David Sánchez Juliao
DAVID SANCHEZ JULIAO
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OBRA ESCRITA PARA NIÑOS

 

 


 

 

 

 

 

 Aventura en la montaña


CON PANAMERICANA EDITORIAL

 

David Sánchez Juliao:

“GEOGRAFIA ANIMAL Y OTRAS RIMAS”

Relato en verso para niños

Código

37898

 

Autor:

SANCHEZ JULIAO, DAVID

Coleccion:

QUE PASE EL TREN

 

Paginas interiores:

A COLOR

Edad sugerida:

6 AÑOS EN ADELANTE

Cubierta del libro:

RÚSTICA PEGADA Y COSIDA AL HILO

Formato:

23 X 16.5 CMS

Ilustrador:

HENRY GONZALEZ

Isbn de libros:

978-958-30-0831-3

Reseña

 Geografía animal y otras rimas constituye un viaje en verso por el mundo, donde se conjugan países, ciudades y animales de la mano de un profesor de geografía que muestra a sus alumnos una forma divertida y amena de conocer parte de la fauna, ubicándola en sus sitios de procedencia, en la mayoría de los casos.

La segunda parte contiene una divertida selección de poemas para niños, que sobresalen por su ingenio, gracia y buen sentido del humor, aspectos que han caracterizado muchas de las obras escritas por David Sánchez Juliao.

 


 

“ROBERTO EL TERCO”    (Relato para niños)

David Sánchez Juliao

Código

301693

 

Autor:

SANCHEZ JULIAO, DAVID

Coleccion:

OA INFANTIL

 

Paginas interiores:

A COLOR

Edad sugerida:

8 AÑOS EN ADELANTE

Cubierta del libro:

RÚSTICA PEGADA Y COSIDA AL HILO

Formato:

20 X 22.5 CMS

Ilustrador:

VERÓNICA CHAVES

Isbn de libros:

978-958-30-1979-1

Reseña

 Roberto decide ir de vacaciones al país de su amigo Arturo, pero en este país todo es distinto y Roberto el terco, por terco y por no escuchar los consejos de su amigo, se meterá en muchos problemas. Al final, después de chocar un auto, tener que dormir en un zoológico y muchas otras aventuras disparatadas y divertidas, Roberto entenderá que se puede disfrutar más de la vida, cuando se escuchan los consejos de los amigos.

Un mensaje del autor a los niños:

Hola, chicas y chicos: ¿saben una cosa? Cuando niño, el escritor que ha creado las aventuras narradas en este libro, fue tan terco como Roberto. ¡Y sigue siéndolo, que es lo peor! Sin embargo, quiero aclararles algo, y es que yo fui y sigo siendo terco… pero en el mejor de los sentidos. ¿Saben por qué digo tal cosa? Porque una vez una periodista me preguntó: “Maestro: ¿de qué viven los escritores?” Y yo le respondí: “De tercos”. Sí, chicos y chicas: escribir es una terquedad que jamás abandona al escritor. Y qué bueno que historias tan divertidas como esta de Roberto sean producto de aquella terquedad de escribir. ¡Imagínense si seré terco!: he escrito muchos libros, para adultos y para niños, y he obtenido con ellos muchas satisfacciones, premios, distinciones, medallas y otros reconocimientos en mi país y fuera de el. Pero el mejor premio que ustedes me pueden dar, es este: que les  gusten las terquedades de Roberto… pero no las imiten. Ya sabrán por qué. ¡Nos vemos!  David

 

 

LUCIA: ¡­LA MAGA EN FOTOGRAFIA!

Relato de viaje en verso para niños

Código

317527

 

Autor:

SANCHEZ JULIAO, DAVID

Coleccion:

QUE PASE EL TREN

 

Paginas interiores:

A COLOR

Edad sugerida:

6 AÑOS EN ADELANTE

Cubierta del libro:

RÚSTICA PEGADA Y COSIDA AL HILO

Formato:

23 X 16.5 CMS

Ilustrador:

VERÓNICA CHAVES MORALES

Isbn de libros:

978-958-30-2383-5

Reseña

 Viaja alrededor del mundo con Lucía, quien decidió irse en busca de aventuras y tomarle a los animales disparatadas fotografías. Descubre a qué se dedican René el chimpancé, Renata la vaca, Eugenia la cigüena y otros divertidos personajes.

 


 

David Sánchez Juliao: “NO TODO LO QUE BRILLA”

Obra de teatro para niños y jóvenes

Código

63471

 

Autor:

SANCHEZ JULIAO, DAVID

Colección:

PRIMER ACTO

 

Paginas interiores:

A COLOR

Edad sugerida:

9 AÑOS EN ADELANTE

Cubierta del libro:

RÚSTICA PEGADA Y COSIDA AL HILO

Formato:

11.5 X 21 CMS

Ilustrador:

CARLOS MANUEL DIAZ

Isbn de libros:

978-958-30-1176-4

Reseña

 Es una historia perteneciente a la tradición oral del Golfo de Morrosquillo y el Sinú colombianos. Su historia y sus personajes son de fácil interpretación por parte de un grupo de actores, acompañados de una serie de elementos de fácil consecución. El lenguaje es ágil lleno de humor y de equívocos que crean un ambiente lleno de hilaridad y complicidad entre sus intérpretes y su público.


