie de padre de Mozart, quien intentó ser un músico importante, pero a quien el talento del hijo lo desbordó. El padre de Alejo, por otro lado, parece ser el típico padre latinoamericano, o el típico soñador y andariego personaje de 'Cien años de soledad', que deposita toda la responsabilidad de la crianza y educación de los hijos en la madre, en la permanente Ursula. De tal manera que se sabe muy poco de él y su presencia en la vida de Alejo jamás fue tan importante como la de Juana Francisca, su madre".

¿Cómo ve a Moisés Angulo en esta remembranza oportuna de Alejo Durán ?

DSJ: "Cuando el maestro Julio César Luna y yo decidimos trabajar en este proyecto, supimos que iba a haber dos problemas concretos: que la gente iba a comentar que muchos de los pasajes de la obra no pertenecían a la vida de Alejo Durán, y que Moisés Angulo no era el actor adecuado para representarlo. Lo primero nos llevó a hacer salvedades en la leyenda que aparece al principio de cada capítulo, y que dice que no todos los sucesos o caracteres de la versión para televisión pertenecen a la realidad. En cuanto a lo segundo, decidimos correr el riesgo con Moisés por la profunda admiración que le tenemos, por sus grandes capacidades actorales e interpretativas y porque era supremamente difícil encontrar a alguien que fuera al mismo tiempo buen actor, buen intérprete, buen cantante, buen costeño, con porte, que diera tez oscura en el maquillaje y que tuviera cartel. ¿Quién más entonces? Alejo tenía nombre propio: Moisés Angulo".

¿Cuándo menciona lo de 'buen costeño', qué quiere decir ? ¿Cómo es un buen costeño ?

DSJ: "En el sentido que nos ocupa, un buen costeño es alguien que no traicione su dicción y su acento como le pasa a los ministros recién nombrados, que después del decreto de nombramiento empiezan a hablar cachaco".

¿Cómo hablaba el verdadero Alejo Durán ?

DSJ: "Al público televidente le han parecido muy extraños y exóticos los términos que utiliza Alejo Durán en un lenguaje y una construcción muy particulares. Alejo, en la vida real, no hablaba de 'correrías', por ejemplo, sino de 'corredurías', y en varias oportunidades hablan sus canciones de su 'nota apesarada'. Ese tipo de términos son muy recurrentes tanto en las canciones como en las entrevistas que le fueron hechas. En la serie de televisión, con el beneplácito de la libretista Myriam de Flores, decidimos rendir culto a esta manera de hablar que, y hay que decirlo, es más castiza de lo que se cree. Lo que sucede es que muchos de estos arcaísmos han permanecido vivos en el lenguaje rural de la Costa y fueron términos que se usaron en España y en sus colonias en los siglos XVI y XVII, y que han permanecido intactos transmitiéndose de generación en generación. En estos días, casualmente, encontré en el capítulo XII de 'El Quijote', la expresión 'alma apesarada'. De modo que la manera de hablar de Alejo es altamente cervantina".

¿De dónde salió la interjección 'Apa', que ya viene contagiando a los millones de personas que están siguiendo la novela ?

DSJ: "Son tres interjecciones las que reiterativamente y en un orden estricto e invariable Alejo usaba en sus canciones: 'Apa', 'oa', 'sabroso'. Las usaba,ante todo, en el momento en que entraba a ejecutar lo que él mismo llamaba, 'la sabrosura de sus bajos de complacencia'. Si bien recuerdo, a Pérez Prado lo caracterizó siempre un grito, una hermosa expresión gutural de delicia, cuando sonaba su mambo. Y es muy patente la manera como el 'Ay hombe' de los vallenatos ha hecho carrera. Recordemos también a Celia Cruz con la deliciosura de su '¡Azúcar!". Alejo se deleitaba y nos deleitaba con su "apa.oa,sabroso".

¿Cuáles son esos vallenatos más queridos de Alejo Durán que usted acostumbra escuchar?