 

D. Sánchez Juliao: “AVENTURA EN LA MONTAÑA”

Relato para niños

Código

64773

 

Autor:

SANCHEZ JULIAO, DAVID

Colección:

SUEÑOS DE PAPEL

 

Paginas interiores:

A COLOR

Edad sugerida:

6 AÑOS EN ADELANTE

Cubierta del libro:

TAPA DURA PEGADA Y COSIDA AL HILO

Formato:

22 X 22 CMS

Ilustrador:

CARLOS MANUEL DIAZ CONSUEGRA

Isbn de libros:

978-958-30-1338-6

Reseña

 El idioma español tiene muchos refranes que, aplicados en ciertas situaciones, cobran un gran significado. Esta es la conclusión de los protagonistas de nuestra historia, quienes durante una excursión a la montaña no sólo descubren las maravillas de la naturaleza sino el valor de las personas, su experiencia y el sentido de sus enseñanzas.

 

 

Con editorial NORMA

 

EL PAÍS MÁS HERMOSO DEL MUNDO        

 

 

Cinco estrellas

Calificación de un usuario

‘Es una obra llena de motivación y alegría hacia los valores que debe perseguir la humanidad, la fantasía se mezcla con la realidad y las características que poseen sus habitantes y los meses del año. Me encanta la representación que hace con el calendario anual’.

 

(Padre de familia)

 

El país más hermoso del mundo
David Sánchez Juliao
Primera Edición: Editorial NORMA, 1990

Hasta 2009… 38 ediciones,

 

ISBN: 9580407479
Número de páginas: 144

 

 

 

 

Lalo y Tala emprenden un viaje en compañía del Sol. Visitan los doce meses del año, que son doce países diferentes. Descubren que cada mes es distinto de los demás, y que cada uno tiene algún encanto especial. Doce fantásticas aventuras comparten Lalo y Tala con los habitantes de Enero, de Febrero…

 


 

 

 

 

 

 


LA MUY DIVERTIDA HISTORIA DE LA CUCARACHITA MARTÍNEZ Y SU GOLOSO MARIDO EL SEÑOR DON RATÓN PÉREZ   

 

 

 

 

 

 

 

La muy divertida historia de la Cucarachita Martínez y su goloso marido el señor don Ratón Pérez
Primera Edición: Editorial NORMA, 2007

Hasta 2009… 6 ediciones.

 Colección Torre de Papel, serie Torre Azul.

 

 

“Esta es la historia de la dulce y vanidosa Cucarachita Martínez que, después de oír a muchos pretendientes, decide casarse con su adorado Ratón Pérez. Su nueva vida de casados parece ir de maravilla, hasta que los dulces que cocina la Cucarachita, la afición a nadar del Ratón y los sospechosos planes del tío Conejo le dan una curiosa y divertida vuelta a esta historia de animales, que es un ingenioso retrato de la cultura del Caribe.”

 


 

 

 

 

 

 

UNA CRÓNICA INOCENTE…

TÍA HAMACA Y TÍA CAMA

 

 

 

1.-

       En ciertas regiones naturales de la América del Sur, el clima es cálido en extremo. Pero ese clima, que muchas veces se hace fastidioso, es muy benéfico para la agricultura; es una bendición para cultivos como el algodón, la caña de azúcar, el banano, el arroz y muchas otras plantas y raíces que sirven de alimento a los habitantes de muchos países.

 

2.-

       Cerca de las mejores tierras para el cultivo, se han ido formando los poblados, porque la gente trabaja en las plantaciones y se alimenta de sus productos. En los predios de aquellas plantaciones, se han construido casas y campamentos en los que viven los dueños de la tierra y algunos de los trabajadores.

 

3.-

       Un día, en la alcoba principal de una de esas inmensas casas de campo, una hamaca que colgaba de dos postes, quiso conversar con una cama que, posada sobre sus cuatro patas, ocupaba el mejor lugar de la habitación junto a la ventana.

 

4.-

       --Buenos días, amiga cama.

       --Buenos días, amiga hamaca.

       --Quiero comentarte, querida amiga --dijo la hamaca a la cama--, que estuve pensando toda la noche acerca algo muy interesante.

       --¿Acerca de qué? –preguntó la cama

       -- Acerca de que tú fuiste ideada y fabricada para otras tierras, otros climas y otra gente.

 

5.-

       --¡Estás loca, hamaca! --reaccionó la cama-- ¿No ves que mucha gente, casi toda la gente, me utiliza para acostarse, para descansar o para dormir sobre mí plácidamente? ¿No te has percatado de que, aunque fui traída por los españoles en tiempos de la Conquista, soy ahora fabricada en todos los lugares de esta América mestiza?

 

6.-

       --Sí --respondió la hamaca--: ello es cierto. Pero con todo y eso, tú no eres la respuesta a estos climas ardientes de las tierras bajas de nuestro Continente, como tampoco para este aire cargado de salitre, ni para estas tierras sin caminos ni carreteras.

       --No te entiendo, amiga hamaca.

       --Te lo voy a explicar mejor. Empecemos:

 

7.-

       --Eres, amiga cama, un aparejo muy complicado. Para que alguien pueda dormir sobre ti, son necesarios: una base con cuatro patas, un armazón de resortes, un colchón, una sábana, una sobresábana, cobijas, ponchos o zarapes, una cabecera y un piesero... y, al menos, dos almohadas.

 

8.-

       --Además –continuó la hamaca--, eres algo casi que intransportable. Para moverte de un lugar a otro son necesarias por lo menos cuatro personas, y es preciso desarmarte en un lugar y armarte en otro. ¡Y mira que tus piezas sueltas a veces no caben por las puertas!

 

9.-

       Fíjate, no más, todo el espacio que ocupas en la alcoba. Eres un ser demasiado abundante. Cuando tomas posesión de una habitación, la inutilizas. Sólo sirve para contenerte a ti. Si fueras recogible o plegable, como yo lo soy, la habitación que ocupas podría ser utilizada para muchas otras cosas durante el día...

 

10.-

       ...Y eres pesada, demasiado pesada. ¿Cuánto calculas que pesas? ¿Cien kilos? ¿Doscientos? Algo así, algo más o algo menos, pero en todo caso se necesita mucha gente y mucha fuerza para moverte.

 

11.-

       Y, como si todo ello fuera poco, eres sofocante y bochornosa; demasiado cálida para estos climas. Tu inmovilidad hace imposible que, contigo, uno se mueva para acariciar el aire quieto del dormitorio. El calor que irradian tus maderas, y tus fierros y resortes, hace sudar a la gente que se acuesta en ti.

 

12.-

       --Las fábricas y los talleres en donde funden la materia prima de tus hierros  --seguía hablando la hamaca-- y en donde pulen tus maderas, contaminan el ambiente, llenan los aires limpios de humo y de aserrín. Óyeme bien: estás manchada en tu origen,

 

 

13.-

    ¿...Y sabes algo más? Quien te usa para dormir, jamás tuvo la     oportunidad de haberte fabricado, de haberte visto nacer; sino que, no sabiendo de dónde vienes ni quién te hizo ni cómo te hizo, te fue a comprar a un almacén.

 

 

14.-

       --Y, ¿a qué viene toda esta perorata, amiga hamaca? –respondió extrañada la cama--: ¿Cuándo has estado pensando en todo esto?

      

 

15.-

       --Anoche, amiga cama, anoche; y no pude dormir. Anoche, cuando decidí que hoy te pediría que admiraras mi colorido, que observaras el hermoso arco iris que me cubre y que brilla sobre este cuerpo tatuado con tintas vegetales. ¡Mira cuán alegre soy en mis colores, cuánto disfruto mi policromía y cómo irradio felicidad en el amor por lo natural, mira!

 

16.-

       Soy agradable, porque la materia vegetal de que estoy hecha, absorbe el escaso fresco de este ambiente de calores y lo entrega a quien me ocupa.

 

17.-

       No necesito una base y cuatro patas de hierro o de madera para sostenerme. De cualesquiera dos postes, dos horcones, dos ramajes, puedo colgarme. En la alcoba lo mismo que en el bosque, en el zaguán, el corredor, el pasillo, lo mismo que a campo abierto.

 

18.-

       Peso solamente un par de kilos, y puedo ser envuelta sobre mí misma y luego relegada a un rincón, mientras la alcoba es ocupada para otras cosas.

 

19.-

       Soy, además, hija de la tierra misma, de la Madre Tierra y del algodón; y he nacido de sus motas blancas crecidas en la siembra a pocos metros de esta casa. Y, más importante aún: soy usada por quienes en el campo han cultivado ese algodón.

 

20.-

       Manos latinoamericanas han llevado las fibras de algodón a los telares y han escogido mis colores. Muchas veces he propiciado la unidad de la familia que me hace, que me usa y me contempla, que me imprime el colorido y la frescura.

 

21.-

       Puedo ser descolgada y transportada con facilidad: al hombro de un caminante, al lomo de un caballo, en una alforja, o de la mano del hijo menor de una familia.

 

22.-

       Sirvo para muchas cosas –la cama no salía del asombro, y la hamaca continuaba--. Soy lo que ahora llaman multifuncional: sirvo para dormir, para descansar, para pensar, para conversar, para visitar o recibir visitas. Soy el alma de las casas, el centro de la actividad familiar.

 

23.-

       La gente humilde que me usa, me llama “el abogado del pobre”, porque no hay problema que tirado en mí no se resuelva. Mis tonalidades, mi frescura, mi suavidad despeja las cabezas y hace pensar con brillantez. Calmo los nervios y soy más efectiva que las propias medicinas..

 

24.-

       En mí, transportan en ocasiones a los enfermos monte afuera, en busca del  médico y el hospital.

 

 

25.-

       Soy el principio de la vida cuando, con el uso de un par de palitos, sirvo de cuna a las criaturas que reciben la bendición de mi frescor...

 

26.-

       ...y soy también fin de la vida cuando, como lo hacían los indios americanos, me convierto en ataúd para pasar a ser como el cuerpo que va conmigo, tierra de la tierra que me hizo nacer.

 

27.-

       --¿Y qué insinúas con todo esto, hamaca? --exclamó la cama, ya molesta.

 

28.-

       --Insinúo –concluyó la hamaca-- que este continente mestizo y americano tiene que aprender a ver en mí la grandeza de la raza que hace siglos me creó...

 

29.-

       ...la grandeza de una raza que me ideó para vivir siempre, mil años y mil más, como la respuesta perfecta a un clima, a una cultura, a una manera de vivir, de trabajar, de soñar, de dormir, de pensar, de descansar, de nacer y de morir.