DSJ: "Esos vallenatos, curiosamente, que tanto me han deleitado, y que en mi cuarto de música escuché durante tanto tiempo, conforman la espina dorsal del argumento de la historia para televisión. La serie está construida sobre los doce más importantes amores de Alejo, por lo tanto van a aparecer encarnados en hermosas mujeres los vallenatos de 'Fidelina', 'Irene' (la del '039'), 'Joselina Daza', 'María Mangones', 'Sierva María', 'Evangelina', y muchos otros que aun cuando no fueron compuestos por él, sí alcanzaron fama y prestigio en su voz y su acordeón, como es el caso de 'Alicia adorada', de Juancho Polo Valencia. Luego, los sitios en donde los amores con estas mujeres se desarrollan, son sitios también mencionados en las canciones de Alejo Durán: 'Los campanales', 'El río Sinú', 'Altos del Rosario', y otros. De modo que el argumento para televisión está construido sobre las canciones de Alejo que a mí más me gustaron y que el público siempre aceptó como excelentes".

¿Cómo fue la vejez de Alejo?

DSJ: "Alejo jamás tuvo vejez. Murió de la manera como todos los creadores aspiramos a morir: en la madurez, en la plenitud una carrera y del desarrollo personal, rodeado de sus seres queridos y sus amigos, y rápidamente. De tal manera que, en el momento en que la muerte lo sorprendió, Alejo era un hombre vital que había ya entregado al mundo su legado y que había recibido todos los honores que su arte merecía, siendo el más grande de ellos la admiración y el reconocimiento del público que siempre le fue fiel. Esa admiración y ese reconocimiento se debieron a que jamás traicionó su arte, jamás se vendió y fue siempre fiel al principio que una vez me expresó en una frase: 'Yo no me opongo a que los demás evolucionen, lo grave sería que evolucionara yo'".

Lo que sucedió con Salinas, ¿verdad?

DSJ: "Exactamente. Salinas es la encarnación del mal, es el Salieri del gran Mozart. Julio César Luna y yo decidimos llamar al personaje Antonio Salinas porque queríamos crear una especie de Antonio Salieri frente al Mozart que era Alejo Durán. Ese es el origen tanto del nombre como del carácter del personaje de Salinas".

¿Cuál es el estado ideal para escuchar un buen vallenato, en este caso, de Alejo Durán?

DSJ: "No es, en todo caso, el estado de ebriedad. Porque el vallenato es una cosa tan seria y expresa a tanta cabalidad el alma triétnica del habitante del Caribe colombiano, que hay que escucharlo sin beber y sin bailar: De suerte que el estado ideal para escucharlo es el del reposo y la tranquilidad, como en un domingo por la mañana, por ejemplo, o en las noches de luna creciente, con un whisky en la mano y una buena compañía al lado".

¿Lo desvela el 'rating', los tan temidos niveles de audiencia?

DSJ: "No me desvela, porque no sé en mi carrera qué es un mal 'rating'".

Y... fuera de Alejo, ¿qué más lo desvela por estos días?

DSJ: "Una mujer en la que pienso como piensa Salinas en el diablo o como piensa Alejo en Rosita. Es decir, una hermosa dama que despierta en mí todas las buenas y malas pasiones que el alma humana puede anidar. Pero también me desvela el problema de las últimas correcciones que hago a mi libro. 'De viaje por el mundo con David Sánchez Juliao', a aparecer muy pronto editado por Editorial Grijalbo-Mondadori de Barcelona, México, Roma y Bogotá."

Qué es más triste: ¿dejar una mujer o a abandonar la escritura de un libro?

DSJ: "Curiosamente, en estos días estoy retomando la escritura de un libro que escribí entre 1970 y 1972 en mis primeros años de exilio voluntario en Cuernavaca, México. Es una novela, que por ser mi primera obra jamás escrita, cuando tenía 25 años, no me atreví a publicar. Ahora la he retomado, treinta años después, y he visto que vale la pena trabajarla y publicarla. En esa época existía en mi vida una mujer a la que amé profundamente y con la reescritura de este libro se me ha revuelto todo lo que esa mujer significó para mí. De tal manera que ambas cosas fueron duras. Lo del libro abandonado y lo de la mujer que, casi trágicamente, salió de mi vida. Pero voy a colocarle al libro el siguiente epígrafe que pertenece a una copla popular: 'Cuando las ollas se parten/ y los pedazos se botan,/ ellos vuelven a servir/si en algún tiempo se topan'. ¿Qué va a pasar con el libro y qué va a pasar con el recuerdo de esta mujer? No lo sé, pero la cosa va a estar ... 'Apa, oa, sabrosa".