 

ROBERTO,  EL TERCO                       

 

Roberto, el terco, decidió un día armar un viaje al país de su amigo Arturo. Su amigo le había pedido que lo visitara; así que Roberto, el terco, lo llamó para anunciarle el viaje.

Arturo recibió al amigo en el aeropuerto y lo llevó a su casa.

--La pasarás bien, Roberto –le dijo Arturo--. Ya verás cómo te vas a divertir. Claro que debes tener en cuenta que las cosas en este país son un poco diferentes.

Pero Roberto, el terco... terco como siempre, no hizo caso a la advertencia de su amigo.

Mientras Arturo fue a su trabajo, Roberto, el terco, decidió arrendar un auto para conocer la ciudad.

--Veo que usted es extranjero –le dijo el dependiente de la agencia--. Por eso quiero advertirle que en este país no se conduce por la derecha, sino por la izquierda. 

Cuando salió a la calle conduciendo el auto, arrendado, Roberto, el terco, terco como siempre, se dijo:

--Bah!  ¡Tonterías! Voy a conducir como siempre lo he hecho: por la derecha.

Y, claro... lo que se esperaba: en la primera esquina le salió otro auto de frente y... ¡pum!: el pobre Roberto, el terco, se estrelló.  

Tuvo que venir Arturo con una grúa de servicio para ayudar a Roberto, el terco, a llevar el auto al taller. Y además del susto, que pagó bien caro, Roberto, el terco, por terco, tuvo que pagar el coche a la empresa de alquiler.

En vista de que a Roberto, el terco, por terco, le había ido tan mal con el coche, Arturo, el amigo, lo invitó a dar un paseo en autobús por la ciudad.

--Pero te advierto, Roberto –le dijo Arturo--: en este país se sube al autobús por la puerta de atrás.

Roberto, el terco, terco como siempre, le dijo:

--¡Bah!  ¡Tonterías!  Siempre he subido al autobús por la puerta de adelante. Ya verás.

Y cuando Roberto, el terco, terco como siempre, fue a subir por la puerta de adelante... “¡Cuidado, Roberto!”, le gritó Arturo, pero fue tarde. Los pasajeros del autobús ya habían empezado a bajar.

El pobre Roberto, el terco, por terco, fue a dar al suelo; y fue pisoteado  por todos los pasajeros que bajaron.

Al día siguiente, Arturo despertó a Roberto, el terco, llevándole el desayuno a la cama.

--Hoy no tengo que trabajar-- le dijo Arturo. Vístete rápido para que salgamos a dar un paseo. Pero eso sí: ponte ropa liviana porque, entrado el día, el sol calienta demasiado.

Al salir a la calle, Arturo advirtió que Roberto, el terco, llevaba ropas de lana.

--No me hiciste caso, Roberto.

--¡Bah!  ¡Tonterías!  Está muy bueno el clima. No creo que más tarde haga calor.

--Ya verás –le dijo Arturo.

Roberto, el terco, se equivocó una vez más: tan pronto como llegaron a la plaza, las pocas nubes desaparecieron y el sol pareció empezar a querer quemar las cosas.

Roberto, el terco, por terco, por no vestirse como veía que se vestía la gente, casi se asfixia en sus ropas de lana.

Al llegar a casa tuvo que meterse al baño de prisa para tomar una ducha de agua fría.

--Te lo advertí –le dijo Arturo--:  No pudiste disfrutar del día, por terco, mi querido amigo.

Por fin, Roberto, el terco, había empezado a entender las cosas. Al día siguiente, al levantarse, comentó a su amigo Arturo que quería comprar ropas livianas para el calor del verano.

--Aquí las tiendas y los almacenes sólo abren a las nueve; y apenas son las siete-- dijo Arturo.

Pero... nada: Roberto, el terco, terco como siempre, salió de casa a las siete, diciendo:

--¡Bah!  ¡Tonterías!  Debe haber almacenes abiertos a esta hora. En mi país, a las siete, ya están abiertos.

Una vez más, por terco, se había equivocado Roberto, el terco: todos los almacenes estaban cerrados. Tuvo que esperar frente a uno de ellos, dos horas de pie, hasta que abrieran.

Apenas a las once alcanzó a llegar a casa, sudando, y cargado de paquetes.

--Por tu terquedad, Roberto, hemos perdido la mañana-- dijo Arturo al verlo llegar.

El día siguiente era Viernes de Carnaval.  Roberto, el terco, se levantó muy contento con la noticia.

--Yo voy a salir vestido así, con la peor ropa que tengo –le dijo Arturo--. La gente, en Carnaval, acostumbra echar agua y harina a la otra gente como parte de la diversión.

--¡Bah!  ¡Tonterías!  --se dijo Roberto, el terco, terco como siempre--. Hay que vestirse de traje y elegante en Carnaval: eso es hacer honor, con el vestido, a tan alegres fiestas.

Pero Roberto, el terco, terco como siempre, se había equivocado una vez más: al verlo tan bien vestido en medio del bullicio, la gente arremetió contra él con jarras de agua y cáscaras de huevo repletas de harina.

Roberto, el terco, por terco, había arruinado su traje. Toda la noche estuvo trabajando en casa, limpiándolo, pues lo necesitaba para el viaje de regreso.

--Por salir de traje al Carnaval te arruinaste el día y te arruinaste la noche –le dijo Arturo mientras lo veía trabajar.

Era el último día de la visita que Roberto, el terco, hacía a su amigo Arturo. Esa noche, Arturo le ofrecía una fiesta de despedida. En la mañana, Roberto, el terco, le había dicho:

--Mientras tú vas al trabajo, yo iré a pasar el día en el Zoológico.

--Bien –le dijo Arturo--, pero ten presente que en esta ciudad cierran el Zoo a las cinco de la tarde.

--¡Bah!  ¡Tonterías! –se dijo Roberto, el terco, camino del Zoológico--¿Cómo lo van a cerrar a las cinco de la tarde?  Me quedaré viendo los animales hasta que anochezca.

Así sucedió: Roberto, el terco, terco como siempre, pasó un buen día en el Zoológico viendo toda clase de animales.

Cuando sonó la sirena, a las cinco en punto, volvió a decir:

---¡Bah!  ¡Tonterías!  No creo que cierren a las cinco.

Cuando ya había anochecido, Roberto, el terco, intentó salir del Zoológico, y... ¡lógico!: encontró la puerta cerrada. Así que, por terco, tuvo que dormir en una de las bancas del parque, mientras soñaba con la fiesta que, en su honor, ofrecía Arturo en casa.

Terminaron por fin las vacaciones de Roberto, el terco. Arturo fue a llevarlo en su coche al aeropuerto. Los dos amigos se despidieron prometiendo volver a verse pronto.

Durante el vuelo, Roberto, el terco, pensó en lo bien que la habría pasado y en lo mejor que todo habría resultado si no hubiese sido tan terco.

En el aeropuerto de su ciudad, otro de sus amigos lo esperaba.

--¿Cómo te fue?  ¿La pasaste bien?  --preguntó el amigo cuando Roberto llegó hasta él.

--He aprendido una lección mientras meditaba en el avión –le dijo Roberto, el terco.

--¿Y cuál es esa lección, Roberto?

--Que para poder disfrutar de un viaje... “en la tierra que fueres, haz lo que vieres”. Así la pasarás mejor.


La muy divertida historia de

CUCARACHITA MARTÍNEZ

y su goloso marido el señor

don Ratón Pérez

 

 

 

(FRAGMENTO: CAPÍTULOS UNO Y DOS)

 

 

 

A Paca, Tita, Frida y Paloma.

 

 

 

I

 

 

Había una vez una cucarachita muy hacendosa y agraciada llamada Cucarachita Martínez, quien vivía con sus padres en un pueblito del Caribe conocido como Villa Animal. Un día, mientras barría las gradas frente a la puerta de su casa, Cucarachita halló una moneda de cinco centavos tirada en el suelo.

Cucarachita Martínez, además de graciosa y apuesta, era una animalita muy vanidosa. El día en que encontró aquellos cinco centavos, iba muy bien arreglada y puesta. Estrenaba una falda de pliegues azules y un ancho cinturón de cuero blanco a la moda; y llevaba una blusa, también azul, pero en tono celeste, con rombos amarillos que contrastaban con el carmesí de su cutis bien cuidado. También estrenaba zapatos, de fino charol y de cordones enlazados con un cuidado exquisito. Se había amarrado una cinta amarilla a la cabeza, de modo que hiciera juego con los rombos de la blusa. Pero, con todo y el aire ufano con que barría, tuvo que agacharse para recoger la monedita de cinco centavos, la que algún descuidado transeúnte había dejado caer.

--¡Oh, cinco centavos! —exclamó complacida Cucarachita Martínez—  ¡Cinco centavos! Y, ahora, ¿qué hago con ellos? –-se preguntó.

Dejó de barrer, entró a la casa y, mientras tomaba una taza de café con panecillos de miel, se puso a pensar:

--¿Qué hago con los cinco centavos? Si compro comida, se me acaba; si compro cintillos para la cabeza, ¡tengo suficientes! Si compro pintalabios, se me acaba; si compro más zapatos, se me acaban. Si compro colorete, se me acaba. Si compro esmalte para las uñas, se me acaba. Si compro brasieres nuevos, se me acaban... y si compro ropa interior, se me acaba. Y, además –-se dijo--, de todo eso tengo suficiente. Lo mejor, por tanto, será comprar talco, eso: talco,  polvos para la cara.

Y aquello hizo. Fue al almacén de una prima, llamado La hermosa cucaracha, compró polvos para la cara y regresó a su casa cantando:

 

Muchas gracias, monedita,

Muchas gracias monedita

por permitirme comprar

polvitos pa’ la carita

pa’ ponerme muy bonita.

 

Pa’ ponerme muy bonita,

pa’ ponerme muy bonita,

los polvos me voy a untar

y dirá el que ha de pasar:

¡Qué hermosa Cucarachita!

Se bañó en agua de hierbas, se secó con toallas limpias y cambió sus ropas por un atuendo de predominante amarillo, como era su costumbre. Después, sacó una silla hasta el porche y se sentó a la puerta de la calle, a eso de las cinco de la tarde. Ya había bajado el sol y hacía menos calor, de modo que se acomodó a la espera de que pasaran los animales diciendo adiós. Aquello era lo usual en los pequeños poblados del Caribe.

Primero, pasó Tío Toro.

--Cucarachita Martínez, ¡qué hermosa estás, empolvada y fresca! Dime: ¿te quieres casar conmigo?

La cucarachita, muy veleidosa, respondió:

--Déjame pensarlo, Tío Toro. Pero dime: ¿cómo haces tú por las noches?

--¡Muuuuu... ! –-bramó el toro.

--¡Uy... no, no, no! –-reaccionó Cucarachita--: me asustas.

No demoró en pasar Tío Perro.

--Cucarachita Martínez, ¡qué primorosa estás!, ¿te quieres casar conmigo?

--Déjame analizarlo, Tío Perro. Pero primero, dime, ¿cómo haces tú por la noche?

--¡Guauu... guauu!

--¡Uy, uy, uy, no, no, no! –-replicó, altiva, Cucarachita Martínez--. Me asustas, Tío Perro, me asustas!

Tampoco demoró en pasar Tío Gallo.

--Cucarachita Martínez, ¡qué guapa y maja estás!, ¿te quieres casar conmigo?

--Déjame pensarlo, Tío Gallo –-dijo Cucarachita, muy engreída--, pero dime primero cómo cantas tú en la madrugada.

--Kikiri-kíiiiii –cantó el gallo.

Cucarachita Martínez, horrorizada, se tapó los oídos.

--Ay, no, no, no, me asustas, Tío Gallo, me asustas.

 Pasó, entonces, el Tío Gato.

--Cucarachita Martínez, ¡qué hermosa estás!, dime: ¿te quieres casar conmigo?

--Tal vez, Tío Gato, tal vez, déjame pensarlo --respondió, muy coqueta, Cucarachita Martínez; como siempre, haciéndose la interesante--. Pero dime, dime primero, Tío Gato, ¿cómo haces tú por la noche?

--¡Miauuuuuuu, miauuuu! –-maulló Tío Gato.

--Ay, no, no, Tío Gato, animal feroz, qué feo haces, me pones los pelos de punta y la piel como de Tía Gallina.

Después de Tío Gato, pasó Tío Cochino.

--Cucarachita Martínez, qué hermosa estás, empolvada y céfira, ¿te quieres casar conmigo?

Cucarachita lo miró de hocico a rabo y pensó: “¡Qué rebuscado el Tío Cochino!: empolvada y céfira me ha dicho, ¿qué será eso de céfira? ¡Qué tal... yo casada con este marrano!”, pero de todas maneras, por vanidad, por simple vanidad, Cucarachita le preguntó:

--Dime, Tío Cochino, ¿cómo haces tú por la noche en la porqueriza?

--Oiinncc, oinc, oiiinnc –gruñó Tío Cochino.

--Ay, Tío Cochino –-dijo Cucarachita--: haces más feo que lo que eres. No, no, no me gustas... ¡y hasta me asustas!

Después de Tío Cochino, pasó Tío Pato.

--Cucarachita Martínez, ¡qué bella y radiante estás, toda carita-blanca y empolvada!, ¿te quieres casar conmigo?

--Gracias, Tío Pato, por el piropo, pero antes de responderte, dime: ¿cómo haces tú por la noche?

--Cuac, cuac, cuac, por el día y cuac, cauc, cuac, por noche, ¡cuac!

--Uy, no, no, no –-respondió Cucarachita-- ¡Fíjate que haces tan feo... que ni siquiera me asustas!

Después de Tío Pato, pasó Tío Sapo.

--Cucarachita Martínez, ¡qué hermosa estás!, ¿te quieres casar conmigo?

--Creo que te voy a decir que no, Tío Sapo, porque, bueno, con esa figura, sobra toda explicación. Pero, dime, solo por curiosidad –-Cucarachita lo miraba con desprecio--, dime: ¿cómo haces tú por la noche cuando cantas en el charco?

--Juuaccc, juuaacc, juuuaaac —cantó Tío Sapo.

--Uy, Tío Sapo, no, por favor, sigue tu camino, sigue tu camino.

Cucarachita Martínez quiso salir muy aprisa del Tío Sapo, porque allá, a lo lejos, envuelto en un halo como de imagen santa, vio venir a un atildado y respetable caballero.

 

Era el insigne Ratón Pérez, quien venía vestido a la usanza de los nobles señorones de antaño, con pantalones oscuros, chaquetilla blanca de lino irlandés, sombrero de jipijapa con negro cintillo de raso, zapatines de trabilla, corbata de seda roja... y un fular, de seda también, en el bolsillo del corazón. Llevaba, como toque de vanidad masculina, un bastón de fina caoba con incrustaciones de nácar y mango de plata. Al verlo, ya de cerca, Cucarachita Martínez respiró profundo.

Haciendo una corta venia y envuelto en un exquisito aroma de lavanda, el garboso Ratón Pérez le dijo:

--Distinguida dama, doña Cucarachita Martínez Martelo, ¡qué radiante y bella estás! Pregunto o interrogo: ¿contraerías nupcias conmigo?

Hasta el rebuscado hablar del elegante ratón, cautivó a Cucarachita; quien, presa de la emoción y con voz trémula, alcanzó a articular únicamente siete palabras:

--Y... ¿cómo haces tú por la noche?

--Chi... rriii... riii rriii –-enunció el egregio Ratón.

--Ay, sí, sí, sí -–exclamó Cucarachita--. No lo pienso más, no lo pienso más: ¡Me quiero casar contigo!

Y allí mismo, empezó a cantar:

 

Arroz con leche

me quiero casar

con un buen partido

de Villa Animal;

un ser que me quiera,

un ser especial,

un ser a quien pueda

lavar y planchar,

querer con locura

y también cocinar.

Arroz con leche,

            me quiero casar.

 

       --¿Arroz con leche dices, Cucarachita? –-preguntó El Ratón Pérez y agregó conmovido--: ¡Me encanta el arroz con leche! ¡Me encanta!

       --Pues... déjame decirte que yo –-se señaló Cucarachita a sí misma— preparo el más delicioso arroz con leche del mundo. Ya verás, ya verás, Ratón Pérez, el que te prepararé cuando pidas mis manos y te cases conmigo.

 

II

 

¡Hubo que ver la manera ceremoniosa y elegante como se presentó el notable Ratón Pérez a pedir las manos de la bella y vanidosa Cucarachita Martínez! Los padres de la novia, desde luego, accedieron encantados, pues el distinguido Ratón Pérez era, como todo Villa Animal sabía, un caballero a carta cabal; y, además, un próspero comerciante de la localidad, de quien jamás se había escuchado algún comentario adverso.

Por otro lado, los animalitos de Villa Animal, al igual que los niños de la vecina población de Villa Humana, amaban al Ratón Pérez. Mucha razón había en el gran afecto y la enorme gratitud que hacia él profesaban. Desde cuando era muy joven, El Ratón Pérez había dedicado parte de su tiempo a una encomiable labor animalaria y humanitaria. Obsequiaba moneditas de plata a niños y a animalitos, a cambio de dientecitos de leche.

Cuando los pequeños dormían, El Ratón Pérez se subía a los techos de las casas a dejar las moneditas; o se escurría, como el ratón que era, hasta el interior de las viviendas y, luego de trepar por una pata de la cama, colocaba con mucha  cautela la piecita de plata debajo de la almohada.

 Así, todo niño o animalito, en cualquiera de los dos poblados --el humano o el animal--, se dejaba sacar de sus padres, sin asustarse o derramar una lágrima, los flojos dientecitos de leche. Ellos o sus padres los extraían con un hilito que amaraban a la blanda pieza bucal y que tiraban con fuerza hacia arriba o hacia abajo. Los dientecitos, según se quisiera, eran lanzados al techo de la casa o colocados debajo la almohada, mientras se recitaba con fe la siguiente oración:

 

Ratón Pérez,

ratoncito:

hay te va

este dientecito...

y dame a cambio,

por favor,

un hermoso regalito.

 

El Ratón Pérez nunca les fallaba a niños o a animalitos. Al día siguiente, sin falta, la esperada piecita de plata aparecía acompañaba de una nota escrita con puño y letra del propio ratón. Con aquel dinero, los pequeños empezaban sus ahorros, compraban juguetes o hacían un regalo a sus padres. Pero les quedaba prohibido comprar confites, caramelos, chocolatinas o bombones; y mucho más prohibido, adquirir unas sólidas gollerías de azúcar concentrada con pedacitos de coco y anís, a las que en Villa Animal llamaban arrancamuelas.

Todas esas golosinas, recordaba a menudo El Ratón Pérez en las cartitas que escribía a los pequeñuelos, eran muy nocivas para la salud oral. Aquello había comentado al Ratón Pérez su buen amigo, el Tío Pájaro Carpintero, el más destacado odontólogo de la región.

Así, pues, por esas mencionadas razones, los niños de Villa Humana y los animalitos de Villa Animal, querían al Ratón Pérez como a uno de sus grandes amigos. Aquello había hecho que, en ambas comunidades, la animal y la humana, el afamado Ratón Pérez fuera, además de estimado, puesto como ejemplo de simpatía, de solidaridad y de concordia.

Pero el ponderado Ratón Pérez tenía, pese a todo, un defecto que resultaba tan célebre como su prestigio de gentil y noble caballero. Era el animalillo más glotón y goloso de la comarca, especialmente en asunto de postres y de dulces caseros, ¡vaya contradicción! Pero él, consciente de ese disparate, explicaba:

--Una cosa, queridos amigos, son las golosinas comerciales que estropean la dentadura. Y otra, muy diferente, son los delicados dulces y postres caseros, cuidadosamente elaborados y preparados con amor y con ingredientes poco nocivos.

En eso, agregaba el ratón, también el ilustre odontólogo, el Tío Pájaro Carpintero, estaba de acuerdo con él. 

Como era lógico, los padres de Cucarachita Martínez no prestaron atención a aquel defecto, pues sabían que, en asuntos de postres y dulces caseros, su hija cucaracha no le iba a la zaga al ratón.

--Bueno –exclamó un día en tono de broma don Cucaracho Martínez, padre de Cucarachita --: entre un ratón goloso y una cucaracha azucarera, ¡no es mucha la diferencia! –y agregó frente a los novios--. Estoy seguro de que ese, el de ustedes, será un matrimonio muy dulce y muy feliz. ¡Ojalá no llegue a ser empalagoso!

 

El noviazgo fue muy corto. Ambos, el novio y la novia, tenían prisa de contraer matrimonio. Así que, a la décima visita oficial en la sala de ocasiones, fijaron fecha para la boda y empezaron a elaborar sobre la mesa del comedor la lista de invitados a la ceremonia del casorio y a la fiesta de celebración. No hubo que gastarle mucho tiempo a todo aquello, pues al tercer intento de listado, el noble y cultivado Ratón Pérez llegó a la más fácil conclusión:

--Invitaremos, mi amada Cucarachita, a todos los animales de la comarca, ¡que son todos!

Y así se hizo. Tía Paloma Mensajera, que era la propietaria de una empresa llamada Volando-volando, se encargó de distribuir las tarjetas de invitación. Y pronto, muy pronto, Cucarachita Martínez y El Ratón Pérez, empezaron a recibir hermosas y cálidas notas de aceptación.  

Por aquellos días, Lorita Primera, la mayor de las hijas de Tío Loro con Tía Lora, estaba recién llegada de un viaje al Canadá. Había vivido casi dos años en ese país, en cumplimiento de un programa de Intercambio Estudiantil. Desde Villa Animal era muy fácil viajar al Canadá, pues Tío Pato Salado, Tía Pata Salada y su numerosa familia, como aves migratorias que eran, gozaban del privilegio de la doble nacionalidad. Tenían cédula de ciudadanía, tanto de Villa Animal en el Caribe como de The Animal Village en aquel país del Norteamérica.

Era sabido que, cuando en Canadá empezaban el frío, las heladas y la nieve, la familia de los Patos Salados emprendía un largo y alegre viaje de muchas semanas hacia el sur del Continente Americano. Luego de mucho volar y volar y volar y volar... llegaban a Villa Animal por los meses de marzo o abril.

Los Patos Salados tenían, desde luego, casa en Canadá, cerca de Los Grandes LagosThe Great Lakes— e igualmente acá, a orillas del Gran Río y cerca del Mar Caribe. La familia permanecía en Villa Animal hasta cuando empezaba, a mitad del año, la temporada de lluvias. Entonces, volvían a emprender el largo viaje de semanas con rumbo a su cabaña en Canadá. Y el ciclo continuaba: cuando en Canadá empezaba el frío, hacia noviembre, de nuevo emprendían el viaje al Sur.

A Tío Pato Salado, entonces, se le ocurrió la buena idea de fundar en Villa Animal la primera empresa de transporte internacional. La empresa hacía, según la condición de ave migratoria ordenaba, un viaje de ida al Norte cada año por los meses de junio o julio, con regreso hacia marzo o abril del año siguiente. Los animales, lógico, volaban a la espalda de patos, patas y patitos; pero no únicamente al Canadá. La empresa de Tío Pato Salado y Tía Pata Salada, acertadamente llamada Aeropatos, acostumbraba hacer escala en varios países de la ruta. Así, había en Villa Animal  quienes viajaban a Centroamérica o Las Antillas, a Cuba, a México, a Belice o a los Estados Unidos.

Nadie, jamás, se atrevería a discutir el hecho de que la aviación, como empresa --en el mundo entero--, había nacido en la Villa Animal del Caribe, antes que en otras latitudes de la Tierra. Y antes, mucho antes, de que fueran inventados el teléfono, la luz eléctrica, la radio y la televisión; como también, la licuadora y el procesador de alimentos, que tanto echaba de menos Cucarachita Martínez para la preparación de su muy renombrado arroz con leche y coco.

Valga la pena insistir en que la empresa Aeropatos, de Tío Pato Salado y Tía Pata Salada, nació mucho tiempo antes de que los humanos inventaran los aviones.

  De aquella manera, pues, viajó al Canadá Lorita Primera. En The Animal Village de Los Grandes Lagos, vivió con la familia de Uncle Duck y Aunt Duck  --unos cordiales y juiciosos patos canadienses--. Allí asistió al High School de la localidad y regresó a esta, su tierra, hablando perfectamente el inglés.

Fue Lorita Primera quien, como era usual en los países del Norte, organizó en honor de Cucarachita Martínez el primer Shower Party que se conoció en Villa Animal. Aquella extraña fiesta consistía en una reunión de amigos, a la que cada animal traía un utensilio de casa o de cocina, y en la que se repartía pasabocas, aguas gaseosas y deliciosos postres de muchos sabores.

El Shower en honor de Cucarachita Martínez quedó “muy lucido”, según comentó la respetada señora doña Tía Garza. En él obsequiaron a la novia, ollas, peroles, limpiones, toallas, cacerolas, tinajas, copas y vasos, cucharas y cucharones, porrones, saleros, plumeros, moldes y cazuelas. Y no faltó, como era de esperar, el regalo extravagante y excéntrico; y ese fue aquel con el que se presentó la Tía Zorra: un enorme palote de madera, de los que usaban las señoras de los tiempos viejos para la preparación de los postres, las mermeladas y los cocidos.

Pero, para extrañeza de todas las amigas asistentes, la muy vanidosa de Cucarachita Martínez se encantó con aquel caprichoso armatoste.

--¡Vaya, vaya, un palote de madera! –exclamó emocionada-- ¡Lo estaba necesitando para la preparación de mi plato favorito!

Durante mucho tiempo no se volvería  a mencionar en Villa Animal aquel asunto del palote. Sin embargo, muchos meses después, cuando sucediera la tragedia, todas las amigas entenderían que el mal agüero de Tía Zorra tuvo mucho que ver con la desgracia.